S?bado, 30 de junio de 2007
D?a 1 de Julio
XIII Domingo del Tiempo Ordinario



La suave y fuerte exigencia divina



Entre los diversos detalles que, para nuestra edificaci?n, nos brinda este fragmento del evangelio de san Lucas, podemos detenernos hoy en la exigencia e intransigencia con que se expresa Nuestro Se?or, cuando se trata de tomarse en serio su seguimiento. El Reino de Dios, que vino Jes?s a ofrecer a los hombres, no es algo de relativa importancia, como lo que depende de nuestra iniciativa. No nos es posible que imaginemos su grandeza y su esplendor. Ninguna inteligencia puede so?ar con una realidad de m?s categor?a. Ni que decir tiene, pues, que tiene una capacidad de satisfacernos que supera por mucho nuestras m?s audaces expectativas.

Por otra parte, adem?s, el Reino de Dios en cuanto destino para los hombres, es el ?nico sentido de nuestra vida. Hemos sido creados para Dios: cada aspecto espec?ficamente humano de nosotros mismos, s?lo tiene su completa realizaci?n en ?ntima uni?n con la divinidad. Por eso, el hombre est? condenado a la infelicidad mientras no orienta su existencia hac?a Dios. Y nadie, posiblemente, como san Agust?n lo expres? de modo m?s claro y sint?tico: nos hiciste, Se?or, para ser tuyos y nuestro coraz?n est? inquieto hasta que descanse en ti. ?l mismo insiste en la misma idea, mostrando la experiencia cotidiana de insatisfacci?n de todo ser humano mientras no tiende decididamente hacia su ?nico verdadero fin que es Dios: el coraz?n del hombre puede ocuparse con muchas cosas, pero no puede colmarse; porque quien es capaz de Dios s?lo queda satisfecho con Dios.

Por tanto, la misi?n de Jes?s y la de los que ?como ?l? difundieran el Evangelio, no pod?a ser una tarea que se emprendiera con poco empe?o, o como dedicando los ratos libres. La vida de Cristo est? claramente marcada por la exigencia heroica, y del mismo modo deben ser heroicos sus ap?stoles. Lo advierte de modo taxativo a uno, que parec?a dispuesto a acompa?arle en el trabajo evangelizador: hab?a de tener en cuenta que ?l no tiene donde reclinar la cabeza. La vida que le esperaba a su lado no puede ser buscar el confort, como hacen siguiendo su instinto los animales: tan apremiante es la tarea que no queda nunca tiempo para pensar en la propia comodidad.

Por lo mismo, si ?l llama, ning?n sentido tiene poner condiciones. Nadie nos puede conocer como Jes?s: sabe los problemas de cada uno, las dificultades y facilidades para el trabajo de nos espera en su servicio, y hasta las circunstancias concretas de todo tipo, que a cada uno le tocar? sufrir al extender el Reino Dios. No espera Dios de ninguno m?s de lo que somos capaces de darle y, por lo dem?s, no conviene dejar a la imaginaci?n que sugiera dificultades sin cuento. Por el contrario, es m?s objetivo pensar como san Pablo: todo lo puedo en Aquel que me conforta. El cristiano comprometido seriamente en propagar el Evangelio es, en efecto, capaz de much?simo m?s de lo que imagina, porque puede afirmar, tambi?n con el Ap?stol, no soy yo, sino la Gracia de Dios conmigo.

Consideremos tambi?n que el mismo Jes?s, que no quiere castigar sin m?s a los samaritanos que no le quisieron brindar hospedaje, se muestra intransigente, sin embargo, con quien todav?a a?ora de alg?n modo el pasado, habiendo decidido entregarse a la extensi?n de su Reino: Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atr?s es apto para el Reino de Dios, afirma con rotundidad. Echar de menos una vida regalada, es desde luego una tentaci?n real. Real y permanente sobre todo para cuantos, en medio del mundo y d?biles como somos, no queremos ser mundanos, sino imitadores fieles de la conducta del Se?or. Atr?s quedan, para cualquier ap?stol de nuestros d?as, la desocupaci?n y el descanso por el descanso, la diversi?n como objetivo primordial, el esfuerzo de hoy con el fin de asegurar un ma?ana despreocupado, y, evidentemente, el c?lculo en el servicio a los dem?s porque lo primero ser?an las propias cosas.

Como siempre, una mirada a la Madre de Dios nos ayuda a entender, mejor todav?a, el tipo de exigencia ?suave e intransigente a la vez? que debemos asumir para ser consecuentes con la inmensa grandeza y esplendidez del amor que Dios nos tiene. A Ella, que tambi?n es Madre nuestra, nos encomendamos tranquilos: jam?s se ha o?do decir que abandone a sus hijos.


Publicado por verdenaranja @ 23:19  | Espiritualidad
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios