Domingo, 18 de noviembre de 2007
Discurso que dirigi? el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado, en el encuentro que mantuvo en Buenos Aires con los obispos de Argentina el 9 de noviembre de 2007.

Queridos hermanos en el episcopado:

Doy gracias al Se?or que me ofrece la posibilidad de reunirme hoy con los pastores del pueblo de Dios que vive y trabaja en la naci?n argentina. A cada uno de ustedes manifiesto mis m?s sinceros sentimientos de fraternidad. Al encontrarme en d?as pasados con el Santo Padre para informarle de este viaje, me encarg? que les transmitiera a ustedes su afectuoso saludo y su cercan?a espiritual, as? como a las comunidades diocesanas que presiden en la caridad. ?l conoce bien la situaci?n de la Iglesia en Argentina y les anima a continuar con entusiasmo en su misi?n al servicio del Evangelio, esforz?ndose por ser gu?as firmes y padres sol?citos de la grey confiada a sus cuidados pastorales, custodiando la sana doctrina y promoviendo incansablemente obras de justicia y caridad. Su Santidad les apoya siempre, les acompa?a con la oraci?n y les recuerda especialmente en la celebraci?n cotidiana de la santa misa.

Con la celebraci?n de la V Conferencia general del Episcopado latinoamericano y del Caribe en Aparecida, los obispos han querido dar un renovado impulso a la nueva evangelizaci?n en las Iglesias locales de esta parte del mundo. Se trata, ciertamente, de un gran desaf?o pastoral, que llama a todo bautizado a dar un testimonio coherente de la propia fe, as? como de su pertenencia gozosa al pueblo de Dios, sinti?ndose verdaderos disc?pulos y misioneros de Jesucristo, camino, verdad y vida. Esto presupone, como condici?n indispensable, una permanente conversi?n interior a Cristo, un encuentro personal y comunitario con ?l, ?nico Redentor nuestro. Que Cristo, s?lo Cristo, sea, pues, el coraz?n y el centro de la tan deseada y aut?ntica renovaci?n pastoral y misionera de la Iglesia en Latinoam?rica.

Ante los muchos desaf?os que el mundo actual presenta a la acci?n evangelizadora, hemos de volver a reafirmar nuestra humilde convicci?n de que la Iglesia, tanto hoy como hace dos mil a?os, puede ofrecer a los hombres el pan de la salvaci?n. S?lo la Iglesia es portadora de este proyecto amoroso, que no es simplemente humano. La Iglesia anuncia y ofrece a Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, Redentor del hombre y de todo el hombre. Y esto interpela de un modo particular a todos nosotros, obispos de la Iglesia cat?lica, ya que "nuestro cometido es ser para cada persona, de manera eminente y visible, un signo vivo de Jesucristo, maestro, sacerdote y pastor" (cf. Lumen gentium, 21).

En este sentido, resulta oportuno recordar que la oraci?n, que es fundamental en la vida de todo cristiano, con mayor motivo lo ha de ser en la vida y el ministerio de todo obispo. As? lo recordaba el Papa Benedicto XVI en su discurso a los obispos nombrados en el ?ltimo a?o: "Hoy, en el ministerio de un obispo, los aspectos organizativos son absorbentes; los compromisos, m?ltiples; las necesidades, numerosas; pero en la vida de un sucesor de los Ap?stoles el primer lugar debe estar reservado para Dios. Especialmente de este modo ayudamos a nuestros fieles" (Discurso, 22 de septiembre de 2007: L'Osservatore Romano, edici?n en lengua espa?ola, 28 de septiembre de 2007, p. 5).

Adem?s, es muy elocuente que el Santo Padre, tomando el nombre de Benedicto, haya querido proponer a los hombres, en el plano de la fe, la primac?a de Dios sobre la acci?n: ora et labora. La convicci?n del Papa es firme: los grandes problemas que afligen al mundo y a la Iglesia no se superar?n transformando a los cristianos en activistas, sino en disc?pulos de oraci?n. Es cierto que, a los cristianos, como a los dem?s ciudadanos, se les ha de pedir dedicaci?n pol?tica, competencia profesional, promover la solidaridad y la libertad, los derechos y la justicia. Pero lo propio de los cristianos es la oraci?n al Dios vivo.

