Mi?rcoles, 11 de julio de 2007
Discurso que pronunci? Benedicto XVI durante el encuentro con los j?venes el domingo 17 de junio de 2007 ante la Bas?lica de Santa Mar?a de los ?ngeles en As?s.

Queridos j?venes:

Gracias por vuestra acogida tan entusiasta. Percibo en vosotros la fe, percibo la alegr?a de ser cristianos cat?licos. Gracias por las afectuosas palabras y por las importantes preguntas que me han dirigido vuestros dos representantes. Espero decir algo, durante este encuentro, sobre esas preguntas, que ata?en a la vida. No puedo dar ahora una respuesta exhaustiva, pero tratar? de decir algo.

En primer lugar os saludo a todos vosotros, j?venes de esta di?cesis de As?s-Nocera Umbra-Gualdo Tadino, con vuestro obispo, mons. Domenico Sorrentino. Os saludo a vosotros, j?venes de todas las di?cesis de Umbr?a, que os hab?is dado cita aqu? con vuestros pastores. Naturalmente, tambi?n os saludo a vosotros, j?venes que hab?is venido de las dem?s regiones de Italia, acompa?ados por vuestros animadores franciscanos. Dirijo un cordial saludo al cardenal Attilio Nicora, mi legado para las bas?licas papales de As?s, y a los ministros generales de las diversas ?rdenes franciscanas.

Nos acoge aqu?, con san Francisco, el coraz?n de la Madre, la "Virgen hecha Iglesia", como ?l sol?a invocarla (cf. Saludo a la sant?sima Virgen Mar?a, 1: FF 259). San Francisco sent?a un cari?o especial por la iglesita de la Porci?ncula, que se conserva en esta bas?lica de Santa Mar?a de los ?ngeles. Fue una de las iglesias que ?l se encarg? de reparar en los primeros a?os de su conversi?n y donde escuch? y medit? el Evangelio de la misi?n (cf. 1 Cel I, 9, 22: FF 356). Despu?s de los primeros pasos de Rivotorto, puso aqu? el "cuartel general" de la Orden, donde los frailes pudieran resguardarse casi como en el seno materno, para renovarse y volver a partir llenos de impulso apost?lico. Aqu? obtuvo para todos un manantial de misericordia en la experiencia del "gran perd?n", que todos necesitamos. Por ?ltimo, aqu? vivi? su encuentro con la "hermana muerte".

Queridos j?venes, ya sab?is que el motivo que me ha tra?do a As?s ha sido el deseo de revivir el camino interior de san Francisco, con ocasi?n del VIII centenario de su conversi?n. Este momento de mi peregrinaci?n tiene un significado particular y he pensado en ?l como en la cumbre de mi jornada. San Francisco habla a todos, pero s? que para vosotros, los j?venes, tiene un atractivo especial. Me lo confirma vuestra presencia tan numerosa, as? como las preguntas que hab?is formulado. Su conversi?n sucedi? cuando estaba en la plenitud de su vitalidad, de sus experiencias, de sus sue?os. Hab?a pasado veinticinco a?os sin encontrar el sentido de su vida. Pocos meses antes de morir recordar? ese per?odo como el tiempo en que "viv?a en los pecados" (cf. 2 Test 1: FF 110).

?En qu? pensaba san Francisco al hablar de "pecado"? Con los datos que nos dan las biograf?as, todas ellas con matices diferentes, no es f?cil determinarlo. Un buen retrato de su estilo de vida se encuentra en la Leyenda de los tres compa?eros, donde se lee: "Francisco era muy alegre y generoso, dedicado a los juegos y a los cantos; vagaba por la ciudad de As?s d?a y noche con amigos de su mismo estilo; era tan generoso en los gastos, que en comidas y otras cosas dilapidaba todo lo que pod?a tener o ganar" (3 Comp 1, 2: FF 1396).

?De cu?ntos muchachos de nuestro tiempo no se podr?a decir algo semejante? Adem?s, hoy existe la posibilidad de ir a divertirse lejos de la propia ciudad. En las iniciativas de diversi?n durante los fines de semana participan numerosos j?venes. Se puede "vagar" tambi?n virtualmente "navegando" en internet, buscando informaciones o contactos de todo tipo. Por desgracia, no faltan ?m?s a?n, son muchos, demasiados? los j?venes que buscan paisajes mentales tan fatuos como destructores en los para?sos artificiales de la droga.

?C?mo negar que son muchos los j?venes, y no j?venes, que sienten la tentaci?n de seguir de cerca la vida del joven Francisco antes de su conversi?n? En ese estilo de vida se esconde el deseo de felicidad que existe en el coraz?n humano. Pero, esa vida ?pod?a dar la alegr?a verdadera? Ciertamente, Francisco no la encontr?. Vosotros mismos, queridos j?venes, pod?is comprobarlo por propia experiencia. La verdad es que las cosas finitas pueden dar briznas de alegr?a, pero s?lo lo Infinito puede llenar el coraz?n. Lo dijo otro gran convertido, san Agust?n. "Nos hiciste, Se?or, para ti; y nuestro coraz?n est? inquieto hasta que descanse en ti" (Confesiones I, 1).

