S?bado, 26 de enero de 2008
D?a 27 de Enero
III Domingo del Tiempo Ordinario



Vocaci?n



Contemplamos en estos vers?culos de san Mateo la vocaci?n, la llamada, de Jes?s a algunos de los que ser?n sus m?s pr?ximos disc?pulos. Los llama a llevar a cabo la tarea que poco antes describe el propio Mateo. Iba el Se?or predicando que el Reino de los Cielos estaba cerca, y era necesario disponerse por la penitencia para ser dignos de ?l. As? se cumpl?a, por fin, lo que todo el pueblo de Israel anhelaba, lo que era la raz?n de que existiera como un pueblo peculiar, y el motivo de justo orgullo que todo israelita ten?a. El Reino de Dios, aunque no fuera lo que imaginaban muchos en Israel: una plenitud material o la liberaci?n de las m?ltiples opresiones sufridas, ser?a, sin embargo, la mayor de las riquezas posibles, de acuerdo con el plan divino.

Coincide en cierto sentido san Mateo con san Juan. Como leemos tambi?n en el cuarto Evangelio, con Jes?s llega la luz al mundo: una luz que brilla en las tinieblas pero las tinieblas no la recibieron. San Mateo recuerda que se cumpl?a la profec?a de Isa?as seg?n la cual a un pueblo envuelto en tinieblas y (...) sombras de muerte le alumbrar?a una poderosa luz. Un acontecimiento ins?lito ha tenido lugar ante los testigos de la llegada del Se?or. Se trata de algo tan importante que es necesario proclamarlo de modo que todos conozcan la noticia, pues, la llegada de esa luz, que es Cristo, reclama una adecuada disposici?n por parte de los hombres. Algunos no le recibieron, dir? san Juan. Y es que es preciso disponerse con la penitencia, afirmaba el Se?or, seg?n san Mateo.

Se trata del Evangelio: una Noticia transformadora de los hombres, que reclama ser acogida con dignidad, solemnemente: como el hecho m?s grandioso jam?s sucedido, ya que es la misma Palabra de Dios que habla de S? en favor de la humanidad. Para tan gran Noticia se necesita una adecuada difusi?n y, para la difusi?n, ap?stoles; que con su vida y su palabra lleven por todo el mundo esa luz capaz de transformar ?engrandeciendo? la vida de los hombres. Pues no es un desarrollo ni una plenitud cualquiera, o de cierta importancia, la que trae Cristo: a los que le recibieron les concedi? ser hijos de Dios, dice san Juan. Quiso Dios conceder a los hombres por Jesucristo una grandeza que no ten?amos capacidad para imaginar.

Pero para la santidad de Dios, con quien nos unimos en especial intimidad al ser cristianos, se requiere por nuestra parte la m?xima perfecci?n de que seamos capaces, pues, el Reino de los Cielos es el Reino de los hijos de Dios, de la Familia de Dios. Y para gozar de tal perfecci?n e intimidad es preciso purificarnos, apartando cuanto sea posible de nosotros lo que desdice de la perfecci?n divina: sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto, dir? el Se?or. Y ya al comienzo de su ministerio advierte: Haced penitencia, porque est? al llegar el Reino de los Cielos.

Asegura as? Dios, por otra parte, nuestra condici?n de criaturas libres, hechas por ?l a su imagen y semejanza, pues, ?nicamente con nuestra cooperaci?n voluntaria para esa purificaci?n, que nos perfecciona por la penitencia, llegamos a ser dignos de la Gracia que Dios nos ha prometido: la de ser sus hijos adoptivos por Jesucristo.

Nunca ahondaremos bastante en el amor de Dios con su criatura humana, a quien quiso abrir su intimidad, plena de toda la riqueza de su perfecci?n. Pero la grandeza y el amor de Nuestro Dios parece que a?n se nos muestra m?s al haber querido que los mismos hombres seamos otros cristos, seg?n la expresi?n paulina; con capacidad ?como el Se?or? para invitar a nuestros iguales a gozar del Reino de los Cielos. Y a esta tarea de formar ap?stoles, que prolongar?an por todas las generaciones su misma misi?n, dedic? el Se?or su vida p?blica. Nos encontramos nosotros en un punto entre tantos de historia humana, con la responsabilidad, por tanto, de que no se corte la transmisi?n del divino mensaje, de que sea cada d?a m?s eficaz la llamada de Dios a la humanidad.

Seguidme y os har? pescadores de hombres, dijo a los primeros; d?ndoles, as?, la ocasi?n de dedicarse a la m?s sublime tarea que podemos pensar para esta vida. No es ciertamente una ocupaci?n, la de Pedro y los dem?s, que escogieran seg?n sus gustos, ni tampoco se sintieron para ello especialmente capacitados. Fueron simplemente designados ?imperativamente designados, podr?amos decir incluso? por el Se?or; y esa llamada ?la vocaci?n? los hizo capaces; no s?lo para responder inmediatamente ?seg?n refiere san Mateo?, sino para responder por siempre. La vida de aquellos hombres y de cuantos, mujeres y hombres, han seguido los mismos pasos de Cristo, por sentirse llamados despu?s de aquellos primeros, qued? colmada de sentido. Como la de cada uno de nosotros que, como ellos, tambi?n nos llamamos y somos cristianos: disc?pulos de Cristo.

As? fue la vida de la Madre de Dios, nuestra Madre, a quien nos encomendamos; que ?seg?n dice Ella misma?, a pesar de su peque?ez, pudo y quiso acoger las grandezas de Dios su Creador, y es y ser? por eso, con raz?n, alabada siempre sobre todas las criaturas.


Publicado por verdenaranja @ 14:52  | Espiritualidad
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