Martes, 04 de septiembre de 2007
ZENIT publica la trascripci?n del di?logo espont?neo que mantuvo Benedicto XVI el 24 de julio de 2007 en la Iglesia santa Justina m?rtir de Auronzo di Cadore con los p?rrocos y sacerdotes de las di?cesis italianas de Belluno-Feltre y Treviso.


Santidad, soy don Claudio y quiero hacerle una pregunta sobre la formaci?n de la conciencia, de modo especial en las nuevas generaciones, porque hoy parece cada vez m?s dif?cil formar una conciencia coherente, una conciencia recta. Se confunde el bien y el mal con sentirse bien y sentirse mal, el aspecto m?s emotivo. Por eso, quisiera que nos diera usted alg?n consejo. Muchas gracias.

--Benedicto XVI: Excelencias, queridos hermanos, ante todo quisiera expresaros mi alegr?a y mi gratitud por este encuentro. Doy las gracias a los dos obispos, su excelencia Andrich y su excelencia Mazzocato, por esta invitaci?n. A vosotros, que hab?is venido en tan gran n?mero durante el per?odo de vacaciones, os manifiesto mi agradecimiento. Ver una iglesia llena de sacerdotes es alentador, porque demuestra que s? hay sacerdotes. La Iglesia est? viva, aunque aumenten los problemas en nuestro tiempo y precisamente en nuestro Occidente. La Iglesia sigue siempre viva y, con sacerdotes que realmente desean anunciar el reino de Dios, crece y resiste a las complicaciones que vemos hoy en nuestra situaci?n cultural.

La primera pregunta refleja en cierto modo un problema de la situaci?n cultural de Occidente, porque en los ?ltimos dos siglos el concepto de conciencia ha cambiado profundamente. Hoy prevalece la idea de que s?lo ser?a racional ?parte de la raz?n? lo que es cuantificable. Las otras cosas, es decir, las materias de la religi?n y la moral, no entrar?an en la raz?n com?n, porque no son comprobables o, como se dice, no son "falsificables" con experimentos.

En esta situaci?n, donde la moral y la religi?n son expulsadas por la raz?n, el ?nico criterio ?ltimo de la moralidad y tambi?n de la religi?n es el sujeto, la conciencia subjetiva, que no conoce otras instancias. En definitiva, s?lo decide el sujeto, con su sentimiento, con sus experiencias, con los criterios que puede haber encontrado. Pero de esta forma el sujeto se convierte en una realidad aislada. Como usted ha dicho, as? cambian los par?metros de d?a en d?a.

En la tradici?n cristiana "conciencia" quiere decir "cum-scientia"; o sea: nosotros, nuestro ser est? abierto, puede escuchar la voz del ser mismo, la voz de Dios. Por tanto, la voz de los grandes valores est? inscrita en nuestro ser y la grandeza del hombre consiste precisamente en que no est? cerrado en s? mismo, no se reduce a las cosas materiales, cuantificables, sino que tiene una apertura interior a las cosas esenciales, y tambi?n la posibilidad de una escucha.

En la profundidad de nuestro ser no s?lo podemos escuchar las necesidades del momento, las cosas materiales, sino tambi?n la voz del Creador mismo; as? se conoce lo que es bien y lo que es mal. Pero, naturalmente, esta capacidad de escucha debe ser educada y desarrollada. Y precisamente este es el compromiso del anuncio que nosotros hacemos en la Iglesia: desarrollar esta important?sima capacidad, dada por Dios al hombre, de escuchar la voz de la verdad y as? la voz de los valores.

Por consiguiente, un primer paso consiste en hacer que las personas perciban que nuestra misma naturaleza lleva en s? un mensaje moral, un mensaje divino, que debe ser descifrado y que nosotros poco a poco podemos conocer y escuchar mejor si desarrollamos en nosotros una escucha interior. Ahora bien, el problema concreto consiste en c?mo educar para la escucha, en c?mo lograr que el hombre sea capaz de escuchar, a pesar de todas las sorderas modernas, en c?mo hacer que se vuelva a escuchar, en c?mo conseguir que se haga realidad el effeta del bautismo, la apertura de los sentidos interiores.

Viendo la situaci?n en la que nos encontramos, yo propondr?a una combinaci?n entre un camino laico y un camino religioso: el camino de la fe. Hoy todos vemos que el hombre podr?a destruir el fundamento de su existencia, su tierra, y, por tanto, que ya no podemos hacer con nuestra tierra, con la realidad que nos ha sido encomendada, lo que queramos y lo que en cada momento parezca ?til o conveniente; si queremos sobrevivir, debemos respetar las leyes interiores de la creaci?n, de esta tierra, aprender estas leyes y obedecer tambi?n a estas leyes.

As? pues, esta obediencia a la voz de la tierra, del ser, es m?s importante para nuestra felicidad futura que las voces y los deseos del momento. En otras palabras, este es un primer criterio que conviene aprender: el ser mismo, nuestra tierra, habla con nosotros y nosotros debemos escuchar si queremos sobrevivir y descifrar este mensaje de la tierra. Y si debemos ser obedientes a la voz de la tierra, esto vale a?n m?s para la voz de la vida humana. No s?lo debemos cuidar la tierra; tambi?n debemos respetar al otro, a los otros: al otro en su singularidad como persona, como mi pr?jimo, y a los otros como comunidad que vive en el mundo y en la que debemos vivir juntos. Y vemos que s?lo podemos ir adelante si guardamos un respeto absoluto a esta criatura de Dios, a esta imagen de Dios que es el hombre, s?lo si respetamos la convivencia en la tierra.

De este modo, llegamos a la conclusi?n de que necesitamos las grandes experiencias morales de la humanidad, que son experiencias surgidas del encuentro con el otro, con la comunidad; la experiencia de que la libertad humana es siempre una libertad compartida y s?lo puede funcionar si compartimos nuestras libertades respetando valores que son comunes a todos.

Me parece que con estos pasos podemos hacer ver la necesidad de obedecer a la voz del ser, de respetar la dignidad del otro, de respetar la necesidad de vivir juntos nuestras libertades como una libertad, y para todo esto es preciso conocer el valor que implica promover una digna comuni?n de vida entre los hombres. As? llegamos, como ya he dicho, a las grandes experiencias de la humanidad, en las que se manifiesta la voz del ser, y sobre todo a las experiencias de la gran peregrinaci?n hist?rica del pueblo de Dios, que comenz? con Abraham, en el que no s?lo encontramos las experiencias humanas fundamentales, sino que tambi?n, a trav?s de esas experiencias, podemos escuchar la voz del Creador mismo, que nos ama y ha hablado con nosotros.

Aqu?, en este contexto, respetando las experiencias humanas que nos indican el camino hoy y ma?ana, me parece que los diez Mandamientos tienen siempre un valor prioritario, en el que vemos las grandes se?ales que nos indican el camino. Los diez Mandamientos rele?dos, revividos a la luz de Cristo, a la luz de la vida de la Iglesia y de sus experiencias, indican algunos valores fundamentales y esenciales: los mandamientos cuarto y sexto, juntos, indican la importancia de nuestro cuerpo, de respetar las leyes del cuerpo, de la sexualidad y del amor, el valor del amor fiel, la familia. El quinto mandamiento indica el valor de la vida y tambi?n el valor de la vida com?n. El s?ptimo mandamiento indica el valor de compartir los bienes de la tierra, la justa distribuci?n de estos bienes, la administraci?n de la creaci?n de Dios. El octavo mandamiento indica el gran valor de la verdad.

Por tanto, si los mandamientos cuarto, quinto y sexto indican el amor al pr?jimo, el octavo se?ala la verdad. Todo esto no funciona si falta la comuni?n con Dios, el respeto de Dios y la presencia de Dios en el mundo. Un mundo sin Dios ser? siempre un mundo de arbitrariedad y de ego?smo. S?lo si aparece Dios hay luz, hay esperanza. Nuestra vida tiene un sentido que no surge de nosotros, sino que nos precede, nos dirige. Por consiguiente, en este sentido tomamos juntos los caminos obvios que hoy tambi?n la conciencia laica puede ver f?cilmente, y as? tratamos de guiar las voces m?s profundas, la voz verdadera de la conciencia, que se comunica en la gran tradici?n de la oraci?n, de la vida moral de la Iglesia. Yo creo que, con un camino de paciente educaci?n, todos podemos aprender a vivir y a encontrar la verdadera vida.

Soy don Mauro. Santidad, al desempe?ar nuestro ministerio pastoral, cada vez nos vemos m?s agobiados por muchos afanes. Aumentan los compromisos de gesti?n administrativa de las parroquias, de organizaci?n pastoral y de acogida de las personas que atraviesan situaciones dif?ciles. ?Hacia qu? prioridades debemos orientar hoy nuestro ministerio de sacerdotes y p?rrocos, para evitar, por un lado, la fragmentaci?n y, por otro, la dispersi?n? Muchas gracias.

--Benedicto XVI: Es una pregunta muy realista; es verdad. Tambi?n yo experimento un poco este problema, pues cada d?a tengo que resolver muchos asuntos, con numerosas audiencias necesarias, con tanto que hacer. Sin embargo, es preciso encontrar las debidas prioridades y no olvidar lo esencial: el anuncio del reino de Dios. Al escuchar esta pregunta, me vino a la mente el evangelio de hace dos semanas sobre la misi?n de los setenta y dos disc?pulos. Para esta primera gran misi?n que Jes?s encomend? a esos setenta y dos disc?pulos, les dio tres imperativos, que a mi parecer expresan tambi?n hoy sustancialmente las grandes prioridades del trabajo de un disc?pulo de Cristo, de un sacerdote. Los tres imperativos son: orad, curad y anunciad.

Creo que debemos encontrar el equilibrio entre estos tres imperativos esenciales, tenerlos siempre presentes como centro de nuestro trabajo.

Orad, es decir: sin una relaci?n personal con Dios todo el resto no puede funcionar, porque realmente no podemos llevar a Dios, la realidad divina y la verdadera vida humana a las personas, si nosotros mismos no vivimos una relaci?n profunda, verdadera, de amistad con Dios en Cristo Jes?s.

Por eso cada d?a celebramos la santa Eucarist?a como encuentro fundamental, donde el Se?or habla con nosotros y nosotros con el Se?or, que se entrega en nuestras manos. Sin la oraci?n de las Horas, por la que entramos en la gran plegaria de todo el pueblo de Dios, comenzando por los Salmos del pueblo antiguo renovado en la fe de la Iglesia, y sin la oraci?n personal, no podemos ser buenos sacerdotes, pues se pierde la sustancia de nuestro ministerio. Por eso, el primer imperativo es ser hombres de Dios, es decir, hombres que tienen amistad con Cristo y con sus santos.

Viene luego el segundo imperativo. Jes?s dijo: curad a los enfermos, a los abandonados, a los necesitados. Es el amor de la Iglesia a los marginados, a los que sufren. Incluso las personas ricas pueden estar interiormente marginadas y sufrir. "Curar" se refiere a todas las necesidades humanas, que son siempre necesidades que van en profundidad hacia Dios. Por tanto, como se dice, es preciso conocer a las ovejas, tener relaciones humanas con las personas que nos han sido encomendadas, mantener un contacto humano y no perder la humanidad, porque Dios se hizo hombre y as? confirm? todas las dimensiones de nuestro ser humano.

Pero, como he aludido, lo humano y lo divino siempre van juntos. A mi parecer, a este "curar", en sus m?ltiples formas, pertenece tambi?n el ministerio sacramental. El ministerio de la Reconciliaci?n es un acto de curaci?n extraordinario, que el hombre necesita para estar totalmente sano. Por tanto, estas curaciones sacramentales comienzan por el Bautismo, que es la renovaci?n fundamental de nuestra existencia, y pasan por el sacramento de la Reconciliaci?n, y la Unci?n de los enfermos. Naturalmente, en todos los dem?s sacramentos, tambi?n en la Eucarist?a, se realiza una gran curaci?n de las almas. Debemos curar los cuerpos, pero sobre todo ?este es nuestro mandato? las almas. Debemos pensar en las numerosas enfermedades, en las necesidades morales, espirituales, que existen hoy y que debemos afrontar, guiando a las personas al encuentro con Cristo en el sacramento, ayud?ndoles a descubrir la oraci?n, la meditaci?n, el estar en la iglesia silenciosamente en presencia de Dios.

Luego viene el tercer imperativo: anunciad. ?Qu? anunciamos nosotros? Anunciamos el reino de Dios. Pero el reino de Dios no es una utop?a lejana de un mundo mejor, que tal vez se realizar? dentro de cincuenta a?os o qui?n sabe cu?ndo. El reino de Dios es Dios mismo, Dios que se ha acercado y se ha hecho cercan?simo en Cristo. Este es el reino de Dios: Dios mismo est? cerca y nosotros debemos acercarnos a este Dios tan cercano porque se ha hecho hombre, sigue siendo hombre y est? siempre con nosotros en su Palabra, en la sant?sima Eucarist?a y en todos los creyentes.

Por consiguiente, anunciar el reino de Dios quiere decir hablar de Dios hoy, hacer presente la palabra de Dios, el Evangelio, que es presencia de Dios y, naturalmente, hacer presente al Dios que se ha hecho presente en la sagrada Eucarist?a.

Uniendo estas tres prioridades, y teniendo en cuenta todos los aspectos humanos, nuestros l?mites, que debemos reconocer, podemos realizar bien nuestro sacerdocio. Tambi?n es importante esta humildad, que nos hace reconocer los l?mites de nuestras fuerzas. Lo que no podemos hacer nosotros, lo debe hacer el Se?or. Y est? tambi?n la capacidad de delegar, de colaborar. Todo esto siempre con los imperativos fundamentales de orar, curar y anunciar.

Me llamo don Daniele. Santidad, el V?neto es tierra de fuerte inmigraci?n, con una presencia consistente de personas no cristianas. Esta situaci?n obliga a nuestras di?cesis a llevar a cabo una nueva tarea de evangelizaci?n en su interior. Sin embargo, resulta ardua, porque debemos conciliar las exigencias del anuncio del Evangelio con las de un di?logo respetuoso con las dem?s religiones. ?Qu? indicaciones pastorales nos puede dar? Muchas gracias.

--Benedicto XVI: Naturalmente, vosotros viv?s m?s de cerca esta situaci?n. En este sentido, no puedo dar muchos consejos pr?cticos, pero puedo decir que en todas las visitas ad limina, tanto de los obispos asi?ticos, africanos y latinoamericanos, como de toda Italia, siempre se afrontan estas situaciones. Ya no existe un mundo uniforme. Sobre todo en nuestro Occidente est?n presentes todos los dem?s continentes, las dem?s religiones, los dem?s modos de vivir la vida humana. Vivimos en un encuentro permanente, que tal vez nos asemeja a la Iglesia antigua, donde se viv?a la misma situaci?n. Los cristianos eran una peque??sima minor?a, un grano de mostaza que comenzaba a crecer, rodeado de religiones y condiciones de vida muy diversas.

