S?bado, 29 de diciembre de 2007
Porque, si algo est? de m?s en Navidad es andar acelerados, que mucho hay que considerar con calma y, en consecuencia, el agobio sobra.


Valent? Puig ABC
ConoZe.com



Viene a ser un manierismo, un capricho de nuestro tiempo, que las vacaciones generen ansiedad. En Navidad, comprar, consumir por placer, produce ansiedad en no pocos pa?ses. No en el m?s alto grado en Espa?a, por ejemplo, aunque todo llegar?. Despu?s de siglos de carest?a, la humanidad padece de ansiedad al comprarse un pavo trufado para consumirlo entre Navidad y los Reyes. Ese ocio ?seg?n las estad?sticas? magnifica el estr?s. De eso no se sab?a nada hace dos mil a?os, cuando los pastores llegaban a Bel?n para saber qu? estaba pasando en aquel portal iluminado por los kilovatios del misterio. Para solventar esa ansiedad, uno no piensa en lo que est? haciendo con su vida: generalmente compra m?s, consume, se agota. Est?n luego las terapias alternativas de los balnearios, hacer kil?metros en una bicicleta est?tica. Buen analista de la hipermodernidad, Lipovetsky dice que los individuos supermodernos est?n a la vez m?s informados y desestructurados, son m?s adultos y m?s inestables, est?n menos ideologizados y son m?s deudores de las modas, son m?s abiertos y m?s influenciables, m?s cr?ticos y m?s superficiales, m?s esc?pticos y menos profundos.

Somos consumidores ?volubles, fragmentados, desregulados?, pero no tanto en Navidad. Hay que estar algo desestructurado para llegar hasta Bel?n y sentir ansiedad cuando los coros cantan ?Adeste fideles?. Hay que estar profundamente enajenado por los arca?smos ideol?gicos como para ?seg?n ha hecho Izquierda Unida en Mor?n de la Frontera? enviar felicitaciones navide?as en las que se compara la muerte del Che Guevara con la muerte del Jesucristo nacido en un portal de Bel?n. Caracter?sticamente, la Navidad es algo para compartir todas las gentes de buena voluntad. Compartimos j?bilo y costumbres, una emoci?n sin nombre y la celebraci?n de un antiqu?simo misterio. ?Qu? hay de intr?nsecamente malo en celebrar la Navidad tambi?n comprando? No es paradoja que al mismo tiempo sea una gran ocasi?n para la caridad y el altruismo. Deseamos agradar al pr?jimo, agasajar excepcionalmente, dar a los nuestros lo que les gratifica, compartir el beneficio de un esfuerzo mientras nos apresuramos para llegar al almac?n de las videoconsolas, a la gran superficie que vende ?rboles de Navidad, a la tienda esa de fiambres.

En la noche de Bel?n, el estruendo originario de la creaci?n llegaba a su segunda fase con un ?big bang? humilde y r?stico, a la espera de unos Reyes de Oriente que llegar?an como s?quito de una estrella indiciaria. Acud?an al aparecer de la verdad en lo m?s oscuro de la noche. El ni?o Jes?s iba a recibir a todos, llegado para redimir a los hombres, puesto en el mundo para celebrar la gloria. Estos d?as algo del amor de Bel?n est? en los sms que entrelazan presencias en la distancia, en las canciones que hablan de Navidades blancas, en las viejas pel?culas que relatan fiestas navide?as bajo la nieve, cruzadas por el largo convoy de los sue?os y de las esperanzas.

Un parpadeo de peque?as luces trepa por el ?rbol de Navidad y traza sobre el cielo del bel?n dom?stico el vigor astron?mico de lo que uno cree desde que era ni?o. Ah? la ansiedad se desintegra en mil pedazos y una bendici?n elemental confirma nuestro destino de cada a?o, pasajeros del gran Montgolfier que va a anclar en las ariscas tierras de Bel?n de Jud?. Luego se escribieron los cuatro evangelios y la vida de aquel reci?n nacido resulta ser el nacer m?s decisivo del planeta, hasta ese d?a de hoy que celebramos como sabemos, con la tarjeta de cr?dito en una mano y parte del coraz?n en la otra.

Cuando se niega la posibilidad de grandes relatos, ah? est? el mayor de todos. Cada a?o nos coge metiendo en el ascensor un oso de peluche o una caja de vino tinto. Son formas quiz? triviales de celebrarlo, pero no todo es la impaciencia de comprar y consumir, no todo es la consumaci?n instant?nea del deseo. Andamos en busca de seguridad, de certidumbre. Sabemos que la hubo y la hay en aquel portal de Bel?n. Tan fr?giles como somos, tan etiquetados con nuestra fecha de caducidad, la llegada de la Navidad nos alerta de aquella memoria de la eternidad que tanto se olvida pasando el a?o en los dominios del todo a cien.



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