Domingo, 16 de septiembre de 2007
ZENIT publica la intervenci?n que pronunci? el cardenal Renato R. Martino, presidente del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz el 7 de septiembre en el XII Congreso Internacional de la Comisi?n Internacional de Pastoral Penitenciaria Cat?lica ?Pastoral Penitenciaria ? La misi?n de la Iglesia?.


Deseo, en primer lugar, saludar respetuosamente a todos los participantes en este XII Congreso Mundial de Pastoral Penitenciaria Cat?lica. Les expreso igualmente mi alegr?a por encontrarme aqu?, en medio de todos Ustedes, Obispos, Sacerdotes, Religiosos, Religiosas y Fieles cristianos laicos que hacen concreta y tangible la misericordia y la compasi?n del Buen Samaritano entre todos aquellos que componen el mundo penitenciario. S?, Ustedes con su compromiso cristiano representan el rostro de la Iglesia, una Iglesia que quiere ser madre y servidora de todos, especialmente de los m?s d?biles. Una Iglesia samaritana que se acerca a sus hijos heridos por el dolor y la necesidad, hambrientos de justicia, de paz y de misericordia.

La misi?n de la Iglesia y el mundo penitenciario.

El mayor servicio que la Iglesia ofrece a los hombres y mujeres de todos los tiempos, de todas las latitudes y en todas las circunstancias, es el de evangelizarlos. La Exhortaci?n apost?lica Evangelii nuntiandi, afirma que la evangelizaci?n es para la Iglesia su ?dicha y vocaci?n propia... su identidad m?s profunda. Ella existe para evangelizar? [1], para provocar el encuentro del hombre con Cristo, su cometido fundamental es, en efecto, ?dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo, ayudar a todos los hombres a tener familiaridad con la profundidad de la Redenci?n, que se realiza en Cristo Jes?s? [2].

Evangelizar es la prioridad suprema de la Iglesia. La necesidad m?s profunda del alma humana es buscar a Dios. Ustedes en las c?rceles, en primera l?nea, han palpado esta urgente necesidad, quieren despertarla y proponer caminos para satisfacerla, convencidos de que no es algo imposible de lograr, porque Dios se ha hecho hombre, ha venido al mundo para que los hombres que lo buscan lo puedan encontrar. Porque Jesucristo, como ha afirmado Juan Pablo II en el Jubileo del a?o 2000, sale siempre al encuentro del hombre, de todo hombre, cualquiera que sea su situaci?n.

Los agentes de pastoral penitenciaria tienen la gran misi?n de ser instrumentos que preparen el terreno para que se d? este encuentro. A ello est?n dirigidas todas sus actividades pastorales, porque ser y vivir como cristianos no nace de una buena intenci?n o de una gran idea, sino del encuentro con una Persona, Jesucristo, encuentro que a todos, particularmente a quienes se encuentran en situaciones de dificultad, conduce a creer en el amor [3]. Es ?sta la inspiraci?n de fondo, el mandamiento nuevo del amor, la que debe motivar toda acci?n al servicio de los dem?s, es esta experiencia la que representar? la prueba fehaciente de que los agentes pastorales han tenido una verdadera experiencia de encuentro con Dios, en Jesucristo [4]. S?lo as? no se perder? la ruta hacia la cual deben dirigirse todas sus actividades en las prisiones, es decir, a provocar el encuentro personal de cada prisionero con Jesucristo, camino de libertad plena para todos. Junto con esta alt?sima misi?n de hacer que los hombres y mujeres en las c?rceles se encuentren con Dios, Ustedes tienen a la vez la oportunidad y la gracia de encontrar a Dios en los hombres y mujeres de las c?rceles, de evangelizar y de ser evangelizados.

El eje central de la evangelizaci?n: la fidelidad.

La evangelizaci?n tiene un eje central: la fidelidad. Fidelidad al mensaje de salvaci?n que se anuncia y fidelidad a los hombres y mujeres a los que se ha de transmitir intacto y vivo; no manipulado, no desgastado, no reducido, a nada ni a nadie sometido [5]. Manteniendo esta fidelidad, los agentes de la pastoral penitenciaria deber?n buscar y encontrar los medios para transmitir el Mensaje de salvaci?n a quienes viven en las prisiones.

