S?bado, 15 de diciembre de 2007
D?a 16 de Diciembre
III DOMINGO DE ADVIENTO



La exigencia en la santidad

En el pasaje de san Mateo que hoy nos presenta la Liturgia de la Iglesia contemplamos un interesante momento de la vida del Se?or en relaci?n con Juan el Bautista. Por una parte, con su respuesta a los disc?pulos de Juan, les confirma, por las obras que de ?l contemplaban, que ya no deb?an esperar a otro: se cumpl?a en su Persona lo anunciado por los profetas cuando se refer?an al Mes?as prometido por Dios. Advierte Jes?s, por otra parte, que el talante y la conducta del Precursor, por su hero?smo, lealtad y fortaleza, deb?an ser un ejemplo estimulante para siempre.

Una prueba de la mesianidad de Jes?s de Nazaret consiste, en efecto, en el cumplimiento inequ?voco en su persona de las profec?as que, durante siglos, hab?an anunciado la llegada de un libertador enviado por Dios a los hombres. Aparte de las diversas circunstancias de lugar y de tiempo en que vendr?a el Mes?as y que se cumplen en Jes?s, se cumplen tambi?n en ?l otros fen?menos ?los milagros?, que siendo hechos sobrenaturales, por cuanto los simples hombres no tenemos capacidad para ellos, prueban el car?cter asimismo sobrenatural de su Autor. La doctrina que se nos propone a los cristianos, al ser del mismo Jes?s de Nazaret, es mucho m?s que una ense?anza v?lida que conform? la vida de los hombres en unas determinadas circunstancias de hace dos mil a?os. Las suyas son palabras definitivas para los hombres de todos los tiempos ?el Cielo y la tierra pasar?n, pero mis palabras no pasar?n, nos dijo?, su doctrina debe reflejarse siempre en la vida de los hombres, cualesquiera que sean nuestras circunstancias

Pero el poder del Se?or, demostrado con sus obras, es una garant?a de la solidez de su doctrina y confirma la autoridad de sus palabras; que, junto al amor que nos demuestra con su entrega hasta la muerte, estimula la respuesta humana en su seguimiento. Aunque, si es cierto que nos anima a la confianza, nos propone tambi?n una vida exigente, como la de Juan Bautista. Una vida, que debe ser tambi?n hoy completamente opuesta a la blandura imperante y a lo simplemente f?cil o agradable. Quienes hayan puesto su ideal en el confort no deben buscarlo en el cristianismo: el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza, dir?, refiri?ndose a su caminar por este mundo y a la vida que promete a sus ap?stoles.

De diversos modos y con frecuencia, a lo largo de su vida p?blica, insistir? Nuestro Se?or en la necesidad de la virtud de la fortaleza. Por ejemplo, ense?ando a la gente: que el Reino de los Cielos padece violencia, y los esforzados lo conquistan; que, si alguno quiere venir en pos de m?, ni?guese a s? mismo, tome su cruz y s?game; pues el que quiera salvar su vida la perder?; pero el que pierda su vida por m?, la encontrar?. Son palabras que el mismo Dios nos dirige, sin dejar de amarnos como Padre cari?oso, aunque sean palabras exigentes con las que previene la tendencia nuestra a la flojera y al ego?smo. Son, por eso, ocasi?n de que aseguremos nuestra conducta, leal a la ense?anza del Se?or, con algunos prop?sitos que trataremos de cumplir con la ayuda que ?l mismo nos ofrece.

No est? de moda la virtud de la fortaleza. Lo ideal y deseable para muchos es que lo bueno cueste poco, aunque sea s?lo relativamente bueno, aunque no sea tan bueno como podr?a ser con m?s esfuerzo. Pero necesita el mundo de hoy cristianos que quieran amar sin medida, sin calcular el gasto, la fatiga o el dolor que les supondr? ser leales a Dios hasta el hero?smo. Sin medida, con tal de aportar a los dem?s, incluso a costa de s?, el est?mulo y el ejemplo necesarios para seguir esperanzados el ideal de Jesucristo. Como sigue a Cristo el Romano Pont?fice: leal al Evangelio y, por eso, no pocas veces, enfrentado a los poderosos de este mundo. Tambi?n nosotros podemos y debemos manifestar la misma lealtad, rogando a Dios con mucha frecuencia que proteja al Papa y lo fortalezca en su servicio a Dios y a los hombres. Nos dispondremos, as?, a imitarle en esas contiendas cotidianas contra la comodidad, la sensualidad, el amor propio..., que necesariamente tendremos que librar para ser tambi?n leales a Jesucristo.

Santa Mar?a ?Madre nuestra, auxilio de los cristianos, Esposa del Esp?ritu Santo, Madre de Dios? nos protege con su intercesi?n poderosa. No podemos prescindir de Ella en esta batalla que debemos mantener contra nuestra debilidad y frente a los que se oponen al reinado de Dios en el mundo. Como Virgen fiel, nos ense?a que la fortaleza que vence al mundo est? en la humildad de reconocer el se?or?o divino sobre toda criatura. El mismo reconocimiento que a Ella la conduce al gozo inapreciable de sentirse especialmente querida por Dios a pesar de su peque?ez.
Publicado por verdenaranja @ 16:56  | Espiritualidad
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