S?bado, 15 de diciembre de 2007
ZENIT publica la segunda predicaci?n de Adviento que, en presencia de Benedicto XVI, ha pronunciado el padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia.

Eje de estas meditaciones es el tema ?Nos ha hablado por medio del Hijo? (Hebreos 1, 2); asisten tambi?n a este camino de preparaci?n de la Navidad, en la capilla Redemptoris Mater del Palacio Apost?lico del Vaticano, colaboradores del Santo Padre.


P. Raniero Cantalamessa
Adviento 2007 en la Casa Pontificia

Segunda Predicaci?n
Juan el Bautista, ?m?s que un profeta?



La vez pasada, partiendo del texto de Hebreos, 1,1-3, intent? trazar la imagen de Jes?s seg?n resulta de su comparaci?n con los profetas. Pero entre el tiempo de los profetas y el de Jes?s existe una figura especial que hace de gozne entre los primeros y el segundo: Juan el Bautista. Nada mejor, en el Nuevo Testamento, para evidenciar la novedad de Cristo que la comparaci?n con el Bautista.

El tema del cumplimiento, del cambio hist?rico, emerge n?tido de los textos en los que Jes?s mismo se expresa sobre su relaci?n con el Precursor. Actualmente los estudiosos reconocen que los dichos que se leen al respecto en los evangelios no son invenciones o adaptaciones apolog?ticas de la comunidad posteriores a la Pascua, sino que se remontan en la sustancia al Jes?s hist?rico. Algunos de ellos se vuelven, de hecho, inexplicables si se atribuyen a la comunidad cristiana posterior [1] .

Una reflexi?n sobre Jes?s y el Bautista es tambi?n la mejor forma de estar en sinton?a con la liturgia de Adviento. Las lecturas del Evangelio del segundo y del tercer domingo de Adviento tienen, de hecho, en el centro la figura y el mensaje del Precursor. Hay una progresi?n en Adviento: en la primera semana la voz sobresaliente es la del profeta Isa?as, que anuncia al Mes?as de lejos; en la segunda y tercera semana es la del Bautista, quien anuncia al Cristo presente; en la ?ltima semana el profeta y el Precursor dejan el sitio a la Madre, quien lo lleva en su seno.

En esta capilla tenemos ante nuestros ojos al Precursor en dos momentos. En el muro lateral le vemos en el acto de bautizar a Jes?s, combado hacia ?l en se?al de reconocimiento de su superioridad; en el muro del fondo, en la actitud de la D?esis t?pica de la iconograf?a bizantina.

1. El gran cambio

En texto m?s completo en el que Jes?s se expresa sobre su relaci?n con Juan el Bautista es el pasaje del Evangelio que la liturgia nos har? leer el pr?ximo domingo en la Misa. Juan, desde la prisi?n, env?a a sus disc?pulos a preguntar a Jes?s: ??Eres t? el que ha de venir o debemos esperar a otro?? (Mt 11,2-6; Lc 7,19-23).

La predicaci?n del Maestro de Nazaret, a quien ?l mismo hab?a bautizado y presentado a Israel, parece a Juan que va en una direcci?n distinta de la flamante que ?l se esperaba. M?s que el juicio inminente de Dios, ?l predica la misericordia presente, ofrecida a todos, justos y pecadores.

Lo m?s significativo de todo el texto es el elogio que Jes?s hace del Bautista, tras haber respondido a su pregunta: ??Qu? salisteis a ver? ?Un profeta? S?, os digo, y m?s que un profeta [...]. En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el m?s peque?o en el Reino de los Cielos es mayor que ?l. Desde los d?as de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan. Pues todos los profetas, lo mismo que la Ley, hasta Juan profetizaron. Y, si quer?is admitirlo, ?l es ese El?as, el que iba a venir. El que tenga o?dos, que oiga? (Mt 11,11-15).

Una cosa se ve clara de estas palabras: entre la misi?n de Juan el Bautista y la de Jes?s ha ocurrido algo decisivo, tal que constituye una divisoria entre dos ?pocas. El centro de gravedad de la historia se ha desplazado: lo m?s importante ya no est? en un futuro m?s o menos inminente, sino que est? ?aqu? y ahora?, en el reino que est? ya operante en la persona de Cristo. Entre las dos predicaciones ha sucedido un salto de calidad: el m?s peque?o del nuevo orden es superior al mayor del orden precedente.

