Mi?rcoles, 08 de agosto de 2007
Riquezas para servir mejor a Dios



Da a entender Nuestro Se?or, de otro modo, que no son decisivos los bienes materiales. Siendo Dios, pero hombre tambi?n, como dispone s?lo de un cierto tiempo para estar con nosotros, no ser?a razonable que se hubiera ocupado de lo material: de solucionar los problemas humanos poco relevantes; o, al menos, no de tanta importancia como lo que hizo por toda la humanidad: la Redenci?n. Las cuestiones econ?micas, aun cuando tienen importancia, no pasan de ser un medio instrumental para la vida del cuerpo. Jesucristo vino, en cambio, a conseguirnos la Vida Eterna; tal era la misi?n que hab?a recibido del Padre. Es l?gico, pues, que proteste: ?qui?n me ha constituido juez o encargado de repartir entre vosotros? Lo suyo, como queda dicho, era proporcionarnos los medios ?que s?lo ?l pod?a lograr? para que pudi?ramos ser eternamente felices en el Cielo.

En todo caso, para mostrar gr?ficamente la doctrina del sentido relativo y secundario de los bienes materiales, expone la par?bola del hombre rico que est? a punto de morir. ?Qu? bien pone de manifiesto el Se?or la inutilidad de tanto esfuerzo ?lo desproporcionado de tanto desvelo? al hablarnos de la cortedad de la vida! Y no est? de m?s que nos lo recuerde, porque, no pocas veces, nos sucede como al protagonista de la par?bola: que ponemos lo mejor de nuestro empe?o en asuntos que ser?n poco relevantes, para la vida para que fuimos pensados y creados. Bastar?a con que nos detuvi?ramos m?s a menudo a considerar la trascendencia que tendr? lo que traemos entre manos. ?Vale la pena dedicar a esto tanto tiempo, tanta intensidad, tanto desvelo, tanto esfuerzo? ?Ese gasto econ?mico es verdaderamente razonable, considerando el valor objetivo de la cosa; es decir, su repercusi?n de cara a mi vida ante Dios?

Aquel hombre se afanaba pensando c?mo asegurar y aumentar sus riquezas, como si su completa existencia dependiera de ello. Ya con la garant?a definitiva de su capital ?para muchos a?os, dice la par?bola? podr?a, seg?n ?l, dar por concluido su trabajo. Precisamente esa temporada sus cosechas hab?an sido abundantes. Su felicidad y goce parec?an garantizados por fin, como consecuencia de las riquezas almacenadas. Lamentablemente, sin embargo, hab?a olvidado un detalle y no peque?o: su muerte; que le sobrevendr?a en breve y sin previo aviso. ?Qu? in?tiles y absurdos aparec?an entonces ?para quienes escuchaban la par?bola del hombre afortunado? tantos refuerzos por aumentar y almacenar su capital y tantas precauciones adoptadas para garantizar el futuro!

Jes?s, Maestro para el hombre de hoy, como lo fue hace dos mil a?os, enfrenta, como opuestas entre s?, dos tipos de riquezas: las que ha acumulado, de hecho, para s? nuestro personaje y las que podr?a haber ganado ante Dios. ?Estos bienes son en realidad valiosos ante Dios, o ?nicamente lo son desde mi punto de vista particular, transitorio, meramente material y tal vez ego?sta? ?Atesorando estas riquezas tengo la impresi?n de cumplir la voluntad de Dios, le agrado as?? Preguntas de este estilo deb?a haberse formulado el protagonista de la par?bola, mientras se afanaba organiz?ndose para el futuro al contemplar su abundante cosecha. Pues no parece que el desacierto, la mala conducta que el Se?or critica, fuera cosa de los campos, que dieron mucho fruto. La gran fortuna lograda, tal vez en cierta medida de improviso y sin excesivo esfuerzo de su parte, era m?s bien, por el contrario, una excepcional ocasi?n para atesorar ante Dios: practicando la caridad, que es, como sabemos, el primer mandamiento de la ley; que nos asemeja a nuestro mismo Creador, de quien hemos recibido todo gratuitamente.

En efecto: nos puede suceder que, por el ego?smo de pensar primero en nuestro propio provecho, no acertemos a descubrir el sentido y aut?ntico destino de nuestros talentos o fortunas, sean o no de tipo material. Una inteligencia brillante, una posici?n preeminente en la sociedad, unos medios econ?micos de sobra holgados, pueden tenerse o desearse para el propio provecho. Pero tambi?n como medios con los que servir de modo m?s eficaz. No he venido a ser servido sino a servir, advirti? Jes?s a sus disc?pulos, y si queremos seguir su ejemplo ?la ?nica actitud razonable en quien quiera ser su disc?pulo? querremos servir en todo momento. Tal ser?, por tanto, en nuestros d?as, la actitud de fondo de los cristianos comprometidos en la evangelizaci?n de nuestro mundo. Utilizando para ello los mejores instrumentos que se puedan conseguir honradamente. Sin reparar en gastos, si es para trabajar con mayor eficacia. Primero ir?, claro est?, la oraci?n y el sacrificio ofrecido: sin M? no pod?is hacer nada; despu?s todo el esfuerzo personal, con los mejores medios si es posible, pero sin abandonar la plegaria, que garantiza que es por Dios todo empe?o humano, peque?o o grande.

A la Reina de los Ap?stoles nos encomendamos, para que conduzca de modo prudente el paso de todo lo quehacer de sus hijos, en la tarea de evangelizaci?n del mundo de hoy.


Publicado por verdenaranja @ 20:18  | Espiritualidad
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