S?bado, 23 de junio de 2007
Discurso que Benedicto XVI pronunci? al inaugurar la asamblea diocesana de Roma sobre el tema ?Jes?s es el Se?or. Educar en la fe, en el seguimiento y en el testimonio?, el 11 de junio de 2007, en la bas?lica de San Juan de Letr?n.



Queridos hermanos y hermanas:
Por tercer a?o consecutivo la asamblea de nuestra di?cesis me brinda la posibilidad de encontrarme con vosotros y dirigirme a todos, abordando la tem?tica que la Iglesia de Roma afrontar? en el pr?ximo a?o pastoral, en estrecha continuidad con el trabajo desarrollado en el a?o que se est? concluyendo. Os saludo con afecto a cada uno de vosotros, obispos, sacerdotes, di?conos, religiosos, religiosas y laicos que particip?is con generosidad en la misi?n de la Iglesia. Agradezco en particular al cardenal vicario las palabras que me ha dirigido en nombre de todos vosotros.

El tema de la asamblea es "Jes?s es el Se?or. Educar en la fe, en el seguimiento y en el testimonio". Se trata de un tema que nos ata?e a todos, porque cada disc?pulo confiesa que Jes?s es el Se?or y est? llamado a crecer en la adhesi?n a ?l, dando y recibiendo ayuda de la gran compa??a de los hermanos en la fe. Ahora bien, el verbo "educar", puesto en el t?tulo de la asamblea, implica una atenci?n especial a los ni?os, a los muchachos y a los j?venes, y pone de relieve la tarea que corresponde ante todo a la familia: as? permanecemos dentro del itinerario que ha caracterizado durante los ?ltimos a?os la pastoral de nuestra di?cesis.

Es importante considerar ante todo la afirmaci?n inicial, que da el tono y el sentido de nuestra asamblea: "Jes?s es el Se?or". Ya la encontramos en la solemne declaraci?n con la que concluye el discurso de san Pedro en Pentecost?s, donde el primero de los Ap?stoles dijo: "Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Se?or y Cristo a este Jes?s a quien vosotros hab?is crucificado" (Hch 2, 36). Es an?loga la conclusi?n del gran himno a Cristo contenido en la carta de san Pablo a los Filipenses: "Toda lengua confiese que Cristo Jes?s es Se?or para gloria de Dios Padre" (Flp 2, 11). Tambi?n san Pablo, en el saludo final de la primera carta a los Corintios, exclama: "El que no quiera al Se?or, sea anatema. Marana tha, Ven, Se?or" (1 Co 16, 22), transmiti?ndonos as? la antiqu?sima invocaci?n, en lengua aramea, de Jes?s como Se?or.

Se podr?an a?adir otras citas: pienso en el cap?tulo 12 de la misma carta a los Corintios, donde san Pablo dice: "Nadie puede decir "Jes?s es Se?or" sino con el Esp?ritu Santo" (1 Co 12, 3). As? declara que esta es la confesi?n fundamental de la Iglesia, guiada por el Esp?ritu Santo. Podr?amos pensar tambi?n en el cap?tulo 10 de la carta a los Romanos, donde el Ap?stol dice: "Si confiesas con tu boca que Jes?s es Se?or..." (Rm 10, 9), recordando tambi?n a los cristianos de Roma que las palabras "Jes?s es el Se?or" constituyen la confesi?n com?n de la Iglesia, el fundamento seguro de toda la vida de la Iglesia. A partir de esas palabras se ha desarrollado toda la confesi?n del Credo apost?lico, del Credo niceno. En otro pasaje de la primera carta a los Corintios san Pablo afirma tambi?n: "Pues aun cuando se les d? el nombre de dioses, bien en el cielo bien en la tierra, de forma que hay multitud de dioses y de se?ores, para nosotros no hay m?s que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Se?or, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros" (1 Co 8, 5-6).

As?, desde el inicio, los disc?pulos reconocieron que Jes?s resucitado es nuestro hermano en la humanidad y que tambi?n es totalmente uno con Dios; que con su venida al mundo, con toda su vida, con su muerte y su resurrecci?n, nos trajo a Dios, hizo presente a Dios en el mundo de modo nuevo y ?nico; y que, por tanto, da sentido y esperanza a nuestra vida: en ?l encontramos el verdadero rostro de Dios, que realmente necesitamos para vivir.