Por consiguiente, debemos aprender nuevamente lo que vivieron los cristianos de las primeras generaciones. San Pedro, en su primera carta, en el cap?tulo tercero, dijo: "Deb?is estar siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida raz?n de vuestra esperanza" (cf. 1 P 3, 15). As? formul? san Pedro la necesidad de combinar el anuncio y el di?logo, dirigi?ndose al hombre normal de aquel tiempo, al cristiano normal. No dijo formalmente: "Anunciad a cada uno el Evangelio". Dijo: "Deb?is ser capaces, deb?is estar dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida raz?n de vuestra esperanza". Me parece que esta es la s?ntesis necesaria entre el di?logo y el anuncio.

El primer punto es que en nosotros mismos siempre debe estar presente la raz?n de nuestra esperanza. Debemos vivir la fe y pensar la fe, conocerla interiormente. As?, en nosotros mismos la fe se convierte en raz?n, se hace razonable. La meditaci?n del Evangelio, y aqu? el anuncio, la homil?a, la catequesis, para hacer que las personas sean capaces de pensar la fe, son ya elementos fundamentales en esta uni?n de di?logo y anuncio. Nosotros mismos debemos pensar la fe, vivir la fe, y como sacerdotes encontrar maneras diversas de hacerla presente, a fin de que nuestros cat?licos puedan encontrar la convicci?n, la prontitud y la capacidad de dar raz?n de su fe.

El anuncio que transmite la fe en la conciencia de hoy debe tener m?ltiples formas. Sin duda, la homil?a y la catequesis son dos formas principales, pero luego hay otros muchos modos de encontrarse ?seminarios sobre la fe, movimientos laicales, etc.?, donde se habla de la fe y se aprende la fe. Todo esto nos hace capaces, ante todo, de vivir realmente como pr?jimos de los no cristianos; aqu? prevalecen los cristianos ortodoxos y los protestantes; luego vienen los seguidores de otras religiones, musulmanes, y otros.

El primer aspecto es vivir con ellos, reconociendo que son el pr?jimo, nuestro pr?jimo. Por tanto, vivir en primera l?nea el amor al pr?jimo como manifestaci?n de nuestra fe. Yo creo que esto constituye ya un testimonio muy fuerte y tambi?n una forma de anuncio: vivir realmente con estos "otros" el amor al pr?jimo, reconocer en ellos a nuestro pr?jimo, de forma que puedan constatar que este "amor al pr?jimo" est? dirigido a ellos. Si sucede esto, podremos presentar m?s f?cilmente la fuente de este comportamiento nuestro, es decir, explicar que el amor al pr?jimo es manifestaci?n de nuestra fe.

En el di?logo no se puede pasar inmediatamente a los grandes misterios de la fe, aunque los musulmanes tengan ya cierto conocimiento de Cristo; niegan su divinidad, pero al menos lo reconocen como un gran profeta. Aman a la Virgen Mar?a. Por eso, tambi?n hay elementos comunes en la fe, que pueden servir de punto de partida para el di?logo.

Algo pr?ctico y realizable, necesario, es sobre todo buscar un entendimiento fundamental sobre los valores que es preciso vivir. Tambi?n aqu? tenemos un tesoro com?n, porque vienen de la religi?n de Abraham, interpretada, revivida de una manera que hay que estudiar, a la que en ?ltima instancia debemos responder. Pero est? presente la gran experiencia sustancial, la de los diez Mandamientos, y creo que este es el punto que debemos profundizar.

Pasar a los grandes misterios me parece un nivel dif?cil, que no se realiza en los grandes encuentros. Tal vez la semilla debe entrar en el coraz?n, a fin de que en algunos pueda madurar una respuesta de fe a trav?s de di?logos m?s espec?ficos. Pero lo que podemos y debemos hacer es buscar el consenso en torno a los valores fundamentales, expresados en los diez Mandamientos, resumidos en el amor al pr?jimo y en el amor a Dios, y que se pueden interpretar en las diversas dimensiones de la vida.

Al menos seguimos un camino com?n hacia el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios que es finalmente el Dios de rostro humano, el Dios presente en Jesucristo. Este ?ltimo paso s?lo se ha de dar en encuentros ?ntimos, personales o de peque?os grupos; en cambio, el camino hacia este Dios, del que vienen estos valores que hacen posible la vida com?n, me parece realizable tambi?n en encuentros m?s amplios.

As? pues, a mi parecer, aqu? se realiza una forma de anuncio humilde, paciente, que espera, pero que tambi?n ya hace concreto nuestro vivir seg?n la conciencia iluminada por Dios.

--Soy don Samuele. Hemos escuchado su invitaci?n a orar, a curar y a anunciar. Lo hemos tomado en serio, preocup?ndonos de su persona y, para manifestarle nuestro afecto, le hemos tra?do algunas botellas de buen vino de nuestra tierra, que le entregaremos por medio de nuestro obispo. Paso a la pregunta. Cada vez aumentan m?s los casos de personas divorciadas que se vuelven a casar, conviviendo, y nos piden a los sacerdotes una ayuda para su vida espiritual. Estas personas con frecuencia sufren por no poder acceder a los sacramentos. Es necesario afrontar esas situaciones, compartiendo los sufrimientos que implican. Santo Padre, ?con qu? actitudes humanas, espirituales y pastorales podemos conjugar la misericordia y la verdad? Muchas gracias.

-Benedicto XVI: S?, se trata de un problema doloroso, y ciertamente no existe una receta sencilla para resolverlo. Todos sufrimos por este problema, pues todos tenemos cerca a personas que se encuentran en esa situaci?n y sabemos que para ellos es un dolor y un sufrimiento, porque quieren estar en plena comuni?n con la Iglesia. El v?nculo de su matrimonio anterior reduce su participaci?n en la vida de la Iglesia. ?Qu? hacer?

Un primer punto ser?a, naturalmente, la prevenci?n, en la medida de lo posible. Por eso, resulta cada vez m?s fundamental y necesaria la preparaci?n para el matrimonio. El Derecho can?nico supone que el hombre como tal, incluso el que no tiene una gran instrucci?n, quiere formar un matrimonio seg?n la naturaleza humana, como se indica en los primeros cap?tulos del G?nesis. Es hombre, tiene una naturaleza humana y, por consiguiente, sabe lo que es el matrimonio. Quiere hacer lo que dice su naturaleza humana. Esto es lo que da por supuesto el Derecho can?nico. Es algo que se impone: el hombre es hombre, la naturaleza es as?, y le dice eso.

Pero hoy ese axioma, seg?n el cual el hombre quiere hacer lo que est? en su naturaleza: un matrimonio ?nico y fiel, se transforma en un axioma un poco diverso. "Volunt contrahere matrimonium sicut ceteri homines". Ya no s?lo habla la naturaleza, sino los "ceteri homines": lo que hacen todos. Y lo que hoy hacen todos no es s?lo el matrimonio natural, seg?n el Creador, seg?n la creaci?n. Lo que hacen los "ceteri homines" es casarse con la idea de que un d?a el matrimonio puede fracasar y luego se puede pasar a un segundo, a un tercero y a un cuarto matrimonio. Este modelo, "como hacen todos", se convierte en un modelo opuesto a lo que dice la naturaleza. As? resulta normal casarse, divorciarse y volverse a casar; y nadie piensa que es algo que va contra la naturaleza humana, o al menos es dif?cil encontrar a una persona que piense as?.

Por eso, para ayudar a las personas a llegar realmente al matrimonio, no s?lo en el sentido de la Iglesia, sino tambi?n en el del Creador, debemos reparar la capacidad de escuchar a la naturaleza. As? volvemos a la primera cuesti?n, a la primera pregunta. Es necesario redescubrir en "lo que hacen todos" lo que nos dice la naturaleza misma, que habla de modo diferente al de esa costumbre moderna. En efecto, nos invita al matrimonio para toda la vida, con una fidelidad que dure toda la vida, a pesar de los sufrimientos que implica crecer juntos en el amor.

