Jueves, 26 de julio de 2007
Mensaje que Benedicto XVI ha dirigido a los j?venes del mundo con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud 2008 que se celebrar? en julio de ese a?o en Sydney (Australia).

?Recibir?is la fuerza del Esp?ritu Santo,
que vendr? sobre vosotros, y ser?is mis testigos? (Hch 1, 8)



Queridos j?venes:

1. La XXIII Jornada Mundial de la Juventud

Recuerdo siempre con gran alegr?a los diversos momentos transcurridos juntos en Colonia, en el mes de agosto de 2005. Al final de aquella inolvidable manifestaci?n de fe y entusiasmo, que permanece impresa en mi esp?ritu y en mi coraz?n, os di cita para el pr?ximo encuentro que tendr? lugar en Sydney, en 2008. Ser? la XXIII Jornada Mundial de la Juventud y tendr? como tema: ?Recibir?is la fuerza del Esp?ritu Santo, que vendr? sobre vosotros, y ser?is mis testigos? (Hch 1, 8). El hilo conductor de la preparaci?n espiritual para el encuentro en Sydney es el Esp?ritu Santo y la misi?n. En 2006 nos hab?amos detenido a meditar sobre el Esp?ritu Santo como Esp?ritu de verdad, en 2007 quisimos descubrirlo m?s profundamente como Esp?ritu de amor, para encaminarnos despu?s hacia la Jornada Mundial de la Juventud 2008 reflexionando sobre el Esp?ritu de fortaleza y testimonio, que nos da el valor de vivir el Evangelio y la audacia de proclamarlo. Por ello es fundamental que cada uno de vosotros, j?venes, en la propia comunidad y con los educadores, reflexione sobre este Protagonista de la historia de la salvaci?n que es el Esp?ritu Santo o Esp?ritu de Jes?s, para alcanzar estas altas metas: reconocer la verdadera identidad del Esp?ritu, escuchando sobre todo la Palabra de Dios en la Revelaci?n de la Biblia; tomar una l?cida conciencia de su presencia viva y constante en la vida de la Iglesia, redescubrir en particular que el Esp?ritu Santo es como el ?alma?, el respiro vital de la propia vida cristiana gracias a los sacramentos de la iniciaci?n cristiana: Bautismo, Confirmaci?n y Eucarist?a; hacerse capaces as? de ir madurando una comprensi?n de Jes?s cada vez m?s profunda y gozosa y, al mismo tiempo, hacer una aplicaci?n eficaz del Evangelio en el alba del tercer milenio. Con mucho gusto os ofrezco con este mensaje un motivo de meditaci?n ir profundiz?ndolo a lo largo de este a?o de preparaci?n y ante el cual verificar la calidad de vuestra fe en el Esp?ritu Santo, de volver a encontrarla si se ha extraviado, de afianzarla si se ha debilitado, de gustarla como compa??a del Padre y del Hijo Jesucristo, gracias precisamente a la obra indispensable del Esp?ritu Santo. No olvid?is nunca que la Iglesia, m?s a?n la humanidad misma, la que est? en torno a vosotros y que os aguarda en vuestro futuro, espera mucho de vosotros, j?venes, porque ten?is en vosotros el don supremo del Padre, el Esp?ritu de Jes?s.

2. La promesa del Esp?ritu Santo en la Biblia

La escucha atenta de la Palabra de Dios respecto al misterio y a la obra del Esp?ritu Santo nos abre al conocimiento cosas grandes y estimulantes que resumo en los siguientes puntos.
Poco antes de su ascensi?n, Jes?s dijo a los disc?pulos: ?Yo os enviar? lo que mi Padre ha prometido? (Lc 24, 49). Esto se cumpli? el d?a de Pentecost?s, cuando estaban reunidos en oraci?n en el Cen?culo con la Virgen Mar?a. La efusi?n del Esp?ritu Santo sobre la Iglesia naciente fue el cumplimiento de una promesa de Dios m?s antigua a?n, anunciada y preparada en todo el Antiguo Testamento.

