Jueves, 28 de junio de 2007
Con motivo del reciente reconocimiento potificio de los Franciscanos de María hemos querido conocer quiénes son. Hemos entrado en su Web www.frmaria.org y hemos encontrado:

ESTRUCTURA



Los Franciscanos de María fueron fundados en 1993 por el P.Santiago Martín, en Madrid. Se organizan en dos niveles, el de los laicos y el de los consagrados, cada uno de ellos con una estructura y unos compromisos diferentes, aunque todos partícipes de la misma vocación antes expuesta.

Los consagrados, hombres y mujeres, están en proceso de aprobación de una estructura legal propia dentro de las que la Iglesia tiene dispuestas en el Derecho Canónico para este tipo de personas que aspiran a entregar su vida al servicio de Cristo y de la Iglesia. Pertenecen también a este grupo sacerdotes diocesanos que, mientras la Iglesia no disponga otra cosa, siguen estando incardinados en su diócesis.

Los laicos, hombres y mujeres, casados y solteros, jóvenes o ancianos, viven su pertenencia a esta asociación como una vocación, es decir como una llamada específica del Señor que, a través, de los Franciscanos de María les anima y convoca a recorrer el camino de la santidad. Para ellos, pues, pertenecer a esta asociación católica es algo tan serio e importante como para un religioso ser miembro de su Congregación o para un sacerdote estar inserto en la comunión diocesana. Con esta seriedad, con esta solemnidad, con esta llamada a actuar en presencia de Dios, es con la que los seglares que se acercan a la asociación dan dentro de ella los pasos jurídicos que la Iglesia ya ha aprobado.

Entre los laicos insertos en los Franciscanos de María hay dos niveles: el de aquellos que simplemente participan de la espiritualidad o colaboran en las actividades sociales, y el de aquellos que, transcurrido un tiempo, comprenden que se trata de su vocación específica dentro de la Iglesia y expresan mediante unas promesas su vinculación con la asociación y su decisión de servir al Señor dentro de esta familia espiritual. Ambos grupos son Franciscanos de María, aunque, como es lógico, es sobre los miembros del segundo nivel sobre los que recaen las principales obligaciones.

Entre estas obligaciones figuran las de poder ser elegido por votación, según consta en los Estatutos de la asociación, para pertenecer al Consejo General de los Franciscanos de María, o para ser nombrado vicepresidente de la misma. El presidente, también según Estatutos, es un consagrado. La renovación de los cargos del Consejo se hace cada tres años. Todos los miembros de la asociación con promesas son electores.

Para emitir las promesas es preciso un tiempo de contacto y de participación tanto en los grupos de espiritualidad como en los de servicio a los pobres. Pasado este tiempo, el candidato expresa al responsable del grupo y al responsable general o local de la asociación su deseo de dar un paso más y de comprometerse ante el Señor. Es imprescindible que esté en condiciones de libertad para poder emitir esas promesas, por lo que se deberá respetar con exquisito cuidado la voluntad del candidato huyendo de toda coacción; así mismo, éste deberá ser mayor de edad para dar este paso; los menores necesitan un permiso explícito y por escrito de sus padres. Las promesas se hacen por un año y se renuevan por ese mismo periodo en cada ocasión. Los Estatutos preveen la emisión definitiva de las promesas transcurridos seis años de renovación de las mismas.

Las promesas son dos. Una hace referencia a la práctica espiritual y la otra al servicio a los pobres.

La promesa de "espiritualidad" lleva consigo el compromiso de rezar al menos quince minutos diarios y de participar, siempre que sea posible, en la Eucaristía todos los días. Ligado a esta promesa está también el compromiso de intentar asistir a las actividades formativas que la asociación desarrolla a lo largo del año, particularmente a los “ejercicios espirituales” o “congresos” que tienen lugar en el verano.

La promesa de "servicio" supone cuatro elementos. El primero es la austeridad personal, pues sin ella las demás nota de este compromiso pueden resultar vacías de verdadero contenido aunque se practiquen escrupulosamente; por esta austeridad los Franciscanos de María se comprometen a utilizar en su gasto y beneficio personal aquello que sea necesario, sin caer en la tentación del consumismo, verdadera lacra de la sociedad actual como tan reiteradamente denuncian el Papa y los obispos; no se trata de que no puedan gastar o que no puedan vivir con holgura; se trata de hacer el uso de los bienes que Dios nos ha concedido pensando que no estamos solos en la tierra y que de nuestro derroche dependerá la escasez de otros; se trata de buscar un equilibrio marcado por el sentido común, habida cuenta de que esta es una promesa que deberán practicar laicos que viven en el mundo y que, en muchos casos, asumen este compromiso a nivel individual sin que participen en él los demás miembros de su familia.