As? pues, los cursos de preparaci?n para el matrimonio deben ayudar a reparar en nosotros la voz de la naturaleza, del Creador, para redescubrir en lo que hacen todos los "ceteri homines" lo que nos dice ?ntimamente nuestro ser mismo. En esta situaci?n, entre lo que hacen todos y lo que dice nuestro ser, los cursos de preparaci?n para el matrimonio deben ser un camino de redescubrimiento, para volver a aprender lo que nos dice nuestro ser; deben ayudar a llegar a una verdadera decisi?n con respecto al matrimonio seg?n el Creador y seg?n el Redentor.

Esos cursos de preparaci?n son muy importantes para "conocerse a s? mismos", para descubrir la verdadera voluntad matrimonial. No basta la preparaci?n, pues las grandes crisis vienen despu?s. Por eso, es muy importante el acompa?amiento durante los primeros diez a?os de matrimonio. En la parroquia no s?lo hay que promover los cursos de preparaci?n, sino tambi?n la comuni?n en el camino que viene despu?s: acompa?arse y ayudarse rec?procamente. Los sacerdotes, y tambi?n las familias que ya han hecho esas experiencias, que conocen esos sufrimientos, esas tentaciones, deben ayudarles en sus momentos de crisis. Es importante la presencia de una red de familias que se ayuden mutuamente. Tambi?n los Movimientos pueden prestar una gran ayuda.

La primera parte de mi respuesta sugiere la prevenci?n, no s?lo en el sentido de preparar, sino tambi?n de acompa?ar, es decir, la presencia de una red de familias que ayude a afrontar esta situaci?n moderna, donde todo habla contra una fidelidad de por vida. Es necesario ayudar a encontrar esta fidelidad, a aprenderla incluso en medio del sufrimiento.

Sin embargo, en caso de fracaso, es decir, cuando los esposos no se sienten capaces de cumplir su primera voluntad, queda siempre la pregunta de si realmente fue una voluntad, en el sentido del sacramento. Por tanto, se puede abrir un proceso para la declaraci?n de nulidad. Si fue un verdadero matrimonio, y en consecuencia no pueden volver a casarse, la presencia permanente de la Iglesia ayuda a estas personas a soportar otro sufrimiento. En el primer caso tenemos el sufrimiento de superar esa crisis, de aprender una fidelidad ardua y madura. En el segundo, tenemos el sufrimiento de encontrarse en un v?nculo nuevo, que no es el sacramental y que por tanto no permite la comuni?n plena en los sacramentos de la Iglesia. Aqu? se trata de ense?ar y aprender a vivir con este sufrimiento. Volveremos a este punto en la primera pregunta de la otra di?cesis.

Por lo general, en nuestra generaci?n, en nuestra cultura, debemos redescubrir el valor del sufrimiento, aprender que el sufrimiento puede ser algo muy positivo, pues nos ayuda a madurar, a ser lo que debemos ser, a estar m?s cerca del Se?or, que sufri? por nosotros y sufre con nosotros. As? pues, tambi?n en esta segunda situaci?n es de suma importancia la presencia del sacerdote, de las familias, de los Movimientos, la comuni?n personal y comunitaria, la ayuda del amor al pr?jimo, un amor muy espec?fico. S?lo este amor profundo de la Iglesia, que se realiza con un acompa?amiento m?ltiple, puede ayudar a estas personas a sentirse amadas por Cristo, miembros de la Iglesia, incluso en una situaci?n dif?cil, y a vivir la fe.

--Santidad, me llamo don Saverio. Mi pregunta se refiere a las misiones. Este a?o se cumple el 50? aniversario de la enc?clica Fidei donum. Aceptando la invitaci?n del Papa, muchos sacerdotes, tambi?n de nuestra di?cesis, incluido yo, hemos vivido ?otros siguen viviendo? la experiencia de la misi?n ad gentes. Sin duda se trata de una experiencia extraordinaria que, en mi modesta opini?n, podr?an vivir numerosos sacerdotes en el ?mbito del intercambio entre Iglesias hermanas. Sin embargo, teniendo en cuenta la disminuci?n del n?mero de sacerdotes en nuestros pa?ses, ?c?mo se puede llevar hoy a la pr?ctica la indicaci?n de esa enc?clica y con qu? esp?ritu deben acogerla y vivirla los sacerdotes enviados y toda la di?cesis? Muchas gracias.

--Benedicto XVI: Gracias. Ante todo, quisiera expresar mi agradecimiento a todos estos sacerdotes fidei donum y a las di?cesis. Como ya he dicho, recientemente he tenido numerosas visitas ad limina tanto de obispos de Asia como de ?frica y Am?rica Latina, y todos me dicen: "Tenemos gran necesidad de sacerdotes fidei donum y estamos muy agradecidos por el trabajo que realizan, pues hacen presente, en situaciones a menudo dificil?simas, la catolicidad de la Iglesia; demuestran que somos una gran comuni?n universal. Para los sacerdotes fidei donum el hombre lejano se transforma en pr?ximo, en pr?jimo; as? viven el amor al pr?jimo. Este gran don, que realmente se ha hecho durante los ?ltimos cincuenta a?os, lo he percibido y visto casi de modo palpable en todos mis di?logos con los sacerdotes, que dicen: "No pens?is que los africanos ahora ya somos autosuficientes; seguimos teniendo necesidad de que se haga visible la gran comuni?n de la Iglesia universal". Todos necesitamos que se demuestre la comuni?n de los cat?licos, un amor al pr?jimo vivido por personas que llegan de lejos y as? van al encuentro de su pr?jimo".

Hoy la situaci?n ha cambiado, en el sentido de que tambi?n nosotros en Europa recibimos a sacerdotes procedentes de ?frica, de Am?rica Latina e incluso de otras partes de la misma Europa, y eso nos permite ver la belleza de este intercambio de dones, de este don rec?proco, porque todos tenemos necesidad de todos. Precisamente as? crece el Cuerpo de Cristo.

Para resumir, quisiera decir que este don era y es un gran don y que as? lo percibe la Iglesia. En muchas situaciones ?que ahora no puedo describir?, en las que existen problemas sociales, problemas de desarrollo, problemas de anuncio de la fe, problemas de aislamiento, de necesidad de la presencia de otros, estos sacerdotes son un don en el que las di?cesis y las Iglesias particulares reconocen la presencia de Cristo que se entrega por nosotros y, al mismo tiempo, reconocen que la Comuni?n eucar?stica no es s?lo comuni?n sobrenatural: tambi?n se convierte en comuni?n concreta a trav?s de este don de sacerdotes diocesanos, que van a otras di?cesis; y la red de las Iglesias particulares se transforma realmente en una red de amor.

Gracias a todos los que han hecho este don. Animo a los obispos y a los sacerdotes a seguir otorgando este don. S? que ahora en Europa, con la escasez de vocaciones, resulta cada vez m?s dif?cil hacer este don, pero ya tenemos la experiencia de que tambi?n otros continentes, como Asia ?en concreto, la India? y sobre todo ?frica, nos est?n dando sacerdotes. La reciprocidad sigue siendo muy importante; precisamente por eso es muy necesaria la experiencia de que somos Iglesia enviada al mundo y que todos conocen a todos y aman a todos; esa es tambi?n la fuerza del anuncio. As? se pone de manifiesto que el grano de mostaza da fruto y se hace un ?rbol cada vez m?s grande, en el que las aves del cielo pueden descansar. Gracias y ??nimo!

