Jueves, 15 de noviembre de 2007
VATICANO - AVE MARIA de don Luciano Alimandi - La inquietud del coraz?n humano

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - Si nuestra felicidad s?lo dependiera de las criaturas o de las cosas creadas, caer?a inevitablemente en la relatividad, temporal, pasajera; toda alegr?a ligada al hoy, precisamente mientras se la est? viviendo, ha pasado ya con el tiempo que se la lleva consigo. ?S?lo queda de la misma un vago recuerdo? pasado! El hombre vive con frecuencia de recuerdos bellos pero que han pasado en el tiempo y de esperanzas de un futuro mejor que nunca se realizan seg?n nuestros deseos y que m?s bien, por el contrario, se convierte en una pesada carga de tristeza nost?lgica, porque nunca se logra alcanzar ese bien inmenso que se llama: ?felicidad!

Cuando el Se?or Jes?s en el Evangelio habla de Su alegr?a, de Su amor y de Su paz, nos revela el secreto de la felicidad, que consiste en poseer bienes eternos, que persisten en el tiempo, porque nos los ha dado ?l. Estos dones imperecederos, deber?amos escribirlos con las iniciales may?sculas para distinguirlos de los bienes terrenales que, por el contrario, terminan y pasan. La Alegr?a, el Amor y la Paz son bienes inmutables porque provienen del Dios de la Vida, que es el Alfa y Omega o sea el Principio y el Fin de la existencia de toda criatura y de toda la creaci?n. "Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre" (Eb 13, 8), y s?lo ?l, el Hijo de Dios que ha bajado del Cielo, puede darle al hombre bienes eternos, como lo revel? a sus ap?stoles antes de volver a la Casa del Padre: " Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo" (Jn 14, 27), "Os he dicho esto, para que mi gozo est? en vosotros, y vuestro gozo sea colmado" (Jn 15, 11).

Las criaturas humanas, precisamente porque han sido creadas a imagen y semejanza de Dios que es eterno, est?n sedientas de bienes duraderos: de alegr?as y de amores que no terminan, de espacios infinitos y de instantes ilimitados? la mayor desgracia que puede ocurrirle al hombre es buscar estos bienes entre las cosas de aqu? abajo, entre los amores de este mundo que, por muy bellos y grandes que sean, siempre ser?n como una gota respecto al oc?ano ilimitado del amor de Dios, que hace vivir en Su gloria y felicidad celeste a los ?ngeles y a los beatos del Para?so.

Si no nos convertimos al Se?or que hace felices a los Santos, no conseguiremos liberarnos de nuestro hombre exterior para mejorar nuestro hombre interior; nuestra "vista" interior no se desarrollar? y permanecer? cegada por la apariencia, nuestro "o?do" interior quedar? trastornado por los ruidos del mundo y sordo a las cosas de Dios; nosotros iremos mendigado de puerta en puerta, de acontecimiento en acontecimiento, de criatura en criatura? alguna miga de felicidad, adulterada por el mundo, esparcida aqu? y all?, que nunca podr? llenar nuestro coraz?n: ?nos has hecho, Se?or, para ti, Se?or, y nuestro coraz?n est? inquieto hasta que repose en ti" (S. Agust?n).

Dios ha dejado la huella de su existencia, de su amor infinito y eterno, en la sed insaciable de felicidad que tiene nuestro coraz?n; pero para reconocer a Dios necesitamos encontrarnos con Jes?s, que nos revela el verdadero Rostro del Padre, que es la Verdad de nuestros m?s profundos suspiros y anhelos de Vida y de Alegr?a sin fin. ?Nadie puede amar la muerte habiendo sido creados para la vida eterna. Nadie ama la tristeza porque ha sido creado para la alegr?a eterna. Nadie ama la nada porque ha sido creado para el ser! S?lo la gracia de Cristo puede restaurar en el hombre el orden original querido por Dios, la jerarqu?a de valores y dones, que el pecado ha trastornado.

Es el pecado el verdadero enemigo de la felicidad del hombre. Es similar a la "lava" que sale del coraz?n del hombre que, cuando se cede a las pasiones, se convierte en un "volc?n" en erupci?n; una "lava" que all? por donde va lleva la muerte: "de dentro, del coraz?n de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre? (Mc 7, 21-23). S?lo el Se?or Jes?s tiene el poder de frenar esta "lava", de destruir el pecado que lleva al hombre a la tierra y lo aparta del Cielo. He aqu? porque los ni?os, en el candor de su edad y sin la malicia del pecado, perciben el atractivo de Jes?s cuando se les anuncia; ninguno entre ellos se convierte en enemigo de Dios eligiendo lo que es inmundo, porque su coraz?n est? libre de las pasiones y desea el bien.
Cu?ntos hombres, por desgracia, se obstinan en afirmar que el pecado no existe, que no hace mal, que es algo inevitable en nuestro camino? Este modo de pensar permite a la "lava" seguir desliz?ndose, haciendo la existencia humana cada vez m?s pesada. Si en el coraz?n del cristiano disminuye el deseo de la confesi?n sacramental, la ceniza del pecado tambi?n lo ciegan y la mirada del alma se hace opaca. De este modo ya no ve el contraste que hay entre lo "blanco" de una vida en gracia de Dios y lo "negro" de una vida en el pecado no perdonado; ??l entreve un gris difuso, que parece inocuo y es por el contrario letal!

En medio de este paisaje lunar, de una vida gris o negra, el Se?or no se rinde y de vez en cuando, en la medida que la libertad humana se lo permite, deja o?r esa eterna verdad que invita con mansedumbre: "no salgas fuera de ti, entra en ti mismo; la verdad est? en tu hombre interior, y descubriendo que tu naturaleza es mudable, transciende a ti mismo.... Trata pues de llegar all? d?nde la misma lumbre de la raz?n recibe la luz" (S. Agust?n) (Agencia Fides 14/11/2007; L?neas: 61 Palabras: 1.003)
Publicado por verdenaranja @ 23:25  | Espiritualidad
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