Lunes, 08 de octubre de 2007
ZENIT publica las palabras que pronunci? el arzobispo Dominique Mamberti, secretario de la Santa Sede para las Relaciones con los Estados, al inaugurar el 3 de octubre un seminario organizado por la Secretar?a de Relaciones Exteriores de la Rep?blica Mexicana con motivo de los 15 a?os del establecimiento de relaciones diplom?ticas entre este pa?s y la Santa Sede.

Para la Iglesia Cat?lica, presente en todos los pueblos del mundo, es motivo de alegr?a reconocer los esfuerzos de las Naciones y de los Estados por hacer que todos sus ciudadanos vivan dignamente, y que gocen de un pleno reconocimiento y garant?a del derecho a la libertad religiosa.

La Iglesia como pueblo de Dios que camina en la historia posee aut?ntica personalidad jur?dica internacional. Esto quiere decir que adem?s de ofrecer la salvaci?n a todos los hombres, de hecho es reconocida por los m?s diversos Estados e instituciones internacionales, como un sujeto de derecho que realiza una misi?n religiosa en todos los pueblos.

La determinaci?n de la personalidad jur?dica internacional se atribuye por igual a la Iglesia universal y a la Santa Sede[1]. La Santa Sede, en el ordenamiento internacional, es el ?rgano que actualiza y personifica a la Iglesia Universal en este orden y le permite ser un miembro efectivo de la comunidad global. Gracias a ello, en 1957, la Organizaci?n de las Naciones Unidas, reconoci? a la Santa Sede como instancia capaz de acreditar representantes permanentes ante varios organismos como por ejemplo la FAO, la UNESCO. Corno sucede tambi?n a nivel regional con la Organizaci?n de los Estados Americanos (OEA). En la actualidad, la Santa Sede mantiene representaci?n internacional mediante delegados y observadores en ?ste ?mbito asistiendo habitualmente a las reuniones internacionales que se relacionan principalmente con la defensa y promoci?n de los derechos inviolables de la persona humana; el fortalecimiento del aut?ntico desarrollo en diversos ?mbitos; y la promoci?n de la paz y la unidad entre los pueblos. As? mismo, desde hace mucho tiempo, la Iglesia a trav?s de su amplio cuerpo diplom?tico, distribuido en casi todos los pa?ses del mundo, no s?lo act?a para la preservaci?n de la libertad de ella misma, sino tambi?n para la defensa y la promoci?n de la dignidad humana en el mundo entero.

Es cierto que las finalidades de la Iglesia y del Estado son de orden diferente, sin embargo, el sujeto al que atienden es el mismo: cada ser humano, que merece vivir de acuerdo a su dignidad y respondiendo a su vocaci?n trascendente. Por ello, la Iglesia busca siempre establecer relaciones adecuadas con las diversas comunidades pol?ticas: ?el bien de las personas y de las comunidades humanas resulta favorecido cuando existe un di?logo constructivo y articulado entre la Iglesia y las autoridades civiles, que se expresa tambi?n mediante las estipulaci?n de acuerdos rec?procos. Este di?logo tiende a establecer o reforzar relaciones de rec?proca comprensi?n y colaboraci?n, as? como a prevenir o a sanar eventuales tensiones, con el fin de contribuir al progreso de cada pueblo y de toda la humanidad en la justicia y en la paz?[2].

Uno de los temas m?s importantes que la Santa Sede y cada Conferencia Episcopal, en cualquier parte del mundo promueve y defiende, es el reconocimiento pleno del derecho humano a la libertad religiosa.

Entendemos por libertad religiosa el que ?todos los hombres han de estar inmunes de coacci?n, tanto por parte de personas individuales como de grupos sociales y de cualquier poder humano, de modo que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie actuar contra su conciencia, ni se le impida que act?e conforme a ella, en privado y en p?blico, solo o asociado con otros.. .?[3] Esta noci?n es parte de la ense?anza de la Iglesia Cat?lica expresada en el Concilio Vaticano II.

As? mismo, esta concepci?n est? en consonancia y hace suyo lo establecido en el art?culo 18 de la Declaraci?n Universal de los Derechos Humanos de 1948: ?toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religi?n; este derecho incluye la libertad de cambiar de religi?n, o de creencia, as? como la libertad de manifestar su religi?n o su creencia, individual o colectivamente, tanto en p?blico como en privado, por la pr?ctica, el culto y la observancia?.