--Soy don Alberto. Santo Padre, los j?venes son nuestro futuro y nuestra esperanza, pero a veces no ven en la vida una oportunidad, sino una dificultad; no un don para s? mismos y para los dem?s, sino un objeto de consumo inmediato; no un proyecto por construir, sino un vagabundeo sin meta fija. La mentalidad de hoy impone a los j?venes ser siempre felices y perfectos y eso implica como consecuencia que cualquier peque?o fracaso y la m?nima dificultad ya no se ven como un motivo de crecimiento, sino como una derrota. Todo esto los lleva con frecuencia a gestos irremediables como el suicidio, que provocan una laceraci?n en el coraz?n de quienes los aman y de la sociedad entera. ?Qu? nos puede decir a los educadores, que a menudo nos sentimos con las manos atadas y sin respuestas? Muchas gracias.

--Benedicto XVI: Creo que ha descrito con acierto una vida en la que Dios no est? presente. En un primer momento parece que no tenemos necesidad de Dios; m?s a?n, que sin Dios ser?amos m?s libres y tendr?amos m?s espacio en el mundo. Pero, despu?s de cierto tiempo, se ve lo que sucede en las nuevas generaciones cuando no se tiene a Dios. Como dijo Nietzsche, "la gran luz se ha apagado, el sol se ha apagado". Entonces la vida es algo ocasional, se convierte en un objeto y las personas tratan de explotarla lo mejor posible, us?ndola como si fuera un medio para una felicidad inmediata, palpable y realizable. Pero el gran problema es que si Dios no est? presente y no es tambi?n el Creador de nuestra vida, en realidad la vida es una simple pieza de la evoluci?n y nada m?s; no tiene sentido por s? misma. Al contrario, debemos tratar de infundir sentido en esta parte del ser.

Actualmente, en Alemania, pero tambi?n en Estados Unidos, se est? asistiendo a un debate bastante encendido entre el as? llamado "creacionismo" y el evolucionismo, presentados como si fueran alternativas que se excluyen: quien cree en el Creador no podr?a admitir la evoluci?n y, por el contrario, quien afirma la evoluci?n deber?a excluir a Dios. Esta contraposici?n es absurda, porque, por una parte, existen muchas pruebas cient?ficas en favor de la evoluci?n, que se presenta como una realidad que debemos ver y que enriquece nuestro conocimiento de la vida y del ser como tal.

Pero la doctrina de la evoluci?n no responde a todos los interrogantes y sobre todo no responde al gran interrogante filos?fico: ?de d?nde viene todo esto y c?mo todo toma un camino que desemboca finalmente en el hombre? Eso me parece muy importante. En mi lecci?n de Ratisbona quise decir tambi?n que la raz?n debe abrirse m?s: ciertamente debe ver esos datos, pero tambi?n debe ver que no bastan para explicar toda la realidad. Nuestra raz?n ve m?s ampliamente. En el fondo no es algo irracional, un producto de la irracionalidad; hay una raz?n anterior a todo, la Raz?n creadora, y en realidad nosotros somos un reflejo de la Raz?n creadora. Somos pensados y queridos; por tanto, hay una idea que nos precede, un sentido que nos precede y que debemos descubrir y seguir, y que en definitiva da significado a nuestra vida.

As? pues, el primer punto es: descubrir que realmente nuestro ser es razonable, ha sido pensado, tiene un sentido; y nuestra gran misi?n es descubrir ese sentido, vivirlo y dar as? un nuevo elemento a la gran armon?a c?smica pensada por el Creador. Si es as?, entonces los elementos de dificultad se transforman en momentos de madurez, de proceso y de progreso de nuestro ser, que tiene sentido desde su concepci?n hasta su ?ltimo momento de vida.

Podemos conocer esta realidad del sentido que nos precede a todos nosotros; y tambi?n podemos redescubrir el sentido del sufrimiento y del dolor. Ciertamente, hay un dolor que debemos evitar y eliminar del mundo: muchos dolores in?tiles provocados por las dictaduras, por los sistemas equivocados, por el odio y la violencia. Pero en el dolor hay tambi?n un sentido profundo y nuestra vida s?lo puede madurar si podemos dar sentido a ese dolor y sufrimiento.

Sobre todo, no es posible amar sin dolor, porque el amor implica siempre renunciar a nosotros mismos, salir de nosotros mismos, aceptar a los dem?s con su diferente manera de ser; implica una entrega de nosotros mismos y, por tanto, salir de nosotros mismos. Todo esto es dolor, sufrimiento, pero precisamente en el sufrimiento de perdernos por los otros, por las personas que amamos y tambi?n por Dios, llegamos a ser grandes y nuestra vida encuentra el amor, y en el amor su sentido.

Para ayudarnos a vivir, la mentalidad moderna debe convencerse de que amor y dolor, amor y Dios, son inseparables. En este sentido, es importante hacer que los j?venes descubran a Dios, que descubran el amor verdadero, el cual llega a ser grande precisamente con la renuncia; as? podr?n descubrir tambi?n la bondad interior del sufrimiento, que nos hace libres y m?s grandes. Naturalmente, para ayudar a los j?venes a encontrar estos elementos, siempre hace falta acompa?arlos en su camino, tanto en la parroquia como en la Acci?n cat?lica y en los Movimientos, pues las nuevas generaciones s?lo en compa??a de otros podr?n descubrir esta gran dimensi?n de nuestro ser.

--Soy don Francesco. Santo Padre, me ha impresionado una frase que escribi? usted en su libro "Jes?s de Nazaret": ??Qu? ha tra?do en verdad Jes?s al mundo, si no ha tra?do la paz, el bienestar para todos o un mundo mejor? ?Qu? es lo que ha tra?do? La respuesta es muy sencilla: "a Dios. Ha tra?do a Dios"?. Hasta aqu? la cita, que me parece llena de claridad y verdad. Mi pregunta es: se habla de nueva evangelizaci?n, de nuevo anuncio del Evangelio ?esta ha sido tambi?n la decisi?n principal del S?nodo de nuestra di?cesis de Belluno-Feltre?, pero ?qu? hacer para que este Dios, ?nica riqueza tra?da por Jes?s y que a menudo se presenta a muchos envuelto en niebla, resplandezca a?n en nuestros hogares y sea agua que apague la sed tambi?n de las numerosas personas que parecen ya no tener sed? Muchas gracias.

--Benedicto XVI: Gracias. Es una pregunta fundamental. La pregunta fundamental de nuestro trabajo pastoral es c?mo llevar a Dios al mundo, a nuestros contempor?neos. Evidentemente, el llevar a Dios abarca muchos aspectos: el anuncio, la vida y muerte de Jes?s se desarrollaron en varias dimensiones, que forman una unidad. Debemos mantener las dos cosas. Por una parte, el anuncio cristiano, el cristianismo, no es un paquete complicad?simo de muchos dogmas, que nadie podr?a conocer en su totalidad. No es algo s?lo para acad?micos, que pueden estudiar estas cosas. Es algo sencillo: Dios existe, Dios es cercano en Jesucristo. El mismo Jesucristo, resumiendo, dijo: "Ha llegado el reino de Dios". Esto es lo que anunciamos, algo muy sencillo en el fondo. Todos los otros aspectos son s?lo dimensiones de esa ?nica realidad; no todas las personas deben conocer todo, pero ciertamente todas deben entrar en lo ?ntimo, en lo esencial; as? se abordan con alegr?a cada vez mayor tambi?n las diversas dimensiones.

