Viernes, 10 de agosto de 2007
Homil?a del Sr. Arzobispo en la Fiesta de San Cayetano

El Cardenal Jorge Mario Bergoglio, Arzobispo de Buenos Aires y Primado de Argentina, presidi? la Misa con ocasi?n de la popular fiesta de San Cayetano en la Catedral metropolitana

Ez. 37: 1-14; Jn. 21: 4-14


1. A San Cayetano, como familia le pedimos paz, reconocimiento de nuestra dignidad y trabajo? En el centro del lema de este a?o se encuentra la palabra ?dignidad?. La pronunciamos con veneraci?n y respeto porque es una palabra hermosa y de valor absoluto. Los huesos secos que Dios hace revivir con su Esp?ritu son una hermosa imagen de la dignidad; y cuando nosotros mismos reconocemos nuestra dignidad es como que renacemos. Basta reconocerle a alguien su dignidad para que reviva, si est? ca?do. Eso es lo que hac?a y hace Jes?s con cada persona, especialmente con los pecadores y tambi?n con los excluidos de la sociedad: los miraba de tal manera que se sent?an reconocidos en su dignidad y se convert?an, se sanaban, quedaban incluidos y se transformaban en sus disc?pulos. Como ellos:

?Los cristianos necesitamos recomenzar desde Cristo, desde la contemplaci?n de quien nos ha revelado en su misterio la plenitud del cumplimiento de la vocaci?n humana y de su sentido. Necesitamos hacernos disc?pulos d?ciles, para aprender de ?l, en su seguimiento, la dignidad y plenitud de la vida? (Aparecida 41).

2. Si un hombre o un pueblo cuida y cultiva su dignidad, todo lo que le acontece, todo lo que hace y produce, incluso todo lo que padece y sufre, tiene sentido. En cambio cuando una persona o un pueblo vende su dignidad, o la negocia, o permite que sea menoscabada, todo lo dem?s pierde consistencia, deja de tener valor. La dignidad se dice de las cosas absolutas porque dignidad significa que alguien o algo es valioso por s? mismo, m?s all? de sus funciones o de su utilidad para otras cosas. De all? que hablemos de la dignidad de la persona, de cada persona, m?s all? de que su vida f?sica sea apenas un fr?gil comienzo o est? a punto de apagarse como una velita. Por eso hablamos de la dignidad de la persona en todas las etapas y dimensiones de su vida. La persona, cu?nto m?s fr?giles y vulnerables sean sus condiciones de vida, es m?s digna de ser reconocida como valiosa. Y ha de ser ayudada, querida, defendida y promovida en su dignidad. Y esto no se negocia.

La dignidad de tener un valor absoluto como personas nos la dio Dios junto con la vida misma. Por eso no le pedimos que nos d? dignidad ?ya hemos sido hechos dignos por la Sangre de Cristo- sino que ?Bendecimos a Dios porque nos cre? a su imagen y semejanza? y nos hizo hijos en su Hijo. Y le pedimos, eso s?, la gracia de que este Don se convierta en Tarea: la tarea de todos de ?proteger, cultivar y promover la dignidad que nuestro Padre nos regal? (cfr. Aparecida 104).

3. La dignidad de la persona es lo mismo que su vida plena: por eso la sentimos tan unida a la familia, a la paz y al trabajo.

La familia es condici?n necesaria para que una persona tome conciencia y valore su dignidad: en nuestra familia se nos trajo a la vida, se nos acept? como valiosos por nosotros mismos, en la familia se nos quiere como somos, se valora nuestra felicidad y vocaci?n personal m?s all? de todo inter?s. Sin la familia, que reconoce la dignidad de la persona por s? misma, la sociedad no logra ?percibir? este valor en las situaciones l?mites. S?lo una mam? y un pap? pueden decir con alegr?a, con orgullo y responsabilidad: vamos a ser padres, hemos concebido a nuestro hijo. La ciencia mira esto como desde afuera y hace disquisiciones acerca de la persona que no parten del centro: de su dignidad. La mirada cristiana, en cambio, mira el coraz?n de las cosas.

4. La paz tambi?n hace a la dignidad, porque supone que la unidad es superior al conflicto. Mantenerse en paz y mantener la paz en medio de las situaciones tensas y problem?ticas de la vida significa apostar a las personas por sobre las situaciones y las cosas. S?lo quien reconoce la infinita dignidad del otro es capaz de dar la vida en vez de quitarla. ?se es el evangelio de Jes?s, la buena noticia de la dignidad humana. Tan valiosos somos a los ojos de Dios que fue capaz de enviarnos a su Hijo y que diera su vida a cambio de la nuestra. Por eso bendecimos a Dios:

?Lo bendecimos por hacernos hijas e hijos suyos en Cristo, por habernos redimido con el precio de su sangre y por la relaci?n permanente que establece con nosotros, que es fuente de nuestra dignidad absoluta, innegociable e inviolable. Si el pecado ha deteriorado la imagen de Dios en el hombre y ha herido su condici?n, la buena nueva, que es Cristo lo ha redimido y restablecido en la gracia (cf. Rm 5, 12-21)? (Aparecida 104).

5. El trabajo, como afirma Juan Pablo II, ?garantiza la dignidad y la libertad del hombre?, y por eso es ?la clave esencial de toda la cuesti?n social? (Laborem Excercens 3). El trabajo es lo que nos permite realizarnos como personas y ganarnos la vida, mantenernos dignamente y mantener a nuestra familia. Cuando una sociedad basa el reparto de los bienes no en el trabajo sino en la d?diva o en los privilegios pierde el sentido de su dignidad y r?pidamente se vuelve injusta la distribuci?n de los bienes, y las personas son transformadas en esclavos o en clientes.

6. El evangelio que acabamos de escuchar es una escena de trabajo. De trabajo conjunto entre Jes?s y los ap?stoles. Esta aparici?n del Se?or resucitado acontece en ambiente de trabajo. As?, sin decirlo, el Se?or dignifica el mundo del trabajo, haci?ndose presente y colaborando con sus amigos, compartiendo la pesca y el pan con ellos.

La escena es reconfortante. Nos habla de un grupo de amigos que, habiendo experimentado la m?s alta dignidad a que puede aspirar el ser humano -ser disc?pulos de Cristo, el Camino verdadero que nos lleva a la vida-, vuelven a meterse en el mundo cotidiano del trabajo, en el lago de Tiber?ades donde el Se?or los llam? y en medio del cual naveg? con ellos en sus barcas.

El evangelio nos habla tambi?n de la fatiga del trabajo, del sudor y los disgustos cuando los esfuerzos parecen est?riles, nos habla del compa?erismo que se gesta en esos momentos de dureza compartida.

La intuici?n de hacerle caso a esa voz amiga que les dice d?nde echar las redes y esa mirada que sabe reconocer al Se?or como el Valioso y Digno de amor y seguimiento incondicional, en medio de la pesca milagrosa, nos hablan tambi?n de qu? es lo que estos pescadores hab?an aprendido a valorar junto al Maestro. La persona de Jes?s por encima de todas las cosas es lo que los une y motiva. Y tanto en el trabajo como en la comida fraterna que goza de sus frutos, los ojos de los disc?pulos est?n fijos en Jes?s el ?Cristo, Se?or de la vida, en quien se realiza la m?s alta dignidad de nuestra vocaci?n humana? (Aparecida 43).

En la imagen de San Cayetano, en la mirada que se cruzan el Ni?o y el Santo, vemos expresados los valores acerca de los cuales hoy hemos reflexionado: el cari?o de familia, la espiga en las manos del Ni?o, fruto del trabajo, la paz del amor que ambos se demuestran. Como pueblo fiel de Dios nos sentimos representados en esta imagen bendita. Tambi?n nosotros, como nuestro Santo Patrono, queremos tener a Jes?s en nuestros brazos, queremos reconocerlo y que nos reconozca, queremos que ?l tenga en sus manos la espiga, el fruto de nuestros trabajos. Y en esto de tener a Jes?s en brazos, le pedimos a nuestra Madre que nos ense?e y ayude a tenerlo bien y a no soltarnos de su mano. A Ella, que ?ha contribuido a hacernos m?s conscientes de nuestra com?n condici?n de hijos de Dios y de nuestra com?n dignidad ante sus ojos, no obstante nuestras diferencias? (Aparecida 37), le pedimos que con San Cayetano, como familia, nos conceda de su Hijo paz, reconocimiento de nuestra dignidad y trabajo.

Buenos Aires, 7 de agosto de 2007.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.
Publicado por verdenaranja @ 0:08  | Hablan los obispos
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