Lunes, 05 de noviembre de 2007
ZENIT publica la intervenci?n del cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado de Benedicto XVI, en un congreso organizado por la Universidad Europea de Roma sobre ?Cristianismo y secularizaci?n: desaf?os para la Iglesia y para Europa? el 29 de mayo de 2007.

Venerados y queridos hermanos en el episcopado;
se?ores embajadores;
ilustres se?oras y se?ores:

Me alegra mucho introducir los trabajos de este congreso internacional sobre secularizaci?n y cristianismo en Europa, organizado por la Universidad Europea de Roma y por el Consejo nacional de investigaciones.

El tema es de gran actualidad. Como en los r?os confluyen y se mezclan aguas provenientes de diversos afluentes, para luego volver a correr y difundirse por terrenos muy diversos, lo mismo sucede con la problem?tica que abordamos hoy. La relaci?n entre secularizaci?n y cristianismo es un punto central, una clave de lectura emblem?tica de nuestra ?poca, pero tambi?n de las que la han precedido. Las modalidades con que esta relaci?n se ha manifestado a lo largo de la historia y en los distintos pa?ses europeos son diversas, pero todas han influido y siguen caracterizando ?mbitos muy distintos: sociales, culturales y pol?ticos.

Desde el punto de vista fenomenol?gico, por secularizaci?n se entiende un proceso que caracteriza sobre todo a las sociedades occidentales y est? marcado por el abandono de los esquemas religiosos y de los comportamientos de car?cter sagrado. Hist?ricamente, este proceso se relaciona con el de emancipaci?n de la esfera pol?tica con respecto a la religiosa, y se ha considerado a s? mismo como restablecimiento de la raz?n y de lo que es razonable. Parec?a que, separando los valores del cristianismo, privatizando la fe y considerando la moral aut?noma de la religi?n, se pondr?an las bases para construir una humanidad aut?nticamente libre y digna.

Pero la historia misma se ha encargado de desmentir estos "mesianismos sin mes?as". Y a un precio muy elevado. La visi?n secularista, inmanente y cerrada a los valores trascendentes, ya no ha podido esconder su inhumanidad, precisamente porque la apertura a Dios constituye una dimensi?n fundamental del hombre. En efecto, con el tiempo la verdad ha sido sustituida por la ideolog?a, o por el escepticismo y el nihilismo. Pero todo ello, a diferencia de la verdad, no nutre, sino que intoxica; no ilumina el intelecto, sino que lo despista; no alimenta la vida interior, sino que la mortifica y hasta la sofoca; no refuerza los valores, sino que los hace m?s inciertos, e incluso los vac?a.

El Papa Benedicto XVI, refiri?ndose a este cuadro, con ocasi?n del 50? aniversario de los Tratados de Roma, habl? de "apostas?a" de Europa de s? misma, antes que de Dios, y de la paradoja por la que Europa desea convertirse en una comunidad de valores, pero cada vez m?s a menudo rechaza que existan valores universales (cf. Discurso con ocasi?n del 50? aniversario de la firma de los Tratados de Roma, 24 de marzo de 2007: L'Osservatore Romano, edici?n en lengua espa?ola, 30 de marzo de 2007, p. 3).

Durante su reciente viaje a Brasil, en el discurso dirigido al Episcopado latinoamericano, Benedicto XVI record? que "donde Dios est? ausente ?el Dios del rostro humano de Jesucristo? estos valores no se muestran con toda su fuerza, ni se produce un consenso sobre ellos. No quiero decir -subraya el Papa- que los no creyentes no puedan vivir una moralidad elevada y ejemplar; digo solamente que una sociedad en la que Dios est? ausente no encuentra el consenso necesario sobre los valores morales y la fuerza para vivir seg?n la pauta de estos valores, aun contra los propios intereses" (Discurso, 13 de mayo de 2007: L'Osservatore Romano, edici?n en lengua espa?ola, 25 de mayo de 2007, p. 10).