Pero, en concreto, ?qu? se ha de hacer? Hablando del trabajo pastoral actual ya tocamos los puntos esenciales. Pero continuando en este sentido, llevar a Dios implica sobre todo, por una parte, el amor y, por otra, la esperanza y la fe. Es decir, la dimensi?n de la vida: el mejor testimonio de Cristo, el mejor anuncio, es siempre la vida aut?ntica de los cristianos. Hoy el anuncio m?s hermoso lo realizan las familias que, aliment?ndose de fe, viven con una alegr?a profunda y fundamental, incluso en medio del sufrimiento, y ayudan a los dem?s, amando a Dios y al pr?jimo. Tambi?n para m? el anuncio m?s consolador es siempre ver a familias cat?licas o a personalidades cat?licas impregnadas de fe. En ellas resplandece realmente la presencia de Dios y a trav?s de ellas llega el "agua viva" de la que usted ha hablado. As? pues, el anuncio fundamental es precisamente el de la vida misma de los cristianos.

Naturalmente, despu?s viene el anuncio de la Palabra. Debemos hacer todo lo posible para que se escuche y se conozca la Palabra. Hoy existen muchas escuelas de la Palabra y del di?logo con Dios en la sagrada Escritura, di?logo que tambi?n se transforma necesariamente en oraci?n, porque un estudio meramente te?rico de la sagrada Escritura es s?lo una escucha intelectual y no ser?a un verdadero y suficiente encuentro con la palabra de Dios.

Si es verdad que en la Escritura y en la palabra de Dios es el Se?or, el Dios vivo, quien nos habla, suscita nuestra respuesta y nuestra oraci?n, entonces las escuelas de la Escritura deben ser tambi?n escuelas de oraci?n, de di?logo con Dios, de acercamiento ?ntimo a Dios.

A continuaci?n vienen todas las formas de anuncio. Naturalmente, los sacramentos. Con Dios siempre vienen tambi?n todos los santos. Como nos dice la sagrada Escritura desde el inicio, Dios nunca viene solo, viene acompa?ado y rodeado de los ?ngeles y de los santos. En la gran vidriera de San Pedro que representa al Esp?ritu Santo me agrada mucho que Dios se encuentre rodeado de una multitud de ?ngeles y de seres vivos, que son expresi?n y, por decirlo as?, emanaci?n del amor de Dios.

Con Dios, con Cristo, con el hombre que es Dios y con Dios que es hombre, viene la Virgen. Esto es muy importante. Dios, el Se?or, tiene una Madre y en esa Madre reconocemos realmente la bondad materna de Dios. La Virgen, Madre de Dios, es el auxilio de los cristianos, es nuestra consolaci?n permanente, es nuestra gran ayuda. Esto lo veo tambi?n en el di?logo con los obispos del mundo, de ?frica y ?ltimamente de Am?rica Latina. El amor a la Virgen es la gran fuerza de la catolicidad. En la Virgen reconocemos toda la ternura de Dios; por eso, cultivar y vivir este gozoso amor a la Virgen, a Mar?a, es un don muy grande de la catolicidad.

Luego vienen los santos. Cada lugar tiene su santo. Eso est? bien, porque as? vemos los m?ltiples colores de la ?nica luz de Dios y de su amor, que se acerca a nosotros. Debemos descubrir a los santos en su belleza, en su acercarse a nosotros en la Palabra, pues en un santo determinado podemos encontrar traducida precisamente para nosotros la Palabra inagotable de Dios. Asimismo, todos los aspectos de la vida parroquial, incluso los humanos. No debemos andar siempre por las nubes, por las alt?simas nubes del Misterio; tambi?n debemos estar con los pies en la tierra y vivir juntos la alegr?a de ser una gran familia: la peque?a gran familia de la parroquia, la gran familia de la di?cesis, la gran familia de la Iglesia universal.

En Roma puedo ver todo esto; puedo ver c?mo personas procedentes de todas las partes de la tierra y que no se conocen, en realidad se conocen, porque todos forman parte de la familia de Dios; se sienten una familia porque lo tienen todo: amor al Se?or, amor a la Virgen, amor a los santos; tienen la sucesi?n apost?lica, al Sucesor de Pedro, a los obispos.

Esta alegr?a de la catolicidad, con sus m?ltiples colores, es tambi?n la alegr?a de la belleza. Aqu? tenemos la belleza de un hermoso ?rgano; la belleza de una hermos?sima iglesia; la belleza que se ha desarrollado en la Iglesia. Me parece un testimonio maravilloso de la presencia y de la verdad de Dios. La Verdad se manifiesta en la belleza y debemos agradecer esta belleza y hacer todo lo posible para que permanezca, se desarrolle y crezca a?n m?s. De esta forma, llega Dios hasta nosotros de un modo muy concreto.

--Soy don Lorenzo, p?rroco. Santo Padre, los fieles esperan s?lo una cosa de los sacerdotes: que seamos especialistas en promover el encuentro del hombre con Dios. No son palabras m?as, sino de Su Santidad en un discurso al clero. Mi padre espiritual en el seminario, durante aquellas arduas sesiones de direcci?n espiritual, me dec?a: "Lorenzino, humanamente vas bien, pero...", y cuando dec?a "pero" quer?a decir que a m? me gustaba m?s jugar al f?tbol que hacer la adoraci?n eucar?stica. Y dec?a que eso no se correspond?a con mi vocaci?n; que yo no deb?a contradecir a mis profesores en las clases de moral y de derecho, porque los profesores sab?an m?s que yo. Y no s? qu? otras cosas quer?a insinuar con aquel "pero". De todos modos, ahora que est? en el cielo rezo por ?l alguna vez el requiem. A pesar de todo eso, soy sacerdote desde hace 34 a?os y me siento muy feliz. No he hecho milagros, ni desastres conocidos; tal vez pueda haber hecho algunos que desconozco. Para m? "Humanamente vas bien" es una felicitaci?n. Acercar el hombre a Dios y Dios al hombre, ?no se realiza sobre todo a trav?s de lo que llamamos humanidad, que es irrenunciable tambi?n para nosotros, los sacerdotes?

--Benedicto XVI: Gracias. Creo que es exacto lo que ha dicho usted al final. El catolicismo, de una forma un poco simplista, ha sido considerado siempre la religi?n del gran et... et..., es decir, la religi?n de la s?ntesis, no de grandes exclusivismos. Cat?lico quiere decir precisamente "s?ntesis". Por eso, yo no soy partidario de una alternativa: o jugar al f?tbol o estudiar sagrada Escritura o derecho can?nico. Hay que hacer las dos cosas. Es bueno hacer deporte. Yo no soy un gran deportista, pero cuando era m?s joven me agradaba ir a la monta?a de vez en cuando; ahora s?lo hago algunas caminatas muy f?ciles, pero siempre me gusta pasear aqu? en esta hermosa tierra que el Se?or nos ha dado.

Ciertamente, no podemos vivir siempre en una profunda meditaci?n. Tal vez un santo, en la ?ltima fase de su camino terrestre, puede llegar a ese punto, pero normalmente vivimos con los pies en la tierra y los ojos dirigidos al cielo. Ambas cosas nos las ha dado el Se?or. Por eso, amar las cosas humanas, amar las bellezas de su tierra, no s?lo es muy humano, sino que adem?s es muy cristiano y precisamente cat?lico.

Como ya he dicho antes, una pastoral buena y realmente cat?lica incluye tambi?n este aspecto: vivir en el et... et...; vivir la humanidad y el humanismo del hombre, todos los dones que el Se?or nos ha dado y que hemos desarrollado; y, al mismo tiempo, no olvidar a Dios, porque al final la gran luz viene de Dios; s?lo de ?l viene la luz que da alegr?a a todos estos aspectos de las cosas que existen.

As? pues, simplemente quiero poner de relieve la gran s?ntesis cat?lica, el et... et...: ser verdaderamente hombre y, cada uno seg?n sus dones y seg?n su carisma, amar la tierra y las cosas hermosas que el Se?or nos ha dado, pero tambi?n agradecer el hecho de que en la tierra resplandece la luz de Dios, que da esplendor y belleza a todo lo dem?s. En este sentido, vivamos gozosamente la catolicidad. Esta ser?a mi respuesta.