En efecto, ya desde las primeras p?ginas, la Biblia evoca el esp?ritu de Dios como un viento que ?aleteaba por encima de las aguas? (cf. Gn 1, 2) y precisa que Dios insufl? en las narices del hombre un aliento de vida, (cf. Gn 2, 7), infundi?ndole as? la vida misma. Despu?s del pecado original, el esp?ritu vivificante de Dios se ha ido manifestando en diversas ocasiones en la historia de los hombres, suscitando profetas para incitar al pueblo elegido a volver a Dios y a observar fielmente los mandamientos. En la c?lebre visi?n del profeta Ezequiel, Dios hace revivir con su esp?ritu al pueblo de Israel, representado en ?huesos secos? (cf. 37, 1-14). Joel profetiza una ?efusi?n del esp?ritu? sobre todo el pueblo, sin excluir a nadie: ?Despu?s de esto ?escribe el Autor sagrado? yo derramar? mi Esp?ritu en toda carne... Hasta en los siervos y las siervas derramar? mi Esp?ritu en aquellos d?as? (3, 1-2).

En la ?plenitud del tiempo? (cf. Ga 4, 4), el ?ngel del Se?or anuncia a la Virgen de Nazaret que el Esp?ritu Santo, ?poder del Alt?simo?, descender? sobre Ella y la cubrir? con su sombra. El que nacer? de Ella ser? santo y ser? llamado Hijo de Dios (cf. Lc 1, 35). Seg?n la expresi?n del profeta Isa?as, sobre el Mes?as se posar? el Esp?ritu del Se?or (cf. 11, 1-2; 42, 1). Jes?s retoma precisamente esta profec?a al inicio de su ministerio p?blico en la sinagoga de Nazaret: ?El Esp?ritu del Se?or est? sobre m? ?dijo ante el asombro de los presentes?, porque ?l me ha ungido. Me ha enviado a dar la Buena Noticia a los pobres. Para anunciar a los cautivos la libertad y, a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; y para anunciar un a?o un a?o de gracia del Se?or? (Lc 4, 18-19; cf. Is 61, 1-2). Dirigi?ndose a los presentes, se atribuye a s? mismo estas palabras prof?ticas afirmando: ?Hoy se cumple esta Escritura que acab?is de o?r ? (Lc 4, 21). Y una vez m?s, antes de su muerte en la cruz, anuncia varias veces a sus disc?pulos la venida del Esp?ritu Santo, el ?Consolador?, cuya misi?n ser? la de dar testimonio de ?l y asistir a los creyentes, ense??ndoles y gui?ndoles hasta la Verdad completa (cf. Jn 14, 16-17.25-26; 15, 26; 16, 13).

3. Pentecost?s, punto de partida de la misi?n de la Iglesia

La tarde del d?a de su resurrecci?n, Jes?s, apareci?ndose a los disc?pulos, ?sopl? sobre ellos y les dijo: ?Recibid el Esp?ritu Santo?? (Jn 20, 22). El Esp?ritu Santo se pos? sobre los Ap?stoles con mayor fuerza a?n el d?a de Pentecost?s: ?De repente un ruido del cielo ?se lee en los Hechos de los Ap?stoles?, como el de un viento recio, reson? en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repart?an, pos?ndose encima de cada uno? (2, 2-3).

El Esp?ritu Santo renov? interiormente a los Ap?stoles, revisti?ndolos de una fuerza que los hizo audaces para anunciar sin miedo: ??Cristo ha muerto y ha resucitado!?. Libres de todo temor comenzaron a hablar con franqueza (cf. Hch 2, 29; 4, 13; 4, 29.31). De pescadores atemorizados se convirtieron en heraldos valientes del Evangelio. Tampoco sus enemigos lograron entender c?mo hombres ?sin instrucci?n ni cultura? (cf. Hch 4, 13) fueran capaces de demostrar tanto valor y de soportar las contrariedades, los sufrimientos y las persecuciones con alegr?a. Nada pod?a detenerlos. A los que intentaban reducirlos al silencio respond?an: ?Nosotros no podemos dejar de contar lo que hemos visto y o?do? (Hch 4, 20). As? naci? la Iglesia, que desde el d?a de Pentecost?s no ha dejado de extender la Buena Noticia ?hasta los confines de la tierra? (Hch 1, 8).

4. El Esp?ritu Santo, alma de la Iglesia y principio de comuni?n

Pero para comprender la misi?n de la Iglesia hemos de regresar al Cen?culo donde los disc?pulos permanec?an juntos (cf. Lc 24, 49), rezando con Mar?a, la ?Madre?, a la espera del Esp?ritu prometido. Toda comunidad cristiana tiene que inspirarse constantemente en este icono de la Iglesia naciente. La fecundidad apost?lica y misionera no es el resultado principalmente de programas y m?todos pastorales sabiamente elaborados y ?eficientes?, sino el fruto de la oraci?n comunitaria incesante (cf. Pablo VI, Exhort. apost. ?Evangelii nuntiandi?, 75). La eficacia de la misi?n presupone, adem?s, que las comunidades est?n unidas, que tengan ?un solo coraz?n y una sola alma? (cf. Hch 4, 32), y que est?n dispuestas a dar testimonio del amor y la alegr?a que el Esp?ritu Santo infunde en los corazones de los creyentes (cf. Hch 2, 42). El Siervo de Dios Juan Pablo II escribi? que antes de ser acci?n, la misi?n de la Iglesia es testimonio e irradiaci?n (cf. Enc. ?Redemptoris missio?, 26). As? suced?a al inicio del cristianismo, cuando, como escribe Tertuliano, los paganos se convert?an viendo el amor que reinaba entre los cristianos: ?Ved ?dicen? c?mo se aman entre ellos? (cf. ?Apolog?tico?, 39, 7).

Concluyendo esta r?pida mirada a la Palabra de Dios en la Biblia, os invito a notar c?mo el Esp?ritu Santo es el don m?s alto de Dios al hombre, el testimonio supremo por tanto de su amor por nosotros, un amor que se expresa concretamente como ?s? a la vida? que Dios quiere para cada una de sus criaturas. Este ?s? a la vida? tiene su forma plena en Jes?s de Nazaret y en su victoria sobre el mal mediante la redenci?n. A este respecto, nunca olvidemos que el Evangelio de Jes?s, precisamente en virtud del Esp?ritu, no se reduce a una mera constataci?n, sino que quiere ser ?Buena Noticia para los pobres, libertad para los oprimidos, vista para los ciegos...?. Es lo que se manifest? con vigor el d?a de Pentecost?s, convirti?ndose en gracia y en tarea de la Iglesia para con el mundo, su misi?n prioritaria.
Nosotros somos los frutos de esta misi?n de la Iglesia por obra del Esp?ritu Santo. Llevamos dentro de nosotros ese sello del amor del Padre en Jesucristo que es el Esp?ritu Santo. No lo olvidemos jam?s, porque el Esp?ritu del Se?or se acuerda siempre de cada uno y quiere, en particular mediante vosotros, j?venes, suscitar en el mundo el viento y el fuego de un nuevo Pentecost?s.

5. El Esp?ritu Santo ?Maestro interior?

Queridos j?venes, el Esp?ritu Santo sigue actuando con poder en la Iglesia tambi?n hoy y sus frutos son abundantes en la medida en que estamos dispuestos a abrirnos a su fuerza renovadora. Para esto es importante que cada uno de nosotros lo conozca, entre en relaci?n con ?l y se deje guiar por ?l. Pero aqu? surge naturalmente una pregunta: ?Qui?n es para m? el Esp?ritu Santo? Para muchos cristianos sigue siendo el ?gran desconocido?. Por eso, como preparaci?n a la pr?xima Jornada Mundial de la Juventud, he querido invitaros a profundizar en el conocimiento personal del Esp?ritu Santo. En nuestra profesi?n de de fe proclamamos: ?Creo en el Esp?ritu Santo, Se?or y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo? (Credo Niceno-Constantinopolitano). S?, el Esp?ritu Santo, Esp?ritu de amor del Padre y del Hijo, es Fuente de vida que nos santifica, ?porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Esp?ritu Santo que se nos ha dado? (Rm 5, 5). Pero no basta conocerlo; es necesario acogerlo como gu?a de nuestras almas, como el ?Maestro interior? que nos introduce en el Misterio trinitario, porque s?lo ?l puede abrirnos a la fe y permitirnos vivirla cada d?a en plenitud. ?l nos impulsa hacia los dem?s, enciende en nosotros el fuego del amor, nos hace misioneros de la caridad de Dios.

