Lunes, 10 de septiembre de 2007
Homil?a que pronunci? Benedicto XVI el domingo, 9 de Septiembre de 2007, en la ma?ana en la celebraci?n eucar?stica que presidi? en la catedral San Esteban de Viena.


Queridos hermanos y hermanas
?Sine dominico non possumus!? Sin el don del Se?or, sin el D?a del Se?or no podemos vivir: as? respondieron en el a?o 304 algunos cristianos de Abitinia en la actual T?nez cuando, sorprendidos en la Celebraci?n eucar?stica dominical, que estaba prohibida, fueron conducidos ante el juez y se les pregunt? por qu?, de Domingo, hab?an celebrado la funci?n religiosa cristiana, a sabiendas que esto era castigado con la muerte. ?Sine dominico non possumus?. En la palabra dominico est?n enlazados indisolublemente dos significados, cuya unidad debemos de nuevo aprender a percibir. Se encuentra sobretodo el don del Se?or ? este don es El mismo: el Resucitado, de cuyo contacto y cercan?a los cristianos tienen necesidad para ser ellos mismos. Esto, sin embargo, no es s?lo un contacto espiritual, interno, subjetivo: el encuentro con el Se?or se inscribe en el tiempo a trav?s de un d?a preciso. Y de esta manera se inscribe en nuestra existencia concreta, corp?rea y comunitaria, que es temporalidad. Da a nuestro tiempo, y por tanto a nuestra vida en su conjunto, un centro, un orden interior. Para aquellos cristianos la Celebraci?n eucar?stica dominical no era un precepto, sino una necesidad interior. Sin Aquel que sostiene nuestra vida con su amor, la vida misma es vac?a. Abandonar o traicionar este centro quitar?a a la misma vida su fundamento, su dignidad interior y su belleza.

?Tiene relevancia esta actitud de los cristianos de entonces tambi?n para nosotros cristianos de hoy? S?, es v?lida tambi?n para nosotros, que tenemos necesidad de una relaci?n que nos sostenga y de orientaci?n y contenido a nuestra vida. Tambi?n nosotros tenemos necesidad del contacto con el Resucitado, que nos sostiene m?s all? de la muerte. Tenemos necesidad de este encuentro que nos re?ne, que nos dona un espacio de libertad, que nos hace mirar m?s all? del activismo de la vida diaria hacia el amor creador de Dios, del cual provenimos y hacia el cual vamos en camino.

Si volvemos con atenci?n al pasaje evang?lico de hoy, y escuchamos al Se?or que en ?l nos habla, nos asustamos. ?Quien no renuncia a toda su propiedad y no busca tambi?n todos los lazos familiares, no puede ser mi disc?pulo?. ?Quisi?ramos objetar: ?pero qu? cosa estas diciendo, Se?or? ?Acaso el mundo no tiene necesidad justamente de la familia? ?Acaso no tiene necesidad del amor paterno y materno, del amor entre padres e hijos, entre el hombre y la mujer? ?Acaso no tenemos necesidad del amor de la vida, necesidad de la alegr?a de vivir? ?Acaso no son necesarias tambi?n personas que inviertan en los bienes de este mundo y construyan la tierra que nos ha sido dada, de modo que todos puedan participar de sus dones? ?Acaso no nos ha sido confiada tambi?n la tarea de proveer al desarrollo de la tierra y de sus bienes? Si escuchamos mejor al Se?or y lo escuchamos en el conjunto de todo aquello que El nos dice, entonces comprendemos que Jes?s no exige de todos la misma cosa. Cada uno tiene su tarea personal y el tipo de seguimiento proyectado para ?l. En el Evangelio de hoy, Jes?s habla directamente de aquello que no es tarea de los muchos que se hab?an unido a El durante la peregrinaci?n hacia Jerusal?n, sino que es una llamada particular para los Doce (ap?stoles). Ellos, antes que nada, deben superar el esc?ndalo de la Cruz y luego deben estar preparados para dejar verdaderamente todo y aceptar la misi?n aparentemente absurda de ir hasta los confines de la tierra y, con su escasa cultura, anunciar a un mundo lleno de presunta erudici?n y de formaci?n ficticia o verdadera ? y en particular tambi?n a los pobres y a los sencillos- el Evangelio de Jesucristo. Deben estar preparados, sobre su camino en la vastedad del mundo, para sufrir en primera persona el martirio, y as? dar testimonio del Evangelio del Se?or crucificado y resucitado. Si la palabra de Jes?s esta dirigida principalmente a los Doce, su llamada naturalmente alcanza, m?s all? del momento hist?rico, todos los siglos. En todos los tiempos El llama a las personas a contar exclusivamente con El, a dejar todo lo dem?s y a estar totalmente a su disposici?n y de este modo a disposici?n de los dem?s: a crear oasis de amor desinteresado en un mundo, en el cual tantas veces parecen contar solamente el poder y el dinero. ?Agradecemos al Se?or, porque en todos los siglos nos ha donado hombres y mujeres que por amor suyo han dejado todo lo dem?s, haci?ndose signos luminosos de su amor! ?Basta pensar en personas como San Benito y Escol?stica, como Francisco y Clara, Isabel de Hungr?a y Eduviges de Polonia, como Ignacio de Loyola, Teresa de ?vila hasta Madre Teresa de Calcuta y Padre P?o! Estas personas, con toda su vida, se han convertido en una interpretaci?n de la palabra de Jes?s, que en ellos se hace cercana y comprensiva para nosotros. Oremos al Se?or, para que tambi?n en nuestro tiempo done a tantas personas el valor de dejarlo todo, para as? estar a disposici?n de todos.

