Mi?rcoles, 27 de junio de 2007

Homilía de Monseñor Luis Teodorico Stöckler, obispo de de Quilmes, Buenos Aires, con motivo de la Solemnidad de San Juan Bautista 24 de junio de 2007.

HOMILIA MONS. LUIS STÖCKLER
SOLEMNIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA - 24 de Junio




La Iglesia suele celebrar a los santos en el día de su muerte. Solamente San Juan, además del Señor y la Virgen, tiene el privilegio de que se guarde también la memoria de su nacimiento. Y esto exactamente medio año previo a la Navidad del Señor; porque cuando María recibió el anuncio, su prima Isabel, la madre de Juan, estaba ya en su sexto mes. Que la Iglesia le dé a la fiesta del nacimiento de San Juan el Bautista la categoría máxima de Solemnidad y permita celebrarla en el domingo, que es por definición Día del Señor, es significativo. Precisamente, solamente por su relación absoluta con el Señor podemos comprenderlo a este santo.

Precursor lo llamamos, porque su misión fue preparar la inmediata llegada del Mesías. La larga espera del Hijo de David que iba a venir para salvar al pueblo, había sido alentado a través de siglos por los profetas. Juan es el último de ellos, “el más grande nacido de mujer”, como dice el mismo Jesús. Juan es un santo del Antiguo Testamento que no recibió el bautismo cristiano, sino que, a la inversa, dio el bautismo de penitencia a Jesús, quien con este gesto quiso manifestar que cargaba con nuestros pecados y al cual Juan indicaba como el Cordero de Dios.

Juan fue un inspirado por el Espíritu de Dios y anunciaba la cercanía del Mesías ya desde el vientre de su madre, la cual pronunciaba en voz alta lo que su hijo presentía. Siendo de estirpe sacerdotal, de grande, sin embargo, no se dedicaba a los servicios en el templo. Repitiendo la experiencia de las tribus de Israel que habían peregrinado durante 40 años por el desierto antes de tomar posesión de la tierra prometida, Juan se internó en el desierto, dedicado como asceta a la escucha de Dios y a la predicación de la conversión. En esto fue un modelo de Jesús. El cumplimiento de la Ley era su exhortación permanente a todos los que se acercaban. Al rey Herodes lo incriminó públicamente por vivir en adulterio con la mujer de su hermano, y terminó por eso en la cárcel. Cuando en esta situación mandó a preguntar a Jesús, si era él quien había de venir o si debían esperar a otro, Juan ha sido precursor del Crucificado en la experiencia del aparente abandono de Dios. Finalmente Herodes lo hizo decapitar. El precursor murió de una manera indignante, anticipando la ignominia máxima del Señor. Así ha sido precursor de Jesús, quien dijo no haber venido para derogar la Ley sino a darle cumplimiento, y quien finalmente fue presentado al mismo Herodes, cuando éste se hizo cómplice de Pilatos. Cuando Juan dijo que él tenía que disminuir y que Jesús tenía que crecer, que era solamente una voz en el desierto, probablemente no sabía que este proceso menguante iba a ser el destino de los dos, del precursor y del Mesías. Hicieron callar la voz que era Juan, y también la Palabra que era Cristo, silenciaron. Pero los dos desde la resurrección del Señor resuenan para siempre.

El ejemplo y la enseñanza de Juan es de una actualidad impresionante. ¿Para qué vivimos y para qué morimos? Esta es la pregunta a la cual cada uno tiene que dar su respuesta. Nosotros no somos precursores. Somos bautizados con el bautismo de Jesucristo. Pero, ¿somos sus seguidores? La predicación de Jesús, la forma como él explica la Ley en el Sermón de la Montaña, ¿la aceptamos como norma para nosotros? ¿Damos públicamente testimonio, cuando la ley de Dios con respecto a la vida está rechazada de manera explícita por los legisladores, funcionarios y profesionales? ¿Estamos dispuestos a sufrir por Cristo y su causa? Personalmente, ¿significa Jesús tanto para mí que considero más importante guardar la fe en él que perder la vida? No podemos soslayar este cuestionamiento, si queremos honrar al Bautista con sinceridad.

Por suerte podemos contar con su intercesión. La celebración de su memoria lo hace presente ahora, junto a nuestro Señor en la Eucaristía. Pidámosle con confianza que nos ayude y que Cristo crezca en nosotros y sea reconocido por los hombres.


Publicado por verdenaranja @ 8:21  | Homil?as
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