S? bien que vosotros, j?venes, llev?is en el coraz?n una gran estima y amor hacia Jes?s, c?mo dese?is encontrarlo y hablar con ?l. Pues bien, recordad que precisamente la presencia del Esp?ritu en nosotros atestigua, constituye y construye nuestra persona sobre la Persona misma de Jes?s crucificado y resucitado. Por tanto, tengamos familiaridad con el Esp?ritu Santo, para tenerla con Jes?s.

6. Los sacramentos de la Confirmaci?n y de la Eucarist?a

Pero ?dir?is? ?C?mo podemos dejarnos renovar por el Esp?ritu Santo y crecer en nuestra vida espiritual? La respuesta ya la sab?is: se puede mediante los Sacramentos, porque la fe nace y se robustece en nosotros gracias a los Sacramentos, sobre todo los de la iniciaci?n cristiana: el Bautismo, la Confirmaci?n y la Eucarist?a, que son complementarios e inseparables (cf. Catecismo de la Iglesia Cat?lica, 1285). Esta verdad sobre los tres Sacramentos que est?n al inicio de nuestro ser cristianos se encuentra quiz?s desatendida en la vida de fe de no pocos cristianos, para los que estos son gestos del pasado, pero sin repercusi?n real en la actualidad, como ra?ces sin savia vital. Resulta que, una vez recibida la Confirmaci?n, muchos j?venes se alejan de la vida de fe. Y tambi?n hay j?venes que ni siquiera reciben este sacramento. Sin embargo, con los sacramentos del Bautismo, de la Confirmaci?n y despu?s, de modo constante, de la Eucarist?a, es como el Esp?ritu Santo nos hace hijos del Padre, hermanos de Jes?s, miembros de su Iglesia, capaces de un verdadero testimonio del Evangelio, beneficiarios de la alegr?a de la fe.

Os invito por tanto a reflexionar sobre lo que aqu? os escribo. Hoy es especialmente importante redescubrir el sacramento de la Confirmaci?n y reencontrar su valor para nuestro crecimiento espiritual. Quien ha recibido los sacramentos del Bautismo y de la Confirmaci?n, recuerde que se ha convertido en ?templo del Esp?ritu?: Dios habita en ?l. Que sea siempre consciente de ello y haga que el tesoro que lleva dentro produzca frutos de santidad. Quien est? bautizado, pero no ha recibido a?n el sacramento de la Confirmaci?n, que se prepare para recibirlo sabiendo que as? se convertir? en un cristiano ?pleno?, porque la Confirmaci?n perfecciona la gracia bautismal (cf. Ib?d., 1302-1304).

La Confirmaci?n nos da una fuerza especial para testimoniar y glorificar a Dios con toda nuestra vida (cf. Rm 12, 1); nos hace ?ntimamente conscientes de nuestra pertenencia a la Iglesia, ?Cuerpo de Cristo?, del cual todos somos miembros vivos, solidarios los unos con los otros (cf. 1 Co 12, 12-25). Todo bautizado, dej?ndose guiar por el Esp?ritu, puede dar su propia aportaci?n a la edificaci?n de la Iglesia gracias a los carismas que ?l nos da, porque ?en cada uno se manifiesta el Esp?ritu para el bien com?n? (1 Co 12, 7). Y cuando el Esp?ritu act?a produce en el alma sus frutos que son ?amor, alegr?a, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de s?? (Ga 5, 22). A cuantos, j?venes como vosotros, no han recibido la Confirmaci?n, les invito cordialmente a prepararse a recibir este sacramento, pidiendo la ayuda de sus sacerdotes. Es una especial ocasi?n de gracia que el Se?or os ofrece: ?no la dej?is escapar!