El primero de estos medios ser? el del testimonio [6]. Un testimonio de vida coherente con el mensaje de Cristo que se predica en las prisiones, debe acompa?ar siempre el anuncio expl?cito, para despertar la inquietud por Cristo de quienes ven y escuchan, porque ?la caridad de las obras corrobora la caridad de las palabras? [7].

Tengan la certeza de que su labor pastoral entre los encarcelados es important?sima para la vida y misi?n de la Iglesia, porque ?el testimonio evang?lico, al que el mundo es m?s sensible, es el de la atenci?n a las personas y el de la caridad para con los pobres y los peque?os, con los que sufren. La gratuidad de esta actitud y de estas acciones, que contrastan profundamente con el ego?smo presente en el hombre, hace surgir unas preguntas precisas que orientan hacia Dios y el Evangelio? [8]. El lenguaje que mejor entiende y motiva m?s al hombre de hoy es el del servicio, especialmente el que se ofrece a los m?s d?biles. La opci?n preferencial por los pobres ha sido y contin?a siendo vital para la misi?n de la Iglesia, porque la pone a prueba y la fortalece, y tambi?n porque servir y promover a los pobres significa crecer en humanidad. La predicaci?n evang?lica, acompa?ada de su testimonio, es semilla de justicia, de paz y de misericordia, que con la gracia de Dios, germina siempre, produciendo frutos de verdadera liberaci?n, no obstante la maleza que la rodea.

Evangelizar indica un proceso, un camino ininterrumpido por recorrer, camino de renovaci?n interior, de continua conversi?n personal, de liberaci?n aut?ntica, camino que necesariamente evita las ideolog?as y las alianzas pol?ticas de parte. El evangelizador de las prisiones debe ser un ferviente cultivador de la verdad, porque es la verdad la que hace libres. La ideolog?a es contraria a la verdad, de aqu? un punto de vital importancia para el agente de pastoral, para el disc?pulo de Aquel que se nos revel? como Camino, Verdad y Vida. El evangelizador del mundo penitenciario, por fidelidad a la verdad del mensaje que anuncia y por fidelidad a quienes lo anuncia, debe estar libre de ideolog?as de cualquier color, de izquierdas o de derechas, de las que quieren callar la denuncia o de las que buscan silenciar el anuncio; las ideolog?as siempre fomentan el odio y la divisi?n, enconan las heridas en lugar de sanarlas. La sabidur?a evang?lica ense?a claramente lo que la experiencia humana comprueba siempre, que la violencia no puede sino generar violencia, nunca justicia, ni paz, ni reconciliaci?n. Ser?a una grave contradicci?n combatir las situaciones injustas que denunciamos con las mismas armas que utilizan quienes las provocan, ser?a desastroso que aquellos que son identificados como instrumentos de paz, predicadores de reconciliaci?n, quisieran vencer la violencia recurriendo a ella, acabar con la marginaci?n marginando, luchar contra la corrupci?n corrompiendo.

La pastoral penitenciaria, pastoral de la misericordia.
Las Sagradas Escrituras, especialmente los Evangelios, nos confirman que la Misericordia es absolutamente necesaria para ser seguidores de Jes?s, porque el Se?or no la recomienda o aconseja. El Se?or la manda: ?Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso? (Lc, 6,36). Para que sea autentica misericordia ha de practicarse sin distinci?n de personas, a semejanza del Padre celestial. Esta virtud debe estar particularmente presente entre los miembros de la pastoral penitenciaria, como un signo de contradicci?n en una sociedad que ve a la misericordia como una debilidad, que busca expulsar de su vida la benevolencia y la compasi?n, que excluye y se olvida de quienes han fallado y los considera indignos de seguir formando parte de ella. Una sociedad que, sin embargo, no est? carente de responsabilidad frente a quienes han cometido un delito. Quien se encuentra en prisi?n descontando una pena ?ha nacido y crecido en una sociedad, en la que se ha formado y de la cual ha tenido las posibilidades concretas para su vivir y actuar. Su comportamiento es tambi?n un fracaso de la sociedad, no sin responsabilidades compartidas, en el generar o conservar l?gicas y estructuras insolidarias o inadecuadas para el bien com?n, en el consentir de hecho modelos y estilos de vida que facilitan o al menos consienten profundas deformaciones interiores y comportamientos desviados? [9]. S?lo por citar un ejemplo, una de las causas por las que muchos hombres y mujeres j?venes se encuentran en prisi?n es el comercio y consumo de drogas. Esto tiene otras causas de fondo, entre ellas la pobreza, la disgregaci?n de la familia, la cultura hedonista que nos rodea, el fomento del culto al poder y al aparecer Muchos de los hombres y mujeres que viven privados de libertad han tenido menos oportunidades en la vida, carentes de educaci?n, de una familia integrada, de medios econ?micos suficientes para una vida digna, circunstancias que no cancelan su responsabilidad personal, pero s? la disminuyen.

