Lunes, 18 de junio de 2007
Carta que ha enviado el cardenal Cl?dio Hummes OFM, prefecto de la Congregaci?n vaticana para el Clero, con motivo de la Jornada mundial de oraci?n por la santificaci?n de los sacerdotes, que se celebr? el viernes, 15 de Junio de 2007, solemnidad del Sagrado Coraz?n.


Queridos amigos sacerdotes:


La Jornada mundial de oraci?n por la santificaci?n de los sacerdotes, que se celebra en la inminente solemnidad del Sagrado Coraz?n de Jes?s, nos brinda la ocasi?n de reflexionar juntos en el don de nuestro ministerio sacerdotal, compartiendo vuestra solicitud pastoral por todos los creyentes y por la humanidad entera, y de modo espec?fico por la porci?n del pueblo de Dios encomendada a vuestros respectivos Ordinarios, de los que sois valiosos colaboradores.

El tema de este a?o ??El sacerdote, alimentado por la palabra de Dios, es testigo universal de la caridad de Cristo?? se encuentra en sinton?a con el magisterio reciente del Papa Benedicto XVI y, en particular, con la exhortaci?n apost?lica postsinodal Sacramentum caritatis (22 de febrero de 2007). En ella el Santo Padre escribe: ?No podemos guardar para nosotros el amor que celebramos en el Sacramento. Este amor exige por su naturaleza que sea comunicado a todos. Lo que el mundo necesita es el amor de Dios, encontrar a Cristo y creer en ?l. Por eso la Eucarist?a no es s?lo fuente y culmen de la vida de la Iglesia; lo es tambi?n de su misi?n: ?Una Iglesia aut?nticamente eucar?stica es una Iglesia misionera? (Propositio 42)? (n. 84).

1. Hombre de Dios, hombre de la misi?n

Llevar a Dios a los hombres es la misi?n esencial del sacerdote, misi?n que el ministro sagrado ha sido capacitado para realizar porque ?l, que ha sido elegido por Dios, vive con ?l y para ?l. El Santo Padre, en su discurso durante la sesi?n inaugural de la V Conferencia general del Episcopado latinoamericano y del Caribe (13 de mayo de 2007), que tuvo por tema: ?Disc?pulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en ?l tengan vida?, dijo, dirigi?ndose a los sacerdotes: ?Los primeros promotores del discipulado y de la misi?n son aquellos que han sido llamados ?para estar con Jes?s y ser enviados a predicar? (Mc 3, 14)... El sacerdote debe ser ante todo un ?hombre de Dios? (1 Tm 6, 11) que conoce a Dios directamente, que tiene una profunda amistad personal con Jes?s, que comparte con los dem?s los mismos sentimientos de Cristo (cf. Flp 2, 5). S?lo as? el sacerdote ser? capaz de llevar a los hombres a Dios, encarnado en Jesucristo, y de ser representante de su amor? (n. 5: L'Osservatore Romano, edici?n en lengua espa?ola, 25 de mayo de 2007, p. 11).

Esta verdad se encuentra expresada en un vers?culo de un salmo sacerdotal que en otros tiempos formaba parte del rito de admisi?n al estado clerical: ?El Se?or es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte est? en tu mano? (Sal 16, 5). Sabemos por el Deuteronomio (cf. Dt 10, 9) que, despu?s de la toma de posesi?n de la Tierra prometida, cada tribu era beneficiaria ?por sorteo? de una porci?n de la misma, cumpli?ndose as? la promesa divina hecha a Abraham. S?lo la tribu de Lev? no recib?a terreno alguno, pues su tierra era Dios mismo.

Ciertamente, la afirmaci?n ten?a tambi?n una raz?n pr?ctica: los sacerdotes no viv?an, como las dem?s tribus, del cultivo de la tierra, sino de las ofrendas. Con todo, esa aserci?n del salmista es signo y s?mbolo de una realidad m?s profunda: el verdadero fundamento de la vida sacerdotal, el suelo de la existencia del sacerdote, la tierra de su vida es Dios mismo. La Iglesia ha visto en esta interpretaci?n veterotestamentaria la explicaci?n de lo que significa la misi?n sacerdotal siguiendo a los Ap?stoles y en comuni?n con Cristo mismo.

