Viernes, 27 de julio de 2007
Extracto de la Carta pastoral del obispo de la Diócesis de Tenerife monseñor Felipe Fernández García titulada EL PRIMER SANTO CANARIO. EL SANTO HERMANO PEDRO

EL EJEMPLO DEL SANTO HERMANO PEDRO
LA PIEDAD



Es aquí donde cabría extenderse todo cuanto uno quisiera. Es aquí donde podría narrarse su vida entera. Porque toda su vida, de hecho, fue y es un ejemplo para nosotros.

"Lo santos -he leído en no sé ya qué autor francés- sólo tienen que existir. Su existencia es ya una palabra". El Hermano Pedro, el Santo Hermano Pedro, con su sola existencia es ya una palabra -o muchas palabras- para cada uno de nosotros.

No intentaré yo en esta Carta Pastoral hacer competencia alguna a tantos como han escrito, afortunadamente, valiosas biografías del Hermano Pedro. El último escritor, que yo conozca, el actual párroco de Vilaflor, D. Julio Ribot, que ha logrado recrear la figura del Santo en una vida breve, sencilla, pero suficientemente completa, amena y sabrosa como para ser la biografía más recomendada en nuestra diócesis. No intentaré yo, pues, competir con ninguna biografía del Santo.

Pero, puesto a decir algo, y tratando de decirlo resumido y claro, subrayando las lecciones que nos da el Hermano Pedro, me he atrevido a sintetizar su ejemplo en dos palabras que son como dos pilares que sostienen su figura y sobre los que se edificó su vida entera: la piedad y la caridad.

La piedad

Entiendo aquí por piedad aquel don del Espíritu Santo que nos hace sentirnos "hijos de Dios" y vivir como "hijos de Dios" en una relación filial, cercana y amorosa con Dios. En un trato frecuente y amistoso. Fiel. Con plena docilidad a sus caminos y con plena confianza en sus planes. Y entiendo también aquí por piedad los ejercicios piadosos con los que el hombre, "hijo de Dios", alimenta y cultiva su relación con Dios: la oración, la atención a los sacramentos, el trato con la Virgen María y los santos, la práctica de diversos modos populares de mantener contacto con Dios o con los santos como puede ser el vía crucis, el rezo del santo Rosario, la adoración eucarística...

Y si me he atrevido a centrarme en estos dos pilares de la vida del Hermano Pedro no ha sido así porque sí. Es sencillamente porque, si queremos conocer al Hermano Pedro real, al Santo Hermano Pedro, no podemos fijarnos exclusiva-mente en la caridad, en "el hombre que fue caridad", como, con toda razón, se titula una biografía suya. Porque sí es verdad que el Hermano Pedro es "el hombre que fue caridad", y bien lo veremos en estas páginas, pero si así es, y así fue, es porque también, y antes, me atrevo a decir, es el hombre que fue piedad, es decir, que tuvo un trato exquisito, sobresaliente, perseverante con Dios. Un hombre dócil a Dios. Un hombre de Dios y en las manos de Dios.

Quizá venga bien este sencillísimo esquema a la hora de acercarnos al "ejemplo" que nos dejó el Hermano Pedro. Quizá venga bien porque vale perfectamente para él y vale perfectamente para entender una vida cristiana. "Si no hay caridad -he escrito ya en otra ocasión- vivida de diversas formas según la vocación de cada uno en la Iglesia, no será verdadera la piedad. Si no hay piedad, poco durará la aparente caridad o, a lo sumo, quedará reducida a pura filantropía de cortos vuelos". De hecho no habrá verdadera caridad sin verdadera piedad. Porque la verdadera caridad brota de y se alimenta en la verdadera piedad. Y la verdadera piedad se expresa y se traduce en la verdadera caridad. Nos viene, pues, bien este sencillo esquema a la ahora de recoger el ejemplo del Hermano Pedro y a la hora de darlo a conocer.

Fijémonos, ahora, en la piedad...

A la hora de empezar a describir la piedad del Hermano Pedro, hay que volver los ojos, necesariamente, al hogar de Vilaflor, en el que nació. Ese hogar, formado por Amador y Ana, sus padres, y varios hermanos, de los que Pedro era el mayor. En ese hogar, pobre y humilde, pero donde brillaban la honra¬dez, el espíritu de trabajo, el cariño, aprendió Pedro a rezar y aprendió simultáneamente Pedro a vivir la solidaridad, la fraternidad, la alegría. En sus mismos padres, especialmente en su madre, a quienes menciona reiteradamente a lo largo de su vida, contempló, con sus propios ojos, esa gracia de una honda piedad que tenía, afortunadamente, consecuencia en la caridad familiar... "Mi madre fue muy contemplativa de la pasión del Señor", nos dirá más tarde, por citar un ejemplo, el mismo Hermano Pedro.
Sin entretenerme más en este punto, bueno sería sencillamente que cuantos valoramos la figura del Hermano Pedro y queremos al Hermano Pedro no olvidásemos hoy la familia en la que nació como la primera y la más definitiva escuela en la que él aprendió a vivir humana y cristianamente. Nos hace tanta falta hoy reflexionar sobre la familia...

Hay una nueva nota de su vida que tampoco queremos dejar pasar por alto: su vida de oración cuando comenzó a ejercer, niño todavía, el oficio de pastor. La costumbre de orar iba creciendo en él de día en día. Ya no le bastaba orar al comienzo y al final de la jornada, como lo había aprendido de sus padres, ni orar en cualquier momento por el camino. Solía buscar momentos de soledad y lugares apartados, para embeberse por largos ratos dedicados a la sola oración. Ahí comenzó, sin lugar a dudas, la originalidad de la actual "Cueva del Hermano Pedro", que la tradición popular ha mantenido como un lugar adonde él, escondiéndose de los piratas o por motivos de pura piedad, se retiraba a orar. Cueva, por cierto, que hoy es conservada, gracias al sentido popular, como un lugar prácticamente permanente de oración sencilla, espontánea, honda, por parte de la gente.

Puestos a subrayar su vida de piedad, y todavía antes de verlo dejar la isla de Tenerife camino de América, tampoco podemos olvidar ese momento decisivo en el que, en el fondo, se forjó su vocación y se hizo real su compromiso de consagrar-se sólo y del todo a Dios. No es posible entender, sin tener en cuenta su honda vida de piedad, que Pedro, cuyo deseo de ir a América se había despertado con la visita de un misionero a su familia, fuese capaz de poner en manos de Dios la propuesta de un posible y prometedor matrimonio y fuera capaz de acoger el discernimiento de una santa mujer: "El servicio de Dios te espera en Las Indias. Debes salir al encuentro de Dios".

No es posible entender esta decisión sin tener en cuenta un importante nivel de oración. De todo ello podría hablar-nos probablemente no poco la "Cueva del Hermano Pedro" y quizá nos hable todavía. A mí, al menos, bien me gustaría que ni un solo joven de nuestra diócesis decidiese el camino de su vida sin contar con Dios, sin hablar con Dios, sin invocar a Dios, sin escuchar a Dios. Que ninguno se dejase arrastrar por la vida. Que todos pudiésemos descubrir que hemos sido lla¬mados por Dios y que a Él tratásemos de responder antes que nada. En todo caso, en esta decisión del Hermano Pedro, que nace, sin duda, de una fuerte experiencia de Dios y de una honda piedad, está ya, en semilla, el futuro Hermano Pedro, "el hombre que fue caridad".

Si damos ahora un salto importante, como lo dio el Hermano Pedro en su tiempo, a sus 23 años, camino de América, y dejamos atrás su breve etapa en Cuba, en 1651 lo encontra¬mos ya en aquella bendita tierra donde iba a vivir el resto de sus años y donde un día iba a morir: Guatemala. Es aquí, sobre todo aquí, donde a través de los mil caminos misteriosos por los que Dios conduce a quienes se dejan conducir en fe, sobresale, con una fuerza que sorprende, la piedad del Hermano Pedro.

Imposible recorrer aquí con un mínimum de rigor el camino sostenido de su piedad. Baste decir de entrada y de un modo general que cultivó sin cesar y en forma más que extraordinaria, la oración, que cuidó siempre la confesión y la dirección espiritual, que era más que devoto de participar diariamente en la Eucaristía, que sobresalió -exageradamente, quizá, diríamos hoy- en ayunos y penitencias, y que no se con-tentó con practicar la piedad él solo, sino que promovió prácticas de piedad popular como el vía crucis por las calles, el rezo del santo Rosario por las calles, las famosas posadas de Belén, procesiones diversas...
Imposible, repito, recorrer aquí con un mínimum de rigor la vida piadosa del Hermano Pedro en Guatemala desde el mismo momento en que llegó a tan hermosas tierras, lleno de humildad, atribuyendo a sus pecados el terremoto que hubo, a su llegada, en la ciudad, hasta su muerte, el 25 de Abril de 1667.