Educar en la fe, en el seguimiento y en el testimonio quiere decir ayudar a nuestros hermanos, o mejor, ayudarnos mutuamente a entablar una relaci?n viva con Cristo y con el Padre. Esta ha sido desde el inicio la tarea fundamental de la Iglesia, como comunidad de los creyentes, de los disc?pulos y de los amigos de Jes?s. La Iglesia, cuerpo de Cristo y templo del Esp?ritu Santo, es la compa??a fiable en la que hemos sido engendrados y educados para llegar a ser, en Cristo, hijos y herederos de Dios. En ella recibimos al Esp?ritu, "que nos hace exclamar: ? Abb?, Padre!" (cf. Rm 8, 14-17).

En la homil?a de san Agust?n hemos escuchado que Dios no est? lejos, que se ha hecho "camino" y que el "camino" mismo vino a nosotros. Dice: "Lev?ntate, perezoso, y comienza a caminar". Comenzar a caminar quiere decir emprender el "camino" que es Cristo mismo, en compa??a de los creyentes; quiere decir caminar ayud?ndonos los unos a los otros a ser realmente amigos de Jesucristo e hijos de Dios.

Como nos ense?a la experiencia diaria ?lo sabemos todos?, educar en la fe hoy no es una empresa f?cil. En realidad, hoy cualquier labor de educaci?n parece cada vez m?s ardua y precaria. Por eso, se habla de una gran "emergencia educativa", de la creciente dificultad que se encuentra para transmitir a las nuevas generaciones los valores fundamentales de la existencia y de un correcto comportamiento, dificultad que existe tanto en la escuela como en la familia, y se puede decir que en todos los dem?s organismos que tienen finalidades educativas.

Podemos a?adir que se trata de una emergencia inevitable: en una sociedad y en una cultura que con demasiada frecuencia tienen el relativismo como su propio credo ?el relativismo se ha convertido en una especie de dogma?, falta la luz de la verdad, m?s a?n, se considera peligroso hablar de verdad, se considera "autoritario", y se acaba por dudar de la bondad de la vida ??es un bien ser hombre?, ?es un bien vivir?? y de la validez de las relaciones y de los compromisos que constituyen la vida.

Entonces, ?c?mo proponer a los m?s j?venes y transmitir de generaci?n en generaci?n algo v?lido y cierto, reglas de vida, un aut?ntico sentido y objetivos convincentes para la existencia humana, sea como personas sea como comunidades? Por eso, por lo general, la educaci?n tiende a reducirse a la transmisi?n de determinadas habilidades o capacidades de hacer, mientras se busca satisfacer el deseo de felicidad de las nuevas generaciones colm?ndolas de objetos de consumo y de gratificaciones ef?meras.

As?, tanto los padres como los profesores sienten f?cilmente la tentaci?n de abdicar de sus tareas educativas y de no comprender ya ni siquiera cu?l es su papel, o mejor, la misi?n que les ha sido encomendada. Pero precisamente as? no ofrecemos a los j?venes, a las nuevas generaciones, lo que tenemos obligaci?n de transmitirles. Con respecto a ellos somos deudores tambi?n de los verdaderos valores que dan fundamento a la vida.

Pero esta situaci?n evidentemente no satisface, no puede satisfacer, porque deja de lado la finalidad esencial de la educaci?n, que es la formaci?n de la persona a fin de capacitarla para vivir con plenitud y aportar su contribuci?n al bien de la comunidad. Por eso, en muchas partes se plantea la exigencia de una educaci?n aut?ntica y el redescubrimiento de la necesidad de educadores que lo sean realmente. Lo reclaman los padres, preocupados y a menudo angustiados por el futuro de sus hijos; lo reclaman tantos profesores que viven la triste experiencia de la degradaci?n de sus escuelas; lo reclama la sociedad en su conjunto, en Italia y en muchas otras naciones, porque ve c?mo a causa de la crisis de la educaci?n se ponen en peligro las bases mismas de la convivencia.