El Rostro de Cristo, luz que ilumina el servicio de la Pastoral Penitenciaria
S?lo con la luz de la fe cristiana podemos descubrir al Dios escondido en la carne maltratada y en el coraz?n contrito de los hombres y mujeres que sufren en las prisiones y contemplar el Rostro de Cristo en cada uno de los encarcelados. Es a la luz de este Rostro que surgen nuevos horizontes y se fortalece la esperanza para quienes est?n comprometidos en servir a la gente del mundo penitenciario, en las m?ltiples y complejas ?reas que abarca este servicio pastoral:

- En la defensa de los derechos humanos de los encarcelados [10]
Uno de los desaf?os m?s urgentes de la pastoral penitenciaria es la defensa de los derechos humanos de las personas privadas de su libertad, ?sta es una obra de misericordia de vital importancia. La violaci?n de los derechos humanos en las prisiones provoca mayor marginaci?n, exclusi?n y sufrimiento. La primera pobreza es cuando los derechos humanos no son respetados. Uno de los casos m?s evidentes de pobreza, en este sentido, es cuando la vida de una persona humana es suprimida. La Iglesia cree y proclama que los derechos humanos son universales, inviolables e inalienables, que deben ser protegidos, no individualmente sino en su totalidad, que debemos de trabajar para superar la distancia entre la letra y el esp?ritu de los derechos humanos.

La defensa y promoci?n de los derechos fundamentales de la persona humana forma parte de la misi?n pastoral de la Iglesia, comenzando por el derecho a la vida. Reitero aqu?, una vez m?s, la posici?n de rechazo a la pena de muerte y el apoyo a las iniciativas que tienen como objetivo defender la vida, desde la concepci?n hasta la muerte natural. La pena de muerte empobrece a la sociedad que la leg?tima y comete, porque corre graves peligros, como el de castigar a personas inocentes, fomentar la venganza antes que la aut?ntica justicia social. La pena de muerte es una ofensa clara de la inviolabilidad de la vida humana y, para quienes creemos en el Dios de la vida y de la misericordia, representa un desprecio de la ense?anza evang?lica del perd?n [11]. No se puede castigar un crimen con otro crimen, la pena de muerte no hace justicia a las v?ctimas, y afirma un principio grav?simo, es decir, que ?en ciertos casos la vida humana puede ser deliberadamente suprimida, a juicio de quien tiene el poder pol?tico necesario para decidir cuando y por qu? la vida de una persona se conf?a al juicio y a la decisi?n de alguien. La pena de muerte se quiere justificar en nombre del bien com?n, un bien que no ha sido tutelado. Y precisamente quien no ha sabido o no ha podido tutelarlo, declara querer hacerlo suprimiendo la vida de una persona culpable (declar?ndose as? inocente), y renunciando, precisamente, con esa decisi?n a perseguir el bien com?n, que necesariamente incluye el bien de la persona condenada. Se quiere resolver la peligrosidad social del culpable suprimiendo su vida, sin prever a ello con otras medidas posibles. Debemos preguntarnos: ?existe un peligro social mayor que el de poder suprimir la vida de una persona?? [12].

- En la b?squeda de alternativas
La Iglesia con su servicio pastoral al mundo, del que la realidad carcelaria forma parte, ofrece un punto de referencia moral para la formaci?n de las conciencias, para la renovaci?n moral de la sociedad y de sus estructuras. El cristiano, a la luz del Rostro de Cristo, confinado en las prisiones, debe sentirse impulsado por la misericordia a trabajar en su servicio, haciendo todo lo que deba y pueda para cambiar la situaci?n inhumana en que viven la mayor?a de los encarcelados.