Pero si ahora volvemos al Evangelio, podemos percatarnos de que el Se?or no habla solamente de algunos pocos y de su tarea particular; el sentido de aquello que El dice vale para todos. De qu? cosa se trata en ?ltima instancia, lo expresa una vez m?s de la siguiente manera: ?quien quiera salvar su vida, la perder?; pero quien pierda su vida por m?, ?se la salvar?. Pues, ?de qu? le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si ?l mismo se pierde o se arruina?? (Lc 9, 24s). Quien quiere solamente poseer la propia vida, tomarla solo para s? mismo, la perder?. Solo quien se entrega recibe su vida. Con otras palabras: solo aquel que ama encuentra la vida. Y el amor requiere siempre el salir de si mismo, requiere abandonarse a s? mismo. Quien mira hacia atr?s para buscarse y quiere tener al otro solamente para s?, justamente de este modo pierde a s? mismo y al otro. Sin ?ste m?s profundo perderse a s? mismo no hay vida. El inquieto anhelo de vida que hoy no da paz a los hombres acaba en el vac?o de la vida perdida. ?quien pierda su vida por m텻, dice el Se?or: un dejar a s? mismo, en modo m?s radical, es posible solo si con ello al final no se cae en el vac?o, sino en las manos del Amor eterno. Solo el amor de Dios, que ha perdido a s? mismo por nosotros entreg?ndose a nosotros, hace posible tambi?n para nosotros el ser libres, de dejar perder y as? encontrar verdaderamente la vida. Este es el concepto que el Se?or quiere comunicarnos en el pasaje evang?lico tan aparentemente duro de este Domingo. Con su palabra El nos dona la certeza de que podemos contar con su amor, con el amor de Dios hecho hombre. Reconocer esto es la sabidur?a de la cual habla la lectura de hoy. Aqu? tambi?n vale la afirmaci?n de que de nada sirve todo el saber del mundo, si no aprendemos a vivir, si no aprendemos qu? cosa verdaderamente es importante en la vida.

?Sine dominico non possumus!?. Sin el Se?or y el d?a que Le pertenece no se realiza una vida bien lograda. El Domingo, en nuestras sociedades occidentales, se ha transformado en un fin de semana, en tiempo libre. El tiempo libre, especialmente en la prisa del mundo moderno, ciertamente es una cosa bella y necesaria. Pero si el tiempo libre no tiene un centro interior, del cual proviene una orientaci?n en su conjunto, acaba por ser tiempo vac?o que no nos fortalece y recrea. El tiempo libre necesita de un centro ?el encuentro con Aquel que es nuestro origen y nuestra meta. Mi gran predecesor en la sede episcopal de Munich y Freising, el Cardenal Faulhaber, lo expres? una vez de la siguiente manera: ?Da al alma su Domingo, da al Domingo su alma?.

Precisamente porque en el Domingo se trata en profundidad el encuentro, en la Palabra y en el Sacramento, con el Cristo resucitado, el alcance de este d?a abraza la realidad entera. Los primeros cristianos han celebrado el primer d?a de la semana como D?a del Se?or, porque era el d?a de la resurrecci?n. Sin embargo muy pronto la Iglesia tom? conciencia tambi?n del hecho de que el primer d?a de la semana es el d?a de la ma?ana de la creaci?n, el d?a en el que Dios dijo ?Haya luz? (Gn 1,3). Por esto el Domingo es para la Iglesia tambi?n la fiesta semanal de la creaci?n ?la fiesta del agradecimiento y de la alegr?a por la creaci?n de Dios. En una ?poca, en la cual, a causa de nuestras intervenciones humanas, la creaci?n parece expuesta a m?ltiples peligros, tendr?amos que acoger conscientemente inclusive esta dimensi?n del Domingo. Para la Iglesia primitiva, el primer d?a, despu?s, ha asimilado progresivamente tambi?n la herencia del s?ptimo d?a, el ?abbat. Participamos en el reposo de Dios, un reposo que abraza a todos los hombres. As? percibimos en este d?a un poco de la libertad y de la igualdad de todas las creaturas de Dios.

En la oraci?n de este Domingo recordamos principalmente que Dios, mediante su Hijo, nos ha redimido y adoptado como hijos amados. Luego le pedimos que mire con benevolencia a los creyentes en Cristo y que nos done la verdadera libertad y la vida eterna. Rezamos por la mirada de bondad de Dios. Nosotros mismos tenemos necesidad de esta mirada de bondad, m?s all? del Domingo, hasta la vida de cada d?a. Al orar sabemos que esta mirada ya nos ha sido donada, es m?s, sabemos que Dios nos ha adoptado como hijos, nos ha acogido verdaderamente en la comuni?n consigo mismo. Ser hijo significa ? lo sab?a muy bien la Iglesia primitiva- ser una persona libre, no un siervo, sino uno que pertenece personalmente a la familia. Y significa ser heredero. Si nosotros pertenecemos a aqu?l Dios que es el poder sobre todo poder, entonces no tememos y somos libres. Y somos herederos. La herencia que El nos ha dejado es El mismo, su Amor. S?, Se?or, haz que este conocimiento nos penetre profundamente en el alma y que as? aprendamos el gozo de los redimidos. Am?n.

[Traducci?n realizada por ?Radio Vaticano?
? Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana]
Publicado por verdenaranja @ 0:25  | Habla el Papa
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