Mi?rcoles, 20 de junio de 2007
Art?culo semanal del Padre Fernando Lorente, o.h., publicado en EL D?A, en la secci?n CRITERIOS bajo el ep?grafe general de "Luz en el camino".

Luz en el Camino Fernando Lorente, o.h. *


Autoridad


Durante los primeros meses de este a?o 2007, se han celebrado elecciones pol?ticas -en Francia y en Espa?a- y cap?tulos religiosos en distintas instituciones religiosas, como la Orden Hospitalaria en los distritos provinciales en Espa?a.

Tanto en un campo como en el otro, lo primero que se cuestiona es la autoridad. En ambos acontecimientos se percibe la vitalidad o la insensibilidad de esta virtud tan decisivamente fundamental en el gobierno civil y religioso. Dos puntos de reflexi?n:

* La autoridad pol?tica no es para conseguir intereses particulares o de grupos, tampoco para dominar a los otros y menos para manipular al pueblo, sino para servir al bien com?n de todos ciudadanos. La autoridad pol?tica, y m?s aqu?lla que se proclama y se define democr?tica, ha de ejercerse con seriedad, responsabilidad, lucidez, rigor social y con imaginaci?n creadora. Y s?lo por este camino, los pol?ticos, desde el poder y desde la oposici?n, podr?n descubrir que las consecuencias de sus decisiones est?n marcando la vida de las personas y de los pa?ses que rigen; y, por eso, dichas decisiones deben ser tomadas con la m?xima responsabilidad ?tica. La autoridad del poder pol?tico que condiciona la vida de tantas personas y grupos humanos no puede tratarse banalmente.

La autoridad pol?tica, por tanto, hay que acogerla y vivirla con alta dignidad por parte de quienes la ejercen a la hora de aplicar la ley que la garantiza. A este prop?sito qu? sabias son las palabras de nuestro Balmes: "Ninguna sociedad, grande o peque?a, puede conservarse ordenada sin una autoridad que la rija: donde haya una reuni?n es preciso que haya una ley de unidad; de lo contrario, es inevitable el desorden. Las fuerzas individuales entregadas a s? solas sin esta ley y la autoridad que la garantice permisivamente producen dispersi?n, acarrean choques y anarqu?as cada d?a m?s graves". El riesgo mayor que va teniendo la democracia -los hechos no pueden ser m?s manifiestos en Espa?a- est? en esas formas pol?ticas que destruyen o estorban la libertad civil, sea en materia pol?tica o religiosa, y aquellas otras que orientan la acci?n del gobierno en la forma olig?rquica, esto es, hacia el bien de un grupo o grupos particulares, y m?s todav?a cuando se queda en provecho de los propios gobernantes

* La autoridad -a la luz de la sana raz?n y, para los creyentes, a la luz de la revelaci?n divina- tiene un origen y una finalidad que convierten su ejercicio en un servicio a la comunidad por parte de los que mandan Esta concepci?n de la autoridad como servicio, que de consuno demanda la raz?n natural y la divina revelaci?n, excluye necesariamente y por igual el autoritarismo y el inhibicionismo permisivista o an?rquico. Por eso la intervenci?n de los cristianos en la vida p?blica -atendiendo a lo que esto significa para dignidad de la autoridad- es uno de los factores m?s delicados y decisivos para la consagraci?n del mundo, porque la cristianizaci?n de la vida p?blica es uno de los cauces m?s grandes que preparan la aceptaci?n del Evangelio. Los seglares cristianos, en todo campo de la vida p?blica, son los principales administradores de la sabidur?a cristiana y tienen que hacer valer el peso de su autoridad moral en la opini?n p?blica, a fin de que el poder pol?tico sea ejercido con justicia y para que las leyes respondan a los principios de la moral y al bien com?n. El notable esc?ndalo que pueda darse -y hasta grav?simo- por la discordancia entre la fe cristiana que se profesa y la conducta que se sigue s?lo puede producirse porque los cristianos se apartan de esa perspectiva divina en la que deben situarse.

La mayor garant?a y la m?s convincente de la autoridad siempre ha sido, es y ser? el testimonio de fidelidad de quien la ejerce. Nuestro gran pensador, Jos? Ortega y Gasset, dec?a: "La autoridad debe ser un anexo de la ejemplaridad". Y otro autor tambi?n nos confirma: "La mejor voz de la autoridad es el ejemplo en vivir y comprometerse el que directamente manda". Y con cierto gracejo, Alfonso X recordaba las condiciones que dec?an los antiguos que deb?an tener los que ejercieran la autoridad: "Sabidur?a -la que se apoya en el sentido com?n-, esfuerzo constante, buen seso y, a toda prueba, plena lealtad".

Toda instituci?n se inspira, al menos impl?citamente, en una visi?n del hombre y de su destino, de la que saca su referencia de juicio, su jerarqu?a de valores, su l?nea de conducta. La mayor?a de las sociedades han configurado sus instituciones conforme a una cierta preeminencia del hombre sobre las cosas. S?lo la religi?n divinamente revelada ha reconocido claramente en Dios Creador y Redentor el origen y el destino del hombre. La Iglesia invita a las autoridades civiles a juzgar y decidir a la luz de la Verdad de Dios y sobre el hombre. Las sociedades y naciones que ignoran esta inspiraci?n o la rechazan en nombre de su independencia o laicismo sectario se ven obligados a buscar en s? mismas o a tomar un criterio objetivo del bien y del mal, que les obliga a ejercer sobre el hombre y su destino un poder totalitarista, declarado o velado, como lo muestra la historia, y que tan palpablemente se siente ya en Espa?a y en otras naciones europeas.

* La autoridad estrictamente religiosa viene as? expresada para sus miembros, que transcribimos de unas Constituciones: "La Iglesia ha recibido del Se?or Jes?s, su divino fundador, el poder que ?l le hab?a concedido su Padre". Esta autoridad en nuestra Instituci?n es un verdadero servicio de amor que los superiores ejercitan para el bien com?n, a imitaci?n de Jesucristo en la b?squeda de la voluntad de Dios sobre la Instituci?n, las comunidades y cada uno de los religiosos. Los superiores, por tanto, ejerzan la autoridad con esp?ritu fraterno, pidiendo pareceres, estimulando iniciativas y teniendo presente el derecho universal de la Iglesia y el derecho propio de nuestra Instituci?n y apoyen a todos los que trabajen en nuestra misi?n y a los que la favorezcan con su ayuda profesional, material y moral.

* Capell?n de la Cl?nica

S. Juan de Dios
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