Lunes, 19 de noviembre de 2007
ZENIT publica el discurso que el s?bado dirigi? Benedicto XVI al recibir en audiencia a los participantes de la XXII Conferencia Internacional que ha promovido ?del 15 al 17 de noviembre-- en el Vaticano el Pontificio Consejo para la Pastoral de los Agentes Sanitarios (o Pastoral de la Salud) sobre el tema ?La pastoral en el cuidado de los enfermos ancianos?.


Con Cristo ?es posible afrontar y superar toda prueba f?sica y espiritual?




Se?ores cardenales,
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
ilustres se?ores y se?oras:

Me alegra encontraros con ocasi?n de esta Conferencia Internacional organizada por el Pontificio Consejo para la Pastoral de los Agentes Sanitarios. Dirijo a cada uno mi cordial saludo, en primer lugar al se?or cardenal Javier Lozano Barrag?n, con sentimientos de gratitud por las amables expresiones que me ha expresado en nombre de todos. Junto a ?l saludo al secretario y a los dem?s miembros del Pontificio Consejo, a las autorizadas personalidades presentes y a cuantos han participado en este encuentro para reflexionar juntos sobre el tema de la atenci?n pastral a los enfermos ancianos. Se trata de un aspecto hoy central de la pastoral de la salud que, gracias al aumento de la media de edad, interesa a una poblaci?n cada vez m?s numerosa, portadora de m?ltiples necesidades, pero a la vez de indudables recursos humanos y espirituales.

Si es cierto que la vida humana en cada fase es digna del m?ximo respeto, en algunas vertientes lo es a?n m?s cuando est? marcada por la ancianidad y la enfermedad. La ancianidad constituye la ?ltima etapa de nuestra peregrinaci?n terrena, que tiene fases distintas, cada una con sus propias luces y sombras. Se cuestiona: ?tiene a?n sentido la existencia de un ser humano que discurre en condiciones muy precarias porque es anciano y est? enfermo? ?Por qu?, cuando el desaf?o de la enfermedad se hace dram?tico, seguir defendiendo la vida, sin aceptar m?s bien la eutanasia como una liberaci?n? ?Es posible vivir la enfermedad como una experiencia humana que hay que asumir con paciencia y valor?

Con estas preguntas debe medirse qui?n est? llamado a acompa?ar a los ancianos enfermos, especialmente cuando parecen no tener ya posibilidades de curaci?n. La actual mentalidad eficientista tiende con frecuencia a marginar a estos hermanos y hermanas nuestras que sufren, casi como si fueran s?lo un ?peso? y ?un problema? para la sociedad. Quien tiene sentido de la dignidad humana sabe que, en cambio, hay que respetarles y sostenerles mientras afrontan serias dificultades ligadas a su estado. Es incluso justo que se recurra tambi?n, cuando es necesario, al empleo de cuidados paliativos, los cuales, aunque no pueden curar, son capaces sin embargo de aliviar los sufrimientos que se derivan de la enfermedad. Siempre, con todo, junto a las indispensables atenciones cl?nicas, es necesario mostrar una capacidad concreta de amar, porque los enfermos tienen necesidad de compresi?n, de consuelo y de constante aliento y acompa?amiento. Los ancianos, en particular, deben ser ayudados a recorrer de manera consciente y humana el ?ltimo tramo de la existencia terrena, para prepararse serenamente a la muerte, que ?los cristianos lo sabemos? es un tr?nsito hacia el abrazo del Padre celestial, lleno de ternura y de misericordia.

Desear?a a?adir que esta necesaria solicitud pastoral hacia los ancianos enfermos no puede dejar de involucrar a las familias. En general es oportuno hacer cuanto sea posible para que sean las propias familias las que acojan y se hagan cargo de ellos con afecto reconocido, de forma que los ancianos enfermos puedan pasar el ?ltimo per?odo de la vida en su casa y prepararse a la muerte en un clima de calor familiar. Tambi?n cuando fuera necesario el ingreso en estructuras sanitarias, es importante que no decaiga el v?nculo del paciente con sus seres queridos y su propio entorno. Que en los momentos m?s dif?ciles, el enfermo, sostenido por la atenci?n pastoral, sea alentado a encontrar la fuerza para afrontar su dura prueba en la oraci?n y con el consuelo de los Sacramentos. Que est? rodeado de hermanos en la fe, dispuestos a escucharle y a compartir sus sentimientos. Es ?ste, realmente, el verdadero objetivo de la atenci?n ?pastoral? de las personas ancianas, especialmente cuando est?n enfermas, y m?s todav?a si lo est?n gravemente.

En varias ocasiones, mi venerado predecesor Juan Pablo II, que especialmente durante la enfermedad ofreci? un testimonio ejemplar de fe y de valor, exhort? a los cient?ficos y a los m?dicos a comprometerse en la investigaci?n para prevenir y curar las enfermedades ligadas al envejecimiento, sin ceder jam?s a la tentaci?n de recurrir a pr?cticas de acortamiento de la vida enferma y anciana, pr?cticas que resultar?an ser, de hecho, formas de eutanasia. Que no olviden los cient?ficos, los investigadores, los m?dicos, los enfermeros, as? como los pol?ticos, los administradores y los agentes pastorales que ?la tentaci?n de la eutanasia se presenta como uno de los s?ntomas m?s alarmantes de la cultura de la muerte que avanza sobre todo en las sociedades del bienestar? (Evangelium vitae, 64). La vida del hombre es don de Dios que todos estamos llamados a custodiar siempre. Tal deber corresponde tambi?n a los agentes sanitarios, cuya misi?n espec?fica es hacerse ?ministros de la vida? en todas sus fases, particularmente en aquellas caracterizadas por la fragilidad conectada a la enfermedad. Se necesita un compromiso general para que la vida humana sea respetada no s?lo en los hospitales cat?licos, sino en todo lugar de tratamiento.

Para los cristianos es la fe en Cristo la que ilumina la enfermedad y la condici?n de la persona anciana, como cualquier otro evento y fase de la existencia. Jes?s, muriendo en la cruz, dio al sufrimiento humano un valor y un significado trascendente. Ante el sufrimiento y la enfermedad los creyentes est?n invitados a no perder la serenidad, porque nada, ni siquiera la muerte, puede separarnos del amor de Cristo. En ?l y con ?l es posible afrontar y superar toda prueba f?sica y espiritual y, precisamente en el momento de mayor debilidad, experimentar los frutos de la Redenci?n. El Se?or resucitado se manifiesta, en cuantos creen en ?l, como el viviente que transforma la existencia dando sentido salv?fico tambi?n a la enfermedad y a la muerte.

Queridos hermanos y hermanas: mientras invoco sobre cada uno de vosotros y sobre vuestro trabajo diario la materna protecci?n de Mar?a, Salus infirmorum, y de los santos que emplearon su existencia al servicio de los enfermos, os exhorto a trabajar siempre para difundir el ?evangelio de la vida?. Con tales sentimientos os imparto de coraz?n la Bendici?n Apost?lica, extendi?ndola gustosamente a vuestros seres queridos, a vuestros colaboradores y particularmente a las personas ancianas enfermas.

[Traducci?n del original italiano realizada por Zenit]
Publicado por verdenaranja @ 23:35  | Habla el Papa
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