--Me llamo don Arnaldo. Santo Padre, debido a las exigencias pastorales y del ministerio, juntamente con el n?mero cada vez menor de sacerdotes, nuestros obispos se ven obligados a redistribuir el clero, a menudo acumulando compromisos y encomendando varias parroquias a la misma persona. Eso afecta a la sensibilidad de numerosas comunidades de bautizados y a la disponibilidad de nosotros, los sacerdotes, para vivir juntos ?sacerdotes y laicos? el ministerio pastoral. ?C?mo vivir este cambio de organizaci?n pastoral, privilegiando la espiritualidad del buen Pastor? Muchas gracias, Santidad.

--Benedicto XVI: S?, con su pregunta volvemos a la cuesti?n de las prioridades pastorales, de c?mo debe actuar un p?rroco. Hace poco tiempo, un obispo franc?s, que era religioso y por tanto nunca hab?a sido p?rroco, me dec?a: "Santidad, quisiera que me explicara lo que es un p?rroco. Nosotros, en Francia, tenemos grandes unidades pastorales, con cinco, seis o siete parroquias, y el p?rroco se transforma en un coordinador de organismos, de trabajos diversos". Y le parec?a que el p?rroco, al estar as? ocupado en la coordinaci?n de esos diversos organismos, ya no ten?a la posibilidad de un encuentro personal con sus ovejas; y ?l, al ser obispo ?y, por tanto, un gran p?rroco?, se preguntaba si es bueno ese sistema o si se deber?a buscar la manera de hacer que el p?rroco sea realmente p?rroco, es decir, pastor de su grey.

Naturalmente, yo no pod?a dar una receta para resolver esa situaci?n de Francia, pero el problema hay que plantearlo en general. El p?rroco, a pesar de las nuevas situaciones y las nuevas formas de responsabilidad, no debe perder la cercan?a con la gente; debe ser realmente el pastor de esa grey que le ha encomendado el Se?or. Hay situaciones diversas; pienso en los obispos que en sus di?cesis afrontan situaciones muy distintas; deben tratar de lograr que el p?rroco siga siendo pastor y no se convierta en un bur?crata sagrado.

En cualquier caso, creo que la primera manera de estar cerca de las personas que nos han sido confiadas es precisamente la vida sacramental: en la Eucarist?a estamos juntos y podemos y debemos encontrarnos. El sacramento de la Reconciliaci?n es un encuentro personal?simo. Tambi?n el Bautismo es un encuentro personal; y no s?lo el momento de administrar el sacramento.

Todos estos sacramentos tienen un contexto: bautizar implica primero catequizar de alg?n modo a esta joven familia, hablar con ellos, a fin de que el Bautismo sea tambi?n un encuentro personal y una ocasi?n para una catequesis muy concreta. Lo mismo se puede decir de la preparaci?n para la primera Comuni?n, para la Confirmaci?n y para el Matrimonio: siempre son ocasiones donde en realidad el p?rroco, el sacerdote, se encuentra directamente con las personas; ?l es el predicador, el administrador de los sacramentos, en un sentido que implica siempre la dimensi?n humana. El sacramento nunca es s?lo un acto ritual; el acto ritual y sacramental es la condensaci?n de un contexto humano en el que se mueve el sacerdote, el p?rroco.

Adem?s, me parece muy importante encontrar el modo correcto de delegar. El p?rroco no se debe limitar a ser el coordinador de organismos. M?s bien, debe delegar de diferentes maneras. Ciertamente, en los S?nodos ?y aqu?, en vuestra di?cesis, hab?is tenido un S?nodo? se encuentra el modo de librar suficientemente al p?rroco para que, por una parte, conserve la responsabilidad de toda la unidad pastoral que se le ha encomendado, pero, por otra, no se reduzca sustancialmente y sobre todo a ser un bur?crata que coordina. Debe tener en su mano los hilos esenciales, contando luego con colaboradores.

Creo que uno de los frutos importantes y positivos del Concilio ha sido la corresponsabilidad de toda la parroquia. Ya no es s?lo el p?rroco quien debe vivificar todo, sino que, dado que todos formamos la parroquia, todos debemos colaborar y ayudar, a fin de que el p?rroco no quede aislado arriba como coordinador. Debe ser realmente un pastor, con la ayuda de colaboradores en los trabajos comunes que se realizan en la vida de la parroquia.

As? pues, esta coordinaci?n y esta responsabilidad vital de toda la parroquia, por una parte, y la vida sacramental y de anuncio, como centro de la vida parroquial, por otra, podr?an permitir tambi?n hoy, en circunstancias ciertamente muy dif?ciles, que el p?rroco conozca efectivamente a sus ovejas y sea el pastor que de verdad las llame y las gu?e, aunque tal vez no las conozca a todas por su nombre, como el Se?or nos dice refiri?ndose al buen pastor.

A m? me corresponde la ?ltima pregunta, y tengo la tentaci?n de no formularla, pues se trata de una pregunta trivial y, al ver c?mo Su Santidad en las nueve respuestas anteriores nos ha hablado de Dios elev?ndonos a grandes alturas, me parece casi insignificante lo que voy a preguntarle. Sin embargo, lo voy a hacer. Se trata del tema de los de mi generaci?n, los que nos preparamos al sacerdocio durante los a?os del Concilio, y luego salimos con entusiasmo y tal vez tambi?n con la pretensi?n de cambiar el mundo; hemos trabajado mucho y hoy tenemos dificultades: estamos cansados, porque no se han realizado muchos de nuestros sue?os y tambi?n porque nos sentimos un poco aislados. Los de m?s edad nos dicen: "?Veis c?mo ten?amos raz?n nosotros al ser m?s prudentes?"; y los j?venes algunas veces nos tachan de "nost?lgicos del Concilio". Nuestra pregunta es esta: ?Podemos aportar a?n algo a nuestra Iglesia, especialmente con la cercan?a a la gente que, a nuestro parecer, nos ha caracterizado? Ay?denos a recobrar la esperanza, la serenidad...

--Benedicto XVI: Gracias. Es una pregunta importante y yo conozco muy bien la situaci?n. Tambi?n yo viv? los tiempos del Concilio; estuve en la bas?lica de San Pedro con gran entusiasmo, viendo c?mo se abr?an nuevas puertas; parec?a realmente un nuevo Pentecost?s, con el que la Iglesia pod?a convencer de nuevo a la humanidad, despu?s de que el mundo se hubiera alejado de la Iglesia en los siglos XIX y XX. Parec?a que la Iglesia y el mundo se volv?an a encontrar, y que renac?a un mundo cristiano y una Iglesia del mundo y realmente abierta al mundo. Esper?bamos mucho, pero las cosas han resultado m?s dif?ciles en la realidad. Con todo, queda la gran herencia del Concilio, que abri? un camino nuevo. Es siempre una charta magna del camino de la Iglesia, muy esencial y fundamental. Pero, ?por qu? ha sucedido as??

En primer lugar, quisiera hacer una anotaci?n hist?rica. Los tiempos de un posconcilio casi siempre son muy dif?ciles. Despu?s del gran concilio de Nicea, que para nosotros es realmente el fundamento de nuestra fe, pues de hecho profesamos la fe formulada en Nicea, no se produjo una situaci?n de reconciliaci?n y de unidad, como esperaba Constantino, promotor de ese gran concilio, sino una situaci?n realmente ca?tica, en la que todos luchaban contra todos.

