Lunes, 02 de julio de 2007

Mons. Lázaro Pérez Jiménez, Obispo de Celaya (México) ha escrito un mensaje dirigido a todos sus fieles ante el debate sobre la eutanasia que se está llevando a cabo en su país.

La Voz del Pastor, Lo que todo católico debe saber sobre la eutanasia

Hace unos días se nos informó a través de los medios de comunicación que los miembros de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal preparaban una nueva ley con el objeto de aprobar la despenalización de la eutanasia.
Se trata de los mismos autores de la ley que en días pasados aprobaron por una inmensa mayoría la despenalización del aborto, es decir que estos señores legisladores determinaron que la vida, don de Dios, comienza a ser vida a partir de este tiempo. Indignante es que una Institución cuya principal misión debería de servir para elaborar leyes a favor del bien común, se atreviera a despenalizar un crimen, un infanticidio a todas luces contrario a la ley natural y ofensivo al único Señor de la vida.
Todos fuimos testigos del mucho ruido que causó la determinación. Pese a que fueron millones de voces que se alzaron para protestar, los señores legisladores aprobaron la despenalización del aborto y no faltaron de entre ellos quienes consideraron que una decisión en este sentido representaba el triunfo de los derechos de la mujer que por años había sido sometida al yugo machista que le impedía realizarse con madurez y libertad. No faltaron quienes, en abierto desafío en especial a los ministros de culto, se pronunciaron a favor de la nueva ley afirmando que la verdadera democracia sólo es posible dentro de un marco de laicidad, es decir, cerrando las puertas a los principios doctrinales proclamados por las iglesias como parte esencial de su misión profética. A mi entender, lo que se dijo del estado laico, no se refería sino al simple hecho de sacar a Dios fuera de la esfera pública y, en consecuencia, arrinconar a las iglesias a las sacristías. En pocas palabras reducir la religión a lo estrictamente personal y privado sin proyección a la sociedad.
Lamentablemente, una vez aprobada la ley, el discurso posterior de parte de algunos miembros de la Iglesia católica giró en torno al problema de la excomunión para quienes habían emitido su voto a favor de la nueva ley. Hubo pasión, enfrentamientos verbales, contradicciones, mutuas acusaciones y hasta se llegó al cinismo de llevar una demanda a la Secretaría de Gobernación en contra del Cardenal Norberto Rivera y su vocero por provocar con sus intervenciones un clima de violencia y por querer intervenir en asuntos de competencia exclusiva del estado. Creo que la estrategia de los católicos del Distrito Federal de centrar el problema en torno a la excomunión, si bien tenía sustento jurídico, distraía la atención y se pasaba por alto el problema real, es decir, el derecho a la vida del ser humano desde el primer momento de su concepción.
Al pretender introducir ahora la nueva ley de la eutanasia, es decir, la muerte asistida de forma directa, los legisladores están demostrando que no están dispuestos a enfrentar los reales problemas de la población, aquellos que esperan una solución integral que permita a los más pobres y marginados llevar una vida digna. Todos sabemos que los retos de la inseguridad y la carencia de servicios elementales en el Distrito Federal son problemas apremiantes que, de no ser resueltos, podrían a futuro provocar inestabilidad y violencia. Al constatar que las decisiones sobre el aborto y la eutanasia son importadas de culturas ajenas a la nuestra, uno se pregunta en donde quedaron los pobres a quienes se les prometió que serían privilegiados. Con el aborto y la eutanasia no salen ganando ni alcanzan mejoría económica alguna. Siguen igual o peor que antes.
No es mi intención entrarle al juego de la política y de los partidos políticos; en comunión con mis hermanos obispos, soy consciente del deber que Jesucristo me ha confiado de guiar al pueblo católico alimentándolo con la verdad del evangelio cuyo mensaje central es la liberación del hombre de toda atadura y esclavitud recordándole, a la vez, su altísima dignidad como persona humana a la que se le reconocen sus derechos fundamentales comenzando por el derecho a la vida desde el primer momento de su concepción hasta su muerte natural. Callar en estos casos es incumplir la misión que se me ha confiado por pura gracia.

Tomando en consideración que para los católicos el Catecismo de la Iglesia es fundamental para conocer los principios doctrinales que guían la conducta cristiana, me permito citar dos textos acerca de la eutanasia.
“Cualesquiera que sean los motivos y los medios, la eutanasia directa consiste en poner fin a la vida de personas disminuidas, enfermas o moribundas. Es moralmente inaceptable”.
Por lo tanto, una acción o una omisión, que, de suyo o en la intención, provoca la muerte para suprimir el dolor, constituye un homicidio gravemente contrario a la dignidad de la persona humana y al respeto del Dios vivo, su Creador. El error de juicio en el que se puede haber caído de buena fe no cambia la naturaleza de este acto homicida, que se ha de rechazar y excluir siempre” (C. I. C. 2277).
Un católico, si de verdad quiere actuar de acuerdo a su fe, nunca podrá estar a favor de la eutanasia ni emitir su voto a fin de que sea legalizada en nuestro país. El católico tendrá su opción en todo momento a favor de la cultura de la vida.

+Lázaro Pérez Jiménez
Obispo de Celaya
+Lázaro Pérez Jiménez, Obispo de Celaya (2007-07-01)


Publicado por verdenaranja @ 23:28  | Hablan los obispos
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