S?bado, 25 de agosto de 2007
D?a 26
XXI Domingo del Tiempo Ordinario


El infierno


Ning?n ideal se hace en realidad sin sacrificio. Esta afirmaci?n, bastante evidente, por otra parte, es un lugar com?n en la ense?anza pastoral de san Josemar?a, y viene a ser una s?ntesis de la respuesta de Jes?s al que le pregunta sobre el n?mero de los que alcanzan la Gloria Eterna. Que es necesario esfuerzo por lograr los objetivos que se valoran, est? a la orden del d?a. A m?s alto el objetivo, m?s suele costar y a nadie le extra?a. Sucede tanto en el precio econ?mico de los diversos objetos, como, por ejemplo, en el tiempo que hace falta ?m?s n?mero de meses, o incluso de a?os? para culminar con ?xito ciertos estudios, para dominar con virtuosismo un instrumento musical o para destacar en ejercicio de la propia profesi?n o en un deporte.

Pero no hay ideal mayor que la Eterna Bienaventuranza. Sin embargo, y por contradictorio que parezca, no pocos piensan que tiene poca raz?n de ser el esfuerzo, el sacrificio o la renuncia a otras cosas, que se exige como clara condici?n para llegar al Reino de los Cielos. No se trata, evidentemente, de un imperativo que impone la Iglesia, ni tampoco una exigencia, m?s bien de tiempos pasados. Los preceptos de la Ley de Dios, aunque se quieran considerar negativamente, no dejan de ser condiciones de posibilidad para gozar de Dios, como lo es abonar el precio de la localidad para contemplar una pel?cula o asistir a un concierto.

Nuestro Creador y Se?or ha dispuesto que podamos conseguir el ideal de nuestra m?xima plenitud, de modo semejante a como logramos los otros objetivos que nos interesan: esos que nos proponemos cada d?a en la vida corriente. De este modo nuestra respuesta a Dios se integra de modo natural en el quehacer humano. Se entiende bien, por eso, que exista un castigo reservado por Dios para los que libremente no quisieron vivir de acuerdo con las exigencias propia de su condici?n de criatura; tambi?n son castigados, en cualquier sociedad organizada, los que se apartan de unas de normas m?nimas que permitan la convivencia. Las penas, que deben ser proporcionadas a la gravedad de los delitos, en ciertas circunstancias se prev?n incluso para toda la vida y, en algunos lugares, es legal hasta la pena de muerte.

En todo caso, Jesucristo revel? la existencia del infierno de los condenados, para el castigo eterno de los rebeldes al amor de Dios. La magnitud del castigo es otro argumento a favor de la infinita dignidad del ofendido: el tama?o de la pena justamente merecida depende de la magnitud de la ofensa, y ?sta de la categor?a del ofendido; en este caso, el mismo Dios. Por otra parte, de la existencia del infierno se puede deducir el tesoro de grandeza que salvaguarda y, por tanto, el logro inconmensurable que supone la adhesi?n a ?l. En cierto sentido, el Cielo y el Infierno parecen exigirse mutuamente hasta desde un punto de vista racional, en consonancia con la justicia divina. Pero para que ninguno pueda estar desprevenido, quiso Nuestro Se?or referirse de modo expreso a su existencia. Adem?s, ha habido revelaciones privadas acerca de existencia del infierno y de las penas que padecen los condenados. As? lo describe, por ejemplo, sor Lucia, una de las videntes de F?tima:

Nos vimos como dentro de un gran mar de fuego. Dentro de este mar estaban sumergidos negros y ardientes, los demonios y almas en forma humana, semejantes a brasas transparentes. Sostenidas en el aire por las llamas, ca?an por todas partes igual que las chispas en los grandes incendios, sin peso ni equilibrio, entre grandes gritos y aullidos de dolor y de desesperaci?n, que hac?an temblar de espanto.
Fue seguramente ante esta visi?n cuando yo lanc? la exclamaci?n de horror que se asegura fue o?da.
Los demonios se distingu?an de las almas humanas por sus formas horribles y repugnantes de animales espantosos y raros, pero transparentes, igual que carbones encendidos.


Nuestra Madre la Iglesia ense?a tambi?n con franqueza cual es el destino de los que consuman su existencia en oposici?n al Creador. Aun a riesgo de extenderme demasiado en esta ocasi?n, transcribo algunos p?rrafos del Catecismo de la Iglesia Cat?lica:

1034 Jes?s habla con frecuencia de la 'gehenna' y del 'fuego que nunca se apaga' (cf. Mt 5, 22.29; 13, 42.50; Mc 9, 43-48) reservado a los que, hasta el fin de su vida rehusan creer y convertirse , y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo (cf. Mt 10, 28). Jes?s anuncia en t?rminos graves que 'enviar? a sus ?ngeles que recoger?n a todos los autores de iniquidad..., y los arrojar?n al horno ardiendo' (Mt 13, 41-42), y que pronunciar? la condenaci?n:' ?Alejaos de M? malditos al fuego eterno!' (Mt 25, 41).
1035 La ense?anza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente despu?s de la muerte y all? sufren las penas del infierno, 'el fuego eterno' (cf. DS 76; 409; 411; 801; 858; 1002; 1351; 1575; SPF 12). La pena principal del infierno consiste en la separaci?n eterna de Dios en quien ?nicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.
1036 Las afirmaciones de la Escritura y las ense?anzas de la Iglesia a prop?sito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relaci?n con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversi?n: 'Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdici?n, y son muchos los que entran por ella; mas ?qu? estrecha la puerta y qu? angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran' (Mt 7, 13-14) :
Como no sabemos ni el d?a ni la hora, es necesario, seg?n el consejo del Se?or, estar continuamente en vela. As?, terminada la ?nica carrera que es nuestra vida en la tierra, mereceremos entrar con ?l en la boda y ser contados entre los santos y no nos mandar?n ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde 'habr? llanto y rechinar de dientes' (LG 48).
1037 Dios no predestina a nadie a ir al infierno (cf DS 397; 1567); para que eso suceda es necesaria una aversi?n voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en ?l hasta el final. En la liturgia eucar?stica y en las plegarias diarias de los fieles, la Iglesia implora la misericordia de Dios, que 'quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversi?n' (2 P 3, 9):
Acepta, Se?or, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros d?as, l?branos de la condenaci?n eterna y cu?ntanos entre tus elegidos (MR Canon Romano 88)


Cuantos tratamos habitualmente a Santa Mar?a como Madre, vivimos m?s con la ilusi?n de recibir su cari?o y de amarla, junto a su divino Hijo, que con el temor de ser castigados. San Josemar?a nos recuerda que los mismos sentimientos surgen cuando tratamos a Dios como Padre: Un hijo de Dios no tiene ni miedo a la vida, ni miedo a la muerte, porque el fundamento de su vida espiritual es el sentido de la filiaci?n divina: Dios es mi Padre, piensa, y es el Autor de todo bien, es toda la Bondad.
?Pero, ?t? y yo actuamos, de verdad, como hijos de Dios?


Publicado por verdenaranja @ 23:48  | Espiritualidad
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios