Lunes, 03 de diciembre de 2007
Homil?a que pronunci? Benedicto XVI el s?bado, 1 de Diciembre de 2007, por la tarde al presidir en la Bas?lica Vaticana las primeras v?speras del primer domingo de Adviento.


Queridos hermano y hermanas,
El Adviento es, por excelencia, el tiempo de la esperanza. Cada a?o, esta actitud fundamental del esp?ritu se despierta en el coraz?n de los cristianos que, mientras se preparan para celebrar la gran fiesta del nacimiento de Cristo Salvador, reavivan la espera de su regreso glorioso al final de los tiempos. La primera parte del Adviento insiste justamente sobre la parusia, sobre la ?ltima venida del Se?or. Las ant?fonas de estas Primeras V?speras est?n todas orientadas, con diversos matices, hacia tal perspectiva. La breve Lectura, tomada de la Primera Carta a los Tesalonicenses (5,23-24), hace referencia a la venida final de Cristo, usando propio el termino griego parusia (v. 23). El Ap?stol exhorta a los cristianos a conservarse irreprensibles, pero sobre todo, los llama a confiar en Dios, que ?es fiel? (v. 24) y no dejar? de santificar a cuantos corresponder?n a su gracia.

Toda esta liturgia vespertina invita a la esperanza indicando, en el horizonte de la historia, la luz del Salvador que viene: ?aquel d?a brillar? una gran luz? (2? ant.); ?vendr? el Se?or en toda su gloria? (3? ant.); ?su esplendor llena el universo? (Ant?fonas al Magnificat). Esta luz, que emana del futuro de Dios, se ha manifestado ya en la plenitud de los tiempos; para que nuestra esperanza no est? privada de fundamento, sino que se apoye sobre un acontecimiento que se coloca en la historia y al mismo tiempo la excede: es el advenimiento de Jes?s de Nazaret. El evangelista Juan aplica a Jes?s el titulo de ?luz?: es un t?tulo que pertenece a Dios. De hecho en el Credo profesamos que Jesucristo es ?Dios de Dios, Luz de Luz?.

Al tema de la esperanza he querido dedicar mi segunda Enc?clica, que ha sido publicada ayer. Estoy feliz de ofrecerla idealmente a toda la Iglesia en este primer Domingo de Adviento, a fin de que, durante la preparaci?n para la Santa Navidad, las comunidades y los fieles particulares puedan leerla y meditar, redescubrir la belleza, la profundidad de la esperanza cristiana. Esta, en efecto, est? inseparablemente ligada al conocimiento del rostro de Dios, rostro de Jes?s, el Hijo Unig?nito, que se nos ha revelado con su encarnaci?n, con su vida terrena y su predicaci?n, y sobre todo con su muerte y resurrecci?n. La esperanza verdadera y cierta est? fundada sobre la fe en Dios Amor, Padre misericordioso, que ?ha amado tanto al mundo como para darle su Hijo Unig?nito? (Jn 3,16), para que los hombres, y con ellos todas las criaturas, puedan tener vida en abundancia (Cf. Jn 10,10). El Adviento, por lo tanto, es tiempo favorable para descubrir una esperanza que no es vaga ni ilusoria, sino cierta y confiable, porque est? ?anclada? en Cristo, Dios hecho hombre, roca de nuestra salvaci?n.

Desde el inicio, como emerge en el Nuevo Testamento y en las Cartas de los Ap?stoles, una nueva esperanza distingue a los cristianos de cuantos viv?an la religiosidad pagana. Escribiendo a los Efesios, san Pablo les recuerda que, antes de abrazar la fe en Cristo, ellos estaban ?sin esperanza y sin Dios en este mundo? (2,12). Esta expresi?n parece m?s que nunca actual para el paganismo de nuestros d?as: podemos relacionarla en particular con el nihilismo contempor?neo, que corroe la esperanza en el coraz?n del hombre, induci?ndolo a pensar que dentro de ?l y a su alrededor reina la nada: nada antes del nacimiento, nada despu?s la muerte. En realidad, si falta Dios, desaparece la esperanza. Todo pierde ?densidad?. Es como si faltase la dimensi?n de la profundidad y todo se aplanase, privado de su relieve simb?lico, de su ?relieve? respecto a la mera materialidad. Est? en juego la relaci?n entre la existencia aqu? y ahora y lo que denominamos ?m?s all?: no es un lugar donde terminaremos despu?s de la muerte, sino la realidad de Dios, la plenitud de la vida a la cual todo ser humano tiende. A esta aspiraci?n del hombre, Dios ha respondido en Cristo con el don de la esperanza.

