Martes, 25 de diciembre de 2007
El Delegado de Ense?anza de la Di?cesis de Tenerife nos remite el bello art?culo de Olegario Gonz?lez de Cardedal para nuestra reflexi?n en estos d?as de Navidad.

La debilidad de Dios


OLEGARIO GONZ?LEZ DE CARDEDAL


ENTRE las p?ginas autobiogr?ficas de Nietzsche hay una en la que recuerda lo que era para ?l la fiesta de Navidad: ?Qu? espl?ndido se yergue ante nosotros el abeto, cuya copa decora un ?ngel, aludiendo al ?rbol geneal?gico de Cristo, y cuya corona es el mismo Se?or. Qu? luminosas brillan las numerosas luces, representando simb?licamente la claridad que ha engendrado en el mundo el nacimiento de Cristo entre los hombres. Y a la ra?z del ?rbol el ni?o Jes?s en la cuna, rodeado por Jos? y Mar?a y los pastores que vienen a adorarlo?. Esa p?gina queda como un aerolito de la ilusi?n juvenil; nunca jam?s volvi? a escribir la palabra Navidad.

?Tiene sentido hablar de la alegr?a de estos d?as y desearnos felicidad sin algo que la fundamente y nos permita obsequiarnos unos a otros, porque un don supremo nos ha agraciado a todos? ?Es posible celebrar la Navidad en tiempos de increencia y desacato? El silencio de Nietzsche es el anticipo de una extra?a tristeza que embarga a muchos en los d?as navide?os. No se atreven a alegrarse. Son demasiado rigurosos y sensatos como para sucumbir a la magia o al folclore, al comercio que todo lo inunda o a la nostalgia de una infancia lejana. Navidad, o debe ser olvidada como una pesadilla o celebrada con aquella lucidez del coraz?n que se abre a la anchura de todo lo posible y llega hasta donde se extiende la esperanza infinita del hombre.

Tiene capacidad de ahuyentar la tristeza en Navidad quien sea capaz de ir a Bel?n, lugar concreto de la historia concreta, y a aquella fecha concreta, en la que Dios en Jes?s se hizo hermano de los hombres y compa?ero de camino. El mismo Nietzsche se preguntaba si no era posible transvalorar la Navidad como fiesta del nacimiento, de la infancia, de la maternidad, del calor del hogar. Y se respond?a que tales realidades son bellas por s? mismas, merecen el canto y el encanto de todo lo que surge, pero no permiten la alegr?a absoluta a quien las sabe heridas por el dardo de la muerte y con ella de la melancol?a insuperable. ?Y le hubieran parecido macabras, por ingenuas o insolentes, esas frases de ciertos cristianos que, olvidadizos del misterio que los funda, lo trivializan proclamando que siempre que se enciende una luz, nace un ni?o o se abre una puerta al hermano, es Navidad!

La cuesti?n no es saber qu? hacemos los hombres en Navidad sino si Dios ha hecho algo por nosotros en una historia que merezca la pena y el gozo recordar, actualizar, cantar y comunicar a los dem?s. Se celebran los hechos faustos en los que la vida ha dado comienzo, la verdad se ha manifestado salvadora, se ha abierto el horizonte de una esperanza absoluta, se ha vencido el imperio de la muerte y se ha extendido el de la vida. Los cristianos afirman que esto ha tenido lugar en Cristo. Su nacimiento es el hecho hist?rico por el que el Hijo eterno de Dios, y Dios con ?l, se encarn? llegando a ser tiempo el que era eterno y a tomar carne de muerte el que era Esp?ritu y Vida en plenitud. La historia de uno de nosotros era a la vez historia de Dios.