Ante esas dificultades y ese desconcierto, se abre camino la certeza de que es necesario romper el v?nculo que, durante demasiado tiempo, ha unido la secularizaci?n a la aversi?n o, por lo menos, al desencanto con respecto a la religi?n. En otras palabras, existe la convicci?n de que hay que acabar con el postulado que hace coincidir de modo indiscutible el progreso con la ideolog?a secularista, y la religi?n se acredita como reserva de sentido para la sociedad misma.

Por lo dem?s, en la historia mundial y en la historia reciente de Europa, el cristianismo ha demostrado que es un factor esencial de liberaci?n, con m?ltiples repercusiones, incluso sociales. Esto no quiere decir que haya desempe?ado directamente un papel pol?tico, que no le corresponde, sino simplemente que ha sido coherente con su misi?n religiosa, educando a los fieles en una libertad m?s fuerte que la opresi?n y en un amor m?s radical que el odio y la intolerancia y, por tanto, en un testimonio coherente de los valores constitutivos de cada persona y de cada pueblo.

Benedicto XVI lo reafirm? tambi?n en su primera enc?clica: "La sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la pol?tica. No obstante, le interesa sobremanera trabajar por la justicia esforz?ndose por abrir la inteligencia y la voluntad a las exigencias del bien" (Deus caritas est, 28).

En pocas palabras, se puede decir que la democracia, para mantener vivos los valores seculares sobre los que se funda, comienza a sentir hoy m?s necesidad de la religi?n, de la que a menudo han surgido dichos valores, aunque despu?s se aleje de ella.

As?, se ponen las premisas para una confrontaci?n fecunda entre cristianismo y secularizaci?n. Y este es el deseo que formulo para el congreso que tengo el placer de introducir esta tarde. Creo que es particularmente apreciable la voluntad de los oradores de no dejarse encerrar en ning?n esquema preconcebido, sino de mirar serenamente adelante, para el bien de la Iglesia y de la sociedad misma. Obviamente, esto no niega, sino que m?s bien presupone un reconocimiento objetivo y profundo de la situaci?n, sin esquemas pesimistas, pero tambi?n sin lugares comunes ?porque en ciertas situaciones parece que el ?nico prejuicio aceptable es el anticristiano? y lejano de lo pol?ticamente correcto, que para hacerse escuchar en p?blico induce a veces a hacer profesi?n preliminar de laicidad, como si fuera un distintivo, obviamente en su concepci?n laicista.

En la medida de lo posible, dicho reconocimiento debe tener en cuenta los diversos matices del prisma de la secularizaci?n: ante todo, en la historia, en la cultura y en las relaciones entre la Iglesia y la comunidad pol?tica. Es lo que se tratar? de hacer esta tarde, y me alegra que se dediquen a ello relatores de extraordinario perfil eclesial, institucional y cultural.

Concluyo destacando que, como cristianos, tenemos la tarea de ser extranjeros y a la vez de estar presentes en nuestro tiempo. Jes?s nos ense?? que la Iglesia est? en el mundo, pero no es del mundo, es decir, es ajena pero est? presente en nuestro tiempo y en todos los tiempos: ajena a los enga?os, al escepticismo y al nihilismo en el que a menudo se debate el mundo secularizado, pero presente en todas las dificultades que derivan de dichos enga?os.

En efecto, existe el riesgo de que, rechazando a Dios, la verdad desaparezca y se reemplace con la ideolog?a. Pero el cristianismo no permanece indiferente ante este desaf?o, porque no es ideolog?a: es anuncio de una verdad trascendente y no posesi?n de una certeza inmanente; valora las semillas de verdad y de bien, y no impone nada con la violencia y la fuerza, porque el yugo de Cristo es suave y, por tanto, el cristiano, como su Maestro, debe ser manso y humilde de coraz?n. Dotado de estas virtudes, el cristiano no se concibe como el resto de una Europa que desaparece, sino como la vanguardia de una nueva Europa que, como subray? recientemente el Papa Benedicto XVI, puede ser realista pero no c?nica, rica en ideales, sin ingenuas y falsas ilusiones, inspirada en la perenne y vivificante verdad del Evangelio (cf. Discurso con ocasi?n del 50? aniversario de la firma de los Tratados de Roma, 24 de marzo de 2007).
Publicado por verdenaranja @ 0:02  | Hablan los obispos
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