Sin embargo, rezar, seg?n el Santo Padre, no consiste s?lo en repetir f?rmulas a un Dios que resuelve todos los problemas, sino ante todo en una experiencia de vida que transforma, mejora la capacidad de amar y deja entrever el camino hacia la felicidad interior. Como ha repetido en distintas ocasiones, Benedicto XVI insiste en que, antes de cualquier programa de acci?n, debe estar la adoraci?n, que nos hace libres de verdad e ilumina nuestra actuaci?n.

Queridos hermanos, que su compromiso sea siempre el de dar nuevo vigor a la comuni?n eclesial y conservarla, en primer lugar, entre ustedes mismos y tambi?n entre sus comunidades diocesanas. En algunos casos, esto exigir? de nosotros, pastores, ?nimo, decisi?n y firmeza; otras veces ser? necesario recurrir a la paciencia y a la comprensi?n; siempre tenemos que revestirnos de mansedumbre, de caridad y de prudencia. Sobre todo, tenemos que estar unidos a Cristo y aprender de ?l, el buen Pastor, a ser buenos pastores del reba?o que se nos ha confiado.

Merece la pena subrayar la particular atenci?n que cada obispo ha de reservar a sus sacerdotes. Puesto que son los m?s estrechos colaboradores del ministerio episcopal y participan en el ?nico sacerdocio de Cristo, el Papa Juan Pablo II dec?a: "El obispo ha de tratar de comportarse siempre con sus sacerdotes como padre y hermano que los quiere, escucha, acoge, corrige, conforta, pide su colaboraci?n y hace todo lo posible por su bienestar humano, espiritual, ministerial y econ?mico" (Pastores gregis, 47). En este sentido se expresa tambi?n Su Santidad Benedicto XVI en el discurso antes mencionado: "En vuestra oraci?n, queridos hermanos, deben ocupar un lugar particular vuestros sacerdotes, para que perseveren siempre en su vocaci?n y sean fieles a la misi?n presbiteral que se les ha encomendado. Para todo sacerdote es muy edificante saber que el obispo, del que ha recibido el don del sacerdocio o que, en cualquier caso, es su padre y su amigo, lo tiene presente en la oraci?n, con afecto, y que est? siempre dispuesto a acogerlo, escucharlo, sostenerlo y animarlo" (22 de septiembre de 2007).

La Iglesia en Argentina, por lo que he podido conocer, es muy activa en su compromiso de anunciar el Evangelio y en la catequesis, realizando un gran esfuerzo en la formaci?n permanente del clero y dem?s agentes de pastoral. La formaci?n, que incluye en primer lugar una educaci?n para la oraci?n personal y lit?rgica, es hoy particularmente necesaria para hacer que los cristianos est?n preparados para responder, de modo maduro y consciente, a los desaf?os del mundo actual. Es necesario, por tanto, una acci?n catequ?tica y una educaci?n cristiana que forme un laicado s?lido y convencido. Hace falta, adem?s, que la Iglesia no sea percibida como una simple organizaci?n humanitaria, sino en su realidad m?s aut?ntica, como familia de Dios animada por el amor de Cristo, cuyo objetivo es hacer llegar a cada hombre y mujer el mensaje ?ntegro de la salvaci?n. Las obras de promoci?n humana, que se realizan con gran generosidad, ser?n entonces el testimonio visible del amor de Cristo, que quiere que todos los hombres lleguen al conocimiento de la verdad y experimenten la fuerza renovadora de su Esp?ritu.

A medida que se conoce m?s a Cristo, se acrecienta el deseo de alimentarse de su Cuerpo y de su Sangre. A este prop?sito, el concilio Vaticano II afirma que el sacrificio eucar?stico es "fuente y cima de toda la vida cristiana" (Lumen gentium, 11). Toda comunidad cristiana crece alrededor de la Eucarist?a y experimenta su acci?n eficaz y santificadora, especialmente cuando se re?ne en el d?a del Se?or, el domingo. Parece oportuno subrayar aqu? que, desde los primeros tiempos de la Iglesia, los pastores han recordado continuamente a los fieles la importancia de santificar el d?a del Se?or, as? como la necesidad de participar en la asamblea lit?rgica.