Este tema del cumplimiento y del cambio de ?poca encuentra confirmaci?n en muchos otros contextos del Evangelio. Basta recordar algunas palabras de Jes?s como: ??Aqu? hay algo m?s que Jon?s! [...]. ?Aqu? hay algo m?s que Salom?n!? (Mt 12, 41-42). ??Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros o?dos, porque oyen! En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver o que vosotros veis, pero no lo vieron, y o?r lo que vosotros o?s, pero no lo oyeron? (Mt 13,16-17). Todas las llamadas ?par?bolas del Reino? --como la del tesoro escondido y la de la perla preciosa-- expresan, de manera cada vez distinta y nueva, la misma idea de fondo: con Jes?s ha sonado la hora decisiva de la historia; ante ?l se impone la decisi?n de la que depende la salvaci?n.

Fue ?sta la constataci?n que impuls? a los disc?pulos de Bultmann a separarse del maestro. Bultmann situaba a Jes?s en el juda?smo, haciendo de ?l una premisa del cristianismo, no un cristiano todav?a; sin embargo el gran cambio lo atribu?a a la fe de la comunidad post-pascual. Bornkamm y Conzelmann se dieron cuenta de la imposibilidad de esta tesis: ?el cambio hist?rico? ocurre ya en la predicaci?n de Jes?s. Juan pertenece a las ?premisas? y a la preparaci?n, pero con Jes?s estamos ya en el tiempo del cumplimiento.

En su libro ?Jes?s de Nazaret?, el Santo Padre confirma esta conquista de la ex?gesis m?s seria y actualizada. Escribe: ?Para que se llegara a ese choque radical, para que se recurriera a ese gesto extremo -la entrega a los romanos--, ten?a que haber ocurrido o haberse dicho algo dram?tico. El elemento importante y estremecedor se sit?a precisamente al inicio; la Iglesia naciente tuvo que reconocerlo lentamente en toda su grandeza, aferrarlo poco a poco, acompa?ando y penetrando el recuerdo con la reflexi?n [...]. El elemento grande, nuevo y excitante proviene precisamente de Jes?s; en la fe y en la vida de la comunidad es desplegado, pero no creado. Es m?s, la comunidad ni siquiera se habr?a formado ni habr?a sobrevivido si no hubiera estado precedida por una realidad extraordinaria? [2].

En la teolog?a de Lucas es evidente que Jes?s ocupa ?el centro del tiempo?. Con su venida ?l dividi? la historia en dos partes, creando un ?antes? y un ?despu?s? absolutos. Hoy se est? convirtiendo en pr?ctica com?n, especialmente en la prensa laica, abandonar el modo tradicional de fechar los acontecimientos ?antes de Cristo? o ?despu?s de Cristo? (ante Christum natum y post Christum natum) a favor de la f?rmula m?s neutral ?antes de la era com?n? y ?de la era com?n?. Es una opci?n motivada por el deseo de no irritar la sensibilidad de pueblos de otras religiones que utilizan la cronolog?a cristiana. En tal sentido hay que respetarla, pero para los cristianos permanece indiscutible el papel ?discriminante? de la venida de Cristo para la historia religiosa de la humanidad.

2. ?l os bautizar? en Esp?ritu Santo

Ahora, como siempre, partamos de la certeza exeg?tica y teol?gica evidenciada para llegar al hoy de nuestra vida.

La comparaci?n entre el Bautista y Jes?s se cristaliza en el Nuevo Testamento en la comparaci?n entre el bautismo de agua y el bautismo de Esp?ritu. ?Yo os he bautizado con agua, pero ?l os bautizar? con Esp?ritu Santo? (Mc 1,8; Mt 3,11; Lc 3,16). ?Yo no le conoc?a -dice el Bautista en el Evangelio de Juan--, pero el que me envi? a bautizar con agua, me dijo: "Aquel sobre quien veas que baja el Esp?ritu y se queda sobre ?l, ?se es el que bautizar? con Esp?ritu Santo"? (Jn 1,33). Y Pedro, en la casa de Cornelio: ?Me acord? de aquellas palabras que dijo el Se?or: "Juan bautiz? con agua, pero vosotros ser?is bautizados con el Esp?ritu Santo"? (Hch 11,16).

