Domingo, 12 de agosto de 2007
Una franca relaci?n con Dios



Dios mismo mantiene una relaci?n real con los hombres. La iniciativa es suya, como en la existencia la misma de la humanidad y, m?s en concreto, de cada uno de nosotros. Estas personas ?sujetos individuales, inteligentes con capacidad de amar? que somos los humanos, hemos sido objeto de cierto "toque" divino. Para empezar, El quiso nuestra existencia ?ninguno, por supuesto, hemos tenido semejante iniciativa?, pero no una existencia sin m?s, como lo que nosotros producimos y simplemente est? ah?, sin decir nada ni pretender nada; los coches, por ejemplo. No somos las personas como los ?rboles, pongamos por caso, que son como los hombres obras del Creador y vendr?an a ser respecto a ?l ?en cierto sentido? como los coches respecto a nosotros: tampoco los ?rboles le pueden decir nada ni sienten nada respecto a su Creador: no tienen conciencia de s? mismos y mucho menos de su Causa. Es patente, en cambio, que el hombre es un ser con conciencia: es consciente de s? mismo y se pregunta por su origen, por su Creador y por su destino.

Pero los vers?culos de san Lucas que consideramos en la fiesa de la Transfiguraci?n de Nuestro Se?or, nos ponen de manifiesto ?as? lo ha previsto el Esp?ritu Santo, principal autor de la Escritura? que Dios ha querido convivir con los hombres, haci?ndonos part?cipes de su vida divina. Se narra en este pasaje que dos hombres hablaban como Jes?s al margen, por completo, de los l?mites de tiempo: Mois?s y El?as que, aparecidos en forma gloriosa, hablaban de la salida de Jes?s que iba a cumplirse en Jerusal?n. Debemos admirarnos ?sin querer acostumbrarnos a esa admiraci?n? al considerar que los hombres llegan a tener forma gloriosa, seg?n se manifiesta en el relato evang?lico. Dos personas, de sobra conocidas por todo israelita por su lealtad a Dios, aparecen en perfecta sinton?a con la divinidad. Tratan con Jes?s ?el Verbo de Dios encarnado, no lo olvidemos ni por un instante? de asuntos relativos al plan redentor de Dios con la humanidad.

Se hace necesario reconsiderar repetidamente esta verdad decisiva en nuestra existencia. Recordemos que, incluso aquellos disc?pulos de Jes?s elegidos para acompa?arle en aquel decisivo momento, Pedro, Juan y Santiago, al poco tiempo parecen haber olvidado el suceso del que fueron testigos. El ajetreo de lo cotidiano con sus afanes les lleva valorar poco el hecho de que Dios se interesa por los hombres. Se?or, ?es ahora cuando vas a restaurar el Reino de Israel?, le preguntar?n instantes antes de ascender a los cielos. No terminaban de comprender que ese Reino de Israel, tan importante para ellos, y todas las dem?s realidades de este mundo, no pasan de ser un medio: que lo que ?l vino a establecer en el mundo y la empresa que les encomendaba difundir, era el Reino de Dios, el Reino de los Cielos, la Vida de Dios con los hombres: una vida humana a lo divino. Fue precisa la Pentecost?s, para que la Gracia divina iluminara sus mentes y sus corazones y entendieran, por asombroso pareciera, que la vida humana puede y debe ser una vida con Dios, pues as? lo querido nuestro Creador y Se?or.

?En qu? se nota, en el quehacer cotidiano, esa dimensi?n propia y espec?fica de nuestra existencia humana? No es lo nuestro casi ?nicamente esforzarnos en un intento porque transcurran nuestras jornadas cada d?a m?s gratamente, o con m?s influencia en nuestro entorno en un af?n de autoafirmaci?n, o simplemente m?s satisfechos de los logros conseguidos: no se trata de lograr esos objetivos, pues, tenemos la repetida experiencia de no ser felices ?nicamente con la satisfacci?n de nuestros afanes. En cambio, Pedro, junto a Santiago y Juan, tuvieron por un instante la experiencia incomparable de aquella vida enteramente sobrenatural, e intent? Pedro permanecer de modo definitivo en aquel estado que Dios quiso que apenas rozara: Maestro, qu? bien estamos aqu?; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Mois?s y otra para El?as. Comprob?, en efecto, que el hombre est? pensado para la vida en Dios: qu? bien estamos aqu?, declar? con toda su ingenua espontaneidad. Hasta entonces no se hab?a sentido tan bien: aquello era, por el momento, un anticipo de la Eterna Bienaventuranza, para la que todos los hombres hemos sido creados.

Ahora ya debemos conducirnos de acuerdo con esa vida, que es la propia y espec?fica para nosotros, seg?n nos ha revelado el mismo Dios haci?ndose hombre. La Redenci?n imprescindible de los pecados, con los medios sobrenaturales que nos conducen a esa Vida, nos llegan tambi?n de Jesucristo; concretamente de su Pasi?n y muerte en la Cruz, que es el precio de la Redenci?n. ?Vivimos de una vida sacramental, que nos nutre espiritualmente haci?ndonos crecer en la vida divina? Los sacramentos, medios para antonomasia para la vida de Dios, son el fruto de la Cruz de Jesucristo. Sin ellos no puede el cristiano alcanzar la plenitud que le corresponde: si no com?is la carne del Hijo del Hombre y no beb?is su sangre, no tendr?is vida en vosotros. As? se expresa Nuestro Se?or, de modo inequ?voco, para que tuvi?ramos los hombres muy claro que no es la nuestra una existencia meramente terrenal, y que la Eucarist?a, a la que conducen los dem?s sacramentos, es imprescindible para la salvaci?n.

La invocaci?n frecuente a Nuestra Madre es medio que desarrolla la vida sobrenatural y manifestaci?n de ella.


Publicado por verdenaranja @ 0:10  | Espiritualidad
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