Mi?rcoles, 20 de junio de 2007
Homil?a que pronunci? Benedicto XVI el 7 de junio de 2007, solemnidad del Corpus Christi, en la plaza de la Bas?lica de San Juan de Letr?n.



Queridos hermanos y hermanas:
Hace poco hemos cantado en la Secuencia: "Dogma datur christianis, quod in carnem transit panis, et vinum in sanguinem", "Es certeza para los cristianos: el pan se convierte en carne, y el vino en sangre". Hoy reafirmamos con gran gozo nuestra fe en la Eucarist?a, el Misterio que constituye el coraz?n de la Iglesia.

En la reciente exhortaci?n postsinodal Sacramentum caritatis record? que el Misterio eucar?stico "es el don que Jesucristo hace de s? mismo, revel?ndonos el amor infinito de Dios por cada hombre" (n. 1). Por tanto, la fiesta del Corpus Christi es singular y constituye una importante cita de fe y de alabanza para toda comunidad cristiana. Es una fiesta que tuvo su origen en un contexto hist?rico y cultural determinado: naci? con la finalidad precisa de reafirmar abiertamente la fe del pueblo de Dios en Jesucristo vivo y realmente presente en el sant?simo sacramento de la Eucarist?a. Es una fiesta instituida para adorar, alabar y dar p?blicamente las gracias al Se?or, que "en el Sacramento eucar?stico Jes?s sigue am?ndonos "hasta el extremo", hasta el don de su cuerpo y de su sangre" (ib., 1).

La celebraci?n eucar?stica de esta tarde nos remonta al clima espiritual del Jueves santo, el d?a en que Cristo, en la v?spera de su pasi?n, instituy? en el Cen?culo la sant?sima Eucarist?a. As?, el Corpus Christi constituye una renovaci?n del misterio del Jueves santo, para obedecer a la invitaci?n de Jes?s de "proclamar desde los terrados" lo que ?l dijo en lo secreto (cf. Mt 10, 27).

El don de la Eucarist?a los Ap?stoles lo recibieron en la intimidad de la ?ltima Cena, pero estaba destinado a todos, al mundo entero. Precisamente por eso hay que proclamarlo y exponerlo abiertamente, para que cada uno pueda encontrarse con "Jes?s que pasa", como acontec?a en los caminos de Galilea, de Samaria y de Judea; para que cada uno, recibi?ndolo, pueda quedar curado y renovado por la fuerza de su amor.

Queridos amigos, esta es la herencia perpetua y viva que Jes?s nos ha dejado en el Sacramento de su Cuerpo y su Sangre. Es necesario reconsiderar, revivir constantemente esta herencia, para que, como dijo el venerado Papa Pablo VI, pueda ejercer "su inagotable eficacia en todos los d?as de nuestra vida mortal" (Audiencia general del mi?rcoles 24 de mayo de 1967).

En la misma exhortaci?n postsinodal, comentando la exclamaci?n del sacerdote despu?s de la consagraci?n: "Este es el misterio de la fe", afirm?: "Proclama el misterio celebrado y manifiesta su admiraci?n ante la conversi?n sustancial del pan y el vino en el cuerpo y la sangre del Se?or Jes?s, una realidad que supera toda comprensi?n humana" (n. 6).

Precisamente porque se trata de una realidad misteriosa que rebasa nuestra comprensi?n, no nos ha de sorprender que tambi?n hoy a muchos les cueste aceptar la presencia real de Cristo en la Eucarist?a. No puede ser de otra manera. As? ha sucedido desde el d?a en que, en la sinagoga de Cafarna?m, Jes?s declar? abiertamente que hab?a venido para darnos en alimento su carne y su sangre (cf. Jn 6, 26-58).

Ese lenguaje pareci? "duro" y muchos se volvieron atr?s. Ahora, como entonces, la Eucarist?a sigue siendo "signo de contradicci?n" y no puede menos de serlo, porque un Dios que se hace carne y se sacrifica por la vida del mundo pone en crisis la sabidur?a de los hombres. Pero con humilde confianza la Iglesia hace suya la fe de Pedro y de los dem?s Ap?stoles, y con ellos proclama, y proclamamos nosotros: "Se?or, ?a qui?n vamos a ir? T? tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 68). Renovemos tambi?n nosotros esta tarde la profesi?n de fe en Cristo vivo y presente en la Eucarist?a. S?, "es certeza para los cristianos: el pan se convierte en carne, y el vino en sangre".

La Secuencia, en su punto culminante, nos ha hecho cantar: "Ecce panis angelorum, factus cibus viatorum: vere panis filiorum", "He aqu? el pan de los ?ngeles, pan de los peregrinos, verdadero pan de los hijos". La Eucarist?a es el alimento reservado a los que en el bautismo han sido liberados de la esclavitud y han llegado a ser hijos, y por la gracia de Dios nosotros somos hijos; es el alimento que los sostiene en el largo camino del ?xodo a trav?s del desierto de la existencia humana.

Como el man? para el pueblo de Israel, as? para toda generaci?n cristiana la Eucarist?a es el alimento indispensable que la sostiene mientras atraviesa el desierto de este mundo, aridecido por sistemas ideol?gicos y econ?micos que no promueven la vida, sino que m?s bien la mortifican; un mundo donde domina la l?gica del poder y del tener, m?s que la del servicio y del amor; un mundo donde no raramente triunfa la cultura de la violencia y de la muerte. Pero Jes?s sale a nuestro encuentro y nos infunde seguridad: ?l mismo es "el pan de vida" (Jn 6, 35.48). Nos lo ha repetido en las palabras del Aleluya: "Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien come de este pan, vivir? para siempre" (cf. Jn 6, 51).

En el pasaje evang?lico que se acaba de proclamar, san Lucas, narr?ndonos el milagro de la multiplicaci?n de los cinco panes y dos peces con los que Jes?s saci? a la muchedumbre "en un lugar desierto", concluye diciendo: "Comieron todos hasta saciarse (cf. Lc 9, 11-17).

En primer lugar, quiero subrayar la palabra "todos". En efecto, el Se?or desea que todos los seres humanos se alimenten de la Eucarist?a, porque la Eucarist?a es para todos. Si en el Jueves santo se pone de relieve la estrecha relaci?n que existe entre la ?ltima Cena y el misterio de la muerte de Jes?s en la cruz, hoy, fiesta del Corpus Christi, con la procesi?n y la adoraci?n com?n de la Eucarist?a se llama la atenci?n hacia el hecho de que Cristo se inmol? por la humanidad entera. Su paso por las casas y las calles de nuestra ciudad ser? para sus habitantes un ofrecimiento de alegr?a, de vida inmortal, de paz y de amor.

En el pasaje evang?lico salta a la vista un segundo elemento: el milagro realizado por el Se?or contiene una invitaci?n expl?cita a cada uno para dar su contribuci?n. Los cinco panes y dos peces indican nuestra aportaci?n, pobre pero necesaria, que ?l transforma en don de amor para todos. "Cristo ?escrib? en la citada exhortaci?n postsinodal? sigue exhortando tambi?n hoy a sus disc?pulos a comprometerse en primera persona" (n. 88). Por consiguiente, la Eucarist?a es una llamada a la santidad y a la entrega de s? a los hermanos, pues "la vocaci?n de cada uno de nosotros consiste en ser, junto con Jes?s, pan partido para la vida del mundo" (ib.).

Nuestro Redentor dirige esta invitaci?n en particular a nosotros, queridos hermanos y hermanas de Roma, reunidos en torno a la Eucarist?a en esta hist?rica plaza: os saludo a todos con afecto. Mi saludo va ante todo al cardenal vicario y a los obispos auxiliares, a los dem?s venerados hermanos cardenales y obispos, as? como a los numerosos presb?teros y di?conos, a los religiosos y las religiosas, y a todos los fieles laicos.

Al final de la celebraci?n eucar?stica nos uniremos en procesi?n, como para llevar idealmente al Se?or Jes?s por todas las calles y barrios de Roma. Por decirlo as?, lo sumergiremos en la cotidianidad de nuestra vida, para que camine donde nosotros caminamos, para que viva donde vivimos. En efecto, como nos ha recordado el ap?stol san Pablo en la carta a los Corintios, sabemos que en toda Eucarist?a, tambi?n en la de esta tarde, "anunciamos la muerte del Se?or hasta que venga" (cf. 1 Co 11, 26). Caminamos por las calles del mundo sabiendo que lo tenemos a ?l a nuestro lado, sostenidos por la esperanza de poderlo ver un d?a cara a cara en el encuentro definitivo.

Mientras tanto, ya ahora escuchamos su voz, que repite, como leemos en el libro del Apocalipsis: "Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entrar? en su casa y cenar? con ?l y ?l conmigo" (Ap 3, 20).

La fiesta del Corpus Christi quiere hacer perceptible, a pesar de la dureza de nuestro o?do interior, esta llamada del Se?or. Jes?s llama a la puerta de nuestro coraz?n y nos pide entrar no s?lo por un d?a, sino para siempre. Lo acogemos con alegr?a elevando a ?l la invocaci?n coral de la liturgia: "Buen pastor, verdadero pan, oh Jes?s, ten piedad de nosotros (...). T? que todo lo sabes y lo puedes, que nos alimentas en la tierra, lleva a tus hermanos a la mesa del cielo, en la gloria de tus santos". Am?n.

[Traducci?n del original italiano distribuida por la Santa Sede
Publicado por verdenaranja @ 0:04  | Habla el Papa
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