?Qu? quiere decir que Jes?s es el que bautiza en Esp?ritu Santo? La expresi?n no s?lo sirve para distinguir el bautismo de Jes?s del de Juan; sirve para distinguir toda la persona y obra de Cristo respecto a la del Precursor. En otras palabras, en toda su obra Jes?s es el que bautiza en Esp?ritu Santo. Bautizar aqu? tiene un significado metaf?rico; quiere decir inundar, envolver por todas partes, como hace el agua con los cuerpos sumergidos en ella.

Jes?s ?bautiza en Esp?ritu Santo? en el sentido de que recibe y da el Esp?ritu ?sin medida? (Jn 3, 34), ?efunde? su Esp?ritu (Hch 2, 33) sobre toda la humanidad redimida. La expresi?n se refiere m?s al acontecimiento de Pentecost?s que al sacramento del bautismo. ?Juan bautiz? con agua, pero vosotros ser?is bautizados en el Esp?ritu Santo dentro de pocos d?as? (Hch 1,5), dice Jes?s a los ap?stoles refiri?ndose evidentemente a Pentecost?s, que tendr?a lugar en breve plazo.

La expresi?n ?bautizar en el Esp?ritu? define por lo tanto la obra esencial del Mes?as, que ya en los profetas del Antiguo Testamento aparece orientada a regenerar a la humanidad mediante una gran y universal efusi?n del Esp?ritu de Dios (Jl 3,1 ss.). Aplicando todo ello a la vida y al tiempo de la Iglesia debemos concluir que Jes?s resucitado no bautiza en Esp?ritu Santo ?nicamente en el sacramento del bautismo, sino, de manera distinta, tambi?n en otros momentos: en la Eucarist?a, en la escucha de la Palabra y, en general, en todos los medios de gracia.

Santo Tom?s de Aquino escribe: ?Existe una misi?n invisible del Esp?ritu cada vez que se realiza un progreso en la virtud o un aumento de gracia...; cuando alguno pasa a una nueva actividad o a un nuevo estado de gracia? [3]. La propia liturgia de la Iglesia lo inculca. Todas sus oraciones y sus himnos al Esp?ritu Santo comienzan con el grito: ??Ven!?: ?Ven, Esp?ritu Creador?, ?Ven, Esp?ritu Santo?. Con todo, quien as? reza ya ha recibi? una vez el Esp?ritu. Quiere decir que el Esp?ritu es algo que hemos recibido y que debemos recibir siempre de nuevo.

3. El bautismo en el Esp?ritu

En este contexto hay que aludir al llamado ?bautismo en el Esp?ritu? que desde hace un siglo se ha convertido en experiencia viva para millones de creyentes de casi todas las denominaciones cristianas. Se trata de un rito hecho de gestos de gran sencillez, acompa?ados de disposiciones de arrepentimiento y de fe en la promesa de Cristo: ?El Padre dar? el Esp?ritu Santo a quien se lo pida?.

Es una renovaci?n y una reactivaci?n, no s?lo del bautismo y de la confirmaci?n, sino de todos los eventos de gracia del propio estado: ordenaci?n sacerdotal, profesi?n religiosa, matrimonio. El interesado se prepara a ello --adem?s de hacerlo con una buena confesi?n-- a trav?s de encuentros de catequesis en los que se pone de nuevo en contacto vivo y gozoso con las principales verdades y realidades de la fe: el amor de Dios, el pecado, la salvaci?n, la vida nueva, la transformaci?n en Cristo, los carismas, los frutos del Esp?ritu Santo. Todo en un clima caracterizado de profunda comuni?n fraterna.

A veces, en cambio, ocurre espont?neamente, fuera de todo esquema; es como si se fuera ?sorprendido? por el Esp?ritu. Un hombre dio este testimonio: ?Estaba en el avi?n leyendo el ?ltimo cap?tulo de un libro sobre el Esp?ritu Santo. En cierto momento fue como si el Esp?ritu Santo saliera de las p?ginas del libro y entrara en mi cuerpo. Como arroyos, empezaron a brotar l?grimas de mis ojos. Comenc? a orar. Estaba vencido por una fuerza muy por encima de m?? [4].