Quisiera a?adir aqu? una palabra sobre la Eucarist?a. Para crecer en la vida cristiana es necesario alimentarse del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. En efecto, hemos sido bautizados y confirmados con vistas a la Eucarist?a (cf. Catecismo de la Iglesia Cat?lica, 1322; Exhort. apost. ?Sacramentum caritatis?, 17). Como ?fuente y culmen? de la vida eclesial, la Eucarist?a es un ?Pentecost?s perpetuo?, porque cada vez que celebramos la Santa Misa recibimos el Esp?ritu Santo que nos une m?s profundamente a Cristo y nos transforma en ?l. Queridos j?venes, si particip?is frecuentemente en la Celebraci?n eucar?stica, si consagr?is un poco de vuestro tiempo a la adoraci?n del Sant?simo Sacramento, a la Fuente del amor, que es la Eucarist?a, os llegar? esa gozosa determinaci?n de dedicar la vida a seguir las pautas del Evangelio. Al mismo tiempo, experimentar?is que donde no llegan nuestras fuerzas, el Esp?ritu Santo nos transforma, nos colma de su fuerza y nos hace testigos plenos del ardor misionero de Cristo resucitado.

7. La necesidad y la urgencia de la misi?n

Muchos j?venes miran su vida con aprensi?n y se plantean tantos interrogantes sobre su futuro. Ellos se preguntan preocupados: ?C?mo insertarse en un mundo marcado por numerosas y graves injusticias y sufrimientos? ?C?mo reaccionar ante el ego?smo y la violencia que a veces parecen prevalecer? ?C?mo dar sentido pleno a la vida? ?C?mo contribuir para que los frutos del Esp?ritu que hemos recordado precedentemente, ?amor, alegr?a, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de s?? (n. 6), inunden este mundo herido y fr?gil, el mundo de los j?venes sobre todo? ?En qu? condiciones el Esp?ritu vivificante de la primera creaci?n, y sobre todo de la segunda creaci?n o redenci?n, puede convertirse en el alma nueva de la humanidad? No olvidemos que cuanto m?s grande es el don de Dios ?y el del Esp?ritu de Jes?s es el m?ximo? tanto m?s lo es la necesidad del mundo de recibirlo y, en consecuencia, m?s grande y apasionante es la misi?n de la Iglesia de dar un testimonio cre?ble de ?l. Y vosotros, j?venes, con la Jornada Mundial de la Juventud, dais en cierto modo testimonio de querer participar en dicha misi?n. A este prop?sito, queridos amigos, me apremia recordaros aqu? algunas verdades cruciales sobre las cuales meditar. Una vez m?s os repito que s?lo Cristo puede colmar las aspiraciones m?s ?ntimas del coraz?n del hombre; s?lo ?l es capaz de humanizar la humanidad y conducirla a su ?divinizaci?n?. Con la fuerza de su Esp?ritu, ?l infunde en nosotros la caridad divina, que nos hace capaces de amar al pr?jimo y prontos para a ponernos a su servicio. El Esp?ritu Santo ilumina, revelando a Cristo crucificado y resucitado, y nos indica el camino para asemejarnos m?s a ?l, para ser precisamente ?expresi?n e instrumento del amor que de ?l emana? (Enc. ?Deus caritas est?, 33). Y quien se deja guiar por el Esp?ritu comprende que ponerse al servicio del Evangelio no es una opci?n facultativa, porque advierte la urgencia de transmitir a los dem?s esta Buena Noticia. Sin embargo, es necesario recordarlo una vez m?s, s?lo podemos ser testigos de Cristo si nos dejamos guiar por el Esp?ritu Santo, que es ?el agente principal de la evangelizaci?n? (cf. ?Evangelii nuntiandi?, 75) y ?el protagonista de la misi?n? (cf. ?Redemptoris missio?, 21). Queridos j?venes, como han reiterado tantas veces mis venerados Predecesores Pablo VI y Juan Pablo II, anunciar el Evangelio y testimoniar la fe es hoy m?s necesario que nunca (cf. ?Redemptoris missio?, 1). Alguno puede pensar que presentar el tesoro precioso de la fe a las personas que no la comparten significa ser intolerantes con ellos, pero no es as?, porque proponer a Cristo no significa imponerlo (cf. ?Evangelii nuntiandi?, 80). Adem?s, doce Ap?stoles, hace ya dos mil a?os, han dado la vida para que Cristo fuese conocido y amado. Desde entonces, el Evangelio sigue difundi?ndose a trav?s de los tiempos gracias a hombres y mujeres animados por el mismo fervor misionero. Por lo tanto, tambi?n hoy se necesitan disc?pulos de Cristo que no escatimen tiempo ni energ?a para servir al Evangelio. Se necesitan j?venes que dejen arder dentro de s? el amor de Dios y respondan generosamente a su llamamiento apremiante, como lo han hecho tantos j?venes beatos y santos del pasado y tambi?n de tiempos cercanos al nuestro. En particular, os aseguro que el Esp?ritu de Jes?s os invita hoy a vosotros, j?venes, a ser portadores de la buena noticia de Jes?s a vuestros coet?neos. La indudable dificultad de los adultos de tratar de manera comprensible y convincente con el ?mbito juvenil puede ser un signo con el cual el Esp?ritu quiere impulsaros a vosotros, j?venes, a que os hag?is cargo de ello. Vosotros conoc?is el idealismo, el lenguaje y tambi?n las heridas, las expectativas y, al mismo tiempo, el deseo de bienestar de vuestros coet?neos. Ten?is ante vosotros el vasto mundo de los afectos, del trabajo, de la formaci?n, de la expectativa, del sufrimiento juvenil... Que cada uno de vosotros tenga la valent?a de prometer al Esp?ritu Santo llevar a un joven a Jesucristo, como mejor lo considere, sabiendo ?dar raz?n de vuestra esperanza, pero con mansedumbre ? (cf. 1 P 3, 15).

