Martes, 12 de junio de 2007
Escrito sacado de Boletín SANTA MADRE MARAVILLAS DE JESÚS número 147, describiendo la devoción a María en Santa Maravillas de Jesús.

LA VIRGEN MARÍA
NUESTRA DULCÍSIMA MADRE




Quizás porque es el mes más bello, en el que la naturaleza se llena de frutos y flores de toda especie, el mes de mayo, desde el siglo XVIII, está dedicado especialmente a la Santísima Virgen.

Todos los santos han amado filialmente a María. En Santa Maravillas el amor hacia Ella fue desde siempre inmenso y entrañable. La presencia de la Virgen impregnó profundamente, desde su más tierna infancia, los días, meses y años de la Madre Maravillas de Jesús; y además su obra, sus funda¬ciones y sus escritos. El amor de María fue para Santa Maravillas consuelo para su alma, fortaleza y alegría para su corazón, fuente de seguridad y firme esperanza.

Antes de entrar en el Carmelo, disfrutaba mucho Maravillas visitando santuarios marianos, en particular el de Lourdes. Desde muy pequeña iba a la gruta de Massabielle todos los veranos. Sus padres se volvían a San Sebastián a los pocos días, y ella se quedaba allí en compañía de su abuela materna, doña Patricia Muñoz., alguna vez hasta un mes. Y según contaba años después a sus monjas, ambas se pasaban prácticamente todo el día en la gruta. Santa Maravillas siempre conservó un amor entrañable hacia esta advocación de la Virgen.

Además visitó en estos años muchos otros santuarios marianos: el Pilar, Begoña, Aránzazu, Las Angustias, La Paloma, La Almudena, La Milagrosa de París, entre otros.

Nunca dudó la Santa que fue María quien le obtuvo la gracia de entrar por fin en el Carmelo, después de superadas muchas dificultades. Así lo escribía a su cuñada: «Mucho te agradecí tu recuerdo del día 8 y tus oraciones en Covadonga. ¿Te acuerdas? Yo nunca olvido la visita que hice allí con vosotros, y no dudo que la Santísima Virgen fue quien me concedió entonces el poder entrar al fin en su Carmelo» (C 5553).

El amor de Santa Maravillas hacia la Virgen maduró y se acrecentó cuando ingresó en el Carmelo, Orden mariana totalmente consagrada a Ella. Preci¬samente «uno de los motivos que me incli¬naron al Carmelo —confiesa la Madre en una carta—, fue el ser por excelencia la Orden de la Virgen». Bien explícitamente quiso santa Teresa de Jesús que sus hijas, las carmelitas descalzas –que por algo se llaman hijas de Nuestra Señora del Carmen—, posaran en María sus ojos.

Escribió en sus Moradas: «No tengo otro remedio, sino llegarme a ella y confiar en los méritos de su Hijo y de la Virgen, Madre suya, cuyo hábito indignamente traigo y traéis vosotras. Alabadle, hijas mías, que lo sois de esta Señora verdadera-mente; y así no tenéis para qué os afrentar de que sea yo ruin, pues tenéis tan buena Madre. Imitadla y considerad qué tal debe ser la grandeza de esta Señora y el bien de tenerla por Patrona». Así se expresaba también Santa Maravillas de Jesús: «Estas Casas se llaman "Palomarcitos o Casas de la Virgen". ¿Cómo podremos vivir en su Casa, agradar con Ella al Señor sin imitarla, como la Santa Madre lo deseaba? ¡Cómo éste es el camino de la carmelita, a ejemplo de María! ¡Cómo tenemos que achicarnos, ser de veras pobres, sacrificadas, humildes, nada...! Aquí está la fuerza que, por su misericordia, puede tener nuestra vida» (C 101).

En la Virgen María no sólo encontró Santa Maravillas una Abogada y Medianera, que alcanza del Señor las gracias que recibimos, sino el modelo cabal de lo que debe ser un alma entre¬gada a Dios. Después de Cristo, no se puede encontrar un modelo semejante a María. Santa Maravillas, mirando a su Madre, deseó copiar en ella su imagen. Muchos testimonios de su Proceso de Canonización destacan cómo su porte exterior respiraba amor a la Santísima Virgen. Valga por todos éste de la Hermana María de San José, una de las primeras novicias de la Santa, que convi¬vió con ella largos años:

«Cuando yo entré en el Carmelo en 1925, la entonces Hermana Maravillas tenía un "algo" que no tenían las demás: una dulzura, una humildad, una sonrisa, un agrado, una delicadeza, sin meterse en nada haciendo lo suyo, que irradiaba paz. Yo pensaba muchas veces que la Virgen debía de ser así».

