S?bado, 15 de diciembre de 2007
Homil?a que pronunci? Benedicto XVI el 2 de diciembre al visitar el hospital San Juan Bautista de la Soberana Orden Militar de Malta el pasado 2 de diciembre en Roma.


Queridos hermanos y hermanas:

?Vamos alegres al encuentro del Se?or?. Estas palabras, que hemos repetido en el estribillo del salmo responsorial, interpretan bien los sentimientos que alberga nuestro coraz?n hoy, primer domingo de Adviento. La raz?n por la cual podemos caminar con alegr?a, como nos ha exhortado el ap?stol san Pablo, es que ya est? cerca nuestra salvaci?n. El Se?or viene. Con esta certeza emprendemos el itinerario del Adviento, prepar?ndonos para celebrar con fe el acontecimiento extraordinario del Nacimiento del Se?or. Durante las pr?ximas semanas, d?a tras d?a, la liturgia propondr? a nuestra reflexi?n textos del Antiguo Testamento, que recuerdan el vivo y constante deseo que anim? en el pueblo jud?o la espera de la venida del Mes?as. Tambi?n nosotros, vigilantes en la oraci?n, tratemos de preparar nuestro coraz?n para acoger al Salvador, que vendr? a mostrarnos su misericordia y a darnos su salvaci?n.

Precisamente porque es tiempo de espera, el Adviento es tiempo de esperanza, y a la esperanza cristiana he querido dedicar mi segunda enc?clica, presentada oficialmente anteayer: comienza con las palabras que san Pablo dirigi? a los cristianos de Roma: ?Spe salvi facti sumus?, ?En esperanza fuimos salvados? (Rm 8, 24). En la enc?clica escrib?, entre otras cosas, que ?nosotros necesitamos tener esperanzas -m?s grandes o m?s peque?as-, que d?a a d?a nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo dem?s, aquellas no bastan. Esta gran esperanza s?lo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por s? solos no podemos alcanzar? (n. 31). Que la certeza de que s?lo Dios puede ser nuestra firme esperanza nos anime a todos los que esta ma?ana nos hemos reunido en esta casa, en la que se lucha contra la enfermedad, sostenidos por la solidaridad.

Aprovecho mi visita a vuestro hospital, administrado por la asociaci?n de los caballeros italianos de la Soberana Orden Militar de Malta, para entregar idealmente la enc?clica a la comunidad cristiana de Roma y, en particular, a quienes, como vosotros, est?n en contacto directo con el sufrimiento y la enfermedad, porque precisamente sufriendo como enfermos tenemos necesidad de la esperanza, de la certeza que hay en un Dios que no nos abandona, que nos tiene de la mano y nos acompa?a con amor. Es un texto que os invito a profundizar, para encontrar en ?l las razones de la ?esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente (...), aunque sea un presente fatigoso? (n. 1).

Queridos hermanos y hermanas, ?que el Dios de la esperanza, que nos colma de todo gozo y paz en la fe por la fuerza del Esp?ritu Santo, est? con todos vosotros?. Con este deseo, que el sacerdote dirige a la asamblea al inicio de la santa misa, os saludo cordialmente. Saludo, en primer lugar, al cardenal vicario Camillo Ruini y al cardenal Pio Laghi, patrono de la Soberana Orden Militar de Malta, a los prelados y sacerdotes presentes, a los capellanes y a las religiosas que prestan aqu? su servicio. Saludo con deferencia a su alteza eminent?sima fray Andrew Bertie, pr?ncipe y gran maestre de la Soberana Orden Militar de Malta, a quien agradezco los sentimientos expresados en nombre de la Direcci?n, del personal administrativo y sanitario, de los enfermeros y de cuantos prestan de diversos modos su servicio en el hospital. Extiendo mi saludo a las distinguidas autoridades y, en particular, al dirigente sanitario, as? como al representante de los enfermos, a los cuales expreso mi agradecimiento por las palabras que me han dirigido al inicio de la celebraci?n.

Pero el saludo m?s afectuoso es para vosotros, queridos enfermos, y para vuestros familiares, que con vosotros comparten angustias y esperanzas. El Papa est? espiritualmente cerca de vosotros y os asegura su oraci?n diaria; os invita a encontrar en Jes?s apoyo y consuelo, y a no perder jam?s la confianza. La liturgia de Adviento nos repetir? durante las pr?ximas semanas que no nos cansemos de invocarlo; nos exhortar? a salir a su encuentro, sabiendo que ?l mismo viene continuamente a visitarnos. En la prueba y en la enfermedad Dios nos visita misteriosamente y, si nos abandonamos a su voluntad, podemos experimentar la fuerza de su amor.

Los hospitales y las cl?nicas, precisamente porque en ellos se encuentran personas probadas por el dolor, pueden transformarse en lugares privilegiados para testimoniar el amor cristiano que alimenta la esperanza y suscita prop?sitos de solidaridad fraterna. En la oraci?n colecta hemos rezado as?: ?Dios todopoderoso, aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo, acompa?ados por las buenas obras?. S?. Abramos el coraz?n a todas las personas, especialmente a las que atraviesan dificultades, para que, haciendo el bien a cuantos se encuentran en necesidad, nos dispongamos a acoger a Jes?s que en ellos viene a visitarnos.

