Lunes, 24 de diciembre de 2007
D?a 23 de Diciembre
IV Domingo de Adviento - A


Al modo de Dios


A cualquiera nos resulta evidente que el mundo que contemplamos y su concreta configuraci?n no se debe a nosotros mismos. Es algo que reconocemos, que captamos con m?s o menos profundidad, intentando tener un conocimiento lo m?s exacto posible de esta realidad, as? como de las normas o leyes que rigen el comportamiento y destino de cada uno de los seres que componen nuestro mundo. El hombre no es creador, sino, en todo caso, descubridor de una realidad anterior a ?l mismo, en la que est? inclu?do, con las excelentes caracter?sticas que lo determinan como persona: pero es uno m?s de los seres existentes en el mundo.

Constitu?do sobre el resto de la Creaci?n, el hombre no se ha otorgado a s? mismo esta superioridad, pues ninguno nos hemos conformado en personas, ni decidido, por tanto, nuestro modo de ser. M?s bien, nos corresponde descubrir y aceptar nuestra propia verdad, como condici?n previa para todo comportamiento personal ulterior, pues, s?lo a partir del conocimiento propio cabe pensar en una acci?n verdaderamente libre y humana. De hecho, nada m?s llamamos humana, a aquella conducta que es libre: decidida por cada uno, en la que el sujeto no se siente forzado a actuar, y de la que conoce sus diversas posibilidades de acci?n y las consecuencias.

Como conclusi?n del relato evang?lico que hoy consideramos, dice el evangelista que al despertarse Jos? hizo como el ?ngel del Se?or le hab?a mandado, y recibi? a su esposa. Jos? act?a libremente, aunque no llevara ?l la iniciativa, queriendo secundar en todo la voluntad que Dios, a trav?s del ?ngel, le mostraba como divina. Tenemos en ?l un ejemplo permanente de fidelidad a la vocaci?n, pues, cada vez que aparece en los escritos evang?licos, lo vemos colaborando con la misi?n del Verbo encarnado ?que se le confi? como hijo?, en ocasiones recibiendo indicaciones de parte de Dios que le concretan de modo expl?cito lo que espera de ?l.

En esto est? la grandeza de Jos?. Humanamente no es un personaje famoso de su tiempo, ni aparece para sus parientes y conocidos como autor de grandes haza?as; sin embargo, s?lo con su vida ?ordinaria casi siempre?, porque en todo momento respondi? a las llamadas divinas, ha merecido un puesto de privilegio en la Gloria del Cielo, y ser recordado con admiraci?n por todos los cristianos.

En este tiempo nuestro, cuando para muchos parece decisivo triunfar ante la gente, y que en eso estar?a el valor personal; el Esposo de Mar?a nos ense?a verdadera eficacia y sencillez: Jos? cumple lo que Dios esperaba de ?l sin pensar en el propio lucimiento ni en satisfacciones personales. Act?a tan s?lo a impulsos del querer divino, de modo que le basta conocer lo que el Se?or espera de ?l para procurar ponerlo por obra, empleando para ello lo mejor de sus cualidades. Fe, esperanza y caridad eran h?bitos corrientes en su conducta. Es m?s, por la docilidad con que reacciona a los est?mulos sobrenaturales, manifiesta cu?nto le mov?a ya en la tierra el amor de Dios. Un amor plasmado en obras de fidelidad: obediente enseguida a la indicaci?n del ?ngel de recibir a Mar?a como esposa, en contra de lo que ?l ya hab?a decidido; o, como veremos, poco tiempo despu?s, saliendo enseguida, en plena noche hacia un pa?s extra?o, porque fiado del aviso recibido, tambi?n en sue?os, descansa en la esperanza de encontrar en Egipto el mejor lugar para establecer su familia, por incre?ble que pudiera parecer, con las razonables dificultades del viaje y las dem?s incomodidades, l?gicas en una tierra desconocida.

Las p?ginas del Evangelio, como ?sta que hoy consideramos, pueden movernos al examen: ?me intrresa en realidad descubrir lo que agradar? m?s al Se?or en mi modo de actuar?; ?hasta qu? punto y con qu? diligencia sigo lo que me pide, lo que reconozco que es su voluntad para m?? Porque, viviendo de modo consciente en la presencia de Dios, nuestra vida ha de ser de fe, esperanza y amor. Pidamos por ello a Dios, Nuestro Padre, de quien procede todo bien y que nos quiere santos, que aumente en cada uno las virtudes teologales, para tener as? realismo sobrenatural; y que, firmemente apoyados en la materia de este mundo, podamos vivir vida de hijos de Dios. La mente de cada uno, atenta al destino para el que nos quiere el Creador, gobernar? la conducta nuestra haci?ndonos estar plenamente en las cosas de este mundo, pero sin reducirnos a lo mundano. Comprobaremos as? que hasta lo m?s terreno, si forma parte de la vida de los hombres, puede y debe ser sobrenatural, capaz de manifestar amor a Dios, que eso espera de sus hijos en cada instante.

La nuestra ser?, como la de Mar?a, una vida de fe, esperanza y amor. Ser?, como la suya, aunque el dolor acompa?e, una vida colmada de rico sentido e inmensamente feliz, en la presencia de nuestro Padre del Cielo.



Publicado por verdenaranja @ 23:35  | Espiritualidad
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