El efecto m?s com?n de esta gracia es que el Esp?ritu Santo, de ser un objeto de fe intelectual, m?s o menos abstracto, se convierte en un hecho de experiencia. Karl Rahner escribi?: ?No podemos contestar que el hombre tenga aqu? [en la tierra. Ndr] experiencias de gracia que le dan un sentido de liberaci?n, le abren horizontes completamente nuevos, se imprimen profundamente en ?l, le transforman, plasmando, hasta por largo tiempo, su actitud cristiana m?s ?ntima. Nada impide llamar a tales experiencias bautismo del Esp?ritu? [5].

A trav?s de lo que se denomina, precisamente, ?bautismo del Esp?ritu?, se tiene experiencia de la unci?n del Esp?ritu Santo en la oraci?n, de su poder en el ministerio pastoral, de su consolaci?n en la prueba, de su gu?a en las elecciones. Antes a?n que en la manifestaci?n de los carismas, es as? como se le percibe: como Esp?ritu que transforma interiormente, da el gusto de la alabanza de Dios, abre la mente a la compresi?n de las Escrituras, ense?a a proclamar Jes?s ?Se?or? y da el valor de asumir tareas nuevas y dif?ciles, en el servicio de Dios y del pr?jimo.

Este a?o se celebra el cuadrag?simo aniversario del retiro a partir del cual empez?, en 1967, la Renovaci?n carism?tica en la Iglesia cat?lica, que se estima que lleg? en pocos a?os a no menos de ochenta millones de cat?licos. He aqu? como describ?a los efectos del bautismo del Esp?ritu sobre s? misma y sobre el grupo una de las personas que estaban presentes en aquel primer retiro:

?Nuestra fe se ha hecho m?s viva; nuestro creer se ha convertido en una especie de conocimiento. De repente, lo sobrenatural se ha hecho m?s real que lo natural. En una palabra, Jes?s es un ser vivo para nosotros... La oraci?n y los sacramentos han llegado a ser realmente nuestro pan de cada d?a, dejando de ser unas gen?ricas "pr?cticas piadosas". Un amor por las Escrituras que nunca me hubiera imaginado, una transformaci?n de nuestras relaciones con los dem?s, una necesidad y una fuerza de dar testimonio m?s all? de toda expectativa: todo esto ha llegado a formar parte de nuestra vida. La experiencia inicial del bautismo del Esp?ritu no nos ha proporcionado una especial emoci?n externa, pero nuestra vida se ha llenado de serenidad, confianza, alegr?a y paz... Hemos cantado el Veni creator Spiritus antes de cada reuni?n, tomando en serio lo que dec?amos, y no nos hemos visto defraudados... Tambi?n hemos sido inundados de carismas, y todo esto nos sit?a en una perfecta atm?sfera ecum?nica? [6].

Todos vemos con claridad que ?stas son precisamente las cosas que m?s necesita hoy la Iglesia para anunciar el Evangelio a un mundo reacio a la fe y a lo sobrenatural. No es que todos est?n llamados a experimentar la gracia de un nuevo Pentecost?s de esta forma. Pero todos estamos llamados a no permanecer fuera de esta ?corriente de gracia? que atraviesa la Iglesia del post Concilio. Juan XXIII habl?, en su tiempo, de un ?nuevo Pentecost?s?; Pablo VI fue m?s all? y habl? de un ?perenne Pentecost?s?, de un Pentecost?s continuo. Vale la pena volver a o?r las palabras que pronunci? en una audiencia general:

?Nos hemos preguntado m?s de una vez... cu?l es la necesidad, primera y ?ltima, que advertimos para esta nuestra bendita y amada Iglesia. Tenemos que decirlo casi temblando y suplicando, ya que, como sab?is, se trata de su misterio y de su vida: el Esp?ritu, el Esp?ritu Santo, el animador y santificador de la Iglesia, su respiraci?n divina, el viento que sopla en sus velas, su principio unificador, su fuente interior de luz y fuerza, su apoyo y su consolador, su fuente de carismas y cantos, su paz y su gozo, su prenda y preludio de vida bienaventurada y eterna. La Iglesia necesita su perenne Pentecost?s: necesita fuego en el coraz?n, palabra en los labios, profec?a en la mirada... La Iglesia necesita recuperar el anhelo, el gusto y la certeza de su verdad? [7].

