Mi?rcoles, 03 de octubre de 2007
Homil?a que pronunci? Benedicto XVI en la catedral de la localidad italiana de Velletri, el 23 de septiembre, al realizar una visita pastoral a esa di?cesis.


Queridos hermanos y hermanas:

De buen grado he vuelto a vosotros para presidir esta solemne celebraci?n eucar?stica, respondiendo as? a vuestra reiterada invitaci?n. He vuelto con alegr?a para encontrarme con vuestra comunidad diocesana, que durante varios a?os fue, de modo singular, tambi?n m?a y sigue siendo siempre muy querida.

Os saludo a todos con afecto. En primer lugar, saludo al se?or cardenal Francis Arinze, que me ha sucedido como cardenal titular de esta di?cesis. Saludo a vuestro pastor, el querido mons. Vincenzo Apicella, a quien agradezco las hermosas palabras de bienvenida con las que ha querido acogerme en vuestro nombre. Saludo a los dem?s obispos, a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas, a los agentes pastorales, a los j?venes y a todos los que est?n activamente comprometidos en las parroquias, en los movimientos, en las asociaciones y en las diversas actividades diocesanas. Saludo, asimismo, al comisario de la prefectura de Velletri, a los alcaldes de los ayuntamientos de la di?cesis de Velletri-Segni, y a las dem?s autoridades civiles y militares que nos honran con su presencia.

Saludo a los que han venido de otras partes y, en particular, de Alemania, de Baviera, para unirse a nosotros en este d?a de fiesta. Mi tierra natal est? unida a la vuestra por v?nculos de amistad: testigo de esta amistad es la columna de bronce que me regalaron en Marktl am Inn, en septiembre del a?o pasado, con ocasi?n del viaje apost?lico a Alemania. Recientemente, como ya se ha dicho, cien ayuntamientos de Baviera, me regalaron una columna casi gemela de esa, que ser? colocada aqu?, en Velletri, como un signo m?s de mi afecto y de mi benevolencia. Ser? el signo de mi presencia espiritual entre vosotros. Al respecto, deseo dar las gracias a los que me la regalaron, al escultor y a los alcaldes, que veo aqu? presentes con muchos amigos. Muchas gracias a todos.

Queridos hermanos y hermanas, s? que os hab?is preparado para mi visita con un intenso camino espiritual, adoptando como lema un vers?culo muy significativo de la primera carta de san Juan: "Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos cre?do en ?l" (1 Jn 4, 16). Deus caritas est, Dios es amor: con estas palabras comienza mi primera enc?clica, que ata?e al centro de nuestra fe: la imagen cristiana de Dios y la consiguiente imagen del hombre y de su camino.

Me alegra que, como gu?a del itinerario espiritual y pastoral de la di?cesis, hay?is escogido precisamente esta expresi?n: "Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos cre?do en ?l". Hemos cre?do en el amor: esta es la esencia del cristianismo. Por tanto, nuestra asamblea lit?rgica de hoy no puede por menos de centrarse en esta verdad esencial, en el amor de Dios, capaz de dar a la existencia humana una orientaci?n y un valor absolutamente nuevos.

El amor es la esencia del cristianismo; hace que el creyente y la comunidad cristiana sean fermento de esperanza y de paz en todas partes, prestando atenci?n en especial a las necesidades de los pobres y los desamparados. Esta es nuestra misi?n com?n: ser fermento de esperanza y de paz porque creemos en el amor. El amor hace vivir a la Iglesia, y puesto que es eterno, la hace vivir siempre, hasta el final de los tiempos.

En los domingos pasados, san Lucas, el evangelista que m?s se preocupa de mostrar el amor que Jes?s siente por los pobres, nos ha ofrecido varios puntos de reflexi?n sobre los peligros de un apego excesivo al dinero, a los bienes materiales y a todo lo que impide vivir en plenitud nuestra vocaci?n y amar a Dios y a los hermanos.

Tambi?n hoy, con una par?bola que suscita en nosotros cierta sorpresa porque en ella se habla de un administrador injusto, al que se alaba (cf. Lc 16, 1-13), analizando a fondo, el Se?or nos da una ense?anza seria y muy saludable. Como siempre, el Se?or toma como punto de partida sucesos de la cr?nica diaria: habla de un administrador que est? a punto de ser despedido por gesti?n fraudulenta de los negocios de su amo y, para asegurarse su futuro, con astucia trata de negociar con los deudores. Ciertamente es injusto, pero astuto: el evangelio no nos lo presenta como modelo a seguir en su injusticia, sino como ejemplo a imitar por su astucia previsora. En efecto, la breve par?bola concluye con estas palabras: "El amo felicit? al administrador injusto por la astucia con que hab?a procedido" (Lc 16, 8).

Pero, ?qu? es lo que quiere decirnos Jes?s con esta par?bola, con esta conclusi?n sorprendente? Inmediatamente despu?s de esta par?bola del administrador injusto el evangelista nos presenta una serie de dichos y advertencias sobre la relaci?n que debemos tener con el dinero y con los bienes de esta tierra. Son peque?as frases que invitan a una opci?n que supone una decisi?n radical, una tensi?n interior constante.

