Mi?rcoles, 26 de septiembre de 2007
Dios quiere nuestra salvaci?n



No puede sino asombrarnos la escena evang?lica que nos presenta la Iglesia en la fiesta de San Mateo. Se trata precisamente de las circunstancias que rodearon a la llamada a seguirle, que Jes?s dirigi? al que ser?a el ap?stol y evangelista del primer evangelio, cuando pasaba junto a donde recaudaba impuestos. Mateo se ocupaba, como publicano, de cobrar el tributo que la autoridad romana exig?a al pueblo de Israel. Entre otras, era ?sta una de las obligaciones que pesaba sobre el pueblo elegido, como consecuencia de haber sido dominados pol?tica y militarmente por los romanos.

Podr?amos detenernos en bastantes detalles del relato, que no deben pasarnos inadvertidos: la majestad de Jes?s que, sin m?s, llama mientras va pasando a seguirle de por vida; lo que descubrir?a Mateo: hombre pr?ctico como pocos, sin duda, dif?cil de enga?ar, para que una sola palabra de Jes?s le bastara para comprender n?tidamente que val?a la pena cambiar su vida actual por el seguimiento de Cristo; el entusiasmo suyo tras la decisi?n, que le lleva a organizar una fiesta invitando a sus amigos; la actitud, en cambio, de los fariseos, que parecen incapaces de ver con buenos ojos algo de lo que el Se?or realiza; el af?n salvador, en fin, de Jesucristo: no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores, concluye.

Podemos, esta vez, detenernos precisamente en esto ?ltimo, que parece inundar el alma del Se?or, y as? lo manifiesta en bastantes momentos de su paso por la tierra: Al ver a las multitudes se llen? de compasi?n por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor...; tanto am? Dios al mundo que le entreg? a su Hijo Unig?nito, para que todo el que cree en ?l no perezca, sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envi? a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por ?l...; no tem?is, peque?o reba?o, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino. En muchos m?s momentos manifiesta Jes?s el cari?o divino a los hombres. En la conversi?n con Zaqueo, otro colega de Mateo, que era jefe de publicanos y lo hospeda en su casa, Jes?s manifiesta: Hoy ha llegado la salvaci?n a esta casa, pues tambi?n ?ste es hijo de Abrah?n; porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.

Parece necesario, con una necesidad gozosamente imprescindible, que nos sintamos muy queridos por Dios. Conviene que meditemos hasta el fondo, en la medida de nuestras fuerzas humanas ?aunque siempre sean peque?as, de pobre criatura? que un gran Amor nos quiere, y ha pensado para los hombres la mayor de las felicidades posibles. Aunque no sea f?cil de entender, porque habitualmente pensamos en t?rminos de derechos y de obligaciones ?seg?n una l?gica humana?, el plan creador de Dios, que hace posible nuestra existencia, nos conduce ?si libremente somos d?ciles a ?l? al inimaginable deleite de su intimidad. No cabe pensar en mayor bien que aqu?l que de suyo satisface cada potencia de nuestra carne y nuestro esp?ritu.

No se trata, desde luego, de una cuesti?n de derechos adquiridos, que logremos en virtud de unos ciertos m?ritos. Dir?amos ?para entendernos? en una cuesti?n en la que las palabras resultar?n siempre pobres, que as? ha sido el plan de Dios Gratuitamente nos ha amado, sin iniciativa alguna de nuestra parte; y no tenemos, al respecto, nada que decir, nada que objetar que sea razonable. Lo cual ser?a tan absurdo como plantear objeciones a que las personas en este mundo sean hombres o mujeres, o que caminamos habitualmente sobre nuestros pies. Se trata, en efecto, de un convencimiento primario, b?sico de la fe cristiana: la vida del hombre ?nicamente se consuma en Dios; y en ?l y s?lo en ?l, compartiendo su Vida Eterna, logra el hombre su plenitud.

La llamada al apostolado de Mateo, disc?pulo del Se?or y, como ve?amos, autor del primer evangelio; por las circunstancias que la rodearon, es una manifestaci?n pr?ctica y eficaz del deseo salvador universal divino, concretado por Jesucristo al llegar a la plenitud de los tiempos, en palabras de San Pablo. Cabr?a pensar que los justos, por su justicia, ya caminan con sus pasos orientados hacia Dios. Se apoyan en la Gracia ?efecto primario de la Redenci?n? en su progreso hacia la santidad. Pero los pecadores, los que viven de modo habitual en la injusticia, en franca oposici?n a los preceptos divinos, esos precisan m?s; esos s? que necesitan una asistencia m?s espec?fica, que los anime a retirarse de sus desv?os, cuando ejercitan su libertad. Les es tanto m?s necesaria esa ayuda, cuanto menos la echan en falta, porque, siendo imprescindible para la salvaci?n, para la felicidad completa, no la quieren. Son, evidentemente ?aunque no sepan? los m?s necesitados de auxilio divino.

No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores. Parece la declaraci?n m?s sencilla y sincera que se podr?a hacer acerca del amor de Dios, y as? se expresaba Jesucristo, Dios mismo encarnado. Dios, que quiere que todos los hombres se salven, como manifiesta el Ap?stol a su disc?pulo Timoteo, no se comporta, en Jes?s como tantas veces los humanos, que excluimos de nuestro trato ?casi sistem?ticamente? a quienes nos ofenden. Nuestro Se?or vino al mundo porque los hombres ?simplificando? somos malos, pecadores. He ah? la raz?n de su venida, tomando carne humana de Santa Mar?a. Su vida de infancia y de trabajo en este mundo nuestro, su predicaci?n y su Pasi?n, muerte y Resurrecci?n, han sido s?lo por amor al g?nero humano: para que podamos alcanzar aquella Gloria a la que el hombre fue destinado. Pero siempre en raz?n del pecado y de los pecadores: los pecados y nuestra maldad, atraen el amor de Dios.

Que el entusiasmo agradecido de Mateo, en su nueva vida con Cristo, nos contagie tambi?n a cada uno, y nos ayude a contemplar a Nuestro Se?or, como el amigo incondicional que nunca se desdice de su amistad, aunque no seamos merecedores de ella. Sin duda, con esa actitud nos sentiremos m?s dispuestos a evitar lo que ofende a Dios; m?s a?n, desearemos agradarle con amor en nuestro comportamiento de cada d?a.

La Madre de Dios, Madre nuestra, aliente esos deseos.


Publicado por verdenaranja @ 23:15  | Espiritualidad
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