Viernes, 28 de diciembre de 2007
RECORDANDO LA HISTORIA LLEG? A SALAMANCA REVESTIDO DE UNA AUREOLA HEROICA


?QUE HOMBRE BUENO, QUE SACERDOTE CABAL!


A su fallecimiento, Jos? Mar?a Javierre public? en la revista INCUNABLE (5, 1964/1965) un recuerdo, bajo el t?tulo ?Recuerdo de Incunable para Manuel Aparici?, que ofrecemos seguidamente. Antes decir, que el Cardenal Javierre, hermano de D. Jos? Mar?a, durante la conversaci?n que mantuvimos con ?l en su casa de Roma nos dijo: ?Manuel Aparici era un santo?. Ambos hermanos fueron compa?eros de Manuel Aparici en la Universidad Pontificia de Salamanca.

El art?culo de D. Jos? Mar?a dice as?:

En las fichas biogr?ficas que han circulado en peri?dicos y revistas con ocasi?n de la muerte de Manolo Aparici hay una laguna: un par de a?os a los que nadie da importancia, entre su primera Misa y el regreso del antiguo Presidente de la Juventud para ocupar el puesto de Consiliario Nacional. Es el tiempo que Aparici pasa en Salamanca como alumno de la Universidad Pontificia. Ejerce entonces una influencia silenciosa -como suele ocurrir en cuanto se refiere a nuestra intimidad sacerdotal-, pero muy profunda, sobre varias promociones de estudiantes salmantinos.

Manolo lleg? a Salamanca revestido de una aureola heroica que las circunstancias de su acci?n juvenil en la guerra y la postguerra le hab?an merecido. Pose?a las dos notas capaces de arrebatarnos en aquel momento exacto: Una fiebre de ideales nobles -peregrinaci?n, sacrificio, oraci?n ardiente, entrega- y un af?n apost?lico bien probado en su vida de seglar. ?l tuvo que notar que los curas j?venes que estudi?bamos entonces en Salamanca le mir?bamos con ojos de admiraci?n y respeto. Pero supo disimular: a nadie he visto m?s sencillo, m?s cordial, m?s humilde, dispuesto a o?r y a comprender. Dispuesto incluso a participar en nuestras aventuras y a fracasar en nuestros ensayos. Despu?s de algunas aventuras pintorescas hab?amos pedido al Sr. Obispo que nos dejara a los estudiantes del ?Jaime Balmes? -con sede por aquel entonces en el descascarillado y magn?fico palacio de Irlandeses- gobernarnos por nosotros mismos. Cuando lleg? Aparici le nombramos Rector por aclamaci?n. Manolo pidi? limosna en Madrid para apuntalar la econom?a del Colegio; agenci? becas y vi?ticos; compr? los muebles para una salita de estar -nunca olvidar? la cara de desconsuelo que pon?a Manolo cuando una tarde el tresillo vol? por la ventada al patio a impulsos de la furia embriagada de un amigo irland?s-; organiz? retiros y Ejercicios; cre? la Academia Sacerdotal, en cuyo seno germin? la idea de ?Incunable?; y hasta presidi? nuestros festejos ?religiosos y civiles? en los d?as de huelga que alguna vez nos atrevimos a organizar como protesta contra el olvido de fechas insignes en el calendario escolar. En el ?Balmes? de entonces estudi?bamos como fieras, viv?amos una temperatura sacerdotal enardecida, nos quer?amos mucho (...) y lo pas?bamos ?bomba?. Respaldados por la direcci?n espiritual c?lida y exigente de Manolo, a quienes muchos de nosotros hab?amos entregado confiadamente nuestro coraz?n.

?Qu? hombre bueno, qu? sacerdote cabal! Aparici dio testimonio de fe, de piedad, de amor.

