Mi?rcoles, 26 de septiembre de 2007
Ilusi?n por la santidad


Nos podr?a sorprender, en una primera apreciaci?n, el fragmento evang?lico que hoy consideramos. Ese hombre, mal trabajador, que no es honrado con el dinero que administra, recibe, sin embargo, por su h?bil estratagema ?especialmente injusta, por otra parte? la alabanza de su se?or. El hombre rico, el se?or, como siempre representa a Dios. Y, en este caso, declara admirable la actitud final de su criado, aunque hubiera sido asimismo digno de condena, por su injusticia y falta de lealtad. Existe, pues, algo en el comportamiento del administrador infiel que debemos los cristianos aprender.

Naturalmente, en ning?n momento dice Jes?s que la conducta del administrador deba tomarse, en su conjunto, como ejemplo. M?s a?n, aprueba la actitud del hombre rico, que despide al administrador por su mala gesti?n que, de hecho, en absoluto se revela o protesta por la decisi?n de su amo. La vida del empleado es, pues, una vida delictuosa, aunque, bien es cierto, con alg?n rasgo decididamente admirable.

La vida de los hombres nunca es, como es sabido, del todo buena o mala. Pero no es infrecuente, sin embargo, encontrar personas a las que nada les parece que deben mejorar. A efectos pr?cticos, su comportamiento cotidiano concreto y su vida en general estar?an ya suficientemente bien. No necesitan, por consiguiente, complicarse con hipot?ticas posibilidades de rectificar para bi?n. Para otro tipo de personas, por el contrario, las cosas son bien diferentes. Tienen una impresi?n tan negativa de s? mismos, que se consideran incapaces de lo bueno: en toda su conducta les parece observar aspectos negativos; lo que, tal vez, les induce a desistir de mejorar, pues, en cualquier caso, siempre arrastrar?n de un modo u otro defectos.

La realidad franca y desapasionada de cada uno nos manifiesta, m?s bien, que el comportamiento diario es consecuencia de una serie de virtudes y defectos. Esos h?bitos de la conducta, que a todos nos afectan, acaban teniendo en ocasiones manifestaciones pr?cticas muy patentes. As? sucede, por ejemplo, con el administrador de la par?bola. De tal modo parece que proced?a dolosamente en su trabajo, que hasta lleg? a o?dos de su se?or. Tal vez su avaricia, su comodidad, su ego?smo, o cualquier otro de sus defectos, resultaban ya patentes a los ojos de los dem?s. Pero no era, sin embargo, todo negativo en aquel hombre. Su sagacidad y astucia, su h?bil inteligencia..., pero puesta al servicio del bien, podr?an ser buenas armas para trabajar por su se?or; una vez corregidos, naturalmente, los vicios que hac?an intolerable por m?s tiempo espacio su permanencia al frente de la administraci?n.

Siendo sinceros con nosotros mismos, contempl?ndonos con la franqueza de sabernos conocidos a la perfecci?n por Dios, Se?or y Padre nuestro, advertimos en nosotros conductas en parte buenas y malas. En el origen de cada acci?n nuestra ?que es en la pr?ctica un acto de amor o de desamor con Dios? existe un rasgo de nuestro car?cter que condiciona ese comportamiento y que convendr? alentar o, por el contrario, corregir. Es preciso, por tanto, poner inter?s en ello, pues est? en juego nuestro amor a Dios.

Al hilo de esta par?bola que hoy nos ofrece la Iglesia, fij?monos en si nos esmeramos, como el administrador infiel, en emplear nuestros mejores recursos de tes?n, de amistades, de inteligencia..., de ingenio humano en una palabra, pero al servicio de nuestra santidad y de la extensi?n del Reino de los Cielos. Pues, parece Jes?s manifestar, para verg?enza no pocas veces de los que desean serle fieles, que los hijos de este mundo son m?s sagaces en lo suyo que los hijos de la luz. Nos vendr? muy bien, en efecto, sentirnos avergonzados, y reconocer que bastantes se mueven ?y mucho? buscando lo suyo, ego?stamente incluso, sin un ideal sobrenatural, pero con gran eficacia. Dir?amos que hacen muy bien el mal; que de hecho se desviven por ideales en el fondo peque?os y rid?culos, vistas las cosas, como debe ser, con ojos sobrenaturales, con los ojos de la fe. Los hijos de Dios, en cambio, parecemos est?ticos frente a ellos: como si no estuvi?ramos bastante convencidos de lo que ganamos sirviendo a Dios. Como si no am?ramos a Dios lo bastante; como si no nos valiera la pena.

Santa Mar?a, nuestra Madre, nos abrir? como a ni?os los ojos de la ilusi?n, para ver m?s y m?s claro cada d?a el brillo inigualable del ideal de Jesucristo.


Publicado por verdenaranja @ 23:10  | Espiritualidad
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