El hombre es la ?nica criatura libre para decir s? o no a la eternidad, es decir, a Dios. El ser humano puede apagar en s? mismo la esperanza eliminando Dios de la propia vida. ?C?mo puede ocurrir esto? ?C?mo puede suceder que la criatura ?hecha por Dios?, ?ntimamente orientada a ?l, la m?s cercana a lo Eterno, pueda privarse de esta riqueza? Dios conoce el coraz?n del hombre. Sabe que quien lo rechaza no ha conocido su verdadero rostro, y por esto no cesa de llamar a nuestra puerta, como humilde peregrino en b?squeda de acogida. He aqu? por qu? el Se?or concede un nuevo tiempo a la humanidad: ?para que todos puedan llegar a conocerlo! Es este tambi?n el sentido de un nuevo a?o lit?rgico que inicia: es un don de Dios, el cual quiere nuevamente revelarse en el misterio de Cristo, mediante la Palabra y los Sacramentos. Mediante la Iglesia quiere hablar a la humanidad y salvar a los hombres de hoy. Y lo hace yendo a su encuentro, para ?buscar y salvar lo que se hab?a perdido? (Lc 19,10). En esta perspectiva, la celebraci?n del Adviento es la respuesta de la Iglesia Esposa a la iniciativa siempre nueva de Dios Esposo, ?que es, que era y que va a venir? (Ap 1,8). A la humanidad que ya no tiene tiempo para ?l, Dios ofrece otro tiempo, un nuevo espacio para volver a entrar en si misma, para volver a encaminarse, para reencontrar el sentido de la esperanza.

He aqu? entonces el sorprendente descubrimiento: ?la esperanza m?a y nuestra, est? precedida por la espera que Dios cultiva con respecto a nosotros! S?, Dios nos ama y justamente por esto espera que regresemos a ?l, que abramos el coraz?n a su amor, que pongamos nuestra mano en la suya y que recordemos que somos sus hijos. Esta espera de Dios precede siempre a nuestra esperanza, exactamente como su amor nos alcanza siempre en primer lugar (cfr 1 Jn 4,10). En este sentido la esperanza cristiana viene llamada ?teologal?: Dios es la fuente el apoyo y el fin. ?Qu? gran consuelo en este misterio! Mi Creador ha puesto en m? esp?ritu, un reflejo de su deseo de vida para todos. Todo hombre est? llamado a esperar, correspondiendo a la expectativa que Dios tiene sobre ?l. Por lo dem?s, la experiencia nos demuestra que es precisamente as?. ?Qu?, sino la confianza que Dios tiene en el hombre, es lo que lleva adelante al mundo? Es una confianza que tiene su reflejo en los corazones de los peque?os, de los humildes, cuando a trav?s de las dificultades y las fatigas se comprometen cada d?a a dar lo mejor de si mismos, a hacer ese poco de bien que para los ojos de Dios es tanto: en familia, en el puesto de trabajo, en la escuela, en los diferentes ?mbitos de la sociedad. En el coraz?n del hombre est? escrita de forma imborrable la esperanza, porque Dios, nuestro Padre es vida, y para la vida eterna y beata estamos hechos.

Cada ni?o que nace es signo de la confianza de Dios en el hombre y es la confirmaci?n, al menos impl?cita, de la esperanza que el hombre nutre en un futuro abierto sobre el eterno Dios. A esta esperanza del hombre, Dios ha respondido naciendo, en el tiempo, como peque?o ser humano. Ha escrito san Agust?n: ?habr?amos podido creer que tu Palabra esta lejos del contacto del hombre y desesperar de nosotros, si esta Palabra no se hubiera hecho carne y no hubiese vivido entre nosotros? (Conf. X, 43, 69, cit. in Spe salvi, 29). Dej?monos entonces guiar por Aquella que ha llevado en el coraz?n y en el seno el Verbo encarnado. Oh Mar?a, Virgen de la espera y Madre de la esperanza, reaviva en toda la Iglesia el esp?ritu del Adviento, para que toda la humanidad se vuelva a poner en camino hacia Bel?n, de donde ha venido, y de nuevo vendr? a visitarnos el Sol que surge de lo alto (cfr Lc 1,78), Cristo nuestro Dios. Am?n.


Traducci?n del original italiano realizada por Radio Vaticano

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Publicado por verdenaranja @ 23:28  | Habla el Papa
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