S?bado, 23 de junio de 2007
VATICANO - LAS PALABRAS DE LA DOCTRINA de Don Nicola Bux y don Salvatore Vitello - El Sagrado Coraz?n y el ?misterio humano?

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - Si bien es verdad que el icono del Coraz?n de Cristo ha sido interpretado de distintas maneras a lo largo del tiempo, oscilando entre los dos extremos desde una devoci?n sentimental a un extremo intelectualista y casi racionalista, "relectura teol?gica", es igualmente verdad que la evocaci?n al "coraz?n", en la Sagrada Escritura, remite ineludiblemente a un centro personal y existencial, al n?cleo de la persona misma, en el que convergen aquellas facultades que la distinguen esencialmente del resto de la creaci?n.
Mirar al "Sagrado Coraz?n de Jes?s" significa poner la atenci?n en el gran misterio de Su humanidad, de Su ser hombre perfecto, completo, en vista del Cual todas las cosas fueron creadas y en el que hemos sido elegidos antes de la creaci?n del mundo (cfr. Ef 1,4)

Que Dios haya elegido la Encarnaci?n como m?todo para manifestarse a los hombres, elevando la misma naturaleza humana como ?lugar de epifan?a? de Su realidad de Amor, debe seguir admir?ndonos , sobre todo en la clara y teol?gicamente cierta conciencia del permanecer en la presencia de Cristo muerto y resucitado en la Iglesia, Su cuerpo m?stico.
Celebrar el Sagrado Coraz?n de Jes?s significa, antes que nada, hacer memoria de la Encarnaci?n del Verbo eterno y, al mismo tiempo, prestar particular atenci?n sobre la fascinante humanidad de Cristo.
Si la diferencia entre la humanidad del Se?or y nuestra pobre humanidad queda irreducible, ya que es diferente la Persona sobre que ellas se asientan, aparece sin embargo en toda su grandeza y en su atractivo el camino de continua personalizaci?n al cual es llamado todo hombre
En este sentido la referencia al "coraz?n" es una invitaci?n a acogerse a si mismo como "misterio" en la conciencia, progresivamente adquirida, que cada uno participa de una irreducibilidad y de una constitutiva apertura al infinito, documentada por exigencias y evidencias, que son el eco m?s elocuente del ser "imagen y semejanza de Dios" (cfr. Gn 1,26-27).
Precisamente en esta dimensi?n de misterio, a?n en la conciencia de todos los l?mites y pecados a los que cuales se expone la persona, es necesario comprender de nuevo el propio coraz?n, la propia dimensi?n personal y humana. ?sta no es hoy, como se quiere hacer creer, la causa del peligroso y difuso antropocentrismo. Al contrario siempre asistimos a una mayor "reducci?n" de lo humano, reducci?n de sus necesidades fundamentales, de sus capacidades cognoscitivas respecto a la realidad y de la verdad: el relativismo filos?fico ha invertido inevitablemente tambi?n la idea de hombre, mortificando con ello los deseos y reduciendo las aspiraciones infinitas.
Una criatura que no se entienda en relaci?n con el propio Creador, un hombre que censure la propia constitutiva apertura al infinito y, en fin, el propio "coraz?n", la propia esencia humana, vive una radical "distracci?n del yo? que nada tiene a que ver ni con la justa superaci?n del ego?smo, ni con una correcta antropolog?a cristiana.
Mirar al "Coraz?n de Jes?s" significa entonces revaluar con humildad y verdad el prodigio del ser humano que Dios mismo ha querido asumir. Particularmente en el d?a por la Santificaci?n del clero, significa mirar la humanidad de Cristo como modelo para cada sacerdote que "tomado entre los hombres, es constituido por el bien de ellos en las cosas que conciernen Dios" (Heb 5,1.).
La mirada dirigida hacia la humanidad de Cristo, lejos del crear est?riles sentimientos de culpa por la inevitable inadecuaci?n de cada humanidad, debe abrirse a la acogida de si mismo, de la propia dimensi?n humana comprendida como misterio, como signo elocuente de la constante y fiel presencia Dios el cual, tambi?n a trav?s de todos los l?mites, habla al hombre y al sacerdote: Cristo no nos pone a salvo de nuestra humanidad, sino a trav?s de ella; no nos salva del mundo, sino que ha venido al mundo para que el mundo se salve por medio de ?l (cf. Jn 3,17). (Benedicto XVI Mensaje Urbi et Orbi 25 diciembre de 2006. (Agencia Fides 21/6/2007; L?neas: 49 Palabras: 662)
Publicado por verdenaranja @ 0:21  | Espiritualidad
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