S?bado, 09 de junio de 2007
D?a 10 Domingo.
Solemnidad: Sant?simo Cuerpo
y Sangre de Cristo


El Pan de Vida


Una vez m?s recordamos este milagro que podemos llamar clamoroso, espectacular, que todo el mundo reconoci? con asombro, y a partir del cual bastantes quisieron proclamarlo rey, seg?n narra san Juan: Aquellos hombres, viendo el milagro que Jes?s hab?a hecho, dec?an: Este es verdaderamente el Profeta que viene al mundo. Jes?s, conociendo que iban a venir para llev?rselo y hacerlo rey, se retir? de nuevo al monte ?l solo.

Los hombres reconocen en Jes?s a alguien excepcional. De hecho, el Se?or no oculta su poder. No s?lo en una ocasi?n, muchas veces realiz? prodigios ante la gente. Eran uno de los medios que utiliz? para probar su condici?n de Mes?as. Llevar a cabo lo que ning?n hombre ser?a capaz de hacer, probaba al menos su gran uni?n con Dios. As? lo entendieron las gentes sencillas que contemplaron pasmadas multiplicarse el pescado y el pan ante sus ojos. Reconocerle como autor de hechos milagrosos, equival?a a aceptar su condici?n mesi?nica de Redentor. Los milagros eran una prueba m?s de que se cumpl?an en ?l las Escrituras acerca del Mes?as. De ah? la resistencia, por ejemplo, de los fariseos a reconocer los prodigios de Jes?s. ?ste no expulsa los demonios sino por Beezebul, el pr?ncipe de los demonios, dec?an de ?l.

No buscaba, en todo caso, Jesucristo en primer lugar solucionar las situaciones humanamente lamentables ?como las muchas enfermedades? de la gente de su tiempo. M?s bien quer?a que lo aceptaran como Salvador que ven?a con el Evangelio, la gran noticia para toda la humanidad, de que por ?l y en ?l est?bamos destinados a vivir la Vida de Dios. Concretamente, ese alimento que saci? el hambre de la multitud, que milagrosamente les hab?a concedido, era, ante todo, un preludio del Pan de Vida eterna ?su propio cuerpo y su sangre? que dentro de poco les iba a ofrecer como alimento. Un alimento en verdad para la Vida eterna, que es la ?nica vida propia de los hijos de Dios. Un alimento, seg?n las palabras del mismo Cristo, imprescindible para esa Vida: si no com?is la carne del Hijo del Hombre y no beb?is su sangre, no tendr?is vida en vosotros.

Jes?s se expresaba con gran claridad, a?n sabiendo que bastantes no querr?n aceptar sus palabras. Los suyos, sin embargo, con Pedro a la cabeza, creen en ?l. T? tienes palabras de vida eterna, confiesa el Pr?ncipe de los Ap?stoles. Pero muchos, a partir de entonces, se apartaron de su compa??a. Como sucede en nuestro tiempo, la bondad intachable del Maestro, su autoridad indiscutible y la infinidad de prodigios sobrehumanos y evidentes, resultan irrelevantes ?no significan nada? cuando no se quiere creer. Cuando lo ?nico que interesa es el propio criterio inamovible, las verdades m?s notorias se puedan recibir como un insulto que no vale la pena escuchar.

Hoy como ayer, parece incomprensible en tantos ambientes que el amor de Dios por sus hijos le lleve a darnos su misma Vida, aliment?ndonos de S?. Tendr?amos que purificarnos del ego?smo y la desconfianza que nos reducen a la peque?ez de nosotros mismos, que tan grande se nos antoja. Nuestro Dios se nos ha mostrado generoso hasta el extremo y de modo patente, para que pudi?ramos apreciarlo con nuestros propios ojos. Pero, adem?s, ha dispuesto que podamos alcanzar todo el tesoro de su Amor, que nos enriquece con la Vida Eterna, con la misma facilidad que el alimento m?s com?n y accesible.

Hoy, que celebramos con toda la Iglesia la Solemnidad del Cuerpo y Sangre del Se?or, Pan de Vida Eterna, suplicamos a la Trinidad Beat?sima nos conceda contemplar la Sagrada Forma con m?s reverencia cada d?a. Con una gratitud m?s viva, que quiera manifestarse en obras de correspondencia, en adoraci?n efectiva en el templo, y tambi?n fuera de ?l: cuando nuestra conducta en lo corriente debe indicar que la vida de Cristo nos gobierna.

?Te adoro con devoci?n, Dios escondido!, aclamamos a Jesucristo, realmente presente en las Especies Eucar?sticas, repitiendo las palabras del himno. Es necesario detenerse ante el sagrario, ante la custodia, sin prisas, para manifestar a Jes?s nuestro amor, nuestros deseos de cambiar, de mejorar para ?l, de corresponder ?de intentar corresponder? al Amor suyo. Es tambi?n el momento ?esa adoraci?n ante la Eucarist?a? de la s?plica esperanzada por tantas necesidades espirituales y materiales, propias y ajenas. Pidamos, ante todo, m?s santidad: m?s amor a Dios en nosotros y en todos los hombres. Rogamos as? a nuestro Dios Bueno y Todopoderoso lo mejor, lo que ?l mismo desea concedernos: lo que m?s nos enriquece, la esencia misma de la felicidad.

Nuestra Madre del Cielo es Maestra segura para sus hijos, que quieren admirar m?s y m?s el Misterio de Amor encerrado en la Eucarist?a. El trato asiduo con Santa Mar?a nos conduce de suyo y del mejor modo a Jes?s Sacramentado.



Publicado por verdenaranja @ 15:57  | Espiritualidad
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