El fil?sofo Heidegger conclu?a su an?lisis de la sociedad con la voz de alarma: ?S?lo un dios nos puede salvar?. Este Dios que nos puede salvar, y que nos salvar?, los cristianos lo conocemos: ?es el Esp?ritu Santo! Actualmente se extiende la moda de la llamada aromaterapia. Consiste en la utilizaci?n de aceites esenciales que emanan perfume para mantener la salud o como terapia de algunos trastornos. Internet est? lleno de reclamos de aromaterapia. No se contenta prometiendo con ellos bienestar f?sico como la cura del estr?s; existen tambi?n ?perfumes del alma?, por ejemplo el perfume para obtener ?la paz interior?.

Los m?dicos invitan a desconfiar de esta pr?ctica, que no est? cient?ficamente comprobada y, m?s a?n, tiene en algunos casos contraindicaciones. Pero lo que quiero decir es que existe una aromaterapia segura, infalible, que carece de contraindicaciones: la que est? hecha con el aroma especial, ?con el ?sagrado crisma del alma? que es el Esp?ritu Santo! San Ignacio de Antioquia escribi?: ?El Se?or ha recibido sobre su cabeza una unci?n perfumada (myron) para exhalar sobre la Iglesia la incorruptibilidad? [8]. S?lo si recibimos este ?aroma? podremos ser, a nuestra vez, ?el buen olor de Cristo? en el mundo (2 Co 2, 15).

El Esp?ritu Santo es especialista sobre todo en las enfermedades del matrimonio y de la familia, que son los grandes enfermos de hoy. El matrimonio consiste en darse el uno al otro, es el sacramento de hacerse don. El Esp?ritu Santo es el don hecho persona; es la donaci?n del Padre al Hijo y del Hijo al Padre. Donde llega ?l renace la capacidad de hacerse don y con ella la alegr?a y la belleza de los esposos de vivir juntos. El amor de Dios que ?l ?derrama en nuestros corazones? reaviva toda expresi?n de amor, y en primer lugar el amor conyugal. El Esp?ritu Santo puede hacer verdaderamente de la familia ?la principal agencia de paz?, como la define el Santo Padre en el Mensaje para la pr?xima Jornada Mundial de la Paz.

Son numerosos los ejemplos de matrimonios muertos que han resucitado a una vida nueva por la acci?n del Esp?ritu. He recogido justo en estos d?as el conmovedor testimonio de una pareja que tengo intenci?n de dar a conocer en la cita de mi programa de televisi?n sobre el Evangelio por la fiesta del Bautismo de Jes?s...

El Esp?ritu reaviva, naturalmente, tambi?n la vida de los consagrados, que consiste en hacer de la propia vida un don y una oblaci?n ?de suave aroma? a Dios por los hermanos (Ef 5,2).

4. La nueva profec?a de Juan el Bautista

Volviendo a Juan el Bautista, ?l nos puede iluminar sobre c?mo llevar a cabo nuestra tarea prof?tica en el mundo de hoy. Jes?s define a Juan el Bautista como ?m?s que un profeta?, pero ?d?nde est? la profec?a en su caso? Los profetas anunciaban una salvaci?n futura; pero el Precursor no es alguien que anuncia una salvaci?n futura; ?l indica a uno que est? presente. Entonces, ?en qu? sentido se puede llamar profeta? Isa?as, Jerem?as, Ezequiel ayudaban al pueblo a superar la barrera del tiempo; Juan el Bautista ayuda al pueblo a superar la barrera, a?n m?s gruesa, de las apariencias contrarias, del esc?ndalo, de la banalidad y la pobreza con que la hora fat?dica se manifiesta.

Es f?cil creer en algo grandioso, divino, cuando se plantea en un futuro indefinido: ?en aquellos d?as?, ?en los ?ltimos d?as?, en un marco c?smico, con los cielos destilando dulzura y la tierra abri?ndose para que germine el Salvador. Es m?s dif?cil cuando se debe decir: ??Helo aqu?! ?Est? aqu?! ?Es ?l!?.

Con las palabras: ??En medio de vosotros hay uno a quien no conoc?is!? (Jn 1,26), Juan el Bautista inaugur? la nueva profec?a, la del tiempo de la Iglesia, que no consiste en anunciar una salvaci?n futura y lejana, sino en revelar la presencia escondida de Cristo en el mundo. En arrancar el velo de los ojos de la gente, sacudirle la indiferencia, repitiendo con Isa?as: ?Existe algo nuevo: ya est? en marcha; ?no lo reconoc?is?? (Is 43,19).

