S?bado, 19 de enero de 2008
D?a 20 de Enero
II Domingo del Tiempo Ordinario


Apostolado



Yo he visto y he dado testimonio. Con estas sencillas palabras, que Juan Bautista pronuncia refiri?ndose a su modo de actuar, queda definida a la perfecci?n la personalidad apost?lica. Fij?monos en el ejemplo del Precursor que hoy nos brinda la Liturgia. Como nosotros, fue testigo del mensaje evang?lico ?ese Anuncio Nuevo?: que los hombres estamos llamados, a partir de Jesucristo, a ser hijos de Dios. No se queda Juan indiferente o pasivo ante la noticia. Comprende de inmediato la trascendencia que tiene para todos, y a todos quiere hacer part?cipes de lo que supone la presencia de Cristo entre los hombres.

Es inseparable del verdadero cristiano la actitud apost?lica. Si el mandamiento por excelencia es la caridad, el amor a los hermanos como manifestaci?n m?s notoria de amor a Dios, parece claro que los queremos de verdad s?lo en la medida en que procuramos lo mejor para ellos. Y no olvidemos que es participar de la filiaci?n divina lo que m?s puede engrandecernos a los hombres. Mucho m?s que cualquier otro talento o riqueza que podr?amos desear o imaginar. Para ser hijos suyos nos cre? Dios: ser buenos hijos de Dios es el ?nico fin que consuma nuestra vida. Ser ap?stoles, pues, supone algo tan elemental como procurar que los dem?s, nuestros iguales, reconozcan su condici?n de hijos Dios y quieran ser consecuentes con su filiaci?n divina.

Aunque se trata de una tarea f?cil, que no plantea apenas problemas entre gentes sencillas, como es el caso de los ni?os; puede no resultar tan elemental en muchos otros casos; en particular cuando el hombre ha perdido la confianza en Dios y lo considera, m?s que como un Padre amoroso al que debe la vida y todo lo que es y tiene, como un obst?culo para la propia autonom?a, o incluso un rival de la libertad personal. A veces, en efecto, hay quien considera a Dios como una complicaci?n inc?moda, que lamentablemente existe, y que dificulta m?s a?n la vida de los hombres, ya de suyo dif?cil.

?C?mo es Dios para los hombres? Se hace necesario asegurar nuestra fe en la Revelaci?n que hemos recibido de Jesucristo, pues, nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo. Jesucristo, Hijo ?nico del Padre, nos ha revelado que Dios es Amor, como dice san Juan, el ap?stol amado. Pensemos, por ejemplo, en la conocida par?bola del "hijo pr?digo", en la que estamos representados ?en aquel hombre que se marcha de la casa paterna y malgasta su herencia? los pecadores de todos los tiempos; y Dios, en aquel Padre que perdona, que espera cada d?a la vuelta del hijo, dispuesto a restituirle su favor apenas regrese arrepentido. No en vano se ha llamado tambi?n a ?sta, la par?bola del "padre misericordioso".

Sin duda, que muchos de nuestros iguales, seguros de s? mismos y, sin embargo, tristes; porque, habiendo sido creados para Dios lo desconocen y ?como declar? san Agust?n? no hallar?n descanso sino en ?l; esperan sin saberlo que les contemos la experiencia nuestra: que, m?s de una vez, hizimos de "hijo pr?digo" y que hemos experimentado siempre el amor de Dios como la riqueza mayor que se puede pensar. En cada ocasi?n ?cada vez que animamos a otro a "volver"? se cumplen las palabras con las que concluye Santiago su carta a una joven comunidad de fieles: si alguno de vosotros se desv?a de la verdad y otro le convierte, sepa que quien convierte a un pecador de su extrav?o, salvar? su alma de la muerte y cubrir? sus muchos pecados.

Si amamos a Dios de verdad nos doler? ?tambi?n por ellos? que otros le ofendan aunque no sepan que lo hacen. En todo caso, querremos que muchos m?s le amen para que crezca m?s y m?s su gloria en el mundo. Pidamos al Se?or la luz de la fe, tambi?n con nuestra mortificaci?n, para tantos que le buscan sin saberlo, porque intentan alcanzar la felicidad plena, pero donde no est?: fuera de Dios. La ilusi?n por acercar almas a Dios es manifestaci?n clara de rectitud en el propio camino: de que amamos a Dios como Jesucristo, que con su coraz?n de hombre nos quiere a todos felices junto a Dios. Con tal fuerza desea nuestro bien, que empe?a su vida por nuestra eterna salvaci?n, que es la ?nica felicidad completa y definitiva para los hombres.

Juan Bautista habl? de Jesucristo a los hombres de su tiempo para que la salvaci?n de Dios, la vida plena de la Trinidad, se extendiera de modo m?s completo que con la ley de Mois?s. En el tiempo nuestro, aunque ha sido ya anunciado y extendido en cierta medida el Evangelio, se hace necesaria una nueva evangelizaci?n, que recuerde a todos el ideal divino ?no humano? que Cristo vino a recuperar para los hombres, el que quiso Dios otorgarnos desde el principio. En Jesucristo, como ense?a San Pablo, nos eligi? antes de la constituci?n del mundo para que seamos santos y sin mancha en su presencia por el amor.

La Reina de los Ap?stoles, nuestra Madre del Cielo, recibi? una especial luz para penetrar en el misterio de la econom?a salv?fica en favor de los hombres, decretado por Dios desde la constituci?n del mundo. Nos encomendamos a Ella, para que sepamos hacer part?cipes a muchos de la inmensa riqueza salvadora de Dios.



Publicado por verdenaranja @ 14:30  | Espiritualidad
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