Lunes, 05 de noviembre de 2007
D?a 1 de Noviembre
Solemnidad: Todos los Santos


La paradoja de la felicidad


Al oir estas palabras del Se?or e imagin?ndonos la escena ?Jes?s ante un numeroso grupo que le escucha, mientras ?l con paciencia, pero con mucha fuerza, va detallando c?mo han de ser los santos?, no podemos sino afirmar su deseo grande de que muchos encuentren una felicidad plena, completa. Ese "Bienaventurados", que repite una y otra vez, parece contener su deseo de vernos colmados, definitivamente satisfechos para siempre. El com?n destino ?la Bienaventuranza? que aguarda a los que demuestren ser suyos en las diversas circunstancias que Jes?s va desgranando, es una tal felicidad y satisfacci?n, seg?n sugiere la reiterada repetici?n de una ?nica palabra, que no es posible pensar en nada mejor.
La bienaventuranza es el Cielo, ese estado perfecto para el que hemos sido pensados por Dios, Nuestro Se?or y Padre amoros?simo. En el Cielo nos desea Dios, que en su Amor quiere lo mejor para el hombre, la intimidad con ?l mismo; pues, siendo ?l Amor, no nos ofrece un bien de grandes proporciones, sino su misma perfecci?n absoluta. Es evidente que no tenemos capacidad para imaginar el Cielo. En efecto, como concluye el Ap?stol: Ni ojo vio, ni o?do oy?, ni pas? por el coraz?n del hombre, las cosas que prepar? Dios para los que le aman.
Resulta desde luego parad?jico, como hemos le?do en el evangelio de hoy, que por lo adverso se llegue a la m?s completa y eterna felicidad. No es as? como nos organizamos de ordinario en este mundo. Por el contrario, suele entenderse la plenitud humana como un acumular satisfacciones y, a ser posible, que sean variadas y abundantes: a m?s satisfacciones, m?s felicidad, pensamos. Sin embargo, el Se?or insiste en que la plenitud propia de los hombres no est? en eso. Consiste m?s bien, repite una y otra vez, en el desprendimiento de los bienes materiales, porque no son nuestro fin; en la limpieza de coraz?n, para amar dignamente a los dem?s, libres de otras compensaciones; en sufrir con paciencia la adversidad, de un ambiente que con frecuencia es ajeno a Dios; en conservar la paz, cuando ser?a m?s f?cil recurrir a la violencia; en ser menospreciados, por permanecer leales a la fe...

Todo esto exige esfuerzo por parte del cristiano: renunciar a ese planteamiento de la vida que busca sencillamente el confort a corto plazo y contempla al hombre como un ser s?lo de este mundo. Exige, en fin, del disc?pulo de Cristo una confianza absoluta en su Se?or, que le asegura eso: la Bienaventuranza, pero a trav?s de objetivos costosos. Como dir?a un m?stico: per aspera ad astra, a lo m?s esplendoroso se llega a trav?s de lo dif?cil.

Hoy, que la Iglesia celebra la gran solemnidad de Todos los Santos, meditamos en esta parad?jica lecci?n del Se?or, encomend?ndonos a la protecci?n de aquellos que ya alcanzaron la meta, para que, como a los santos, la confianza en Dios nos anime a perder el miedo a lo que cuesta, si ?l lo espera. Conoce de sobra nuestro Dios la flaqueza de sus hijos y nuestra tendencia a buscar caprichosamente peque?os deleites inmediatos. M?s a?n, sabe que, aunque queramos, somos incapaces, sin su ayuda, de vivir el ideal generoso que nos propone. Pero con ?l s?. Siendo hijos peque?os de un Padre Todopoderoso y Bueno, y comport?ndonos como tales, nada nos es imposible. Hasta los errores, las infidelidades, los pecados, incluso los m?s graves, si nos arrepentimos sinceramente, encuentran el perd?n en el coraz?n de nuestro Dios y Padre, y pueden ser para sus hijos la ocasi?n de grandes virtudes por su Gracia.

Como Maestro, sabe que ense?a algo, en cierta medida, nuevo para el hombre, revolucionario dir?amos hoy. Ese af?n de muchos por disfrutar a base de no tener problemas y gozar al m?ximo de est?mulos placenteros, no es propiamente, ni puede ser, la causa de la verdadera felicidad en los hombres, que estamos hechos para m?s. Estamos pensados, para la Bienaventuranza, una felicidad completa, definitiva, que no se puede perder una vez lograda, y es la mayor posible para cada persona. En todo caso, ya sabemos que no tenemos capacidad para imaginarnos el Cielo...: Dios mismo colmando amorosamente nuestra peque?ez.

Jesucristo, que nos habla del Cielo, anim?ndonos a la Bienaventuranza a la que hemos sido destinados ?vale la pena insistir en ello? por el amor que Dios nos tiene, ?l mismo nos indica el camino. Es el camino recorrido ya por la multitud de los santos, que nos han precedido y hoy celebramos. Un camino transitado muchas veces, en las m?s variadas circunstancias y por personas de toda condici?n. Tambi?n hoy tenemos cada uno nuestro propio camino hasta el Cielo, que seremos capaces de recorrer con la ayuda de Dios.

A Santa Mar?a, Madre nuestra y Reina de todos los santos, nos encomendamos. Para que gu?e nuestros pasos hasta la Eterna Bienaventuranza. As? hacen las madres de la tierra hacen con sus peque?os, que los observan y animan con amor mientras caminan, y los socorren si hace falta en sus tropiezos.


Publicado por verdenaranja @ 23:50  | Espiritualidad
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