Es verdad que han pasado veinte siglos y que sabemos, sobre Jes?s, mucho m?s que Juan. Pero el esc?ndalo no ha desaparecido. En tiempos de Juan el esc?ndalo derivaba del cuerpo f?sico de Jes?s, de su carne tan similar a la nuestra, excepto en el pecado. Tambi?n hoy es su cuerpo, su carne, la que crea dificultades y escandaliza: su cuerpo m?stico, tan parecido al resto de la humanidad, sin excluir, lamentablemente, ni siquiera el pecado.

?El testimonio de Jes?s -se lee en el Apocalipsis-- es el esp?ritu de profec?a? (Ap 19,10), esto es, para dar testimonio de Jes?s se requiere esp?ritu de profec?a. ?Existe este esp?ritu de profec?a en la Iglesia? ?Se cultiva? ?Se alienta? ?O se cree, t?citamente, que se puede prescindir de ?l, apuntando m?s hacia medios y recursos humanos?

Juan el Bautista nos ense?a que para ser profetas no se necesita una gran doctrina o elocuencia. ?l no es un gran te?logo; tiene una cristolog?a bastante pobre y rudimentaria. No conoce todav?a los t?tulos m?s elevados de Jes?s: Hijo de Dios, Verbo, ni siquiera el de Hijo del hombre. Pero ?c?mo logra hacer o?r la grandeza y unicidad de Cristo! Usa im?genes sencill?simas, de campesino: ?No soy digno de desatar las correas de sus sandalias?. El mundo y la humanidad aparecen, por sus palabras, dentro de un tamiz que ?l, el Mes?as, sostiene y agita con sus manos. Ante ?l se decida qui?n permanece y qui?n cae, qui?n es grano bueno y qui?n paja que se lleva el viento.

En 1992 se celebr? un retiro sacerdotal en Monterrey, M?xico, con ocasi?n de los 500 a?os de la primera evangelizaci?n de Am?rica Latina. Estaban presentes 1.700 sacerdotes y unos sesenta obispos. Durante la homil?a de la Misa conclusiva habl? de la necesidad urgente que la Iglesia tiene de profec?a. Despu?s de la comuni?n se or? por un nuevo Pentecost?s en peque?os grupos distribuidos por la gran bas?lica. Me hab?a quedado en el presbiterio. En cierto momento un joven sacerdote se acerc? en silencio, se me arrodill? delante y con una mirada que jam?s olvidar? dijo: ?Bend?game, padre; ?quiero ser profeta de Dios!?. Me estremec? porque ve?a que evidentemente le mov?a la gracia.

Con humildad podr?amos hacer nuestro el deseo de aquel sacerdote: ?Quiero ser un profeta para Dios?. Peque?o, desconocido de todos, no importa; pero uno que, como dec?a Pablo VI, tenga ?fuego en el coraz?n, palabra en los labios, profec?a en la mirada?.

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[1] Cf. J. D.G. Dunn, Christianity in the Making, I. Jesus remembered, Grand Rapids. Mich. 2003, parte III, cap. 12, trad. ital. Gli albori del Cristianesimo, I, 2, Paideia, Brescia 2006, pp. 485-496.

[2] Benedetto XVI, Ges? di Nazaret, Rizzoli 2007, p. 372.

[3] S. Tommaso d'Aquino, Somma teologica, I,q.43, a. 6, ad 2.; cf. F. Sullivan, in Dict.Spir. 12, 1045.

[4] En "New Covenant"(Ann Arbor, Michigan), junio 1984, p.12.

[5] K. Rahner, Erfahrung des Geistes. Meditation auf Pfingsten, Herder, Friburgo i. Br. 1977.

[6] Testimonio de P. Gallagher Mansfield, As by a New Pentecost, Steubenville 1992, pp. 25 s.

[7] Discurso en la audiencia general del 29 de noviembre de 1972 (Insegnamenti di Paolo VI, Tipografia Poliglotta Vaticana, X, pp. 1210s.).

[8] S. Ignazio d'Antiochia, Agli Efesini 17.

Traducci?n del original italiano por Marta Lago
Publicado por verdenaranja @ 22:47  | Espiritualidad
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