En ese contexto, el compromiso de la Iglesia de educar en la fe, en el seguimiento y en el testimonio del Se?or Jes?s asume, m?s que nunca, tambi?n el valor de una contribuci?n para hacer que la sociedad en que vivimos salga de la crisis educativa que la aflige, poniendo un dique a la desconfianza y al extra?o "odio de s? misma" que parece haberse convertido en una caracter?stica de nuestra civilizaci?n.

Ahora bien, todo esto no disminuye la dificultad que encontramos para llevar a los ni?os, a los adolescentes y a los j?venes a encontrarse con Cristo y a entablar con ?l una relaci?n duradera y profunda. Sin embargo, precisamente este es el desaf?o decisivo para el futuro de la fe, de la Iglesia y del cristianismo, y por tanto es una prioridad esencial de nuestro trabajo pastoral: acercar a Cristo y al Padre a la nueva generaci?n, que vive en un mundo en gran parte alejado de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, debemos ser siempre conscientes de que no podemos realizar esa obra con nuestras fuerzas, sino s?lo con el poder del Esp?ritu Santo. Son necesarias la luz y la gracia que proceden de Dios y act?an en lo m?s ?ntimo de los corazones y de las conciencias. As? pues, para la educaci?n y la formaci?n cristiana son decisivas ante todo la oraci?n y nuestra amistad personal con Jes?s, pues s?lo quien conoce y ama a Jesucristo puede introducir a sus hermanos en una relaci?n vital con ?l.

Impulsado precisamente por esta necesidad pens?: ser?a ?til escribir un libro que ayude a conocer a Jes?s. No olvidemos nunca las palabras de Jes?s: "A vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he o?do a mi Padre os lo he dado a conocer. No me hab?is elegido vosotros a m?, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vay?is y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca" (Jn 15, 15-16). Por eso, nuestras comunidades s?lo podr?n trabajar con fruto y educar en la fe y en el seguimiento de Cristo si son ellas mismas aut?nticas "escuelas" de oraci?n (cf. Novo millennio ineunte, 33), en las que se viva el primado de Dios.

Adem?s, la educaci?n, y especialmente la educaci?n cristiana, es decir, la educaci?n para forjar la propia vida seg?n el modelo de Dios, que es amor (cf. 1 Jn 4, 8. 16), necesita la cercan?a propia del amor. Sobre todo hoy, cuando el aislamiento y la soledad son una condici?n generalizada, a la que en realidad no ponen remedio el ruido y el conformismo de grupo, resulta decisivo el acompa?amiento personal, que da a quien crece la certeza de ser amado, comprendido y acogido.

En concreto, este acompa?amiento debe llevar a palpar que nuestra fe no es algo del pasado, sino que puede vivirse hoy y que vivi?ndola encontramos realmente nuestro bien. As?, a los muchachos y los j?venes se les puede ayudar a librarse de prejuicios generalizados y a darse cuenta de que el modo cristiano de vivir es realizable y razonable, m?s a?n, el m?s razonable, con mucho.

Toda la comunidad cristiana, en sus m?ltiples articulaciones y componentes, est? llamada a cumplir la gran tarea de llevar a las nuevas generaciones al encuentro con Cristo; por tanto, en este ?mbito debe expresarse y manifestarse con particular evidencia nuestra comuni?n con el Se?or y entre nosotros, nuestra disponibilidad y voluntad de trabajar juntos, de "formar una red", de colaborar todos con esp?ritu abierto y sincero, comenzando por la valiosa contribuci?n de las mujeres y los hombres que han consagrado su vida a la adoraci?n de Dios y a la intercesi?n por los hermanos.

Sin embargo, es evidente que, en la educaci?n y en la formaci?n en la fe, a la familia compete una misi?n propia y fundamental y una responsabilidad primaria. En efecto, el ni?o que se asoma a la vida hace a trav?s de sus padres la primera y decisiva experiencia del amor, de un amor que en realidad no es s?lo humano, sino tambi?n un reflejo del amor que Dios siente por ?l. Por eso, entre la familia cristiana, peque?a "iglesia dom?stica" (cf. Lumen gentium, 11), y la gran familia de la Iglesia debe desarrollarse la colaboraci?n m?s estrecha, ante todo en lo que ata?e a la educaci?n de los hijos.