Los agentes que evangelizan el mundo de las c?rceles deben impulsar y colaborar en todas aquellas iniciativas que favorezcan la renovaci?n del sistema penitenciario, con creatividad y esperanza impulsarlo para que ?ste busque alternativas a la reclusi?n, evite que las penas sean desproporcionadas al delito cometido y a las circunstancias del encarcelado o detenido. Por otra parte, si bien es cierto que a la pastoral penitenciaria como instituci?n de la Iglesia no le compete declarar culpables o inocentes, formular las leyes, administrar la justicia en una sociedad, s? tiene el derecho y el deber de denunciar todas aquellas situaciones que lesionan la dignidad de la persona humana, de proponer el Evangelio y los principios de su doctrina social para colaborar en la formaci?n de las conciencias de quienes tienen la obligaci?n de administrar la justicia, incluidas las autoridades y guardias carcelarios, promover la reflexi?n sobre el sentido de las penas, abrir horizontes a iniciativas que vuelvan m?s humano el sistema penitenciario, apelar a la conciencia de la sociedad y de sus instituciones. La Iglesia debe unir fuerzas con las dem?s instituciones de la sociedad para fomentar y fortalecer medidas para la prevenci?n del delito y para la reinserci?n en la sociedad de quienes salen de las prisiones. Los agentes de la pastoral penitenciaria pueden realizar y realizan en este campo una labor encomiable;

- En todas las situaciones que encuentran.
Existen situaciones que requieren una mayor reflexi?n, y que se han tratado ampliamente y deber?n seguirse tratando, siempre a la luz del Evangelio. Me refiero brevemente a algunas de estas situaciones:
- La atenci?n y cuidado de las v?ctimas del delito. ?stas han sufrido a causa de los errores de otros, una especial atenci?n se les debe brindar tambi?n a ellas, para evitar que se hundan en la tristeza, la desesperanza o el deseo de venganza. Cuando han sido objeto de un mal reparable, en justicia se debe reparar, pero siempre a la luz de la misericordia de Dios que abre horizontes para el perd?n, la reconciliaci?n y la pacificaci?n. En el compromiso de la pastoral penitenciaria no deben ser olvidadas.
- La denuncia prof?tica de toda clase de tortura en las prisiones. Una sociedad que se considere civilizada, democr?tica y moderna debe hacer todo lo posible por cancelar todo tipo de pr?cticas que degradan f?sica y moralmente a las personas en prisi?n.
- El cuidado de las familias de los detenidos, porque ?stas generalmente se convierten en otras personas castigadas, y con frecuencia soportan un peso mayor que la condena que sus familiares cumplen privados de su libertad f?sica. Las mujeres, especialmente las madres de familia deben solas velar por el sustento y la educaci?n de los hijos. Ellos son, con mucha frecuencia, los miembros m?s vulnerables en el amplio espectro del mundo penitenciario. La pastoral penitenciaria cat?lica, y la Iglesia toda, tiene un desaf?o muy importante en implementar una pastoral familiar para los miembros de las familias en condiciones particularmente vulnerables. Las comunidades parroquiales, particularmente aquellas a las que pertenecen estas familias, deben implicarse para aliviar, con la caridad de los miembros de la comunidad, las necesidades de las familias de los prisioneros. La primera acci?n ser? la de evitar cualquier marginaci?n.
- La concienciaci?n de la sociedad. La sociedad no puede cerrar los ojos, no puede ser indiferente ante la realidad penitenciaria, si bien es cierto que cada uno es responsable de sus actos, es tambi?n cierto que a la sociedad le corresponde parte de la responsabilidad, y en base a esa responsabilidad ella debe ponerse en movimiento para remediar o prevenir el delito. Una sociedad que simplemente identifica al culpable y lo condena, evita cuestionarse a s? misma, sus criterios, estilos de vida, opciones y estructuras.

La Pastoral Penitenciaria, una misi?n eclesial.