San Basilio, en su libro sobre el Esp?ritu Santo, compara la situaci?n de la Iglesia despu?s del concilio de Nicea con una batalla naval nocturna, donde nadie reconoce al otro, sino que todos luchan contra todos. Realmente era una situaci?n de caos total. As? describe san Basilio con gran plasticidad el drama del posconcilio, del tiempo que sigui? al concilio de Nicea. Cincuenta a?os m?s tarde, el emperador invit? a san Gregorio Nacianceno a participar en el primer concilio de Constantinopla. El santo respondi?: "No voy, porque conozco muy bien estas cosas; s? que los concilios s?lo generan confusi?n y enfrentamientos; por eso no voy". Y no fue.

Por tanto, con una visi?n retrospectiva, ahora para todos nosotros no constituye una gran sorpresa, como lo fue en un primer momento, digerir el Concilio y su gran mensaje. Introducirlo y recibirlo para que se convierta en vida de la Iglesia, asimilarlo en las diversas realidades de la Iglesia, es un sufrimiento, y el crecimiento s?lo se realiza con sufrimiento. Crecer siempre implica sufrir, porque es salir de un estado y pasar a otro.

En concreto, debemos constatar que durante el posconcilio se produjeron dos grandes rupturas hist?ricas. La ruptura de 1968, es decir, el inicio o ?me atrever?a a decir? la explosi?n de la gran crisis cultural de Occidente. Hab?a desaparecido la generaci?n del per?odo posterior a la guerra, una generaci?n que despu?s de todas las destrucciones y viendo el horror de la guerra, del combatirse unos a otros, y constatando el drama de las grandes ideolog?as que realmente hab?an llevado a la gente al abismo de la guerra, hab?an redescubierto las ra?ces cristianas de Europa y hab?an comenzado a reconstruirla con estas grandes inspiraciones.

Al desaparecer esa generaci?n, se ve?an tambi?n todos los fracasos, las lagunas de esa reconstrucci?n, la gran miseria que hab?a en el mundo. As? comienza, explota la crisis de la cultura occidental: una revoluci?n cultural que quiere cambiar todo radicalmente. Afirma: en dos mil a?os de cristianismo no hemos creado el mundo mejor. Por tanto, debemos volver a comenzar de cero, de un modo totalmente nuevo. El marxismo parece la receta cient?fica para crear por fin el mundo nuevo.

En este grave y gran enfrentamiento entre la nueva -sana- modernidad querida por el Concilio y la crisis de la modernidad, todo resulta tan dif?cil como despu?s del primer concilio de Nicea. Una parte opinaba que esta revoluci?n cultural era lo que hab?a querido el Concilio; identificaba esta nueva revoluci?n cultural marxista con la voluntad del Concilio. Dec?a: "Esto es el Concilio. Seg?n la letra, los textos son a?n un poco anticuados, pero tras las palabras escritas est? este esp?ritu; esta es la voluntad del Concilio. As? debemos actuar".

Y, por otra parte, naturalmente viene la reacci?n: "as? destru?s la Iglesia". Una reacci?n absoluta contra el Concilio, el anticonciliarismo, y tambi?n el t?mido, humilde intento de realizar el verdadero esp?ritu del Concilio. Dice un proverbio: "Hace m?s ruido un ?rbol que cae que un bosque que crece". El bosque que crece no se escucha, porque lo hace sin ruido, en su proceso de desarrollo. As?, mientras se escuchaban los grandes ruidos del progresismo equivocado, del anticonciliarismo, ha ido creciendo silenciosamente el camino de la Iglesia, aunque con muchos sufrimientos e incluso con muchas p?rdidas en la construcci?n de un nuevo paso cultural.

La segunda ruptura tuvo lugar en 1989. Tras la ca?da de los reg?menes comunistas no se produjo, como pod?a esperarse, el regreso a la fe; no se redescubri? que precisamente la Iglesia con el Concilio aut?ntico ya hab?a dado la respuesta. El resultado fue, en cambio, un escepticismo total, la llamada "posmodernidad". Seg?n esta, nada es verdad, cada uno debe buscarse la forma de vivir; se afirma un materialismo, un escepticismo pseudo-racionalista ciego que desemboca en la droga, en todos los problemas que conocemos, y de nuevo cierra los caminos a la fe, porque es muy sencilla, muy evidente. No, no existe nada verdadero. La verdad es intolerante; no podemos seguir ese camino.

Pues bien, en esos dos contextos de rupturas culturales ?la primera, la revoluci?n cultural de 1968; la segunda, la ca?da en el nihilismo despu?s de 1989?, la Iglesia ha seguido con humildad su camino entre las pasiones del mundo y la gloria del Se?or. En ese camino debemos crecer con paciencia, aprendiendo nuevamente lo que significa renunciar al triunfalismo. El Concilio dijo que era preciso renunciar al triunfalismo, pensando en el barroco, en todas las grandes culturas de la Iglesia. Se dijo: comencemos de modo moderno, de modo nuevo. Pero surgi? otro triunfalismo, el de pensar: nosotros ahora hacemos las cosas; nosotros hemos encontrado el camino, as? construimos el mundo nuevo. La humildad de la cruz, de Cristo crucificado, tambi?n excluye este triunfalismo. Debemos renunciar al triunfalismo seg?n el cual ahora nace realmente la gran Iglesia del futuro. La Iglesia de Cristo siempre es humilde y precisamente as? es grande y gozosa.

Me parece muy importante que ahora podamos ver claramente todo lo positivo que ha habido en el posconcilio: en la renovaci?n de la liturgia, en los S?nodos ?S?nodos romanos, S?nodos universales, S?nodos diocesanos?, en las estructuras parroquiales, en la colaboraci?n, en la nueva responsabilidad de los laicos, en la gran corresponsabilidad intercultural e intercontinental, en una nueva experiencia de la catolicidad de la Iglesia, de la unanimidad que crece en humildad y sin embargo es la verdadera esperanza del mundo.

As? pues, debemos redescubrir la gran herencia del Concilio, que no es un esp?ritu reconstruido tras los textos, sino que son precisamente los grandes textos conciliares rele?dos ahora con las experiencias que hemos tenido y que han dado fruto en tantos Movimientos, en tantas nuevas comunidades religiosas. Antes de mi viaje a Brasil ten?a yo la idea de que las sectas estaban creciendo y que la Iglesia cat?lica era un poco est?tica; sin embargo, ya estando all?, comprob? que casi todos los d?as nace en Brasil una nueva comunidad religiosa, un nuevo Movimiento. No s?lo crecen las sectas; tambi?n crece la Iglesia con nuevas realidades, llenas de vitalidad, que, aunque no llenan las estad?sticas ?esta es una esperanza falsa, pues no debemos divinizar las estad?sticas?, crecen en las almas y suscitan la alegr?a de la fe, hacen presente el Evangelio, promoviendo as? tambi?n un verdadero desarrollo del mundo y de la sociedad.

Por tanto, me parece que debemos combinar la gran humildad de Cristo crucificado, de una Iglesia que es siempre humilde y siempre atacada por los grandes poderes econ?micos, militares, etc., pero, juntamente con esta humildad, debemos aprender tambi?n el verdadero triunfalismo de la catolicidad, que crece en todos los siglos. Tambi?n hoy crece la presencia de Cristo crucificado y resucitado, el cual tiene y conserva sus heridas; est? herido, pero precisamente as? renueva el mundo; da su Esp?ritu, que renueva tambi?n a la Iglesia, a pesar de toda nuestra pobreza. Con este conjunto de humildad de la cruz y de alegr?a del Se?or resucitado, el Concilio nos dio una gran se?al para indicarnos el camino, a fin de que podamos avanzar con alegr?a y llenos de esperanza.

[Traducci?n distribuida por la Santa Sede
? Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana]
Publicado por verdenaranja @ 23:56  | Habla el Papa
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios