S?bado, 23 de junio de 2007
Todas las Iglesias para todo el mundo


Queridos hermanos y hermanas:

Con ocasi?n de la pr?xima Jornada mundial de las misiones quisiera invitar a todo el pueblo de Dios ?pastores, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos? a una reflexi?n com?n sobre la urgencia y la importancia que tiene, tambi?n en nuestro tiempo, la acci?n misionera de la Iglesia. En efecto, no dejan de resonar, como exhortaci?n universal y llamada apremiante, las palabras con las que Jesucristo, crucificado y resucitado, antes de subir al cielo, encomend? a los Ap?stoles el mandato misionero: ?Id, pues, y haced disc?pulos a todas las gentes bautiz?ndolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Esp?ritu Santo, y ense??ndoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aqu? que yo estoy con vosotros todos los d?as hasta el fin del mundo? (Mt 28, 19-20).

En la ardua labor de evangelizaci?n nos sostiene y acompa?a la certeza de que ?l, el Due?o de la mies, est? con nosotros y gu?a sin cesar a su pueblo. Cristo es la fuente inagotable de la misi?n de la Iglesia. Este a?o, adem?s, un nuevo motivo nos impulsa a un renovado compromiso misionero: se celebra el 50? aniversario de la enc?clica Fidei donum del siervo de Dios P?o XII, con la que se promovi? y estimul? la cooperaci?n entre las Iglesias para la misi?n ad gentes.

El tema elegido para la pr?xima Jornada mundial de las misiones ??Todas las Iglesias para todo el mundo?? invita a las Iglesias locales de los diversos continentes a tomar conciencia de la urgente necesidad de impulsar nuevamente la acci?n misionera ante los m?ltiples y graves desaf?os de nuestro tiempo. Ciertamente, han cambiado las condiciones en que vive la humanidad, y durante estos decenios, especialmente desde el concilio Vaticano II, se ha realizado un gran esfuerzo con vistas a la difusi?n del Evangelio.

Con todo, queda a?n mucho por hacer para responder al llamamiento misionero que el Se?or no deja de dirigir a todos los bautizados. Sigue llamando, en primer lugar, a las Iglesias de antigua tradici?n, que en el pasado proporcionaron a las misiones, adem?s de medios materiales, tambi?n un n?mero consistente de sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, llevando a cabo una eficaz cooperaci?n entre comunidades cristianas. De esa cooperaci?n han brotado abundantes frutos apost?licos tanto para las Iglesias j?venes en tierras de misi?n como para las realidades eclesiales de donde proced?an los misioneros.

Ante el avance de la cultura secularizada, que a veces parece penetrar cada vez m?s en las sociedades occidentales, considerando adem?s la crisis de la familia, la disminuci?n de las vocaciones y el progresivo envejecimiento del clero, esas Iglesias corren el peligro de encerrarse en s? mismas, de mirar con poca esperanza al futuro y de disminuir su esfuerzo misionero. Pero este es precisamente el momento de abrirse con confianza a la Providencia de Dios, que nunca abandona a su pueblo y que, con la fuerza del Esp?ritu Santo, lo gu?a hacia el cumplimiento de su plan eterno de salvaci?n.

El buen Pastor invita tambi?n a las Iglesias de reciente evangelizaci?n a dedicarse generosamente a la misi?n ad gentes. A pesar de encontrar no pocas dificultades y obst?culos en su desarrollo, esas comunidades aumentan sin cesar. Algunas, afortunadamente, cuentan con abundantes sacerdotes y personas consagradas, no pocos de los cuales, aun siendo numerosas las necesidades de sus di?cesis, son enviados a desempe?ar su ministerio pastoral y su servicio apost?lico a otras partes, incluso a tierras de antigua evangelizaci?n.

De este modo, se asiste a un providencial ?intercambio de dones?, que redunda en beneficio de todo el Cuerpo m?stico de Cristo. Deseo vivamente que la cooperaci?n misionera se intensifique, aprovechando las potencialidades y los carismas de cada uno. Asimismo, deseo que la Jornada mundial de las misiones contribuya a que todas las comunidades cristianas y todos los bautizados tomen cada vez mayor conciencia de que la llamada de Cristo a propagar su reino hasta los ?ltimos confines de la tierra es universal.

