Domingo, 04 de noviembre de 2007
D?a 4 de Octubre
XXXI Domingo del Tiempo Ordinario



Cristo un coraz?n que perdona


Las palabras de san Lucas que nos presenta la Iglesia en este domingo, deber?amos guardarlas en nuestro interior, no tanto por lo pintoresca que pueda resultar la an?cdota, cuanto por el mensaje de fondo que conlleva. Una vez m?s, reconocemos que el Evangelio ?obra del Esp?ritu Santo, como autor principal? es y ser? en todo tiempo, como afirmaba san Pablo de la Sagrada Escritura en general, ?til para ense?ar, para argumentar, para corregir y para educar en la justicia, con el fin de que el hombre de Dios est? bien dispuesto, preparado para toda obra buena.

Se nos muestra Jes?s, como en todo momento, interesado tan s?lo en la salvaci?n de los hombres. Aquel d?a no est? pendiente el Se?or ?nicamente de los que le acompa?aban, o de quienes le esperasen all? donde se dirig?a. Advierte la presencia de aquel hombre que, m?s que inter?s por la doctrina del Maestro, parece sentir curiosidad por su persona: lo que desea es verle por fin, atra?do sin duda por los comentarios de hechos prodigiosos que circulaban sobre ?l por toda Palestina. Dice el evangelista que deseaba conocer a Jes?s y por lograrlo hace lo impropio de una persona de su condici?n, siendo hombre adinerado y de buena posici?n. Pero no resulta evidente que aquel impulso de subir al ?rbol fuera la manifestaci?n razonable de quien admiraba con reverencia al Se?or y deseaba verlo por encima de todo.

La admiraci?n de Zaqueo por Jes?s, aunque fuera muy humana, fue, sin embargo, suficiente. Le bast? a Nuestro Se?or verlo encaramado en la copa, con la ilusi?n de poder verlo al pasar, y consider? suficiente aquella audacia para descubrir que el coraz?n de Zaqueo pod?a convertirse con un poco de est?mulo. A Jes?s no le importan para nada los comentarios de la gente. Baja pronto..., le dice. Zaqueo era, en efecto, un pecador: era corriente entre los publicanos que, al recaudar los tributos, se enriquecieran de modo fraudulento, y Zaqueo no ser?a una excepci?n. Sencillamente por esto el Se?or lo llam?, aprovechando esa incipiente buena disposici?n ?que manifestaba busc?ndole? aunque, en un principio, pudiera ser casi s?lo por curiosidad. Si su presencia salvadora en el mundo era necesaria, imprescindible, se deb?a a que los hombres eran pecadores, necesitados de su salvaci?n. Y esa misma presencia salvadora de Cristo no es hoy menos necesaria.

Ante la posibilidad de una mayor cercan?a con Jes?s, salvados ya los obst?culos de la multitud y la distancia, y el inconveniente ?no peque?o? de su poca estatura, el publicano se llena de gozo, porque entiende el honor de que ha sido objeto. A ?l tampoco le importaba que le criticaran en su cara en aquel momento. Y con admirable desverg?enza reconoce en un instante sus fraudes y la disposici?n de restituir holgadamente. Hoy ha llegado la salvaci?n a esta casa, pues tambi?n ?ste es hijo de Abrah?n; porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido, declar? el Se?or. No parece, sin embargo, que los jud?os acabaran de entender esta lecci?n tan sencilla durante aquellos a?os de Jes?s en Palestina. Incluso, a?n en nuestros d?as, tendemos a despreciar sistem?ticamente a los que consideramos que act?an mal. Parece interesarnos ante todo que, por as? decir, desaparezcan de nuestro entorno los malvados; que no nos importunen m?s; que no puedan interferir en nuestros asuntos, y que reciban ?eso s?"su merecido".

No parece, en cambio, preocuparnos su destino: su lamentable destino de pecadores. Las disposiciones buenas de ayudar, de desvivirnos por los dem?s, tal vez las agotamos en quienes nos comprenden, en quienes gozan de nuestra simpat?a, en los que no son tan malos como para recibir nuestro desprecio. Se dir?a que estamos dispuestos a vivir la caridad, s?; pero no con los que m?s lo necesitan. Estamos dispuestos a ayudar, pero a condici?n de que nos sea f?cil; si considero que aqu?l se merece mi ayud. Es posible que, de un modo m?s o menos consciente, esperemos sistem?ticamente una cierta gratitud despu?s del gesto generoso. Por fortuna para nosotros, no fue ?ste el criterio de Nuestro Se?or con los hombres. Cada uno recibimos en rescate la Sangre de Cristo, que le cost? su dolosa Pasi?n, y nos libra del pecado conduci?ndonos a la Eterna Bienaventuranza. Y esto sin derecho alguno por otra parte. Se cumple as? en todo hombre que vino a buscar lo que estaba perdido.

Contemplando a nuestra Madre de el Cielo, vemos en Ella esos mismos sentimientos de Cristo Jes?s, que recomendaba san Pablo a sus fieles de Filipo. Santa Mar?a consiente en el dolor de ver morir a Quien m?s quiere, porque espera, unida a su Hijo, la salvaci?n incluso de los que lo han llevado al Calvario, si se arrepienten de su pecado. Entre ellos est?n hoy d?a los que, con sus pecados graves, crucifican de nuevo al Hijo de Dios y lo escarnecen, como explica el Ap?stol. Pidamos a la Virgen que nos conceda un coraz?n que sepa amar a la medida del de Jes?s.


Publicado por verdenaranja @ 0:16  | Espiritualidad
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