As? pues, todo lo realizado a lo largo de los tres a?os que nuestra pastoral diocesana ha dedicado espec?ficamente a la familia, no s?lo se ha de considerar como un fruto, sino que se ha de incrementar ulteriormente. Por ejemplo, los intentos de implicar m?s a los padres e incluso a los padrinos y madrinas antes y despu?s del bautismo, para ayudarles a entender y a cumplir su misi?n de educadores de la fe, ya han dado resultados apreciables, y es preciso proseguirlos, convirti?ndolos en patrimonio com?n de cada parroquia. Lo mismo vale para la participaci?n de las familias en la catequesis y en todo el itinerario de iniciaci?n cristiana de los ni?os y los adolescentes.

Desde luego, son muchas las familias que no est?n preparadas para cumplir esa tarea; y algunas parecen poco interesadas en la educaci?n cristiana de sus hijos, o incluso son contrarias a ella: aqu? se notan tambi?n las consecuencias de la crisis de tantos matrimonios. Con todo, raramente se encuentran padres totalmente indiferentes con respecto a la formaci?n humana y moral de sus hijos, y, por tanto, no dispuestos a dejarse ayudar en una labor educativa que consideran cada vez m?s dif?cil.

Por consiguiente, se abre un espacio de compromiso y de servicio para nuestras parroquias, oratorios, grupos juveniles y, ante todo, para las mismas familias cristianas, llamadas a hacerse pr?jimo de otras familias a fin de sostenerlas y asistirlas en la educaci?n de los hijos, ayud?ndoles as? a recuperar el sentido y la finalidad de la vida de matrimonio. Pasemos ahora a otros sujetos de la educaci?n en la fe.

A medida que los muchachos crecen, aumenta naturalmente en ellos el deseo de autonom?a personal, que f?cilmente, sobre todo en la adolescencia, se transforma en un alejamiento cr?tico de la propia familia. Entonces resulta especialmente importante la cercan?a que pueden garantizar el sacerdote, la religiosa, el catequista u otros educadores capaces de hacer concreto para el joven el rostro amigo de la Iglesia y el amor de Cristo.

Para que produzca efectos positivos duraderos, nuestra cercan?a debe ser consciente de que la relaci?n educativa es un encuentro de libertades y que la misma educaci?n cristiana es formaci?n en la aut?ntica libertad. De hecho, no hay verdadera propuesta educativa que no conduzca, de modo respetuoso y amoroso, a una decisi?n, y precisamente la propuesta cristiana interpela a fondo la libertad, invit?ndola a la fe y a la conversi?n.

Como afirm? en la Asamblea eclesial de Verona, "una educaci?n verdadera debe suscitar la valent?a de las decisiones definitivas, que hoy se consideran un v?nculo que limita nuestra libertad, pero que en realidad son indispensables para crecer y alcanzar algo grande en la vida, especialmente para que madure el amor en toda su belleza; por consiguiente, para dar consistencia y significado a nuestra libertad" (Discurso del 19 de octubre de 2006: L'Osservatore Romano, edici?n en lengua espa?ola, 27 de octubre de 2006, p. 10).

Los adolescentes y los j?venes, cuando se sienten respetados y tomados en serio en su libertad, a pesar de su inconstancia y fragilidad, se muestran dispuestos a dejarse interpelar por propuestas exigentes; m?s a?n, se sienten atra?dos y a menudo fascinados por ellas. Tambi?n quieren mostrar su generosidad en la entrega a los grandes valores perennes, que constituyen el fundamento de la vida.

El aut?ntico educador tambi?n toma en serio la curiosidad intelectual que existe ya en los ni?os y con el paso de los a?os asume formas m?s conscientes. Con todo, el joven de hoy, estimulado y a menudo confundido por la multiplicidad de informaciones y por el contraste de ideas y de interpretaciones que se le proponen continuamente, conserva dentro de s? una gran necesidad de verdad; por tanto, est? abierto a Jesucristo, que, como nos recuerda Tertuliano (De virginibus velandis, I, 1), "afirm? que es la verdad, no la costumbre".