Soy consciente de que el servicio pastoral de la Iglesia en las prisiones es muy amplio y abarca diversas ?reas y sectores, me he limitado a mencionar s?lo algunos. Quiero ahora, antes de terminar, subrayar algo que me parece muy importante, basado en lo que hasta aqu? he propuesto para la reflexi?n sobre el tema que me han asignado. Se trata de la identidad de la Comisi?n Internacional y de las Comisiones Nacionales de Pastoral Penitenciaria Cat?licas.

Cada Comisi?n de pastoral se organiza y estructura de acuerdo a su realidad concreta, lo importante es no olvidar que el servicio en las c?rceles es un trabajo de Iglesia. La Comisi?n Internacional de Pastoral Penitenciaria Cat?lica es una ONG oficialmente reconocida, pero su identidad eclesial es important?sima, a partir de ella se entiende lo que hace, c?mo lo hace y por qu? lo hace. A partir de su identidad eclesial se formulan los programas, los medios y los tiempos de sus actividades. A partir de su identidad eclesial entiende y realiza mejor tambi?n la colaboraci?n con otras organizaciones de otras religiones que trabajan a favor de los encarcelados. El ecumenismo en el marco del servicio a los encarcelados es un tema que requiere una reflexi?n amplia y profunda.

La identidad eclesial de la pastoral penitenciaria requiere la fidelidad a Dios y al hombre en la Iglesia. La comuni?n es a la vez el horizonte y la fuente de energ?a para realizar los planes de Dios a favor del hombre, la restauraci?n de su dise?o de amor por los hombres en los ambientes carcelarios. El principal servicio es anunciar el evangelio de la dignidad del hombre, revelar el hombre al hombre mismo, esto se realiza s?lo a la luz de Cristo en la Iglesia. El lema de la Comisi?n Internacional de Pastoral Penitenciaria Cat?lica, habla por s? solo: Vinculum unitatis. Todas las actividades y servicios que se realizan en este campo, y en todos los campos de la pastoral de la Iglesia, ser?n fecundos si se hacen en unidad, si se realizan en comuni?n. As?, el sacerdote que sirve a sus hermanos y hermanas en dificultad, no las sirve a titulo personal, es un ap?stol, un enviado por su Obispo, y el Obispo, como primer responsable de su comunidad, quiere con la colaboraci?n de sus sacerdotes, cuidar de quienes Dios le ha confiado. Entre quienes le ha confiado no exclusiva, pero s? preferencialmente est?n los pobres, los m?s d?biles, y entre estos se encuentran los encarcelados.

El trabajo que Ustedes realizan en las prisiones es de los m?s exigentes, cada uno de los agentes pastorales penitenciarios se enfrenta a retos y desaf?os enormes que no deben ni pueden afrontar solos y desarmados, de aqu? que es necesario estar insertados en una comunidad eclesial y en un proceso de formaci?n integral permanente.

Les deseo un fecundo trabajo de oraci?n, estudio y convivencia en estos d?as del Congreso, a la vez que les expreso mi admiraci?n y agradecimiento por su compromiso de servir a Cristo en las prisiones. -------------------------NOTAS
[1] Evangelii nuntiandi, 14.

[2] Redemptor hominis, 10.

[3] Cf. Deus caritas est, 1.

[4] Cf. Novo Millennio Ineunte, 42.

[5] Cf. Evangelii nuntiandi, 4.

[6] Cf. Id., 41.

[7] Novo millennio ineunte, 50.

[8] Redemptoris missio, 42.

[9] S. Bastianel: ?Pena di morte. Considerazioni etiche?: AA.VV. Chi ? senza peccato scagli la prima pietra. La pena di morte in discussione, PUG, Roma 2007, p. 81.

[10] Remito para la ampliaci?n del argumento, a las actas del Seminario Internacional sobre los Derechos Humanos de los Presos, organizado conjuntamente por el Pontificio Consejo ?Justicia y Paz? y la Comisi?n Internacional de la Pastoral Penitenciaria Cat?lica, Roma, 1 ? 2 de marzo de 2005.

[11] Cf. Evangelium vitae, 56: Santa Sede, Declaraci?n con motivo del congreso mundial sobre la pena de muerte celebrado en Par?s, 7 de febrero de 2007.

[12] S. Bastianel, op. cit., pp. 86 ? 87.
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