El segundo aspecto de esta promesa es la limosna. Es fruto de la generosidad y también del ahorro que lleva consigo la austeridad. Es fruto, sobre todo, del amor a Cristo que está presente en quien necesita ayuda. Merced a la limosna se mantienen la asociación y se ayuda a los pobres; por ello, los Franciscanos de María, cada uno en función de sus posibilidades, deberán aportar la cantidad que estimen conveniente para ambos fines, teniendo siempre presente que el Señor nunca se deja vencer en generosidad.

A continuación viene otro aspecto de esta promesa: el servicio directo a los necesitados. Se ejerce de dos maneras: mediante el apostolado -catequesis, evangelización directa a través de los propios medios de la institución- o mediante el voluntariado de asistencia a cualquier tipo de marginación. Pudiera darse el caso de que alguno no se encontrara en condicio­nes de desarrollar este aspecto de la promesa, pero en ningún caso quedará eximido de ayudar a los que están a su alcance, de mantener una actitud de servicio hacia aquellos que pasan a su lado.

Por último, este compromiso lleva consigo intentar cumplir la propia obligación del mejor modo posible. Es incoherente y aún ridículo actuar al servicio del prójimo de manera extraordi­naria mediante el voluntariado, mientras que se dejan sin cumplir las propias obligaciones. No se pueden echar sobre los hombros pesos ajenos cuando no se intenta con la mayor honestidad posible llevar los propios. Lo primero que el Señor nos pide a cada uno de nosotros es que nos hagamos santos en medio de las circunstan­cias familiares, laborales y sociales en las que Él nos ha colocado, por muy distintas que estas sean a nuestros deseos. A la vez que intentamos cumplir bien con esos compromisos, podemos intentar ayudar a otras personas en las cuales vemos a Cristo necesitado, pero esta acción generosa nunca podrá servir de excusa para no cumplir lo que es voluntad de Dios expresa y que se pone de manifiesto por las obligaciones propias de nuestro estado.

El incumplimiento consciente y voluntario de las promesas no implica un pecado grave, pero sí una falta contra el Señor, pues es ante Él que nos hemos comprometido a intentar vivir con esa espiritualidad y con esa actitud de servicio hacia el prójimo. Nunca podrá considerarse incumplimiento de lo prometido aquello que no se ha hecho porque buenamente no se ha podido hacer. En ocasiones será difícil discernir cuándo es posible y cuándo es imposible cumplir lo prometido -por ejemplo, la asistencia diaria a misa-, pero para iluminar esos casos está la dirección espiritual o la consulta con los responsables de la asociación. No se trata, en ningún caso, de añadir agobios a la vida, ni obligaciones que nos asfixien; la persona que hace las promesas lo hace porque le gustan los objetivos y la espirituali­dad de la asociación y, mediante este acto, quiere unirse más a ella y expresar su disponibilidad para los fines de la misma; hay que huir, pues, de los extremos y de los escrúpulos en el cumplimiento de estos compromisos, tanto como de la relajación y de la trivialización, que significaría vaciarlos completamente de contenidos.

Las promesas, por otro lado, sirven para recordarnos los “mínimos” que los que las hacen se comprometen a hacer, no los “máximos”. Esto es especialmente importante recordarlo en el campo de la oración. Quince minutos de oración diarios son bien poca cosa, incluso para un laico que vive agobiado por falta de tiempo. Es el “mínimo” que hay que dar, pero aspirando a encontrar más tiempo cada día, si se puede, a fin de estar en comunión explícita con el Señor.

Por último, es necesario recordar que las personas que hacen las promesas siguen siendo laicos y no asumen ningún tipo de vocación que les impida comportarse como tales, tanto en el orden familiar como en el profesional. Rigen para ellos las leyes comunes de la Iglesia, las cuales se ven enriquecidas en los aspectos anteriormente indicados. Rige, sobre todo, la ley de la caridad, el mandamiento nuevo dado por Nuestro Señor y que es la norma máxima de comportamiento de todo cristiano

www.frmaria.org


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