?La Iglesia es misionera por su propia naturaleza ?escribe Juan Pablo II en la enc?clica Redemptoris missio?, ya que el mandato de Cristo no es algo contingente y externo, sino que alcanza al coraz?n mismo de la Iglesia. Por esto, toda la Iglesia y cada Iglesia es enviada a las gentes. Las mismas Iglesias m?s j?venes (...) deben participar cuanto antes y de hecho en la misi?n universal de la Iglesia, enviando tambi?n ellas misioneros a predicar por todas las partes del mundo el Evangelio, aunque sufran escasez de clero? (n. 62).

A cincuenta a?os del hist?rico llamamiento de mi predecesor P?o XII con la enc?clica Fidei donum para una cooperaci?n entre las Iglesias al servicio de la misi?n, quisiera reafirmar que el anuncio del Evangelio sigue teniendo suma actualidad y urgencia. En la citada enc?clica Redemptoris missio, el Papa Juan Pablo II, por su parte, reconoc?a que ?la misi?n de la Iglesia es m?s vasta que la "comuni?n entre las Iglesias"; esta (...) debe tener sobre todo una orientaci?n con miras a la espec?fica ?ndole misionera? (n. 64).

Por consiguiente, como se ha reafirmado muchas veces, el compromiso misionero sigue siendo el primer servicio que la Iglesia debe prestar a la humanidad de hoy, para orientar y evangelizar los cambios culturales, sociales y ?ticos; para ofrecer la salvaci?n de Cristo al hombre de nuestro tiempo, en muchas partes del mundo humillado y oprimido a causa de pobrezas end?micas, de violencia, de negaci?n sistem?tica de derechos humanos.

La Iglesia no puede eximirse de esta misi?n universal; para ella constituye una obligaci?n. Dado que Cristo encomend? el mandato misionero en primer lugar a Pedro y a los Ap?stoles, ese mandato hoy compete ante todo al Sucesor de Pedro, que la divina Providencia ha elegido como fundamento visible de la unidad de la Iglesia, y a los obispos, directamente responsables de la evangelizaci?n, sea como miembros del Colegio episcopal, sea como pastores de las Iglesias particulares (cf. ib., 63).

Por tanto, me dirijo a los pastores de todas las Iglesias, puestos por el Se?or como gu?as de su ?nico reba?o, para que compartan el celo por el anuncio y la difusi?n del Evangelio. Fue precisamente esta preocupaci?n la que impuls?, hace cincuenta a?os, al siervo de Dios P?o XII a procurar que la cooperaci?n misionera respondiera mejor a las exigencias de los tiempos. Especialmente ante las perspectivas de la evangelizaci?n, pidi? a las comunidades de antigua evangelizaci?n que enviaran sacerdotes para ayudar a las Iglesias de reciente fundaci?n. As? dio vida a un nuevo ?sujeto misionero?, que precisamente de las primeras palabras de la enc?clica tom? el nombre de "fidei donum".

A este respecto, escribi?: ?Considerando, por un lado, las innumerables legiones de hijos nuestros que, sobre todo en los pa?ses de antigua tradici?n cristiana, participan del bien de la fe, y, por otro, la masa a?n m?s numerosa de los que todav?a esperan el mensaje de la salvaci?n, sentimos el ardiente deseo de exhortaros, venerables hermanos, a que con vuestro celo sosteng?is la causa santa de la expansi?n de la Iglesia en el mundo?. Y a?adi?: ?Quiera Dios que, como consecuencia de nuestro llamamiento, el esp?ritu misionero penetre m?s a fondo en el coraz?n de todos los sacerdotes y que, a trav?s de su ministerio, inflame a todos los fieles? (Fidei donum, 1: El Magisterio pontificio contempor?neo, II, BAC, Madrid 1992, p. 57).

Demos gracias al Se?or por los abundantes frutos que se han obtenido en ?frica y en otras regiones de la tierra mediante esta cooperaci?n misionera. Incontables sacerdotes, abandonando sus comunidades de origen, han puesto sus energ?as apost?licas al servicio de comunidades a veces reci?n fundadas, en zonas pobres y en v?as de desarrollo. Entre ellos ha habido no pocos m?rtires que, adem?s del testimonio de la palabra y la entrega apost?lica, han ofrecido el sacrificio de su vida.

