Domingo, 25 de noviembre de 2007
Día 21 de Noviembre
Presentación de la Santísima Virgen


Disponibles para Dios




Celebramos una fiesta de nuestra Madre que no tiene su origen en el Evangelio, sino en una antigua tradición, según la cual la Santísima Virgen –llena de Gracia desde su concepción– hizo una dedicación de sí misma a Dios a impulsos del Espíritu Santo. Celebramos hoy, por tanto, la entrega de la Virgen a los planes divinos que acabó manifestándose en aquel, he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra: su respuesta a las palabras de Gabriel, que le anunciaban lo que Dios esperaba de Ella.

Merece la Virgen que la felicitemos por su disponibilidad confiada a Dios, que fue el origen de tantas riquezas divinas, para Ella y –por Ella– para todos los hombres. Cumplimos así las proféticas palabras que María dirigió a Isabel, la que sería madre del Bautista: Me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque contemplándonos hijos de Dios y herederos del Cielo, nos sale casi sin proponérnoslo, alabar, festejar, proclamar su grandeza y alegrarnos entre nosotros por Santa María, que nos ha traído tanto bien.

Contemplando a la Virgen en esta fiesta nos vamos preparando para la gran solemnidad del próximo día 8 de diciembre, la Inmaculada Concepción, que en bastantes lugares se celebra con su Novena, para honrar más aún a la Madre de Dios y disponernos por su ejemplo a ser mejores cristianos.

Pidamos a María que sepamos vivir más atentos a los requerimientos divinos; que en esta fiesta en que nos alegramos por su completa entrega a los planes de Dios, queramos también nosotros amarle cumpliendo su voluntad, firmemente persuadidos de que desea para cada uno siempre lo mejor.

Por el breve pasaje de san Mateo que hoy nos presenta la liturgia de la Santa Misa, podría parecer a primera vista que Jesús tiene un desaire con su Madre y con sus parientes. Pero, evidentemente, el cariño del Señor por Santa María era y es el mayor que un hijo puede sentir por su madre. Así lo sabía también Ella y por eso las palabras de su Hijo en modo alguno la contristaron. Ponía el Señor de manifiesto con su respuesta: He aquí mi madre y mis hermanos –señalando a los discípulos–, la grandeza de su propio corazón. Su amor de predilección por los que tratan decididamente de agradar a Dios, es como el que se siente por los más queridos: como el amor a la propia madre y a los más íntimos.

Si la Virgen acoge todo el amor de su Hijo, es gracias a su completa disponibilidad al querer de Dios para Ella. María se deja querer –diríamos–, cuanto Dios quiere quererla y la ama –como a Hija, Esposa y Madre– con el inmenso amor de su divino corazón. ¡Que nosotros también nos dejemos querer cuanto Dios quiera querernos! Para eso le pedimos, por intercesión de su Madre, en esta fiesta de su disponibilidad completa al Señor, que no queramos empeñar nuestro corazón en amores que de algún modo nos cierran al gran Amor que Dios nos tiene reservado.

En las obras está el amor. No tanto en el resultado visible de nuestra conducta, que tantas veces depende de circunstancias ajenas a la voluntad, cuanto en nuestro corazón y en el deseo –que procura llevarse a la práctica– por agradar al Señor antes que a nadie y que a nosotros mismos. Preguntémonos si tenemos interés en amar a Dios con toda nuestra vida, si de hecho vamos buscando agradarle con los quehaceres cotidianos. La Virgen, sin obras extraordinarias, amaba a Dios lo indecible, porque en su vida sencilla de mujer joven en un pueblo de Galilea, trataba de complacer a su Señor con el modo de trabajar, con sus diversiones, con sus oraciones o en el trato con los demás...

Los evangelios, si no dicen nada de la infancia de María, sí que nos cuentan en cambio algunos detalles de su vida, desde que recibe la embajada de Gabriel hasta que contempla a su Hijo muerto en la Cruz. Siempre la veremos dándose a los demás y con una absoluta confianza en Dios, a quien, inspirada por el Espíritu Santo, trató filialmente desde su niñez. De su Padre Dios obtenía la fortaleza y la constancia para ser en todo momento una ayuda, un estímulo, un consuelo... y una alegría; porque, sin duda, el entusiasmo de María al saberse tan cerca del Señor contagiaría también el ánimo de los demás: daba gusto estar con Ella. La Iglesia la llama, en las Letanías del Santo Rosario, "Causa de nuestra alegría".

Quizá a nosotros nos falta generosidad con nuestro Dios y por eso no siempre vivimos contentos. Invoquemos como niños a nuestra Madre del Cielo: ¡Causa de nuestra alegría, ruega por nosotros!


Publicado por verdenaranja @ 0:08  | Espiritualidad
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