Debemos esforzarnos por responder a la demanda de verdad poniendo sin miedo la propuesta de la fe en confrontaci?n con la raz?n de nuestro tiempo. As? ayudaremos a los j?venes a ensanchar los horizontes de su inteligencia, abri?ndose al misterio de Dios, en el cual se encuentra el sentido y la direcci?n de nuestra existencia, y superando los condicionamientos de una racionalidad que s?lo se f?a de lo que puede ser objeto de experimento y de c?lculo. Por tanto, es muy importante desarrollar lo que ya el a?o pasado llamamos la "pastoral de la inteligencia".

La labor educativa implica la libertad, pero tambi?n necesita autoridad. Por eso, especialmente cuando se trata de educar en la fe, es central la figura del testigo y el papel del testimonio. El testigo de Cristo no transmite s?lo informaciones, sino que est? comprometido personalmente con la verdad que propone, y con la coherencia de su vida resulta punto de referencia digno de confianza. Pero no remite a s? mismo, sino a Alguien que es infinitamente m?s grande que ?l, en quien ha puesto su confianza y cuya bondad fiable ha experimentado.

Por consiguiente, el aut?ntico educador cristiano es un testigo cuyo modelo es Jesucristo, el testigo del Padre que no dec?a nada de s? mismo, sino que hablaba tal como el Padre le hab?a ense?ado (cf. Jn 8, 28). Esta relaci?n con Cristo y con el Padre es para cada uno de nosotros, queridos hermanos y hermanas, la condici?n fundamental para ser educadores eficaces en la fe.

Acertadamente, nuestra asamblea habla de educaci?n no s?lo en la fe y en el seguimiento, sino tambi?n en el testimonio del Se?or Jes?s. Por tanto, el testimonio activo de Cristo que se debe dar no s?lo ata?e a los sacerdotes, a las religiosas y a los laicos que en nuestras comunidades desempe?an tareas educativas, sino tambi?n a los mismos muchachos y j?venes, y a todos los que son educados en la fe.

La conciencia de estar llamados a ser testigos de Cristo no es, por tanto, algo que se a?ade despu?s, una consecuencia de alg?n modo externa a la formaci?n cristiana, como por desgracia se ha pensado a menudo y tambi?n hoy se sigue pensando, sino, al contrario, es una dimensi?n intr?nseca y esencial de la educaci?n en la fe y en el seguimiento, del mismo modo que la Iglesia es misionera por su misma naturaleza (cf. Ad gentes, 2).

As? pues, desde el inicio de la formaci?n de los ni?os, para llegar, con un itinerario progresivo, a la formaci?n permanente de los cristianos adultos, es necesario que arraiguen en el alma de los creyentes la voluntad y la convicci?n de que participan en la vocaci?n misionera de la Iglesia, en todas las situaciones y circunstancias de su vida. No podemos guardar para nosotros la alegr?a de la fe; debemos difundirla y transmitirla, fortaleci?ndola as? en nuestro coraz?n.

Si la fe se transforma realmente en alegr?a por haber encontrado la verdad y el amor, es inevitable sentir el deseo de transmitirla, de comunicarla a los dem?s. Por aqu? pasa, en gran medida, la nueva evangelizaci?n a la que nos llam? nuestro amado Papa Juan Pablo II. Una experiencia concreta, que podr? hacer crecer en los j?venes de las parroquias y de las diversas asociaciones eclesiales la voluntad de testimoniar su fe, es la "Misi?n de los j?venes" que est?is proyectando, despu?s del feliz resultado de la gran "Misi?n ciudadana".

A la escuela cat?lica corresponde una tarea muy importante en la educaci?n en la fe. En efecto, cumple su misi?n bas?ndose en un proyecto educativo que pone en el centro el Evangelio y lo tiene como punto de referencia decisivo para la formaci?n de la persona y para toda la propuesta cultural. Por tanto, la escuela cat?lica, en convencida colaboraci?n con las familias y con la comunidad eclesial, trata de promover la unidad entre la fe, la cultura y la vida, que es objetivo fundamental de la educaci?n cristiana.

