S?bado, 13 de octubre de 2007
Articul? de monse?or Javier Echevarr?a, Prelado del Opus Dei, con ocasi?n del aniversario de la canonizaci?n de San Josemar?a Escriv?, que tuvo lugar el 6 de octubre de 2002.

6 octubre 2007 ABC


Hace cinco a?os, el 6 de octubre de 2002, ante una muchedumbre de personas procedentes de todo el mundo, Juan Pablo II proclam? la santidad de Josemar?a Escriv? de Balaguer, Fundador del Opus Dei. Al d?a siguiente, en la audiencia celebrada en la Plaza de San Pedro para los asistentes a la canonizaci?n, defini? a San Josemar?a como el santo de lo ordinario. Con esta expresi?n sintetizaba el n?cleo del mensaje que este sacerdote fiel hab?a predicado: las actividades comunes ?la vida familiar, el trabajo profesional, las relaciones sociales? son senda que conduce al Cielo, si se camina con los ojos puestos en Dios y con deseos de ayudar al pr?jimo.

He tenido la fortuna ?don de Dios lo considero? de ser testigo directo, durante un cuarto de siglo, de la solicitud de San Josemar?a por ayudar a muchas personas a superar la fractura entre la vida de fe y la existencia ordinaria. Desde el comienzo del Opus Dei, el 2 de octubre de 1928, ense?? que todas las realidades humanas nobles, en cuanto queridas por Dios y asumidas por Jesucristo en la Encarnaci?n, pueden ser camino de santidad. ?Hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones m?s comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir? (Homil?a Amar al mundo apasionadamente, 8-X-1967). Lo transmit?a ?a nivel teol?gico o en forma de consejo pr?ctico? a mujeres y a hombres de los m?s diversos ?mbitos profesionales y sociales, en conversaciones personales o en encuentros multitudinarios, como en la homil?a que acabo de citar, predicada ante m?s de veinte mil personas en el campus de la Universidad de Navarra.

Fundir vida de fe y vida ordinaria es cuesti?n de amor. Cuando el amor a Dios es la causa de las acciones del cristiano, resulta natural comenzar, llevar a cabo y concluir las actividades con el pensamiento puesto en el Se?or. La f?brica, la oficina, la biblioteca, el laboratorio, el taller, las paredes dom?sticas, se transforman entonces en escenario del di?logo entre el Creador y la criatura, entre un Padre que ama con locura a sus hijos, y un hijo o una hija que se saben queridos por Dios. Todo se convierte en materia de oraci?n. Asimismo, cuando se cultiva un verdadero amor al pr?jimo, se siente la llamada a impregnar con el b?lsamo de la caridad las relaciones familiares, sociales y profesionales.

Es un mensaje plenamente actual, y singularmente importante en estos momentos en los que, por un lado, se desconf?a de las ideolog?as y, por otro, se experimentan una vez m?s las consecuencias negativas de acciones guiadas por la l?gica del inter?s o del poder. La caridad cristiana no consiste jam?s en algo instrumental, no busca obtener otros objetivos: el amor es gratuito. Vivir la caridad en la vida ordinaria, dice San Josemar?a, reclama ?coraz?n grande, sentir las preocupaciones de los que nos rodean, saber perdonar y comprender: sacrificarse, con Jesucristo, por las almas todas? (Es Cristo que pasa, n. 158).

Como ha recordado Benedicto XVI en su primera enc?clica, la caridad constituye la opci?n fundamental de la vida del cristiano. En el quinto aniversario de la canonizaci?n de San Josemar?a Escriv?, el coraz?n y la mente se me van tambi?n a tantos fieles y cooperadores de la Prelatura del Opus Dei que, junto con amigos y colegas, gastan sus vidas en iniciativas sociales y asistenciales de honda entra?a cristiana, en pa?ses de los cinco continentes. Siguen de este modo las huellas de la magnanimidad con la que San Josemar?a impuls? tantas obras de evangelizaci?n y de promoci?n humana en favor de los m?s pobres, como record? Juan Pablo II en su discurso al d?a siguiente de la canonizaci?n. Algunas de esas actividades nacieron justamente para celebrar aquel evento eclesial, con el estilo que hubiera gustado a San Josemar?a: es el caso del centro de cuidados paliativos Laguna (en Madrid) o del proyecto de promoci?n educativa Harambee, destinado a poner en marcha tareas de inter?s social en pa?ses del ?frica subsahariana. Cinco a?os despu?s, los frutos producidos por estas labores se multiplican de d?a en d?a, tanto en quienes las promueven como entre quienes se benefician de ellas.

Con todo, la llamada a ejercitar la caridad cristiana se demuestra igualmente acuciante para quien no se dedica intensamente o exclusivamente a actividades de tipo asistencial. La caridad no se queda en una virtud te?rica, y en la vida cotidiana resulta inseparable del cari?o humano: ?No poseemos ?se?alaba San Josemar?a? un coraz?n para amar a Dios, y otro para querer a las criaturas: este pobre coraz?n nuestro, de carne, quiere con un cari?o humano que, si est? unido al amor de Cristo, es tambi?n sobrenatural. ?sa, y no otra, es la caridad que hemos de cultivar en el alma? (Amigos de Dios, n. 229).

En este tiempo desgraciadamente rico en conflictos ?a nivel familiar, nacional e internacional?, urge subrayar que poner en pr?ctica la caridad en la vida ordinaria significa, en gran medida, ofrecer y aceptar perd?n. El perd?n abre la ?nica v?a posible para convertir un campo de batalla en un lugar de cooperaci?n solidaria. Ejercitarse en la comprensi?n, en el perd?n dado y recibido, supone ciertamente un camino fatigoso, en el que siempre se precisa recomenzar; pero traza un sendero que alimenta la esperanza. Y al contrario, cuando falta una cultura del perd?n se hace dif?cil mantener la familia unida, trabajar por un objetivo com?n en la vida ciudadana, sembrar paz y alegr?a en las relaciones internacionales.

Para el cristiano, adem?s, la caridad constituye el lenguaje m?s adecuado para transmitir la fe. Como ense?a Benedicto XVI: ?El amor, en su pureza y gratuidad, es el mejor testimonio del Dios en el que creemos? (Deus Caritas est, n. 31). La evangelizaci?n nunca es mera comunicaci?n intelectual. El descubrimiento de las riquezas de la fe va precedido no pocas veces por un encuentro personal: muchos se acercan a Jesucristo, en un contexto de libertad, cuando perciben el cari?o de los cristianos. En este sentido, amar a los otros en la vida diaria, con manifestaciones concretas, nos revela un modo de conocer y de darse a conocer. Por eso San Josemar?a afirmaba que la evangelizaci?n es tarea propia de personas con el coraz?n grande y los brazos abiertos.

El Concilio Vaticano II declar? que uno de los m?s graves errores del mundo moderno consiste precisamente en el divorcio entre la fe y la vida diaria (cfr. Gaudium et spes, 43). Cinco a?os despu?s de la canonizaci?n de San Josemar?a, el santo de lo ordinario, suplico a Dios que, por su intercesi?n, nos ayude especialmente a los cristianos a unir en nuestra alma el amor a Dios con el cari?o a nuestros hermanos y hermanas, a todas las mujeres y a todos los hombres: que nos sostenga en nuestro empe?o por iluminar cada una de nuestras jornadas con el resplandor de la caridad.


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