No era gran te?logo, ni siquiera pertenec?a al tipo intelectual [1]. En sus pl?ticas, en sus conversaciones, dec?a cosas oscuras y complicadas en torno a los grados de humildad, al esquema de las virtudes, a las edades de la vida interior; las fierecillas escol?sticas que est?bamos a su alrededor sonre?amos p?caramente cuando Manolo se perd?a en esos berenjenales. Pero nos cog?amos a su mano porque el nos entraba de verdad en la nube donde el Se?or habita: Manolo percib?a el misterio de la existencia sacerdotal, paladeaba los jugos de la fe. Esto, esto es la radiograf?a exacta: Aparici ten?a fe, viv?a de la fe. Como el justo. Como Abrah?m.

Los asuntos profanos y hasta la acci?n temporal de la Iglesia los ve?a con cierta desconfianza. Tratar? de hablar con precisi?n: en la luz de Manolo hab?a un matiz ligeramente jansenista, si a este t?rmino le damos el valor positivo de la presi?n sobrenatural en las venas del mundo. Aparici pensaba que el sol sale cada d?a porque le empujan los ?ngeles. Y ten?a raz?n. Los cient?ficos dicen ... Bueno, y detr?s de los cient?ficos, y de las leyes f?sicas, eso, detr?s ?qu? hay? ?Quien hay? Aparici ten?a raz?n, el sol sale cada d?a porque le empujan los ?ngeles.

?Era ingenuo Manolo? S?, era ingenuo. Aunque se puede ser bueno del todo, y Manolo era bueno, sin ceder, sin entregarse a la ingenuidad. Aparici tra?a en su alma toda la resaca de caballero andante que la guerra espa?ola le dej? dentro. El se sab?a Capit?n de Peregrinos. Nunca pens? en calcular los dividendos que a ?l pod?an corresponderle por el esfuerzo realizado, y por eso quienes hab?a sido con ?l compa?eros de Ideal le miraban ahora con cierta l?stima, porque ya ellos sacaban las sumas y gozaban la renta de las hermosas palabras. Manolo continuaba creyendo en los altos ideales. Y qued? desplazado, anacr?nico. Excesivo, Aparici resultaba excesivo. Ten?a demasiada fe, demasiado fervor. Su nombre no entr? en la baraja de importantes, no le toc? sitio en el extra?o escalaf?n que nos fabricamos los cl?rigos, donde pueden dosificarse la devoci?n y las ambiciones secretas, donde pueden cohabitar las frases p?as y el codazo ventajista. A Manolo no le interesaba medrar: estuvo al margen del tinglado. Era un sacerdote verdadero. Ensamblado en el Cuerpo M?stico de Cristo: que santa man?a la suya, situarlo todo en el gran mapa del Cuerpo M?stico.

Ocurri? que el Se?or sign? la vida de Aparici con la tiza de las grandes ocasiones: ocho a?os en cruz. Seg?n la partida de nacimiento, ya no era joven y, sin embargo, todos le pens?bamos como un muchacho escogido por Dios para el sufrimiento. All?, en su sill?n, en la soledad del hombre vencido, esperaba las visitas que casi nunca llegaban: ?Tenemos que ir a verle; cu?nto hace que no has visto a Manolo; ayer le encontr? un poco mejor ...?. No era falta de cari?o, sino esta falta de tiempo a que nos condena la vida de ingrato ajetreo. Manolo sabe que es precisamente de cari?o el marco en que los sacerdotes de su ?poca salmantina conservan su recuerdo. Y tambi?n INCUNABLE.





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[1] ?Y nada m?s, le dec?a Miguel Benzo por carta de fecha 10 de junio de 1948. No quiero entretenerte m?s porque te supongo sumergido en ex?menes. Vosotros, los intelectuales ... ?.

Por esos d?as, el 1 de julio de 1948, el Vicario General y De?n del Arzobispado de Zaragoza, Rvdo. Don Hern?n Cort?s, le dec?a en relaci?n con los estudios: ?Ya ve que tengo raz?n cuando le modero en ciertos afanes. Oro por usted; cu?dese. Despu?s de Dios y de la salud, que ?l quiera que tengamos, son secundarios hasta los ex?menes. De todos modos, celebrar? que los termine. Ya me dir? c?mo queda ... ?.
Publicado por verdenaranja @ 22:29  | Espiritualidad
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