También en Guatemala le fue ofrecida una interesan-te proposición matrimonial. Nada menos que con la hija del dueño del taller, el alférez Pedro de Armengol, en el que el Hermano Pedro trabajaba. Pero también aquí reafirma Pedro su voluntad de entregarse del todo a Dios.

Sin intentar en esta Carta un recorrido tan amplio como podría hacerse, no quiero prescindir, sin embargo, de algunos retazos que, a pesar del tiempo transcurrido, no dejan de tener su sentido, su gracia, y su interés para nosotros.

Pensemos en su tiernísima devoción, como buen terciario franciscano que fue, al Misterio de Belén y recojamos, al menos, alguna estrofa de un bellísimo villancico que nos dejó como muestra:

"Ay, Niño del alma,
Dios del corazón.
De carne os vestís
por mi redención.
No lloréis mi Niño,
no lloréis mi Bien,
que con esos lloros
nos dais a entender
que del hielo mío
lágrimas vertéis."



Recordemos su filial cariño a la Virgen y, entre otras muchas muestras, valgan unas palabras de su testamento y unos sencillos versos en honor del Misterio de la Purísima Concepción de María.
En su testamento, como fiel reflejo de lo que había sido su práctica personal y su inquietud apostólica, nos dice:

"Celébrense asimismo, en el oratorio de esta casa, las nueve festividades de la Virgen de Nuestra Señora, confesando y comulgando los Hermanos y convalecientes y rezando incesantemente a coros el rosario, y para ello se admiten muchas personas devotas, que concurren haciendo la misma diligencia."

Y en relación con el Misterio de la Purísima Concepción de la Virgen, valgan estos sentidos y expresivos versos:

"Alégrese todo el mundo,
dé gritos la devoción,
pues nos publica la Iglesia
cuán de fe es la Concepción"



Valga también, como gesto de su entrañable devoción a San José, el interés personal que puso porque se añadiese a su nombre el de San José, añadido que autorizó el obispo Fray Payo, con un documento cuya introducción reza así:

"Habiéndome dicho el Hermano Pedro de Betancur, que es muy de su devoción y deseo el mudar apellido, y llamarse Pedro de San José y juntamente que es de su consuelo que sea yo el pri¬mero que lo llame... Fray Payo, Obispo de Guatemala."

De su devoción a Cristo crucificado, especialmente cultivada por el Hermano Pedro en torno a la Ermita del Calvario, habría que escribir muchos libros. Me quedo, sin embargo, pensando en nosotros y en una espiritualidad bien centrada, con esta enseñanza suya, que recojo del libro de D. Julio Ribot:

"Vale más una pequeña cruz, un dolorcito, una pena o congoja o enfermedad que Dios envía, que los ayunos, discipli¬nas, cilicios, penitencias y mortificaciones que nosotros hace¬mos, si se lleva por Dios lo que el Señor concede... Porque en lo que nosotros hacemos y tomamos por nuestra mano, va envuelto nuestro propio querer, pero lo que Dios envía, si lo admitimos como de su mano con resignación y humildad, allí está la voluntad de Dios y, en nuestra conformidad con ella, nuestro logro y ganancia"

Finalmente, no puedo dejar de aludir a su exquisita sensibilidad en relación con el sacramento de la Eucaristía. Por recoger algo que pueda llegar con facilidad al pueblo de nuestra diócesis, valgan estos significativos versos:

"Yo no puedo más
con este misterio.
Ya que pierdo el juicio,
Él me dé remedio."


Séame permitido concluir esta parte de mi Pastoral con unos versos más del humilde, no muy inteligente, probable-mente, en cuestiones de estudios, pero sí muy sabio Hermano Pedro, el Santo Hermano Pedro. Son unos versos que todos podemos convertir en frecuente oración y que a mí, personal-mente, me parecen más que adecuados para que, por encima de cualquier fragilidad, busquemos una vez y otra vez descansar sencillamente en la voluntad de Dios. Dicen así:

"Concededme, Buen Señor,
fe, esperanza y caridad.
Y, pues sois tan poderoso,
una profunda humildad.
Y, antes y después de aquesto,
que haga vuestra voluntad."

Publicado por verdenaranja @ 11:31  | Hablan los obispos
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