Benedicto XVI dijo al respecto: ?El sacerdote puede y debe decir tambi?n hoy con el levita: ?Dominus pars hereditatis meae et calicis mei?. Dios mismo es mi lote de tierra, el fundamento externo e interno de mi existencia. Esta visi?n teoc?ntrica de la vida sacerdotal es necesaria precisamente en nuestro mundo totalmente funcionalista, en el que todo se basa en realizaciones calculables y comprobables. El sacerdote debe conocer realmente a Dios desde su interior y as? llevarlo a los hombres: este es el servicio principal que la humanidad necesita hoy? (Discurso a la Curia romana con ocasi?n de las felicitaciones navide?as, 22 de diciembre de 2006: L'Osservatore Romano, edici?n en lengua espa?ola, 29 de diciembre de 2006, p. 7).

Si en una vida sacerdotal se pierde esta centralidad de Dios, se vac?a todo el fundamento de la actividad pastoral, y con el exceso de activismo se corre el peligro de perder el contenido y el sentido del servicio pastoral.

Entonces podr?an crecer el protagonismo y las extravagancias err?neas. En vez de la sustancia, se dar?an suced?neos. Se correr?a en vano, agot?ndose sin progresar.

S?lo quienes han aprendido a ?estar con Cristo? se encuentran preparados para ser ?enviados por ?l a evangelizar? con autenticidad (cf. Mc 3, 14). Un amor apasionado a Cristo es el secreto de un anuncio convencido de Cristo. ?S? hombre de oraci?n antes de ser predicador?, dec?a san Agust?n (De doctrina christiana, IV, 15, 32: PL 34, 100), al exhortar a los ministros ordenados a ser disc?pulos de oraci?n en la escuela del Maestro.

La Iglesia, al celebrar la solemnidad del Sagrado Coraz?n de Jes?s, invita a todos los creyentes a elevar la mirada de la fe ?a Aquel que traspasaron? (Jn 19, 37), al Coraz?n de Cristo, signo vivo y elocuente del amor invencible de Dios y fuente inagotable de gracia. Lo hace exhortando a los sacerdotes a buscar en s? mismos este signo, en cuanto depositarios y administradores de las riquezas del Coraz?n de Cristo, y a derramar el amor misericordioso de Cristo en los dem?s, en todos.

Verdaderamente, ?la caridad de Cristo nos apremia? (2 Co 5, 14), escribe san Pablo. ?Si quieres amar a Cristo, extiende tu caridad a toda la tierra, porque los miembros de Cristo se encuentran en todo el mundo?, nos recuerda san Agust?n (Comentario a la primera carta de san Juan, X, 5).

Por esto, todo sacerdote debe tener esp?ritu misionero, es decir, esp?ritu verdaderamente ?cat?lico?; debe ?recomenzar desde Cristo? para dirigirse a todos, recordando lo que afirm? nuestro Salvador, que Dios ?quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad? (1 Tm 2, 4-6). El sacerdote est? llamado a encontrarse con Cristo en la oraci?n y a conocerlo y amarlo tambi?n en el camino de la cruz, que es el camino del activo y abnegado servicio de la caridad.

S?lo as? se demuestra y testimonia la autenticidad de su amor a Dios y se refleja en todos el Rostro misericordioso de Cristo. ?La belleza de esta imagen resplandece en nosotros, que estamos en Cristo, cuando nos manifestamos hombres buenos en las obras?, nos dec?a san Cirilo de Alejandr?a (Tractatus ad Tiberium diaconum sociumque, II, in divi Johannis Evangelium).

2. Para ser testigo aut?ntico de la caridad de Cristo en la sociedad

La misi?n que el sacerdote recibe en la ordenaci?n no es un elemento exterior y yuxtapuesto a la consagraci?n, sino que constituye su finalidad intr?nseca y vital: ?La consagraci?n es para la misi?n? (Juan Pablo II, exhortaci?n apost?lica postsinodal Pastores dabo vobis, 24).

?Amor a Dios y amor al pr?jimo se funden entre s?: en el m?s humilde encontramos a Jes?s mismo y en Jes?s encontramos a Dios?, escribi? el Santo Padre (Deus caritas est, 15). En la Eucarist?a ?que es el tesoro inestimable de la Iglesia?, de modo especial al actuar como generosos ministros del Pan de vida eterna, se nos invita siempre a contemplar la belleza y la profundidad del misterio del amor de Cristo y a comunicar el ?mpetu de su Coraz?n enamorado a todos los hombres sin distinci?n, especialmente a los pobres y a los d?biles, a los m?s pobres entre los pobres, que son los pecadores, en un servicio de caridad continuo, humilde y, la mayor parte de las veces, oculto.

