Lunes, 18 de junio de 2007
ZENIT publica el comentario del padre Raniero Cantalamessa, ofmcap. -predicador de la Casa Pontificia- a la liturgia del domingo, XI del Tiempo Ordinario, 17 de Junio de 2007.


XI Domingo del Tiempo Ordinario
2 Samuel 12,7-10.13; G?latas 2, 16.19-21; Lucas 7, 36-8,3

Fue una mujer con un frasco de perfume



Hay p?ginas del Evangelio en las que la ense?anza est? tan unida al desenvolvimiento de la acci?n que no se percibe plenamente la primera si se la separa de la segunda. El episodio de la pecadora en casa de Sim?n ?que se lee en el Evangelio del XI domingo del Tiempo Ordinario- constituye una de ?stas. Se abre con una escena callada; no hay palabras, sino s?lo gestos silenciosos: entra una mujer con un frasco de aceite perfumado; se acurruca a los pies de Jes?s, los empapa en l?grimas, los seca con sus cabellos y, bes?ndolos, los unge con perfume. Se trata casi con certeza de una prostituta, porque esto significaba entonces el t?rmino ?pecadora? referido a una mujer.

En ese momento, el objetivo se desplaza al fariseo que hab?a invitado a Jes?s a comer. La escena es a?n callada, pero s?lo en apariencia. El fariseo ?habla para s??, pero habla: ?Al verlo, el fariseo que le hab?a invitado, se dec?a para s?: "Si ?ste fuera profeta, sabr?a qui?n y qu? clase de mujer es la que le est? tocando, pues es una pecadora"?.

En ese punto del Evangelio toma la palabra Jes?s para dar su juicio sobre la acci?n de la mujer y sobre los pensamientos del fariseo, y lo hace con una par?bola: ?"Un acreedor ten?a dos deudores: uno deb?a quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no ten?an para pagarle, perdon? a los dos. ?Qui?n de ellos le amar? m?s?". Respondi? Sim?n: "Supongo que aqu?l a quien perdon? m?s". Le dijo Jes?s: "Has juzgado bien"?. Jes?s, sobre todo, da a Sim?n la posibilidad de convencerse de que ?l es, de hecho, un profeta, visto que ha le?do los pensamientos de su coraz?n; al mismo tiempo, con la par?bola, prepara a todos para comprender lo que est? a punto de decir en defensa de la mujer: ?"Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. En cambio, a quien poco se le perdona, poco amor muestra". Y le dijo a ella: "Tus pecados quedan perdonados"?.

Este a?o se celebra el octavo centenario de la conversi?n de Francisco de As?s. ?Qu? tienen en com?n la conversi?n de la pecadora del Evangelio y la de Francisco? No el punto de partida, sino el punto de llegada, que es lo m?s importante en toda conversi?n. Lamentablemente, cuando se habla de conversi?n, el pensamiento se dirige instintivamente a lo que uno deja: el pecado, una vida desordenada, el ate?smo... Pero esto es el efecto, no la causa de la conversi?n.

C?mo sucede una conversi?n es perfectamente descrito por Jes?s en la par?bola del tesoro escondido: ?El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra y lo esconde de nuevo; despu?s va, lleno de alegr?a, vende todo lo que tiene y compra ese campo?. No se dice: ?Un hombre vendi? cuanto ten?a y se puso a buscar un tesoro escondido?. Sabemos c?mo acaban las historias que empiezan as?. Uno pierde lo que ten?a y no encuentra ning?n tesoro. Historias de ilusos, de visionarios. No: un hombre encontr? un tesoro y por ello vendi? todo lo que ten?a para adquirirlo. En otras palabras: es necesario haber encontrado el tesoro para tener la fuerza y la alegr?a de vender todo. Fuera met?foras: primero hay que haber encontrado a Dios; despu?s se tendr? la fuerza de vender todo. Y esto se har? ?llenos de gozo?, como el descubridor del que habla el Evangelio As? aconteci? en el caso de la pecadora del Evangelio, en el caso de Francisco de As?s. Ambos han encontrado a Jes?s y es esto lo que les ha dado la fuerza de cambiar.

He dicho que el punto de partida de la pecadora del Evangelio y de Francisco era distinto, pero tal vez no es del todo exacto. Era diferente en apariencia, en el exterior, pero en profundidad era el mismo. La mujer y Francisco, como todos nosotros, estaban en busca de la felicidad y se percataban de que la vida que llevaban no les hac?a felices, dejaba una insatisfacci?n y un vac?o profundo en sus corazones.

Le?a estos d?as la historia de un famoso converso del siglo XIX, Hermann Cohen, un m?sico brillante idolatrado como ni?o prodigio de su tiempo en los salones de media Europa. Una especie de joven Francisco en versi?n moderna. Despu?s de su conversi?n, escrib?a a un amigo: ?He buscado la felicidad por todas partes: en la elegante vida de los salones, en el ensordecedor jaleo de bailes y fiestas, en la acumulaci?n de dinero, en la excitaci?n de los juegos de azar, en la gloria art?stica, en la amistad de personajes famosos, en el placer de los sentidos. Ahora he encontrado la felicidad, de ella tengo el coraz?n rebosante y querr?a compartirla contigo... Tu dices: "Pero yo no creo en Jesucristo". Te respondo: "Tampoco yo cre?a y es por eso que era infeliz"?.

La conversi?n es el camino a la felicidad y a una vida plena. No es algo penoso, sino sumamente gozoso. Es el descubrimiento del tesoro escondido y de la perla preciosa.

[Traducci?n del original italiano realizada por Zenit]
Publicado por verdenaranja @ 10:20  | Espiritualidad
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