Esto es lo que vosotros, queridos hermanos y hermanas, trat?is de hacer en este hospital, donde la acogida amorosa y cualificada de los pacientes, la tutela de su dignidad y el compromiso de mejorar su calidad de vida ocupa el centro de las preocupaciones de todos. La Iglesia, a lo largo de los siglos, se ha hecho particularmente ?cercana? de quienes sufren. Ha compartido este esp?ritu vuestra benem?rita Soberana Orden Militar de Malta, que desde sus comienzos se ha dedicado a la asistencia de los peregrinos en Tierra Santa mediante un hospicio-enfermer?a. A la vez que persegu?a la finalidad de la defensa de la cristiandad, la Soberana Orden Militar de Malta se prodigaba para curar a los enfermos, especialmente a los pobres y marginados. Tambi?n es testimonio de ese amor fraterno este hospital que, construido en torno a la d?cada de 1970, hoy se ha convertido en un centro de alto nivel tecnol?gico y en una casa de solidaridad, donde juntamente con el personal sanitario trabajan con entrega generosa numerosos voluntarios.

Queridos caballeros de la Soberana Orden Militar de Malta; queridos m?dicos, enfermeros y cuantos trabaj?is aqu?, todos est?is llamados a prestar un importante servicio a los enfermos y a la sociedad, un servicio que exige abnegaci?n y esp?ritu de sacrificio. En cada enfermo, cualquiera que sea, reconoced y servid a Cristo mismo; haced que en vuestros gestos y en vuestras palabras perciba los signos de su amor misericordioso.

Para cumplir bien esta ?misi?n?, como nos recuerda san Pablo en la segunda lectura, tratad de ?pertrecharos con las armas de la luz? (Rm 13, 12), que son la palabra de Dios, los dones del Esp?ritu, la gracia de los sacramentos, y las virtudes teologales y cardinales; luchad contra el mal y abandonad el pecado, que entenebrece nuestra existencia. Al inicio de un nuevo a?o lit?rgico, renovemos nuestros buenos prop?sitos de vida evang?lica. ?Ya es hora de espabilarse? (Rm 13, 11), exhorta el Ap?stol; es decir, es hora de convertirse, de despertar del letargo del pecado para disponerse con confianza a acoger al ?Se?or que viene?. Por eso, el Adviento es tiempo de oraci?n y de espera vigilante.

A la ?vigilancia?, que por lo dem?s es la palabra clave de todo este per?odo lit?rgico, nos exhorta la p?gina evang?lica que acabamos de proclamar: ?Estad en vela, porque no sab?is qu? d?a vendr? vuestro Se?or? (Mt 24, 42). Jes?s, que en la Navidad vino a nosotros y volver? glorioso al final de los tiempos, no se cansa de visitarnos continuamente en los acontecimientos de cada d?a. Nos pide estar atentos para percibir su presencia, su adviento, y nos advierte que lo esperemos vigilando, puesto que su venida no se puede programar o pronosticar, sino que ser? repentina e imprevisible. S?lo quien est? despierto no ser? tomado de sorpresa. Que no os suceda -advierte- lo que pas? en tiempo de No?, cuando los hombres com?an y beb?an despreocupadamente, y el diluvio los encontr? desprevenidos (cf. Mt 24, 37-38). Lo que quiere darnos a entender el Se?or con esta recomendaci?n es que no debemos dejarnos absorber por las realidades y preocupaciones materiales hasta el punto de quedar atrapados en ellas. Debemos vivir ante los ojos del Se?or con la convicci?n de que cada d?a puede hacerse presente. Si vivimos as?, el mundo ser? mejor.

?Estad, pues, en vela...?. Escuchemos la invitaci?n de Jes?s en el Evangelio y prepar?monos para revivir con fe el misterio del nacimiento del Redentor, que ha llenado de alegr?a el universo; prepar?monos para acoger al Se?or que viene continuamente a nuestro encuentro en los acontecimientos de la vida, en la alegr?a y en el dolor, en la salud y en la enfermedad; prepar?monos para encontrarlo en su venida ?ltima y definitiva.

Su paso es siempre fuente de paz y, si el sufrimiento, herencia de la naturaleza humana, a veces resulta casi insoportable, con la venida del Salvador ?el sufrimiento -sin dejar de ser sufrimiento- se convierte a pesar de todo en canto de alabanza? (Spe salvi, 37). Confortados por estas palabras, prosigamos la celebraci?n eucar?stica, invocando sobre los enfermos, sobre sus familiares y sobre cuantos trabajan en este hospital y en toda la Orden de los Caballeros de Malta, la protecci?n materna de Mar?a, Virgen de la espera y de la esperanza, as? como de la alegr?a, ya presente en este mundo, porque cuando sentimos la cercan?a de Cristo vivo tenemos ya el remedio para el sufrimiento, tenemos ya su alegr?a. Am?n.

Traducci?n distribuida por la Santa Sede

? Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana
Publicado por verdenaranja @ 22:53  | Habla el Papa
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