El esp?ritu misionero es parte constitutiva de la forma eucar?stica de la existencia sacerdotal. Al respecto escribe el Santo Padre: ?La misi?n primera y fundamental que recibimos de los santos Misterios que celebramos es la de dar testimonio con nuestra vida. El asombro por el don que Dios nos ha hecho en Cristo infunde en nuestra vida un dinamismo nuevo, comprometi?ndonos a ser testigos de su amor. Nos convertimos en testigos cuando, por nuestras acciones, palabras y modo de ser, aparece Otro y se comunica? (Sacramentum caritatis, 85).

El sacerdote est? llamado a hacerse ?pan partido para la vida del mundo?, a servir a todos con el amor de Cristo, que nos am? ?hasta el extremo?: as? la Eucarist?a llega a ser en la vida sacerdotal lo que significa en la celebraci?n. El sacrificio de Cristo es misterio de liberaci?n que nos interpela y provoca continuamente.

Todo sacerdote ha de sentir en s? mismo la urgencia de ser realmente promotor de justicia y de solidaridad entre los hombres: ante ellos el sacerdote est? llamado a testimoniar a Cristo mismo. Alimentados con la Palabra de vida, los sacerdotes no pueden quedarse fuera de la lucha por la defensa y la proclamaci?n de la dignidad de la persona humana y de sus derechos universales e inalienables.

A este respecto escribe Benedicto XVI: ?Precisamente, gracias al Misterio que celebramos, deben denunciarse las circunstancias que van contra la dignidad del hombre, por el cual Cristo ha derramado su sangre, afirmando as? el alto valor de cada persona? (ib., 89).

Descubriremos el verdadero sentido del amoris officium, de la caridad pastoral de la que nos habla san Agust?n (cf. In Iohannis Evangelium Tractatus 123, 5: CCL 36, 678): la Iglesia, como Esposa de Cristo, quiere ser amada por el sacerdote del mismo modo total y exclusivo como Cristo, Cabeza y Esposo, la ha amado. Comprenderemos la motivaci?n teol?gica de la ley eclesi?stica sobre el celibato en la Iglesia latina y de su relaci?n de conveniencia profund?sima con la sagrada ordenaci?n: como don inestimable de Dios, como singular participaci?n en la paternidad de Dios y en la fecundidad de la Iglesia, como inmensa energ?a misionera, como amor m?s grande, como testimonio del Reino escatol?gico ante el mundo. As?, el celibato, aceptado con decisi?n libre y amorosa, se convierte en entrega de s? en Cristo y con Cristo a su Iglesia y expresa el servicio del sacerdote a la Iglesia en el Se?or y con el Se?or (cf. Presbyterorum ordinis, 16; Pastores dabo vobis, 29).

Podemos preguntarnos: ?cu?les son estos ?mbitos del testimonio sacerdotal de la caridad de Cristo?

A. Ante todo, la misi?n, el kerigma y la catequesis de los j?venes y de los adultos, de los cercanos y de los alejados. En ella se transmite de forma completa y clara el mensaje de Cristo. En los tiempos actuales es urgente un conocimiento adecuado de la fe, como est? bien sintetizada en el Catecismo de la Iglesia cat?lica, con su Compendio.

Se trata de no escatimar esfuerzos en la b?squeda de los cat?licos alejados y de los que conocen poco o nada a Cristo. A este respecto, recientemente, el Papa Benedicto XVI, dirigi?ndose a los obispos de Brasil, dijo: ?La educaci?n en las virtudes personales y sociales del cristiano, as? como la educaci?n en la responsabilidad social, tambi?n forman parte de la catequesis. (...) Debemos ser fieles servidores de la Palabra, sin visiones reductivas ni confusiones en la misi?n que se nos ha confiado. No basta observar la realidad desde la fe personal; es necesario trabajar con el Evangelio en las manos y arraigados en la aut?ntica herencia de la Tradici?n apost?lica, sin interpretaciones motivadas por ideolog?as racionalistas? (Discurso durante el encuentro y celebraci?n de V?speras con los obispos de Brasil, 11 de mayo de 2007, nn. 4 y 5: L'Osservatore Romano, edici?n en lengua espa?ola, 18 de mayo de 2007, p. 11).

