S?bado, 06 de octubre de 2007
D?a 7 XXVII
Domingo del Tiempo Ordinario



Siervos de Dios e hijos de Dios



El fragmento del Santo Evangelio seg?n san Lucas que nos ofrece este domingo la Santa Misa en su Liturgia de la Palabra, a?na dos lecciones del Se?or que deseamos asimilar bien. No se trata de ense?anzas independientes, como si poco tuvieran que ver unas con otras las variadas exigencias de la vida cristiana. Son, por el contrario, dos manifestaciones muy claras de que lo nuestro debe ser siempre adorar y amar a Dios, Nuestro Padre y Se?or.

Ha querido el Creador adoptar a los hombres como verdaderos hijos por Jesucristo, el Verbo encarnado, y que gocemos as? de su divinidad, del mismo modo que gozan los hijos en este mundo de la riqueza y bondad de sus padres. La misericordia de Dios ha puesto a nuestro favor todo su poder y bondad. Nos trata como el mejor de los padres, queriendo que sea nuestro todo lo que le pertenece. Basta para ello que queramos que sea Nuestro Padre y Nuestro Dios. Entonces, con la confianza propia de los hijos, nos parecer? normal disponer habitualmente de lo que es s?lo suyo por naturaleza: su amor, su poder, su comprensi?n, su perd?n, su vida; esa vida eterna que nos ha prometido en su intimidad, y la fortaleza y constancia para marchar en cada jornada sin apartarnos de su lado.

Apoyados en el convencimiento de fe, por el que no dudamos de su amor, nos dirigimos a su infinita bondad, persuadidos de que nos quiere mejores hijos, y le decimos: ?aum?ntanos Se?or la fe, para que te veamos m?s cerca, m?s amoroso, m?s Padre! Querr?amos quererle con nuestro coraz?n como ?l se merece. Ya comprendemos, sin embargo, que, siendo criaturas, es imposible s?lo con nuestras solas fuerzas, por m?s que logremos poner toda nuestra ilusi?n y nuestro esfuerzo en ese cari?o. Es necesario que le queramos, por la Gracia, con su coraz?n, con esa caridad que nos gan? Jes?s con su Cruz, para que pudi?ramos ser "otros Cristos", empleando la expresi?n de san Pablo. Es preciso que le veamos con "sus ojos" y no dudemos entonces de que, con ?l, podemos mover monta?as y plantar ?rboles en el mar, como dijo Jes?s que har?amos por la fe. Podremos as? ??l lo espera? darle la vuelta al mundo; a este mundo, tan ajeno en ocasiones a la fe, que s?lo admite lo estrictamente sensible, y en el que el hombre, con su inteligencia y prescindido gran poder, se constituye en criterio de la verdad y el bien.

Si Dios est? con nosotros, ?qui?n contra nosotros?, se preguntaba el Ap?stol. Pero hemos de estar con ?l, desear, por encima de todo, no apartarnos de su lado. Necesitamos los hombres vivir de la intimidad con Dios, persuadidos de que s?lo tiene sentido nuestra vida consumada en su servicio. Un servicio que no es, ni mucho menos, meramente servil: ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su se?or..., dijo Jes?s a los Ap?stoles. Nos llama amigos; m?s a?n, hijos. Y como a hijos nos ofrece Dios, Nuestro Padre, una ocasi?n continua de amarle, cumpliendo su voluntad con obras. As? nos desarrollamos en su presencia. Un desarrollo ?ste, que es bien distinto de ese otro transitorio y chato, que es el progreso material para la humanidad o para el individuo: un desarrollo s?lo a lo temporal y humano es incapaz de superar la frontera de la muerte. Nuestro Padre Dios, nos quiere maduros en su presencia. Con una madurez que, m?s que un desarrollo natural ?que, en el mejor de los casos, triunfa en este mundo? es un desarrollo sobrenatural. Un desarrollo en virtud del poder divino que act?a en nosotros, con nuestra cooperaci?n: sin m? no pod?is hacer nada, nos ha dicho. Y lo que hemos de hacer es amarle como hijos; que para eso nos ha creado y redimido.

Dios nos exige. Y tiene para ello todo el derecho, pues criaturas suyas somos. Nos ha hecho como quiso. Nada de lo que llamamos "nuestro" tiene en nosotros la raz?n ?ltima de ser. Por tanto, un sentimiento profundo de gratitud debe inundar nuestra existencia de continuo. Tenemos la ocasi?n ?la obligaci?n, hablando con propiedad? de ser agradecidos, a partir de la conciencia que poseemos de nosotros mismos, que tambi?n nos ha sido otorgada. Dios nos exige, somos sus siervos, pero hemos de mostrarle continuo agradecimiento porque nos manda...; porque espera de cada uno, como hijos, amor con obras... Son ocasiones que nos ofrece de engrandecernos, no ya ante nuestro punto de vista, tantas veces torcido por el ego?smo, la comodidad, el orgullo, etc., ni ante los ojos de los dem?s, de los que buscamos en ocasiones el aplauso: bien poca cosa. Siendo el mismo Creador y Se?or del mundo quien acoge nuestras acciones, tendr?n esas obras el valor que ?l les da. C?mo las llevemos a cabo, ser? adem?s la manifestaci?n de la reverencia, la adoraci?n, y el amor que le tenemos. Nuestras acciones e intenciones manifiestan asimismo el reconocimiento de su dignidad y se?or?o ?de su gloria? ante el resto de la Creaci?n y, antes que nada, ante ?l mismo, Padre, Hijo y Esp?ritu Santo. Servir a Dios no es, pues, poca cosa. Se trata, por el contrario, de lo m?s grandioso que puede ser realizado en el mundo.

Pidamos perd?n a Dios Nuestro Se?or, si alguna vez, por rebeld?a tonta, tendemos a sentirnos v?ctimas, a modo de simples vasallos, de un se?or autoritario e impasible que, sin venir a cuento, esperara de los hombres diversas conductas seg?n su capricho: las que nos manda la Iglesia. Y agradezcamos, en cambio, esas exigencias, como oportunidades que son para nuestra plenitud personal.

Finalmente, poniendo por intercesora a nuestra Madre del Cielo, nos acogemos a las gracias que el mismo Dios nos dispensa, para que sepamos cumplir su voluntad. Son los talentos con los que cada uno fuimos creados seg?n su sabidur?a, las capacidades necesarias para ser esos siervos in?tiles, hijos muy amados, que s?lo hicieron lo que deb?an para agradar a su Padre Dios; felices y confiados, sin preocuparse de recompensa humana. Santa Mar?a nos ilumina con su ejemplo de Esclava del Se?or.



Publicado por verdenaranja @ 23:14  | Espiritualidad
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