Es muy importante a este respecto el cuidado de los sacerdotes en fomentar una celebraci?n lit?rgica digna y piadosa, as? como el esfuerzo por desarrollar una profunda y extensa catequesis entre los fieles, que les lleve a participar con m?s plenitud en los sagrados misterios. Para que la celebraci?n eucar?stica dominical sea m?s fructuosa es necesario tambi?n el acercamiento y la familiaridad cada vez m?s profunda con la palabra de Dios, la cual constituye una parte esencial de la celebraci?n.

La Iglesia es una gran familia a la que Jes?s nos convoca y en la que nos inserta. ?l nos llama a participar en su misi?n mediante una riqueza de ministerios. El encuentro con Cristo en la Eucarist?a despierta en el cristiano un fuerte deseo de anunciar el Evangelio y testimoniarlo en la sociedad, para hacerla m?s humana y solidaria. De la Eucarist?a ha brotado a lo largo de los siglos una inmensa riqueza de caridad, de generosidad para compartir las dificultades de los dem?s, de amor para trabajar por un mundo m?s justo, pac?fico y fraterno.

Adem?s, el misterio de Cristo que la Iglesia proclama, celebra y vive, se hace visible de un modo privilegiado all? donde una comunidad concreta tiende a la santidad. Como gusta repetir el Papa Benedicto XVI, ser santos es, en el fondo, ser amigos fieles y verdaderos de Cristo, reconocerlo y amarlo de modo concreto en los hermanos. Cada comunidad deber?a reflejar esta luz de santidad y alegr?a.

Pienso en estos momentos en la parroquia, ese conjunto de bautizados que, como un peque?o cosmos, re?ne a todos los miembros de la Iglesia: sacerdotes, religiosos y fieles laicos, cada uno seg?n su propia vocaci?n. Es en las familias cristianas, en las cuales se vive y se transmite la fe a los hijos, donde nacen y maduran las vocaciones al servicio del reino de Dios.

Por eso es tan importante que las comunidades parroquiales sean espacios visibles de concordia, escuelas de oraci?n, espejos de caridad y manantiales de esperanza, de modo que todos sus miembros experimenten el gozo de sentirse amados por el Se?or y por sus hermanos, y sientan tambi?n la necesidad de transmitir a quienes les rodean la plenitud de felicidad que da el ser disc?pulos de Cristo. En este sentido, s? que ustedes est?n muy impulsados a compartir, sobre todo con los j?venes, esta riqueza que proviene del Evangelio, y tambi?n su solicitud por la pastoral vocacional y el acompa?amiento formativo y espiritual de los candidatos al sacerdocio y a la vida consagrada.

Queridos hermanos, deseo agradecer, por ?ltimo, todas sus atenciones, de modo particular las palabras que el presidente de la Conferencia episcopal me ha dirigido, en nombre de todos, al principio de este encuentro, y que me han ofrecido la ocasi?n para compartir estas reflexiones. Asimismo, he querido hacerme int?rprete de la constante solicitud del Santo Padre por las diversas comunidades eclesiales de Am?rica Latina. En su nombre les animo a caminar con la confianza puesta en Dios, fieles a su misi?n de ense?ar al pueblo fiel con la palabra y con el ejemplo de vida.

Que la Virgen Mar?a, a la que el pueblo argentino se dirige con filial devoci?n invoc?ndola con muchas y bellas advocaciones, nos sostenga y gu?e en nuestro ministerio pastoral. Sobre todos imploro la especial intercesi?n de santo Toribio de Mogrovejo, patrono del Episcopado latinoamericano. Por mi parte, les tengo presentes en la oraci?n y, con gran afecto, les renuevo los sentimientos de mi fraterna estima en Cristo.
Publicado por verdenaranja @ 19:44  | Hablan los obispos
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