Cuando Hegel en el pr?logo de la Fenomenolog?a del esp?ritu, cuyo centenario celebramos, habla de la ?muerte de Dios? no lo hace a la ligera, con una f?cil met?fora o por descuido verbal. ?l, superando la Ilustraci?n en la medida en que esta hab?a situado la religi?n como un estrato de la moral y el cristianismo en el orden del positivismo legal, tuvo el coraje de pensar la historia y Dios al mismo tiempo, nuestro destino y el destino de Dios inseparablemente unidos. M?s cristianamente que muchos te?logos habl? de la historia, del nacimiento, de la conciencia, de la pasi?n y de la muerte de Dios. Sab?a que con ello estaba recogiendo afirmaciones b?blicas fundantes del cristianismo. Para San Pablo, el que exist?a en condici?n divina asumi? la condici?n humana; el que estaba en la gloria del Padre sufri? el vilipendio de la cruz, el castigo extremo propio de los esclavos y traidores (Filipenses 2,6-11). Dios hab?a llegado al borde mismo de la existencia humana, comparti?ndola y padeci?ndola. Hay un morir como acontecimiento que se padece y hay un morir como poder dominador que nos anula. La lengua alemana llama al primero Sterben y al segundo der Tod; en cambio, en espa?ol no tenemos dos palabras para diferenciarlos. Dios ha entrado por el desfiladero de la muerte para sufrirla (Sterben) en toda su crudeza amenazadora, pero se ha manifestado superior a ella (Tod). Al asumirla la ha destronado de su imperio universal y ha abierto a los hombres el desfiladero hacia la llanura fecunda de la vida. El nacimiento y la resurrecci?n de Cristo son inseparables y la victoria de la ?ltima refluye sobre el primero, convirti?ndolo en el d?a m?s glorioso y festivo, porque es el que inicia nuestra liberaci?n.
?Ser? posible pensar as? de Dios? ?No estamos anulando las categor?as con que el pensamiento humano ha caracterizado a Dios, al describirlo como eterno, impasible, inmortal, trascendente, ajeno a nuestra historia de hombres? As? lo han pensado los fil?sofos, al identificarlo como Idea, Absoluto, el Uno, el Todo, la Sustancia universal. Los cristianos han partido del Dios personal de la revelaci?n b?blica y lo han comprendido a la luz de la vida, destino y mensaje de Cristo.

Para ellos Dios es el Eterno que por ser tal tiene capacidad de ser hombre y tiene tiempo para nosotros, el Trascendente que por no estar amenazado por ning?n otro poder puede ser inmanente a nuestra historia, goz?ndola y padeci?ndola en toda su verdad. Dios es el poder supremo que por tal puede llegar a ser debilidad suprema. ?l se nos entrega como poder en debilidad, como omnipotencia suplicante ante el hombre para que le acoja en su tierra, en lugar de presentarse como la omnipotencia imperante o exigente contra ?l. Eso eran los dioses; nunca el Dios cristiano.

Un estudiante jesuita escribi? este d?stico que hac?a las delicias de Hegel y H?lderlin: ?Lo propio del Supremo no es retenerse en lo m?ximo sino contenerse en lo m?nimo?. Esa es la humildad metaf?sica de Dios y ese es el misterio del pesebre en Navidad. El Dios as? m?nimo, justamente porque es m?ximo y omnipotente, es el que nos arranca a cantar jubilosos con aquella loca alegr?a propia de quienes han llegado a la inocencia de la segunda infancia. San Francisco de As?s, Santa Teresa y San Juan de la Cruz nos han dejado las m?s bellas aleluyas en alborozo puro ante el Dios que viene al hombre para anticiparle la alegr?a absoluta a la que est? destinado.

Pero como todo lo bello y ennoblecedor esto es una oferta a la libertad del hombre: la aceptar?n quienes se sepan superiores a su pobreza y se dignifiquen m?s por lo que pueden recibir de los dem?s que por lo que puedan hacer por s? mismos. Humildad metaf?sica que nos eleva a la participaci?n en la majestad de Dios. Ese es el enigma de Bel?n al que nos conduce la radical exigencia para buscar la verdad y la radical inocencia para encontrarla. Horkheimer hablaba del ?anhelo de lo totalmente Otro?.

Nuestros poetas han hablado de la sed que nos alumbra para llegar a Bel?n. ?De noche, cuando la sombra/ de todo el mundo se junta/, de noche, cuando el camino/ huele a romero y a juncia/. De noche, iremos de noche/, sin luna iremos sin luna/, que para encontrar la fuente/ solo la sed nos alumbra? (Luis Rosales). En la noche del mundo solo encuentran la fuente quienes tienen sed. El gran escritor Robert Louis Stevenson conclu?a as? su serm?n de Navidad en la isla de Samoa (1892): ?La cordialidad y la alegr?a deben preceder a cualquier norma ?tica: son obligaciones incondicionales?.
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