Tambi?n las escuelas del Estado, de formas y modos diversos, pueden ser sostenidas en su tarea educativa por la presencia de profesores creyentes ?en primer lugar, pero no exclusivamente, los profesores de religi?n cat?lica? y de alumnos cristianamente formados, as? como por la colaboraci?n de muchas familias y por la misma comunidad cristiana.

La sana laicidad de la escuela, como de las dem?s instituciones del Estado, no implica cerrarse a la Trascendencia y mantener una falsa neutralidad respecto de los valores morales que est?n en la base de una aut?ntica formaci?n de la persona. Lo mismo se puede decir, naturalmente, de las universidades; y es un signo positivo que en Roma la pastoral universitaria haya podido desarrollarse en todos los ateneos, tanto entre los profesores como entre los alumnos, y se est? llevando a cabo una fecunda colaboraci?n entre las instituciones acad?micas civiles y pontificias.

Hoy, m?s que en el pasado, la educaci?n y la formaci?n de la persona sufren la influencia de los mensajes y del clima generalizado que transmiten los grandes medios de comunicaci?n y que se inspiran en una mentalidad y cultura caracterizadas por el relativismo, el consumismo y una falsa y destructora exaltaci?n, o mejor, profanaci?n del cuerpo y de la sexualidad. Por eso, precisamente por el gran "s?" que como creyentes en Cristo decimos al hombre amado por Dios, no podemos desinteresarnos de la orientaci?n conjunta de la sociedad a la que pertenecemos, de las tendencias que la impulsan y de las influencias positivas o negativas que ejerce en la formaci?n de las nuevas generaciones.

La presencia misma de la comunidad de los creyentes, su compromiso educativo y cultural, el mensaje de fe, de confianza y de amor que transmite, son en realidad un servicio inestimable al bien com?n y especialmente a los muchachos y j?venes que se est?n formando y preparando para la vida.

Queridos hermanos y hermanas, hay un ?ltimo punto sobre el que quiero atraer vuestra atenci?n: es sumamente importante para la misi?n de la Iglesia y exige nuestro compromiso y ante todo nuestra oraci?n. Me refiero a las vocaciones a seguir m?s de cerca al Se?or Jes?s en el sacerdocio ministerial y en la vida consagrada. En los ?ltimos decenios la di?cesis de Roma ha recibido el don de muchas ordenaciones sacerdotales, que han permitido colmar las lagunas del per?odo anterior y tambi?n salir al encuentro de las solicitudes de no pocas Iglesias hermanas necesitadas de clero; pero las se?ales m?s recientes parecen menos favorables y estimulan a toda nuestra comunidad diocesana a seguir pidiendo al Se?or, con humildad y confianza, obreros para su mies (cf. Mt 9, 37-38, Lc 10, 2).

De manera siempre delicada y respetuosa, pero tambi?n clara y valiente, debemos dirigir una peculiar invitaci?n al seguimiento de Jes?s a los chicos y chicas que parecen m?s atra?dos y fascinados por la amistad con ?l. Desde esta perspectiva, la di?cesis destinar? a algunos nuevos sacerdotes espec?ficamente al servicio de las vocaciones, pero sabemos bien que en este campo son decisivas la oraci?n y la calidad del conjunto de nuestro testimonio cristiano, el ejemplo de vida de los sacerdotes y de las almas consagradas, y la generosidad de las personas llamadas y de las familias de las que proceden.

Queridos hermanos y hermanas, os dejo estas reflexiones como contribuci?n para el di?logo de estas tardes y para el trabajo del pr?ximo a?o pastoral. Que el Se?or nos conceda siempre la alegr?a de creer en ?l, de crecer en su amistad, de seguirlo en el camino de la vida y de dar testimonio de ?l en todas las situaciones, de forma que podamos transmitir a quienes vengan despu?s de nosotros la inmensa riqueza y belleza de la fe en Jesucristo. Mi afecto y mi bendici?n os acompa?an en vuestro trabajo. Gracias por vuestra atenci?n.

[Traducci?n distribuida por la Santa Sede
? Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana]
Publicado por verdenaranja @ 0:38  | Habla el Papa
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