El mismo texto biogr?fico nos refiere que Francisco era m?s bien vanidoso. Le gustaba vestir con elegancia y buscaba la originalidad (cf. 3 Comp 1, 2: FF 1396). En cierto modo, todos nos sentimos atra?dos hacia la vanidad, hacia la b?squeda de originalidad. Hoy se suele hablar de "cuidar la imagen" o de "tratar de dar buena imagen". Para poder tener ?xito, aunque sea m?nimo, necesitamos ganar cr?dito a los ojos de los dem?s con algo in?dito, original. En cierto aspecto, esto puede poner de manifiesto un inocente deseo de ser bien acogidos. Pero a menudo se infiltra el orgullo, la b?squeda desmesurada de nosotros mismos, el ego?smo y el af?n de dominio. En realidad, centrar la vida en nosotros mismos es una trampa mortal: s?lo podemos ser nosotros mismos si nos abrimos en el amor, amando a Dios y a nuestros hermanos.

Un aspecto que impresionaba a los contempor?neos de Francisco era tambi?n su ambici?n, su sed de gloria y de aventura. Esto fue lo que lo llev? al campo de batalla, acabando prisionero durante un a?o en Perusa. Una vez libre, esa misma sed de gloria lo habr?a llevado a Pulla, en una nueva expedici?n militar, pero precisamente en esa circunstancia, en Espoleto, el Se?or se hizo presente en su coraz?n, lo indujo a volver sobre sus pasos, y a ponerse seriamente a la escucha de su Palabra.

Es interesante observar c?mo el Se?or conquist? a Francisco cogi?ndole las vueltas, su deseo de afirmaci?n, para se?alarle el camino de una santa ambici?n, proyectada hacia el infinito: "?Qui?n puede serte m?s ?til, el se?or o el siervo?" (3 Comp 2, 6: FF 1401), fue la pregunta que sinti? resonar en su coraz?n. Equivale a decir: ?por qu? contentarse con depender de los hombres, cuando hay un Dios dispuesto a acogerte en su casa, a su servicio regio?

Queridos j?venes, me hab?is hablado de algunos problemas de la condici?n juvenil, de lo dif?cil que os resulta construiros un futuro, y sobre todo de la dificultad que encontr?is para discernir la verdad.

En el relato de la pasi?n de Cristo encontramos la pregunta de Pilato: "?Qu? es la verdad?" (Jn 18, 38). Es la pregunta de un esc?ptico, que dice: "T? afirmas que eres la verdad, pero ?qu? es la verdad?". As?, suponiendo que la verdad no se puede reconocer, Pilato da a entender: "hagamos lo que sea m?s pr?ctico, lo que tenga m?s ?xito, en vez de buscar la verdad". Luego condena a muerte a Jes?s, porque act?a con pragmatismo, buscando el ?xito, su propia fortuna.

Tambi?n hoy muchos dicen: "?Qu? es la verdad? Podemos encontrar sus fragmentos, pero ?c?mo podemos encontrar la verdad?". Resulta realmente arduo creer que Jesucristo es la verdad, la verdadera Vida, la br?jula de nuestra vida. Y, sin embargo, si caemos en la gran tentaci?n de comenzar a vivir ?nicamente seg?n las posibilidades del momento, sin la verdad, realmente perdemos el criterio y tambi?n el fundamento de la paz com?n, que s?lo puede ser la verdad. Y esta verdad es Cristo. La verdad de Cristo se ha verificado en la vida de los santos de todos los siglos. Los santos son la gran estela de luz que en la historia atestigua: esta es la vida, este es el camino, esta es la verdad. Por eso, tengamos el valor de decir s? a Jesucristo: "Tu verdad se ha verificado en la vida de tantos santos. Te seguimos".

Queridos j?venes, mientras ven?a de la bas?lica del Sacro Convento, pensaba que no conven?a hablar casi una hora yo solo. Por eso, creo que ahora ser?a oportuno hacer una pausa, para un canto. S? que hab?is preparado muchos cantos; tal vez me pod?is cantar uno en este momento.

Bien, el canto nos ha recordado que san Francisco escuch? la voz de Cristo en su coraz?n. Y ?qu? sucede? Sucede que comprende que debe ponerse al servicio de los hermanos, sobre todo de los que m?s sufren. Esta es la consecuencia de su primer encuentro con la voz de Cristo.