En verdad, la vida es siempre una opci?n: entre honradez e injusticia, entre fidelidad e infidelidad, entre ego?smo y altruismo, entre bien y mal. Es incisiva y perentoria la conclusi?n del pasaje evang?lico: "Ning?n siervo puede servir a dos amos: porque, o bien aborrecer? a uno y amar? al otro, o bien se dedicar? al primero y no har? caso del segundo". En definitiva ?dice Jes?s? hay que decidirse: "No pod?is servir a Dios y al dinero" (Lc 16, 13). La palabra que usa para decir dinero ?"mammona"? es de origen fenicio y evoca seguridad econ?mica y ?xito en los negocios. Podr?amos decir que la riqueza se presenta como el ?dolo al que se sacrifica todo con tal de lograr el ?xito material; as?, este ?xito econ?mico se convierte en el verdadero dios de una persona.

Por consiguiente, es necesaria una decisi?n fundamental para elegir entre Dios y "mammona"; es preciso elegir entre la l?gica del lucro como criterio ?ltimo de nuestra actividad y la l?gica del compartir y de la solidaridad. Cuando prevalece la l?gica del lucro, aumenta la desproporci?n entre pobres y ricos, as? como una explotaci?n da?ina del planeta. Por el contrario, cuando prevalece la l?gica del compartir y de la solidaridad, se puede corregir la ruta y orientarla hacia un desarrollo equitativo, para el bien com?n de todos.

En el fondo, se trata de la decisi?n entre el ego?smo y el amor, entre la justicia y la injusticia; en definitiva, entre Dios y Satan?s. Si amar a Cristo y a los hermanos no se considera algo accesorio y superficial, sino m?s bien la finalidad verdadera y ?ltima de toda nuestra vida, es necesario saber hacer opciones fundamentales, estar dispuestos a renuncias radicales, si es preciso hasta el martirio. Hoy, como ayer, la vida del cristiano exige valent?a para ir contra corriente, para amar como Jes?s, que lleg? incluso al sacrificio de s? mismo en la cruz.

As? pues, parafraseando una reflexi?n de san Agust?n, podr?amos decir que por medio de las riquezas terrenas debemos conseguir las verdaderas y eternas. En efecto, si existen personas dispuestas a todo tipo de injusticias con tal de obtener un bienestar material siempre aleatorio, ?cu?nto m?s nosotros, los cristianos, deber?amos preocuparnos de proveer a nuestra felicidad eterna con los bienes de esta tierra! (cf. Discursos 359, 10).

Ahora bien, la ?nica manera de hacer que fructifiquen para la eternidad nuestras cualidades y capacidades personales, as? como las riquezas que poseemos, es compartirlas con nuestros hermanos, siendo de este modo buenos administradores de lo que Dios nos encomienda. Dice Jes?s: "El que es fiel en lo poco, lo es tambi?n en lo mucho; y el que es injusto en lo poco, tambi?n lo es en lo mucho" (Lc 16, 10).

De esa opci?n fundamental, que es preciso realizar cada d?a, tambi?n habla hoy el profeta Am?s en la primera lectura. Con palabras fuertes critica un estilo de vida t?pico de quienes se dejan absorber por una b?squeda ego?sta del lucro de todas las maneras posibles y que se traduce en af?n de ganancias, en desprecio a los pobres y en explotaci?n de su situaci?n en beneficio propio (cf. Am 4, 5).

El cristiano debe rechazar con energ?a todo esto, abriendo el coraz?n, por el contrario, a sentimientos de aut?ntica generosidad. Una generosidad que, como exhorta el ap?stol san Pablo en la segunda lectura, se manifiesta en un amor sincero a todos y en la oraci?n.

En realidad, orar por los dem?s es un gran gesto de caridad. El Ap?stol invita, en primer lugar, a orar por los que tienen cargos de responsabilidad en la comunidad civil, porque ?explica? de sus decisiones, si se encaminan a realizar el bien, derivan consecuencias positivas, asegurando la paz y "una vida tranquila y apacible, con toda piedad y dignidad" para todos (1 Tm 2, 2). Por consiguiente, no debe faltar nunca nuestra oraci?n, que es nuestra aportaci?n espiritual a la edificaci?n de una comunidad eclesial fiel a Cristo y a la construcci?n de una sociedad m?s justa y solidaria.

Queridos hermanos y hermanas, oremos, en particular, para que vuestra comunidad diocesana, que est? sufriendo una serie de cambios, a causa del traslado de muchas familias j?venes procedentes de Roma, al desarrollo del sector "terciario" y al establecimiento de muchos inmigrantes en los centros hist?ricos, lleve a cabo una acci?n pastoral cada vez m?s org?nica y compartida, siguiendo las indicaciones que vuestro obispo va dando con elevada sensibilidad pastoral.

A este respecto, ha sido muy oportuna su carta pastoral de diciembre del a?o pasado con la invitaci?n a ponerse a la escucha atenta y perseverante de la palabra de Dios, de las ense?anzas del concilio Vaticano II y del Magisterio de la Iglesia.

Pongamos en manos de la Virgen de las Gracias, cuya imagen se conserva y venera en esta hermosa catedral, todos vuestros prop?sitos y proyectos pastorales. Que la protecci?n maternal de Mar?a acompa?e el camino de todos los presentes y de quienes no han podido participar en esta celebraci?n eucar?stica. Que la Virgen sant?sima vele de modo especial sobre los enfermos, sobre los ancianos, sobre los ni?os, sobre aquellos que se sienten solos y abandonados, y sobre quienes tienen necesidades particulares.

Que Mar?a nos libre de la codicia de las riquezas, y haga que, elevando al cielo manos libres y puras, demos gloria a Dios con toda nuestra vida (cf. Colecta). Am?n.

[Traducci?n distribuida por la Santa Sede
? Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana]
Publicado por verdenaranja @ 22:58  | Habla el Papa
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