En este campo no bastan los lugares tradicionales de la catequesis ?las clases, conferencias o cursos de Biblia y teolog?a?; es necesario abrirse a los otros nuevos are?pagos de la cultura global: adem?s de la prensa, la radio y la televisi?n, es preciso recurrir m?s al correo electr?nico, a los sitios de internet, a las p?ginas, a las video-conferencias, y a muchos otros sistemas recientes, para comunicar de modo eficaz el kerigma a gran n?mero de personas.

La misma presencia, incluso externa, del pastor, con una actitud consecuente con lo que es, debe ser una catequesis para todos. Quiz? a veces hemos subestimado demasiado este aspecto, que a la gente sin duda agrada y que, si es expresi?n de contenidos, no constituye formalismo sino una forma capaz de comunicar una sustancia.

B. Otro ?mbito de este testimonio es la promoci?n de las instituciones eclesiales de beneficencia que, en varios niveles, pueden prestar un valioso servicio a las personas m?s necesitadas y d?biles. ?Si las personas con quienes se encuentran viven una situaci?n de pobreza, es necesario ayudarlas, como hac?an las primeras comunidades cristianas, practicando la solidaridad, para que se sientan amadas de verdad?, record? recientemente el Santo Padre en el encuentro antes mencionado (ib., n. 3).

?Debemos denunciar a quien derrocha las riquezas de la tierra, provocando desigualdades que claman al cielo (cf. St 5, 4)? escribi? Benedicto XVI y prosigui? afirmando: ?El Se?or Jes?s, Pan de vida eterna, nos apremia y nos hace estar atentos a las situaciones de pobreza en que se halla todav?a gran parte de la humanidad: son situaciones cuya causa implica a menudo una clara e inquietante responsabilidad por parte de los hombres? (Sacramentum caritatis, 90).

C. Promover la cultura de la vida. Por doquier, los sacerdotes, en comuni?n con sus Ordinarios, est?n llamados a promover una cultura de la vida que permita, como afirmaba Pablo VI, ?remontarse de la miseria a la posesi?n de lo necesario, (...) la adquisici?n de la cultura, (...) la cooperaci?n en el bien com?n, (...) hasta el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin? (Populorum progressio, 21). Al respecto ser? necesario poner de relieve, en la formaci?n de los cristianos laicos, que el desarrollo aut?ntico debe ser integral, es decir, orientado a la promoci?n de todo el hombre y de todos los hombres, sugiriendo los medios necesarios para suprimir las graves desigualdades sociales y las enormes diferencias en el acceso a los bienes.

D. La formaci?n de los fieles laicos. A los fieles laicos, formados en la escuela de la Eucarist?a, se les ha de exhortar y ayudar cada vez m?s a asumir directamente sus responsabilidades pol?ticas y sociales en coherencia motivada con su bautismo. Todos los hombres y mujeres bautizados deben tomar conciencia de que en la Iglesia han sido configurados con Cristo sacerdote, profeta y pastor, por el sacerdocio com?n de los fieles. Deben sentirse corresponsables de la construcci?n de la sociedad seg?n los criterios del Evangelio y, en particular, seg?n la doctrina social de la Iglesia. ?Esta doctrina, madurada durante toda la historia de la Iglesia, se caracteriza por el realismo y el equilibrio, ayudando as? a evitar compromisos equ?vocos o utop?as ilusorias? (Sacramentum caritatis, 91).

Como ha recordado en repetidas ocasiones el Sucesor de Pedro, a los fieles laicos corresponde la responsabilidad especial de cambiar las estructuras injustas y erigir las justas, sin las cuales no puede sostenerse una sociedad justa, produciendo el consenso necesario en los valores morales y la fuerza para vivir seg?n el modelo de estos valores (cf. Benedicto XVI, Discurso en la sesi?n inaugural de la V Conferencia general del Episcopado latinoamericano y del Caribe, n. 4).

