Lunes, 18 de junio de 2007

VATICANO - Día mundial de oración por la santificación de los sacerdotes: "Para que los sacerdotes puedan ser válidos testigos del amor de Cristo"

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - El Santo Cura de Ars ha dicho que "el sacerdocio es el Corazón de Cristo." Ciertamente es el acto de amor extremo que Cristo tiene por los que aceptan ser sus apóstoles, que Él llama a vivir con Él y a actuar en su nombre; al mismo tiempo el sacerdocio ministerial es un efecto del amor inmenso que Cristo tiene por todos los hombres y las mujeres, aún cuando todos no estén reconciliados con el Padre. Los presbiterios en efecto son los sacramentos vivientes de Cristo Supremo Pastor, que no ha titubeado en dar la propia vida por el mundo.

Los sacerdotes tienen que considerar su ministerio únicamente como un servicio de amor. A ellos se les pide que tengan los mismos sentimientos de Cristo, que por amor al Padre y para la salvación de sus hermanos de buena gana se ha sometido al tormento de la cruz. De ellos, por lo tanto, se solicita la santidad. No pueden y no tienen que vivir por ellos mismos, sino por Cristo, en un acto de perenne donación a la humanidad. Sólo así pueden convertirse en dispensadores y testigos del amor de Cristo. El Papa Juan Pablo II, que quiso instituir el Día mundial de oración por la santificación de los sacerdotes en 995, partía de esta verdad simple, casi un principio primario: “La llamada a la misión deriva de por sí de la llamada a la santidad (RM 90).

Sabemos que la ciencia de la comunicación asigna un rol insustituible a la personalidad del comunicante, que condiciona el resultado, sea en sentido positivo o negativo. El destinatario del mensaje, incluso antes de escuchar el contenido, emite un juicio de valor sobre quien lo transmite, de quien hace depender ya sea el rechazo o la aceptación. De los sacerdotes que están llamados a comunicar un mensaje no medible en términos cuantitativos, palpables y visibles, por de más contra el sentido común, los oyentes exigen una personalidad coherente con el mensaje que anuncian. Poco sirve la capacidad técnica si falta la fuerza del testimonio.

Ésta es la razón por la cual en estos años se ha insistido demasiado sobre la santidad y sobre las profundas convicciones interiores, solicitadas al sacerdote y al misionero, comunicadores del Evangelio. Porque esta Iglesia y nosotros sentimos efectivamente la ansiedad de la misión, ante todo, tenemos que dar cuenta de nosotros mismos, tenemos que rever nuestra vocación. Esta es una condición necesaria, porque no es posible una fractura violenta, una esquizofrenia entre el contenido del anuncio y el anunciador. Quizás aquí radica la causa más grave por la cual el Evangelio no es significativo, comprensible y eficaz en nuestra sociedad, y de la estasis de la actividad de evangelización.

Por lo tanto, se exige una vuelta a lo absoluto, al Centro, a aquel Corazón de Cristo, donde tenemos que reencontramos con las razones únicas y vitales de la misión. "Por qué la misión?". Juan Pablo II se pregunta en el Redemptoris Missio. "Nosotros respondemos con la fe y la experiencia de la Iglesia que, abrirse al amor de Cristo es la verdadera liberación". En el Evangelio permanece siempre la fuerza y la energía salvadora de Dios, también es un mensaje profético válido para el hombre contemporáneo. Solamente en la fe en Cristo la misión tiene su fundamento y su fuerza y el motivo de existencia de toda actividad de la Iglesia.

Para que un sacerdote y una comunidad conducida por él, puedan ser capaces de anunciar, es necesario que se apropien de la fe en Cristo, creyendo en Él como el auténtico y único Salvador, que nos empuja a trabajar para el Reino de Dios. El beato Padre Paolo Maná, fundador de la Unión Misionera pontificia, fue un apasionado de Cristo y un atormentado por la salvación de las almas. Por esto él confesaba: "En toda mi vida no he estudiado, no me he interesado de otra cosa, no sé otra cosa que la misión". Traducido en términos actuales, es la misma insistencia que encontramos en el "Novo Milenio Ineunte" y en los recientes documentos de la Conferencia Episcopal italiana que nos indican en la contemplación del rostro de Cristo la fuerza y el modelo de la evangelización.

Sacerdotes mediocres no nos sirven: necesitamos una verdadera fila de hombres superiores, llenos del Espíritu Santo, capaces de formar comunidades sólidas, capaces de sufrir mucho: no simples soldados, sino caudillos; no mercenarios o aficionados, sino verdaderos pastores de almas en el sentido más sublime de la palabra, que sepan dar a las almas de la superabundancia de su tesoro de gracias y virtud". Si no se contempla el rostro de Cristo y no nos metemos a su escuela, toda la acción apostólica puede resultar un derroche de energías. Sin esta pasión no puede haber ansia y creatividad por la misión. El sacerdote sin una sólida fe no existe; y si existe, no es el verdadero sacerdote de Cristo. Él es por excelencia el hombre de la fe: nace de la fe, vive de la fe, por ésta trabaja de buena gana, padece y muere. P. Vito del Prete, PIME, Secretario general de la Pontificia Unión Misionera (Agencia Fides 15/6/2007; rayas 53, palabras 805)


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