Cuando hacía falta algún argumento para mover a la Madre Maravillas, no había más que animarla a que lo hiciera por la Virgen. No necesitaba más. Vibraba con cuanto se refería a Ella. Fue apóstol incansable del escapulario del Carmen. Propagó sin cesar su devo¬ción. Se llenaba de alegría al poderle hacer un obsequio, por pequeño que fuera, a la que es Reina y Hermosura del Carmelo.

Y gozaba especialmente cuando podía regalar a su «Dulcísima Madre» –como le gustaba llamarla– un Carmelo más. Quiso levantar sus fundaciones cerca de ermitas o santuarios marianos, inaugurarlos en fiestas de la Virgen, y ponerlos bajo su protección. Su primer Carmelo, juntó a la ermita de Nuestra Señora de los Ángeles, en el Cerro de los Ángeles, lleva por titulares el Sagrado Corazón de Jesús y Nuestra Señora de los Angeles. Su fundación de Arenas de San Pedro fue un regalo a María Inmaculada, en el Año Mariano de 1954 por el primer centenario de la declara¬ción del Dogma de la Inmaculada Concepción. El Carmelo de Nuestra Señora de la Sierra, en San Calixto (Córdoba), lo fundó en un lugar donde había existido una ermita dedicada a la Santísima Virgen.

En sus viajes fundacionales visitó muchos lugares marianos: el santuario de la Virgen del Prado (Talavera de la Reina), la ermita de las Peñitas en Oropesa (Toledo), el santuario de la Virgen del Cueto (Salamanca), la ermita de la Virgen de Chilla (Candeleda, Avila), Santa María de Nlave (Palencia), etc., etc.

«Casas de la Virgen», llama la Madre Maravillas a los Carmelos, y exhorta continuamente a sus monjas a vivir en ellos con el único deseo de agradar al Señor y a su bendita Madre: «El Carmelo en todas partes es la "Casa de María" y con esto basta. A mí esto de la "Casa de María" me dice mucho, porque ¡figúrese lo que el Señor encontraría en la casa de su Madre! Pues todo eso tiene que encontrar en el Carmelo y en cada una de sus carmelitas: una imagen de su Madre» (C 4923).

Si en la Virgen María el amor de Dios fue un amor sin límites, que llegó a todas las generosidades, a todas las delicadezas, era lógico que una hija de la Virgen, como lo fue Santa Maravillas, tuviera los mismos deseos que su Madre. A Ella encomendó su ardiente anhelo de amar y agradar al Señor, única aspiración de toda su vida. Y así en las cartas y billetes que escribió a sus monjas son incontables las veces que les alienta a seguir este camino:

«Entregue a esta dulcísima Madre su corazón, para que Ella lo aderece del modo más agradable a su Hijo y así pueda tener en él sus delicias» (B 527).
«Que su dulcísima Madre, la Virgen María, la llene más y más de amor a su Hijo Divino y le enseñe a imitarle de ver-dad» (B 1131).
«He tomado a la Virgen Santísima por Madre de un modo especialísimo, y Ella es la encargada también de prepararme, cubrirme y ampararme. ¡Qué buena es esta dulcísima Madre!» (C 3193).
«Pídale a la Santísima Virgen le dé de lo suyo para adornar, limpiar, calentar, perfumar su alma... Con lo de Ella, que es suyo, quedará preciosa. Lo demás no importa. No deje de luchar y como El lo ve todo y lo sabe todo... ¡Qué alegríal... Conviene que El lo sea todo y tú nada...» (B 1509).

La Virgen María, como el árbol del incienso que difunde su perfume en toda la tierra, difunde su amor, su pureza, su misericordia, la delicadeza de su Corazón. ¿Quién no ha sentido sus bondades, sus ternuras? ¿Es que no sabemos que cuanto hay de bueno en nuestra vida ha pasado por sus manos y se lo debemos a Ella? Por eso, puestos los ojos en Ella, Santa Maravillas fue también como el incienso que esparció por toda la tierra el aroma de sus virtudes.


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