Promover la libertad religiosa como derecho humano fundamental es parte esencial de la misi?n religiosa que tiene la Iglesia. Lo record? Juan Pablo II d?as antes de su primera visita a M?xico ante un grupo de embajadores: ?La misi?n de la Iglesia es, por naturaleza, religiosa y, en consecuencia, el terreno de encuentro de la Iglesia o de la Sede Apost?lica con la vida multiforme y diferenciada de las comunidades pol?ticas del mundo contempor?neo se caracteriza, de forma particular, por el principio, universalmente reconocido, de la libertad religiosa y de la libertad de conciencia. Este principio no entra solamente en la lista de los derechos del hombre, admitidos por todos, sino que ocupa en ella un puesto clave. Se trata del respeto de un derecho fundamental del esp?ritu humano, en el cual el hombre se expresa con la m?xima profundidad como hombre.?[4]

Por ello, para la Santa Sede es importante reconocer y valorar, y si fuera necesario motivar a un mayor esfuerzo, cuando las naciones, a trav?s de sus marcos jur?dicos y de sus instituciones y estructuras pol?ticas y sociales, garantizan de forma cada vez m?s plena el derecho a la libertad religiosa de sus ciudadanos. Nada ni nadie debe impedir, a cada hombre y mujer, buscar la verdad y situarse, en conciencia, ante el Creador. Pero la garant?a de este derecho humano tambi?n le permite a la Iglesia cumplir mejor y con mayor facilidad su misi?n, que no es otra que continuar la ?nica misi?n de Cristo: hacer que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad (cfr. 1 Tm. 2, 4).

Caminar en la historia es propio de la Iglesia, un caminar junto con los hombres de cada pueblo, cultura y naci?n aportando lo mejor de s? para que la vida de toda persona humana sea plena en todas sus manifestaciones: en la pol?tica y la econom?a, en la cultura y la educaci?n, en el descanso y la diversi?n, en el hogar y en la calle, en las escuelas lo mismo que en los puestos de trabajo, en la vida privada y p?blica, como tambi?n en todas las actividades que expresan la dimensi?n religiosa.

El reconocimiento por parte del Estado mexicano de la dimensi?n religiosa de la existencia individual y nacional es, sin duda alguna, un camino acertado. El Papa Benedicto XVI quiere hacerse presente en este importante aniversario y desea vivamente continuar estas ben?ficas relaciones basadas en el reconocimiento mutuo, el respeto, la firme voluntad de colaborar para buscar el bien com?n, el mutuo aprecio y los lazos de amistad entre la Sede Apost?lica ?y lo que representa? y la gran naci?n mexicana.

M?xico no puede ser interpretado adecuadamente m?s que como una gran naci?n, en la que la fe en Jesucristo y en Santa Mar?a de Guadalupe es una dimensi?n constitutiva y central. La Santa Sede al restablecer relaciones con el Estado mexicano busca servir m?s y mejor a la Naci?n. La Naci?n, como realidad cultural que confiere identidad a cualquier pueblo, posee una soberan?a primaria a?n sobre el Estado. Por eso, es en el servicio a la Naci?n como el Estado se legitima y corno la Iglesia, inculturando su mensaje, se acerca al coraz?n del hombre para que sea testigo en medio del mundo de una realidad mayor, que rebasa las expectativas puramente humanas.

Acogidos por la Secretar?a de Relaciones Exteriores del Gobierno Mexicano para la realizaci?n de este importante Seminario, hago votos para que ?ste nos ayude a profundizar en la valiosa aportaci?n de la fe cat?lica en la construcci?n del bien de las personas, de sus familias y del bien com?n nacional. Cuando la discriminaci?n religiosa se presenta, es inevitable que se produzcan heridas y enconos que terminan, muchas veces, en profundas divisiones al interior de la poblaci?n. En estos casos, la Iglesia, constructora de paz, quiere colaborar para eliminar dichas discriminaciones y promover procesos de di?logo, reconocimiento, e incluso de reconciliaci?n entre las partes en conflicto. Ayuda, as?, a construir condiciones religiosas y culturales que permitan pasar de la superaci?n de la mutua desconfianza a la colaboraci?n activa al servicio de la Naci?n.

El Seminario que ahora se inicia puede tambi?n proponer nuevos caminos de mejora continua del marco jur?dico actual, con vistas a una plena garant?a del derecho a la libertad religiosa de todos los ciudadanos, superando limitaciones y equ?vocos que se perciben en las normas vigentes.

La calidad humana e intelectual de los participantes al Seminario, la buena voluntad de los actores pol?ticos, de los representantes de diversas denominaciones religiosas aqu? presentes y de las autoridades del Estado mexicano, sin duda alguna nos ayudar?n a visualizar, en un clima de di?logo fraterno, los caminos que M?xico necesita recorrer para avanzar hacia un Estado laico moderno, es decir, que no solo tolere las expresiones religiosas de sus ciudadanos, sino que reconociendo el derecho humano a la libertad religiosa, las defienda, garantice y promueva, como corresponde hacer a cualquier Estado que pretenda ser aut?ntico Estado de Derecho, aut?ntico Estado fundado en la plena vigencia de la justicia y en los derechos humanos irrenunciables, inalienables e indivisibles.

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[1] Cf. CIC, can?n 113, 1.

[2] Compendio de la Doctrina social de la Iglesia, n. 445.

[3]CONCILIO VATICANNO II, Declaraci?n Dignitatis Humanae, no. 2.

[4] Discurso de S.S. Juan Pablo II al Cuerpo Diplom?tico acreditado ante la Santa Sede, del 12 de enero de 1979, no. 8.
Publicado por verdenaranja @ 0:11  | Hablan los obispos
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