S?bado, 01 de diciembre de 2007
D?a 2 e Dciembre
I Domingo de Adviento


Vigilar en paz



?Qu? cierto es que la muerte nos puede sorprender! Aunque en muchas ocasiones no sucede as? y hasta es posible que los m?dicos se aventuren a pronosticar cu?nto tiempo de vida le queda a un enfermo y lo m?s frecuente en nuestros d?as es que la muerte sobrevenga a partir de una edad ya avanzada. A nadie le admira, sin embargo, la noticia del fallecimiento inesperado de personas j?venes o de mediana edad, por accidente, por ejemplo, y tambi?n por enfermedad. Quiz? sea ?sta una de las manifestaciones m?s claras e innegables de que no somos se?ores de nuestra existencia.

Jes?s parte de esta realidad, que es evidente para todos, y estimula a la vigilancia. Ese momento ?el de la muerte? debe encontrarnos preparados, pues es para cada uno el momento de encuentro con el Se?or como Juez de nuestros actos. No es la vida del hombre tan s?lo una ocasi?n, m?s o menos larga y m?s o menos grata, de desarrollo de las propias capacidades. Ni se trata de un tiempo nuestro, de nuestra propiedad, como si a nadie debi?ramos dar cuenta de su aprovechamiento. Las palabras de Jes?s indican, por el contrario, que al terminar esta vida habremos de responder de ella y que ese momento se puede presentar de improviso.

Velad, aconseja el Se?or. As? hacemos cuando queremos asegurar la buena marcha de cualquier negocio. Lo hacemos todos para garantizar la eficacia de lo que nos traemos entre manos: en el trabajo, en la vida familiar y social, en la diversi?n...; s?, hasta en nuestros juegos. Nos interesa evaluar esfuerzos, tiempo empleado, gastos... Luego, a la vista del resultado obtenido, quiz? advertimos que todo va bien o, por el contrario, que es preciso modificar de alg?n modo nuestra pauta. Y as? hacernos, entonces, como consecuencia. Si actuamos de este modo en casi todas nuestras ocupaciones, aunque sean de poca importancia, con mayor raz?n haremos en las importantes y, sobre todo, en lo que se refiere al sentido y raz?n de ser de nuestra existencia. Querremos vivir permanentemente vigilantes, calibrando si nuestro quehacer contribuye al desarrollo de la vida en Dios a la que ?l nos llama. Ser? preciso, pues ?al igual que para lo menos importante, y como aconseja la experiencia?, dedicar algunos tiempos a ese examen vigilante.

El inter?s por vivir la vida seg?n Dios ?la ?nica que vale la pena para el hombre?, que descubrimos m?s y m?s en la oraci?n, impulsa a un examen sobre la realidad sobrenatural de lo concreto de nuestra vida; y, m?s en particular, acerca de los medios que de hecho ponemos en pr?ctica para que nuestras jornadas sean como Dios espera. Sabremos as? lo que tendremos que rectificar con la ayuda del Se?or, ya que s?lo eso est? al alcance de la voluntad humana; no propiamente la santidad misma que es efecto de la Gracia, obra del Esp?ritu Santo en nosotros. Dios no niega su auxilio a sus hijos: nos quiere santos y espera poder otorgarnos sus dones seg?n vamos configurando la vida nuestra con su querer, que descubrimos en un diligente examen de conciencia.

?C?mo ha sido mi trato con los que me rodean, cu?nto rec? por ellos? ?Agradec? al Se?or lo que soy, lo que me ha concedido por encima de otros seres? ?Respondo a esos talentos: a mis condiciones humanas, a los medios materiales de que dispongo, a la ayuda que se me ofrece? ?Soy conscientes de que son dones de Dios para que los haga fructificar? ?Medito en oraci?n sobre la realidad sobrenatural de mi vida, me considero ante todo hijo de Dios?

Preguntas como estas deber?an ser quiz? habituales en nuestra conciencia, sobre todo si por sus respuestas no nos queda claro que procuramos vivir para Dios. Y mientras examinamos la conducta, tratando de descubrir en qu? mejorar, convendr? no olvidar el apoyo suave y fuerte que Dios mismo, Nuestro Padre, nos ofrece para que sepamos concretar de d?a en d?a el amor con obras que espera de nosotros para hacernos santos. Porque no es la vigilancia que hoy consideramos tarea que deba ser impulsada por el miedo, ni a duras penas porque nos sentirmos sin las fuerzas necesarias. Nos resultar?a ciertamente imposible si cont?semos tan s?lo con nuestras personales posibilidades, pero no olvidemos que la santidad se forma en los hijos de Dios por las Gracia, tan sencillamente como el fruto dulce, maduro en un sarmiento, cuando permanece unido a la vid. Con la misma naturalidad se siente el gozo en la virtud y la mayor intimidad con el Creador que es Padre.

La obra de nuestra santificaci?n, siendo natural, ser? empresa siempre ardua, pero proporcionada a nuestras fuerzas con la ayuda de Dios y, por eso, cosa ordinaria. Vigilemos, pues, para descubrir c?mo contar m?s con el Se?or a lo largo de la jornada, c?mo vivir para ?l cada uno de nuestros momentos. No debemos abandonar la actitud de ni?os e hijos muy queridos que el Se?or tanto nos aconseja. Es precisamente comport?ndonos as? como resulta f?cil la santidad e imposible, en cambio, de otro modo.

La Virgen Sant?sima, nuestra Madre, si procuramos tratarla asiduamente como hijos peque?os, nos facilita el camino de infancia hasta Nuestro Padre Dios, ayud?ndonos a concretar los pasos que cada jornada van conduci?ndonos a la casa del Cielo.


Publicado por verdenaranja @ 15:48  | Espiritualidad
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