No podemos olvidar tampoco a los numerosos religiosos, religiosas y laicos voluntarios que, juntamente con los presb?teros, se han prodigado por difundir el Evangelio hasta los ?ltimos confines del mundo. La Jornada mundial de las misiones es ocasi?n propicia para recordar en la oraci?n a estos hermanos y hermanas nuestros en la fe, y a los que siguen prodig?ndose en el vasto campo misionero. Pidamos a Dios que su ejemplo suscite por doquier nuevas vocaciones y una renovada conciencia misionera en el pueblo cristiano.

Efectivamente, toda comunidad cristiana nace misionera, y el amor de los creyentes a su Se?or se mide precisamente seg?n su compromiso evangelizador. Podr?amos decir que, para los fieles, no se trata simplemente de colaborar en la actividad de evangelizaci?n, sino de sentirse ellos mismos protagonistas y corresponsables de la misi?n de la Iglesia. Esta corresponsabilidad conlleva que crezca la comuni?n entre las comunidades y se incremente la ayuda mutua, tanto en lo que ata?e al personal (sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos voluntarios), como en la utilizaci?n de los medios hoy necesarios para evangelizar.

Queridos hermanos y hermanas, verdaderamente el mandato misionero encomendado por Cristo a los Ap?stoles nos compromete a todos. Por tanto, la Jornada mundial de las misiones debe ser ocasi?n propicia para tomar cada vez mayor conciencia de ese mandato y para elaborar juntos itinerarios espirituales y formativos adecuados que favorezcan la cooperaci?n entre las Iglesias y la preparaci?n de nuevos misioneros para la difusi?n del Evangelio en nuestro tiempo.

Con todo, no conviene olvidar que la primera y principal aportaci?n que debemos dar a la acci?n misionera de la Iglesia es la oraci?n. ?La mies es mucha ?dice el Se?or? y los obreros pocos. Rogad, pues, al Due?o de la mies que env?e obreros a su mies? (Lc 10, 2). "Orad, pues venerables hermanos y amados hijos ?escribi? hace cincuenta a?os el Papa P?o XII de venerada memoria?: orad m?s y m?s, y sin cesar. No dej?is de llevar vuestro pensamiento y vuestra preocupaci?n hacia las inmensas necesidades espirituales de tantos pueblos todav?a tan alejados de la verdadera fe, o bien tan privados de socorros para perseverar en ella" (Fidei donum, 13: El Magisterio pontificio contempor?neo, II, BAC, Madrid 1992, p. 64). Y exhortaba a multiplicar las misas celebradas por las misiones, pues ?son las intenciones mismas de nuestro Se?or, que ama a su Iglesia y que la quisiera ver extendida y floreciente por todos los lugares de la tierra? (ib., p. 63).

Queridos hermanos y hermanas, tambi?n yo renuevo esta invitaci?n tan actual. Es preciso que todas las comunidades eleven su oraci?n al ?Padre nuestro que est? en el cielo?, para que venga su reino a la tierra. Hago un llamamiento en particular a los ni?os y a los j?venes, siempre dispuestos a generosos impulsos misioneros. Me dirijo a los enfermos y a los que sufren, recordando el valor de su misteriosa e indispensable colaboraci?n en la obra de la salvaci?n.

Pido a las personas consagradas, y especialmente a los monasterios de clausura, que intensifiquen su oraci?n por las misiones. Gracias al compromiso de todos los creyentes debe ampliarse en toda la Iglesia la red espiritual de oraci?n en apoyo de la evangelizaci?n.

Que la Virgen Mar?a, que acompa?? con solicitud materna el camino de la Iglesia naciente, gu?e nuestros pasos tambi?n en esta ?poca y nos obtenga un nuevo Pentecost?s de amor. En particular, que nos ayude a todos a tomar conciencia de que somos misioneros, es decir, enviados por el Se?or a ser sus testigos en todos los momentos de nuestra existencia.

A los sacerdotes "fidei donum", a los religiosos, a las religiosas, a los laicos voluntarios comprometidos en las fronteras de la evangelizaci?n, as? como a quienes de diversos modos se dedican al anuncio del Evangelio, les aseguro un recuerdo diario en mi oraci?n, a la vez que imparto con afecto a todos la bendici?n apost?lica.

Vaticano, 27 de mayo de 2007, solemnidad de Pentecost?s

BENEDICTUS PP. XVI
Publicado por verdenaranja @ 0:44  | Habla el Papa
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