Esta ma?ana, al pasar por Rivotorto, contempl? el lugar en donde, seg?n la tradici?n, se hallaban segregados los leprosos ?los ?ltimos, los marginados?, con respecto a los cuales Francisco sent?a una repugnancia irresistible. Tocado por la gracia, les abri? su coraz?n. Y no s?lo lo hizo con un gesto piadoso de limosna, pues hubiera sido demasiado poco, sino tambi?n bes?ndolos y sirvi?ndolos. ?l mismo confiesa que lo que antes le resultaba amargo, se transform? para ?l en "dulzura de alma y de cuerpo" (2 Test 3: FF 110).

As? pues, la gracia comienza a modelar a Francisco. Se fue haciendo cada vez m?s capaz de fijar su mirada en el rostro de Cristo y de escuchar su voz. Fue entonces cuando el Crucifijo de San Dami?n le dirigi? la palabra, invit?ndolo a una valiente misi?n: "Ve, Francisco, repara mi casa, que, como ves, est? totalmente en ruinas" (2 Cel I, 6, 10: FF 593).

Al visitar esta ma?ana San Dami?n, y luego la bas?lica de Santa Clara, donde se conserva el Crucifijo original que habl? a san Francisco, tambi?n yo fij? mi mirada en los ojos de Cristo. Es la imagen de Cristo crucificado y resucitado, vida de la Iglesia, que, si estamos atentos, nos habla tambi?n a nosotros, como habl? hace dos mil a?os a sus Ap?stoles y hace ochocientos a?os a san Francisco. La Iglesia vive continuamente de este encuentro.

S?, queridos j?venes: dejemos que Cristo se encuentre con nosotros. Fi?monos de ?l, escuchemos su palabra. ?l no s?lo es un ser humano fascinante. Desde luego, es plenamente hombre, en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado (cf. Hb 4, 15). Pero tambi?n es mucho m?s: Dios se hizo hombre en ?l y, por tanto, es el ?nico Salvador, como dice su nombre mismo: Jes?s, o sea, "Dios salva".

A As?s se viene para aprender de san Francisco el secreto para reconocer a Jesucristo y hacer experiencia de ?l. Seg?n lo que narra su primer bi?grafo, esto es lo que sent?a Francisco por Jes?s: "Siempre llevaba a Jes?s en el coraz?n. Llevaba a Jes?s en los labios, llevaba a Jes?s en los o?dos, llevaba a Jes?s en las manos, llevaba a Jes?s en todos los dem?s miembros... M?s a?n, muchas veces, encontr?ndose de viaje, al meditar o cantar a Jes?s, se olvidaba que estaba de viaje y se deten?a a invitar a todas las criaturas a alabar a Jes?s" (1 Cel II, 9, 115: FF 115). As? vemos c?mo la comuni?n con Jes?s abre tambi?n el coraz?n y los ojos a la creaci?n.

En definitiva, san Francisco era un aut?ntico enamorado de Jes?s. Lo encontraba en la palabra de Dios, en los hermanos, en la naturaleza, pero sobre todo en su presencia eucar?stica. A este prop?sito, escribe en su Testamento: "Del mismo alt?simo Hijo de Dios no veo corporalmente nada m?s que su sant?simo Cuerpo y su sant?sima Sangre" (2 Test 10: FF 113). La Navidad de Greccio manifiesta la necesidad de contemplarlo en su tierna humanidad de ni?o (cf. 1 Cel I, 30, 85-86: FF 469-470). La experiencia de la Verna, donde recibi? los estigmas, muestra hasta qu? grado de intimidad hab?a llegado en su relaci?n con Cristo crucificado. Realmente pudo decir con san Pablo: "Para m? vivir es Cristo" (Flp 1, 21). Si se desprende de todo y elige la pobreza, el motivo de todo esto es Cristo, y s?lo Cristo. Jes?s es su todo, y le basta.

Precisamente porque es de Cristo, san Francisco es tambi?n hombre de Iglesia. El Crucifijo de San Dami?n le hab?a pedido que reparara la casa de Cristo, es decir, la Iglesia. Entre Cristo y la Iglesia existe una relaci?n ?ntima e indisoluble. Ciertamente, en la misi?n de Francisco, ser llamado a repararla implicaba algo propio y original.

Al mismo tiempo, en el fondo, esa tarea no era m?s que la responsabilidad que Cristo atribuye a todo bautizado. Tambi?n a cada uno de nosotros nos dice: "Ve y repara mi casa". Todos estamos llamados a reparar, en cada generaci?n, la casa de Cristo, la Iglesia. Y s?lo actuando as?, la Iglesia vive y se embellece. Como sabemos, hay muchas maneras de reparar, de edificar, de construir la casa de Dios, la Iglesia. Se edifica con las diferentes vocaciones, desde la laical y familiar hasta la vida de especial consagraci?n y la vocaci?n sacerdotal.

