Martes, 26 de junio de 2007
Discurso que se dirigi? Benedicto XVI a Su Beatitud Cris?stomos II, arzobispo de Nueva Justiniana y de todo Chipre, en el encuentro com?n que tuvo lugar el 16 de Junio de 2007.

DISCURSO DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI


Beatitud y querido hermano:

Lo acojo hoy con alegr?a, escuchando resonar en el coraz?n las palabras del ap?stol san Pablo: "El Dios de la perseverancia y del consuelo os conceda tener los unos para con los otros los mismos sentimientos, seg?n Cristo Jes?s, para que un?nimes, a una voz, glorifiqu?is al Dios y Padre de nuestro Se?or Jesucristo" (Rm 15, 5-6).

Su visita es un don del Dios de la perseverancia y del consuelo, del que habla san Pablo dirigi?ndose a los que escuchaban por primera vez en Roma el mensaje de la salvaci?n. Hoy experimentamos el don de la perseverancia pues, no obstante la presencia de divisiones seculares y de caminos divergentes, y a pesar del esfuerzo realizado por cicatrizar heridas dolorosas, el Se?or no ha cesado de guiar nuestros pasos por la senda de la unidad y la reconciliaci?n. Y para todos nosotros esto es motivo de consuelo, pues este encuentro se inserta en un camino de b?squeda cada vez m?s intensa de la plena comuni?n tan deseada por Cristo: "Ut omnes unum sint" (Jn 17, 21).

Sabemos bien que la adhesi?n a este ardiente deseo del Se?or no puede y no debe proclamarse s?lo con palabras ni s?lo de modo formal. Por eso, usted, Beatitud, siguiendo las huellas del Ap?stol de los gentiles, no ha venido de Chipre a Roma solamente para realizar un "intercambio de cortes?a ecum?nica", sino para reafirmar la inquebrantable decisi?n de perseverar en la oraci?n a fin de que el Se?or nos indique c?mo llegar a la comuni?n plena. Su visita es, al mismo tiempo, motivo de intensa alegr?a, pues ya el hecho de encontrarnos nos permite gustar la belleza de la anhelada unidad plena de los cristianos.

Gracias, Beatitud, por este gesto de estima y de amistad fraterna. En su persona saludo al pastor de una Iglesia antigua e ilustre, tesela esplendorosa del resplandeciente mosaico, el Oriente, que, como sol?a decir el siervo de Dios Juan Pablo II, de venerada memoria, constituye uno de los dos pulmones con que respira la Iglesia.

Su grata presencia me trae a la memoria la ardiente predicaci?n de san Pablo en Chipre (cf. Hch 13, 4 ss) y el aventurado viaje que lo llev? hasta Roma, donde anunci? el mismo Evangelio y coron? su luminoso testimonio de fe con el martirio. El recuerdo del Ap?stol de los gentiles, ?no nos invita a dirigir con humildad y esperanza el coraz?n a Cristo, que es nuestro ?nico Maestro?
Con su ayuda divina no debemos cansarnos de buscar juntos los caminos de la unidad, superando las dificultades que a lo largo de la historia han determinado entre los cristianos divisiones y desconfianza rec?proca. Que el Se?or nos conceda poder acercarnos pronto al mismo altar para compartir todos juntos la ?nica mesa del Pan y del Vino eucar?sticos.

Al acogerlo, querido hermano en el Se?or, quisiera rendir homenaje a la antigua y venerable Iglesia de Chipre, rica en santos, entre los cuales me complace recordar especialmente a san Bernab?, compa?ero y colaborador del ap?stol san Pablo, y a san Epifanio, obispo de Constanza, en otro tiempo Salamina, hoy Famagusta. San Epifanio, que desempe?? su ministerio episcopal durante 35 a?os en un per?odo turbulento para la Iglesia a causa del resurgimiento del arrianismo y de las nuevas controversias de los "pneumat?macos", escribi? obras claramente catequ?sticas y apolog?ticas, como ?l mismo explica en el Ancoratus.

Este interesante tratado contiene dos S?mbolos de la fe, el S?mbolo niceno-constantinopolitano y el S?mbolo de la tradici?n bautismal de Constanza, que corresponde a la fe nicena, pero est? formulado de modo diverso y es m?s amplio; como dice el mismo san Epifanio, "es m?s apto para combatir los nuevos errores, aunque es conforme a la fe profesada por aquellos Santos Padres" del concilio de Nicea (Ancoratus, n. 119). En ?l ?explica? afirmamos la fe en el "Esp?ritu Santo, Esp?ritu de Dios, Esp?ritu perfecto, Esp?ritu consolador, increado, que procede del Padre y recibe del Hijo, objeto de nuestra fe" (ib.).

Como buen pastor, san Epifanio indica al reba?o que le fue encomendado por Cristo las verdades que hay que creer, el camino que hay que recorrer y los escollos que hay que evitar. Se trata de un m?todo v?lido tambi?n hoy para el anuncio del Evangelio, especialmente a las nuevas generaciones, muy influenciadas por corrientes de pensamiento contrarias al esp?ritu evang?lico.

En este inicio del tercer milenio la Iglesia afronta desaf?os y problemas muy semejantes a los que afront? el pastor san Epifanio. Como entonces, tambi?n hoy es preciso velar atentamente para poner en guardia al pueblo de Dios contra los falsos profetas, contra los errores y la superficialidad de propuestas que no son conformes a la ense?anza del divino Maestro, nuestro ?nico Salvador.
Al mismo tiempo, urge encontrar un lenguaje nuevo para proclamar nuestra fe com?n, un lenguaje compartido, un lenguaje espiritual que permita transmitir con fidelidad las verdades reveladas, ayud?ndonos as? a reconstruir, en la verdad y en la caridad, la comuni?n entre todos los miembros del ?nico Cuerpo de Cristo.

Esta necesidad, que todos sentimos, nos impulsa a proseguir sin desalentarnos el di?logo teol?gico entre la Iglesia cat?lica y la Iglesia ortodoxa en su conjunto; y nos orienta a utilizar medios v?lidos y estables para que la b?squeda de la comuni?n no sea discontinua y ocasional en la vida y en la misi?n de nuestras Iglesias.

Ante la ingente obra que nos espera y que supera las capacidades humanas, es necesario recurrir principalmente a la oraci?n. Esto no exime del deber de poner tambi?n hoy todos los medios humanos v?lidos que puedan llevarnos a conseguir ese fin. Desde esta perspectiva, creo que su visita es una iniciativa muy ?til para hacernos avanzar hacia la unidad querida por Cristo. Sabemos que esta unidad es don y fruto del Esp?ritu Santo; pero tambi?n sabemos que, al mismo tiempo, exige un esfuerzo constante, animado por una voluntad cierta y por una esperanza inquebrantable en el poder del Se?or.

As? pues, gracias, Beatitud, por haber venido a visitarme juntamente con los hermanos que lo acompa?an. Gracias por esta presencia, que expresa concretamente el deseo de buscar juntos la comuni?n plena. Por mi parte, le aseguro que comparto ese mismo deseo, sostenido por una firme esperanza. S?, "el Dios de la perseverancia y del consuelo nos conceda tener los unos para con los otros los mismos sentimientos, seg?n Cristo Jes?s". As? nos dirigimos con confianza al Se?or, para que gu?e nuestros pasos por el camino de la paz, de la alegr?a y del amor.
Publicado por verdenaranja @ 23:23  | Habla el Papa
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