Viernes, 27 de julio de 2007
Extracto de la Carta Pastoral del obispo de la Diócesis de Tenerife Monseñor Felipe Fernández García titulada EL PRIMER SANTO CANARIO. EL SANTO HERMANO PEDRO.


EL EJEMPLO DEL SANTO HERMANO PEDRO
LA CARIDAD



Es la nota más conocida del Hermano Pedro. La que más fácilmente entra en todo el mundo. La que nadie discute.

Y es verdad, plenamente verdad, que el Hermano Pedro, el Santo Hermano Pedro es "el hombre que fue caridad". Pero he querido subrayar antes la piedad para que se vea su fuente, para que no se olvide, para que en un santo, como fue el Santo Hermano Pedro, no pensemos que la caridad fue algo así como un mero rasgo psicológico de una peculiar personalidad. Algo así como el rasgo de una solidaridad puramente humana, como nacido de sus propias fuerzas. De hecho, fue más bien un don de Dios, un fruto maduro de su santidad, un testimonio precioso de que vivía entero para Dios y su voluntad.

Imposible, también aquí, recoger todo lo que en este campo habría que anotar. Habría que recorrer de nuevo su vida entera. Desde ese primer momento en el que, todavía niño en Tenerife, se brinda a sus padres para ir de criado, con el señor que les había ganado un pleito, con tal de mantener la subsistencia de su familia, hasta el momento último en que, rodeado de sus Hermanos de Belén, muere pobre en el Hospital, por él promovido, el 25 de abril de 1667, a los cua¬renta y un años de edad en Ciudad Antigua Guatemala.

Toda su vida, ciertamente se puede explicar por la caridad. Una caridad que parecía hacerle omnipresente atendiendo enfermos, llevando comida a los pobres, visitando presos y socorriendo siempre, en definitiva, a los necesitados. La Ciudad Antigua Guatemala ha quedado para siempre marcada por este hombre, lleno de piedad y que fue caridad.

Sin intentar, tampoco aquí, recoger el inmenso servicio que el Hermano Pedro prestó a tantos y tantos necesitados de la Antigua Guatemala, baste aludir a dos obras bien significativas, y que nacieron, no de la noche a la mañana, sino como conclusión segura de sus múltiples pasos anteriores. Me estoy refiriendo, en concreto, a la Primera Escuela de Alfabetización que hubo 'en Guatemala y al Primer Hospital de Convalecientes, Ntra. Señora de Belén.

Quizá lo de la Primera Escuela de Alfabetización que hubo en Guatemala, tanto para niñas y niños como para adultos, en la que abundaron esclavos e indígenas, fundada por él en un pequeño cuartito en el que él mismo residía, sea menos conocido. Y, sin embargo, fue uno de sus primeros pasos en La Antigua Guatemala, cuando simultaneaba esta preocupación por la Escuela con su trabajo en los telares de D. Pedro de Armengol. Años más tarde, cuando puso en marcha su otra iniciativa, el Hospital de Convalecientes, en la casita que fuera de María Esquivel, que había logrado comprar con un préstamo, pronto se preocupó de que, al lado, en un pajar, se adecuara un lugar dedicado a la enseñanza de los niños y niñas, en horarios distintos y por separado, a quienes juntamente con algunos adultos, se procuraba enseñar a leer y escribir al mismo tiempo que se les instruía en los aspectos más fundamentales de la fe cristiana.

En cuanto a la segunda iniciativa, la del Hospital de Convalecientes, Ntra. Señora de Belén, es llamativa la forma en que nació y parece una florecilla viviente sacada del jardín de San Francisco de Asís, santo al que el Hermano Pedro, como buen terciario franciscano, profesaba tanta devoción. Porque fue un negro anciano, a quien él atendía como a tantos otros, el. que, viéndolo un día preocupado, le dijo: "advertid que no os trajo Dios a esta tierra sólo para cuidar del Calvario. Andad y salid de aquí, que hay muchos pobres y necesitados a quienes podéis ser de mucho provecho y en que sirváis a Dios, os aprovechéis a vos mismo y a ellos."

Con este aviso, venido para él del cielo, vio a las puertas del Calvario a un tullido, Marquitos, que, con un enorme esfuerzo, había venido hasta allí por ver al Hermano Pedro. A ese tullido le pidió humildemente consejo, el cual le propuso recorrer santuarios pidiendo la ayuda de lo Alto. Aceptó el consejo el Hermano Pedro y, en el recorrido, entraron a visitar a una anciana enferma, que estaba a punto de morir: Maria Esquivel. En efecto: A los pocos días, murió la buena mujer. Y, sin exponer aquí los detalles todos del caso, baste decir que, una vez muerta María Esquivel, cumplida su voluntad testamentaria, pudo el Hermano Pedro abordar la compra de la casita en que ella había fallecido y pudo situar ahí, por una parte, la escuela que ya venía funcionando y, por otra, las primeras cuatro camas para atender a "enfermos, forasteros y desacomodados..." La primera acogida fue una viejecita negra, antigua esclava. Nacía el Hospital de Ntra. Señora de Belén.

Corría el año 1658. Hacía siete años que Pedro de Betancur había llegado a Guatemala. Desde entonces, cada vez más, vivió el Hermano Pedro para sus niños, sus enfermos, tantos y tantos necesitados a quienes atendía no sólo en el Hospitalito sino en sus propias casas. Valgan, como resumen, las palabras del Papa Juan Pablo II en la homilía de su beatificación:

"... deja su patria y llega a Guatemala, enfermo, sin recursos, solo, desconocido, convirtiéndose en el apóstol de los esclavos negros, de los indios sometidos a trabajos inhumanos, de los emigrantes sin trabajo ni seguridad, de los niños abandonados. El Hermano Pedro animado por la caridad de Cristo, se hizo todo para todos, en particular para los pequeños vagabundos de cualquier raza y color, a favor de los cuales funda una escuela. Para los enfermos pobres, despedidos de los hospitales pero todavía necesitados de ayuda y asistencia, Pedro funda el primer hospital del mundo para convalecientes".

Imposible -hay que decirlo de nuevo- recoger aquí todo el caudal de caridad que, nacido de su piedad, se extendía por tantos y tantos rincones de la ciudad. Caridad, conviene decirlo también, al menos una vez, que no se quedaba en las atenciones corporales sino que abarcaba las necesidades espirituales. Allí quedó para siempre, en Ciudad Antigua Guatemala, la estampa del Hermano Pedro recorriendo las calles de la ciudad, por la noche, sonando y sonando su campanilla con su mano derecha y amonestando a quienes le oían con este original y singular mensaje:

"Acordaos, hermanos,
que un alma tenemos,
y, si la perdemos,
no la recobramos..."



Y es en este marco del Hospital, Escuela y Oratorio, que todo eso era a la vez la antigua casita de María Esquivel, donde hay que situar el origen de la Orden de los Hermanos Bethlemitas, origen que explica muy bien el autor de "Hechos de los apóstoles en América", José María Iraburu, tal y como lo recoge el biógrafo del Santo, Julio Ribot:

"El Hermano Pedro, a medida que crecía el hospital, comprendió pronto la necesidad de una comunidad religiosa que, centrada en la oración, la penitencia y el servicio de los pobres, lo atendiera de modo estable. Por entonces varios hermanos suyos terciarios se habían dedicado al hospital, y él les dio una regla de vida muy sencilla, en la que se prescribía un tiempo de culto al Santísimo, el rezo del rosario en varias horas del día, en lugar del oficio divino, sustitución habitual en los hermanos legos, la lectura de la Imitación de Cristo, y el servicio a los pobres y enfermos. Los franciscanos, especialmente el P. Espinel, apoyaban con cariño la obra del Hermano Pedro, aunque no todos, como el padre Juan de Araujo. Y permitió Dios en su providencia que éste, precisamente, fuera en 1667 nombrado guardián del convento. Una de sus primeras medidas fue poner estorbos y restricciones a los Hermanos Terciarios que servían el Hospital del Hermano Pedro, hasta el punto de que estos se vieron en la necesidad de abandonar el hábito de terciarios franciscanos y, con permiso del Obispo, vistieron uno nuevo. La Orden se le iba formando al Hermano Pedro según aquello del Evangelio: sin que él sepa cómo (Mc 4,27)"

Acabo de aludir al nacimiento de la Orden de los Hermanos de Belén. También nacieron del espíritu del Hermano Pedro la hoy llamadas Religiosas Bethlemitas. No nacieron en los días del Hermano Pedro porque él, para evitar habladurías, no quiso aceptar mujeres al servicio de los pobres en su Hospital. Ahora bien: una vez fallecido el Hermano Pedro, su sucesor, Fray Rodrigo de la Cruz, aceptó el ofrecimiento de algunas buenas mujeres que, acondicionando una casita no muy lejos del Hospital de los Hermanos, comenzaron a acoger mujeres nece¬sitadas en ella y acoger a un número cada vez mayor de otras mujeres que querían vivir según el espíritu del Hermano Pedro.

A través de muchas y complejas vicisitudes, hay que esperar al nacimiento de una niña, Vicenta Rosal Vázquez, en Quetzaltenango, el 26 de Octubre de 1820, quien, más tarde, religiosa bethlemita, con el nombre de Sor María Encarnación del Corazón de Jesús, le daría un gran impulso a las hijas en el espíritu del Hermano Pedro y que actualmente realizan una gran labor allí donde están. La Madre Encarnación ha sido declarada ya Beata por Juan Pablo II en el año 1997.


No debo dejar de aludir aquí tampoco a una Asociación de Laicos Bethlemitas, quienes se proponen encarnar, en medio de las realidades temporales, el espíritu de fe, de humildad, piedad y caridad del Hermano Pedro.

Hora es ya, de todos modos, de concluir aquí este apartado dedicado a recoger el ejemplo que nos dejó el Hermano Pedro, el que pronto será el Santo Hermano Pedro. Podríamos seguir escribiendo. Quedan tantas cosas por decir... Desde aquí recomiendo con toda el alma a todos mis diocesanos un sencillo esfuerzo por conocer mejor al Hermano Pedro leyendo, por ejemplo, alguna biografía de las que se ofrecen en la diócesis. Aunque no creo que venga mal, sino incluso puede ayudar, a la hora de leer cualquier biografía, subrayar estos dos pilares: la piedad y la caridad, sobre los que se construyó la vida del Santo Hermano Pedro y sobre los que puede construirse nuestra vida cristiana.


Publicado por verdenaranja @ 11:36  | Hablan los obispos
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