E. Apoyo a la familia. Todos los sacerdotes est?n llamados a sostener a la familia cristiana promoviendo de diversas maneras, seg?n los diferentes carismas vocacionales y la misi?n que se os ha encomendado, una pastoral familiar adecuada y org?nica en vuestras respectivas comunidades eclesiales (cf. Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 47). Es particularmente necesario sostener el valor de la unidad del matrimonio como uni?n para toda la vida entre un hombre y una mujer, en la que, como marido y mujer, participen en la amorosa obra de creaci?n de Dios.

Por desgracia, numerosas doctrinas pol?ticas o corrientes de pensamiento siguen fomentando una cultura que hiere la dignidad del hombre, ignorando o poniendo en peligro, en diversa medida, la verdad sobre el matrimonio y sobre la familia. El sacerdote debe proclamar en nombre de Cristo, sin cansarse, que la familia, como formadora por excelencia de las personas, es indispensable para una verdadera ?ecolog?a humana? (cf. Juan Pablo II, Centesimus annus, 39).


3. Feliz de alzar la copa de la salvaci?n invocando el nombre del Se?or (cf. Sal 115, 12-13)

Juan Pablo II, en su carta a los sacerdotes para el Jueves santo de 2002, exclamaba: ??Qu? vocaci?n tan maravillosa la nuestra, mis queridos hermanos sacerdotes! Verdaderamente podemos repetir con el salmista: ??C?mo pagar? al Se?or todo el bien que me ha hecho? Alzar? la copa de la salvaci?n, invocando su nombre? (Sal 115, 12-13)? (L'Osservatore Romano, edici?n en lengua espa?ola, 22 de marzo de 2002, p. 7).

Esta copa es la copa de la bendici?n (cf. 1 Co 10, 16), la copa de la nueva alianza (cf. Lc 22, 20; 1 Co 11, 25).

San Basilio comenta al respecto: ?As? pues, ?c?mo pagar? al Se?or? No con sacrificios ni holocaustos..., sino con toda mi vida. Por eso dice el salmista: ?alzar? la copa de la salvaci?n?, llamando copa al padecer en la lucha espiritual, al resistir al pecado hasta la muerte? (Homil?a sobre el salmo 115: PG 30, 109).

Como han experimentado tantos sacerdotes santos en el ejercicio heroico de su ministerio, as? se nos invita tambi?n a nosotros a sacar de la Eucarist?a la fuerza necesaria para testimoniar la Verdad, sin titubeos, ?sin irenismos, sin falsas componendas, para no diluir el Evangelio?, como record? Benedicto XVI en su encuentro con los obispos de Alemania (Discurso en el seminario de Colonia, 21 de agosto de 2005).

En sociedades y culturas a menudo cerradas a la trascendencia, ahogadas por comportamientos consumistas, esclavas de antiguas y nuevas idolatr?as, redescubramos con asombro el sentido del Misterio eucar?stico. Renovemos nuestras celebraciones lit?rgicas para que sean signos m?s elocuentes de la presencia de Cristo en nuestras di?cesis, especialmente en nuestras parroquias; saquemos tiempo para el silencio, para la oraci?n y para la contemplaci?n adorante de la Eucarist?a, a fin de tener en nosotros de verdad esp?ritu misionero vibrante.

Juan Pablo II dijo a nuestros hermanos en el episcopado de Portugal: ?Como centinelas de la casa de Dios, velad, apreciados hermanos, para que en toda la vida eclesial se reproduzca de alg?n modo el ritmo binario de la santa misa con la liturgia de la Palabra y la liturgia eucar?stica. Os sirva de ejemplo el caso de los dos disc?pulos de Ema?s, que s?lo reconocieron a Jes?s al partir el pan (cf. Lc 24, 13-35)? (Discurso a los obispos de Portugal en visita ?ad limina Apostolorum?, 30 de noviembre de 1999, n. 6: L'Osservatore Romano, edici?n en lengua espa?ola, 17 de diciembre de 1999, p. 12).

En la Eucarist?a se encierra el secreto de la fidelidad y la perseverancia de nuestros fieles, de la seguridad y la solidez de nuestras comunidades eclesiales, en medio de las aflicciones y dificultades del mundo. En nuestra pastoral, que consta de palabras y Sacramento, debemos evitar los escollos del activismo, de hacer por hacer, y hemos de superar los ataques del laicismo y el secularismo donde Cristo no tiene voz ni lugar, llevando el Pan de vida eterna.