Pero para lograr este objetivo, queridos amigos, sed santos, sed misioneros, porque nunca se puede separar la santidad de la misi?n (cf. ?Redemptoris missio?, 90). Non teng?is miedo de convertiros en santos misioneros como San Francisco Javier, que recorri? el Extremo Oriente anunciando la Buena Noticia hasta el l?mite de sus fuerzas, o como Santa Teresa del Ni?o Jes?s, que fue misionera a?n sin haber dejado el Carmelo: tanto el uno como la otra son ?Patronos de las Misiones?. Estad listos a poner en juego vuestra vida para iluminar el mundo con la verdad de Cristo; para responder con amor al odio y al desprecio de la vida; para proclamar la esperanza de Cristo resucitado en cada rinc?n de la tierra.

8. Invocar un ?nuevo Pentecost?s? sobre el mundo

Queridos j?venes, os espero en gran n?mero en julio de 2008 en Sydney. Ser? una ocasi?n providencial para experimentar plenamente el poder del Esp?ritu Santo. Venid muchos, para ser signo de esperanza y sustento precioso para las comunidades de la Iglesia en Australia que se preparan para acogeros. Para los j?venes del pa?s que nos hospedar? ser? una ocasi?n excepcional de anunciar la belleza y el gozo del Evangelio a una sociedad secularizada de muchas maneras. Australia, como toda Ocean?a, tiene necesidad de redescubrir sus ra?ces cristianas. En la Exhortaci?n postsinodal ?Ecclesia in Oceania? Juan Pablo II escrib?a: ?Con la fuerza del Esp?ritu Santo, la Iglesia en Ocean?a se est? preparando para una nueva evangelizaci?n de pueblos que hoy tienen hambre de Cristo... La nueva evangelizaci?n es una prioridad para la Iglesia en Ocean?a? (n. 18).

Os invito a dedicar tiempo a la oraci?n y a vuestra formaci?n espiritual en este ?ltimo tramo del camino que nos conduce a la XXIII Jornada Mundial de la Juventud, para que en Sydney pod?is renovar las promesas de vuestro Bautismo y de vuestra Confirmaci?n. Juntos invocaremos al Esp?ritu Santo, pidiendo con confianza a Dios el don de un nuevo Pentecost?s para la Iglesia y para la humanidad del tercer milenio.

Mar?a, unida en oraci?n a los Ap?stoles en el Cen?culo, os acompa?e durante estos meses y obtenga para todos los j?venes cristianos una nueva efusi?n del Esp?ritu Santo que inflame los corazones. Recordad: ?la Iglesia conf?a en vosotros! Nosotros, los Pastores, en particular, oramos para que am?is y hag?is amar siempre m?s a Jes?s y lo sig?is fielmente. Con estos sentimientos os bendigo a todos con gran afecto.

En Lorenzago, 20 de julio de 2007

Benedicto XVI

[Traducci?n distribuida por la Santa Sede
? Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana]
Publicado por verdenaranja @ 0:10  | Habla el Papa
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