En este punto, quiero decir algo precisamente sobre esta ?ltima vocaci?n. San Francisco, que fue di?cono, no sacerdote (cf. 1 Cel I, 30, 86: FF 470), sent?a gran veneraci?n por los sacerdotes. Aun sabiendo que incluso en los ministros de Dios hay mucha pobreza y fragilidad, los ve?a como ministros del Cuerpo de Cristo, y eso le bastaba para despertar en s? mismo un sentido de amor, de reverencia y de obediencia (cf. 2 Test 6-10: FF 112-113). Su amor a los sacerdotes es una invitaci?n a redescubrir la belleza de esta vocaci?n, vital para el pueblo de Dios.

Queridos j?venes, rodead de amor y gratitud a vuestros sacerdotes. Si el Se?or llamara a alguno de vosotros a este gran ministerio, o a alguna forma de vida consagrada, no dud?is en decirle "s?". No es f?cil, pero es hermoso ser ministros del Se?or, es hermoso gastar la vida por ?l.

El joven Francisco sinti? un afecto realmente filial hacia su obispo, y en sus manos, despoj?ndose de todo, hizo la profesi?n de una vida ya totalmente consagrada al Se?or (cf. 1 Cel I, 6, 15: FF 344). Sinti? de modo especial la misi?n del Vicario de Cristo, al que someti? su Regla y encomend? su Orden. En cierto sentido, el gran afecto que los Papas han manifestado a As?s a lo largo de la historia es una respuesta al afecto que san Francisco sinti? por el Papa. Queridos j?venes, a m? me alegra estar aqu?, siguiendo las huellas de mis predecesores, y en particular del amigo, del amado Papa Juan Pablo II.

Como en c?rculos conc?ntricos, el amor de san Francisco a Jes?s no s?lo se extiende a la Iglesia sino tambi?n a todas las cosas, vistas en Cristo y por Cristo. De aqu? nace el C?ntico de las criaturas, en el que los ojos descansan en el esplendor de la creaci?n: desde el hermano sol hasta la hermana luna, desde la hermana agua hasta el hermano fuego. Su mirada interior se hizo tan pura y penetrante, que descubri? la belleza del Creador en la hermosura de las criaturas. El C?ntico del hermano sol, antes de ser una alt?sima p?gina de poes?a y una invitaci?n impl?cita a respetar la creaci?n, es una oraci?n, una alabanza dirigida al Se?or, al Creador de todo.

A la luz de la oraci?n se ha de ver tambi?n el compromiso de san Francisco en favor de la paz. Este aspecto de su vida es de gran actualidad en un mundo que tiene tanta necesidad de paz y no logra encontrar el camino para alcanzarla. San Francisco fue un hombre de paz y un constructor de paz. Lo pone de manifiesto tambi?n mediante la bondad con que trat?, aunque sin ocultar nunca su fe, con hombres de otras creencias, como lo atestigua su encuentro con el Sult?n (cf. 1 Cel I, 20, 57: FF 422).

Si hoy el di?logo interreligioso, especialmente despu?s del concilio Vaticano II, ha llegado a ser patrimonio com?n e irrenunciable de la sensibilidad cristiana, san Francisco nos puede ayudar a dialogar aut?nticamente, sin caer en una actitud de indiferencia ante la verdad o en el debilitamiento de nuestro anuncio cristiano. Su actitud de hombre de paz, de tolerancia, de di?logo, nac?a siempre de la experiencia de Dios-Amor. No es casualidad que su saludo de paz fuera una oraci?n: "El Se?or te d? la paz" (2 Test 23: FF 121).

Queridos j?venes, vuestra presencia aqu? en tan gran n?mero demuestra que la figura de san Francisco habla a vuestro coraz?n. De buen grado os vuelvo a presentar su mensaje, pero sobre todo su vida y su testimonio. Es tiempo de j?venes que, como Francisco, se lo tomen en serio y sepan entrar en una relaci?n personal con Jes?s. Es tiempo de mirar a la historia de este tercer milenio, reci?n comenzado, como a una historia que necesita m?s que nunca ser fermentada por el Evangelio.

Hago m?a, una vez m?s, la invitaci?n que mi amado predecesor Juan Pablo II sol?a dirigir, especialmente a los j?venes: "Abrid las puertas a Cristo". Abridlas como hizo san Francisco, sin miedo, sin c?lculos, sin medida. Queridos j?venes, sed mi alegr?a, como lo hab?is sido para Juan Pablo II. Desde esta bas?lica dedicada a Santa Mar?a de los ?ngeles os doy cita en la Santa Casa de Loreto, a principios de septiembre, para el ?gora de los j?venes italianos.

A todos os imparto mi bendici?n. Gracias por todo, por vuestra presencia y por vuestra oraci?n.

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Publicado por verdenaranja @ 23:52  | Habla el Papa
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