Pensamos en la importancia misionera de nuestras parroquias, que constituyen como el tejido de uni?n de nuestras di?cesis (cf. C?digo de derecho can?nico, can. 374, ? 1).

Pensamos en cada parroquia, que es una comunitas christifidelium y que no puede serlo si no es una comunidad eucar?stica y abierta a los m?s alejados, es decir, si no es una comunidad apta para celebrar la Eucarist?a con esp?ritu misionero, en la que se encuentran la ra?z viva de su edificaci?n y el v?nculo sacramental de su estar en plena comuni?n con toda la Iglesia (cf. Juan Pablo II, Christifideles laici, 26).

Pensamos en los p?rrocos, que no pueden menos de ser sacerdotes ordenados, porque hacen y dicen en la liturgia eucar?stica y en la liturgia de la Palabra lo que ellos ?propiamente?, ?por s? mismos?, no pueden hacer ni decir; en efecto, act?an y hablan ?in persona Christi capitis?. Pensamos en todos los sacerdotes, j?venes y ancianos, sanos y enfermos, que redescubriendo la entrega radical de s? mismos, ?nsita en su ministerio ordenado, pueden repetir con palabras de Juan Pablo II: ?Ha llegado el tiempo de hablar valientemente de la vida sacerdotal como de un valor inestimable y una forma espl?ndida y privilegiada de vida cristiana? (Pastores dabo vobis, 39).

De este modo, la Iglesia de la Palabra y de los sacramentos ser? necesariamente la Iglesia del ejercicio incansable del sacerdocio ministerial; ser? la Iglesia del sacerdote santo, del sacerdote que ama, en la ra?z de su alma, de todo su ser, la llamada que ha recibido del Maestro, para comportarse en todo momento como ipse Christus.

Benedicto XVI, en su discurso del 11 de mayo de 2006 a los obispos de la Conferencia episcopal de Quebec, Canad?, en visita ad limina Apostolorum, dijo: ?Sin embargo, la disminuci?n del n?mero de sacerdotes (...) en ciertos lugares pone en peligro de manera preocupante el lugar de la sacramentalidad en la vida de la Iglesia. Las necesidades de la organizaci?n pastoral no deben poner en peligro la autenticidad de la eclesiolog?a que se expresa en ella. No se debe restar importancia al papel central del sacerdote, que in persona Christi capitis ense?a, santifica y gobierna a la comunidad. El sacerdocio ministerial es indispensable para la existencia de una comunidad eclesial. La importancia del papel de los laicos, a quienes agradezco su generosidad al servicio de las comunidades cristianas, no debe ocultar nunca el ministerio absolutamente irreemplazable de los sacerdotes para la vida de la Iglesia? (L'Osservatore Romano, edici?n en lengua espa?ola, 19 de mayo de 2006, p. 7).

Los sacerdotes debemos esforzarnos por hacer que resplandezca nuestra verdadera identidad ontol?gica de ejercer un ministerio gozoso, aun en medio de las m?s arduas dificultades, un ministerio ardientemente misionero porque deriva de nuestra identidad; y, juntamente con todos los fieles, debemos ocuparnos de orar incansablemente al Due?o de la mies para que mande obreros a su mies. Las vocaciones existen, pero nosotros debemos fomentar su respuesta positiva con estos medios, con los medios que nos ense?? el Se?or y no con otros.

Esta es la Iglesia que queremos que vuelva a florecer y d? nuevos frutos, en su vitalidad y en su actividad. Es la Iglesia de la misi?n divina, la Iglesia in statu missionis.

Nos dirigimos a Mar?a, Reina de los Ap?stoles y Madre de los sacerdotes. A ella nos encomendamos nosotros mismos, nuestro ministerio pastoral y a todos los sacerdotes. Que Mar?a nos ayude a ser, como ella, tabern?culos y ostensorios de Jes?s buen Pastor.

Vaticano, 15 de junio de 2007, solemnidad del Sagrado Coraz?n de Jes?s.

Cardenal CL?UDIO HUMMES, o.f.m.

Prefecto

+ MAURO PIACENZA

Arzobispo titular de Vittoriana

Secretario
Publicado por verdenaranja @ 22:47  | Hablan los obispos
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